Adiós a las armas (A farewell to arms, 1932), de Frank Borzage

  01 Septiembre 2020

La guerra

adios-a-las-armas-01El tránsito del cine mudo al sonoro dejó ilustres cadáveres en la cuneta. Grandes directores que no consiguieron adaptarse a las características formales del nuevo paradigma, y, aunque es cierto que la esencia de este arte joven anidaba en lo que ahora empezaba a quedar atrás, las exigencias del público y la industria impusieron el tamiz de las palabras a costa incluso de la excelencia artística.

Entre quienes sobrevivieron con éxito al cambio se encuentra Frank Borzage. Y ese éxito se debe en parte a que supo trasladar su dominio del mundo silente a las nuevas coordenadas sin traicionarlo. En algunas de sus películas se reconoce esta continuidad, por ejemplo, en uno de sus primeros trabajos sonoros, Adiós a las armas.

La novela de Hemingway ha quedado como un alegato antibelicista, y, aunque Borzage acentuó más la componente melodramática, hay un momento en el que esa visión catastrófica de la guerra aparece en todo su esplendor. Se trata de la marcha de soldados y civiles con la huida del protagonista para buscar a su amada.

Borzage la cuenta con una maestría absoluta, en una escena que dura algo más de cinco minutos y en la que no se utiliza palabra alguna, testimonio y reconocimiento del cine mudo que comenzaba a quedar atrás.

La secuencia se desarrolla durante la noche y bajo la lluvia. La luz de la luna y los reflejos del agua crean el claroscuro que acentúa el desgarro de lo que ocurre. El ritmo es progresivo, y la banda sonora crea una tensión que va acompañando a las imágenes, cada vez más opresivas. La naturaleza que se puede entrever es una naturaleza muerta, con los esqueletos de los árboles que añaden una sensación amenazante, y tras los cuales se coloca en ocasiones la cámara para acentuarla.

La planificación recurre también al contrapicado, produciendo un efecto de aplastamiento para el espectador. Los leves picados suelen ser más lejanos, para subrayar la masa indiscernible. Por su parte, los fenómenos naturales resultan siempre intimidantes, como el río presto a desbordarse o arrastrando lo que encuentra en su camino.

La simbología que aparece recuerda a la muerte: las cruces se esparcen por doquier y el cementerio acabará siendo bombardeado con una visión de la muerte sobre la muerte, y hasta aparece un herido simulando una crucifixión. Otros heridos y mutilados acompañarán esta huida en largas filas, hasta que llegan los bombardeos.

El fuego, las bombas y la destrucción se apoderan de la pantalla. Los aviones y las ametralladoras se ceban con los indefensos. Los carros tirados por caballos se convierten en un blanco fácil, y el caballo encabritándose por los disparos se ha visto, junto con otros detalles, como un antecedente del Guernica de Picasso. Hay otro referente muy claro, el que alude a El acorazado Potemkin, con el carrito de bebé y la mujer recogiendo al niño del suelo.

En la parte final, con la destrucción ya apoderándose de todo, Borzage nos ofrece la tristísima imagen del anonimato de los derrotados, mostrando a los soldados amontonados, de quienes sólo vemos los cascos y el reflejo que la luz hace destellar sobre su superficie mojada, y de donde hará emerger la figura del desertor, Frederic Henry, interpretado por Gary Cooper. Una auténtica lección de cine.

Escribe Marcial Moreno