Encadenados (Notorius, 1946), de Hitchcock: Besos

  15 Julio 2020

Un amor… interrumpido

encadenados-0De forma sorprendente, Encadenados (Notorius en el original) se estrenó en España con sólo dos años de retraso (septiembre de 1948) respecto a su premier, que tuvo lugar en agosto de 1946.

Digo sorprendente porque el filme contaba una gran historia de amor adúltero, aunque Alicia (Ingrid Bergman) tuviera (obligatoriamente) que casarse con Sebastian (Claude Rains) por razones patrióticas, lo cual suponía un «atenuante de primer grado» en aquel primer decenio de la España franquista.

No sé si la maravillosa escena, me figuro que así fue, de exaltación amorosa de la pareja formada por Alicia y Devlin (Cary Grant), no sufriría alguna intromisión censora. En ella sólo se mostraban de forma excelente los apasionados besos de la pareja, soñadores en días y noches venturosos.

Unos besos, caricias (¡que no estudiaría Hitch para completar cada momento!), detalles tan estudiados como el dedo de Alice acariciando la oreja de Devlin… En aquellos años, sólo era comparable esta escena al beso que abría todas las puertas, en la también hitchcockiana Recuerda (1945), entre Constante (Ingrid Bergman) y John (Gregory Peck).

En Encadenados asistimos a esa escena amorosa en el apartamento de Alice. La conversación comienza en la terraza. Pasemos por alto, no tiene la mayor importancia, las horribles transparencias exteriores (nada distintas a otras de sus películas), quizá como indicativo de la ficción en la que nos encontramos. Lo fundamental es centrarse en la pareja.

La cámara lentamente se acerca hasta dejar a ambos encuadradas sus caras en primer plano. Un plano secuencia que se mantendrá hasta que Devlin salga del apartamento. Un plano, con ellos en movimiento, en primer plano, que muestran sus efusiones, sus besos, la luminosidad del rostro de Alice sobre el que fundamentalmente incide el plano.

Tal momento es interrumpido por la llamada que Devlin tiene que hacer para saber si su jefe tiene alguna orden para él. Su movimiento lento, parsimonioso, sin dejar de besarse, con la cámara pegada a su rostro, transcurre hasta el teléfono: la llamada se interpone entre ambos. Devlin debe atender a lo que le dicen por el teléfono: debe acudir a ver a su jefe.

El teléfono se ha interpuesto entre ambos. Les va a separar. Aún no son conscientes de ello. Pero Devlin, de momento, debe acudir a esa llamada. Se despide de Alice prometiendo volver para cenar y de paso brindarán por su felicidad con la botella que traerá. Una botella que, situada sobre la mesa del despacho al que acude Devlin, será abandonada, olvidada.

El momento se inicia con el plano de la botella (antecedido por su llegada al edificio en un taxi, llevando en la mano la botella de champagne), testigo inmaterial de la momentánea ruptura de la historia de amor debido al deber patriótico, y termina con la botella que Devlin olvida recoger, cerrando el plano ante la mirada a la botella por parte del jefe: uno de esos planos sin palabras elocuentes, significativos de estados de ánimo, de entendimientos, abundantes en el cine de Hitch, ese director que es muchísimo más que un maestro del suspense.

Para cerrar la secuencia no queda sino mostrar la vuelta de Devlin al apartamento de Alice para darle cuenta de la misión que debe realizar. Momento importante en el que se enfrenta el amor con el deber profesional. El rostro de Alice, al verse ninguneada, expresa el dolor del momento: ruptura de una pareja que ha visto frustrado su amor en el momento en que se iniciaba. Una gran secuencia en su totalidad, una más de las muchas presentes en esta obra maestra.

Escribe Adolfo Bellido López

 

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