La banda (2019), de Roberto Bueso

  29 Junio 2020

Juventud(es) sin horizonte

la-banda-0¿Ha cambiado la juventud española con el paso de los años? ¿Hay tanta diferencia entre la de 1959 y la de 2019? Roberto Bueso, en su primer largometraje, quiere hacer un símil, un reflejo en que una y otra se miran a través del cine. Su película es la historia de unos jóvenes perdidos, aburridos, desorientados, sin ideas claras, ni siquiera soñadores en otros mundos o que traten de salir de la abulia, la desesperanza, sobre la que camina su vida.

La banda cuenta la historia de Edu, un joven que ha marchado a Inglaterra con una beca para estudiar música y que vuelve a su pueblo, en Valencia, para la boda de su hermano, pero también, alejado de sus amigos, de su tierra, con la idea de volver (para remarcarlo, en la escena inicial vemos cómo no se ha presentado a la prueba para formar parte de la filarmónica inglesa).

Ahí surge el conflicto, porque la vida que ayer llevó se le presenta parada, en el mismo punto en el que se fue. Sus amigos desorientados, bebiendo como manera de salir de la abulia que les domina. Sin ilusiones, sin metas, dejándose llevar hacia una vida sin horizonte y donde, para remate, se han olvidado los recuerdos bellos del ayer.

Si los amigos representan la repetición del pasado, el hermano es otro eslabón perdido, amansando, inútil, que se deja llevar, sin saber exactamente lo que quiere.

La necesidad de escapar de una existencia sin futuro, las dudas sobre si integrarse o no a la rueda de una vida monótona, repetitiva, mediocre, se apuntaba ya en el cortometraje de Roberto Bueso, La noche de las Ponchongas (2013), realizado dentro del ECAM (la Escuela del Cinema y Audiovisual de Madrid) donde estudió.

En su debut en el largo sigue el esquema de aquel corto, con jóvenes en vez de con adolescentes. Y logra, en su sencillez, su casi nimiedad, en ese sentido de no pasar nada, una película documento de un momento. Lo importante, y es donde quería llegar, es su referencia a otros jóvenes parados años atrás ante el paso de unos días repetidos hasta la saciedad.

Bueso lo hace, de una forma admirable, en la escena en que Edu y su hermano van al cine. En la pantalla acontece una historia de ayer, de 1959, pareja, aunque se desarrolle en Madrid, a la que él vive en un pueblo levantino. Su hermano se queja de ver un filme («¿y todo será así?») en blanco y negro. Aquello no le dice nada, le aburre, de tal forma que, incluso, se duerme.

No entiende nada de lo que aquel título le cuenta (y que es su misma pereza, quietud), pero Edu sí comprende que aquellas imágenes, como si el tiempo no hubiera pasado, le transmiten la paralización de unos chicos, las mismas o parecidas historias familiares que él ahora vive con sus amigos de ayer, su familia.

La película que han acudido a ver (quizá en la Filmoteca) es Los chicos, de Marco Ferreri, 1959, un título casi maldito de nuestro cine, ya que ni siquiera tuvo un estreno normalizado, demonizado ya en su pase en el Festival de Cine Religioso y Valores Humanos (la actual Seminci) de Valladolid.

Una secuencia brillante, esta del cine, en cuanto supone tomar como espejo en que mirarse un filme del ayer, pero que refleja el hoy, repetitivo (bajo apariencia distinta de modernidad) de una juventud parada, encallada, sin otro sentido que el de continuar la vida, en un tiovivo sin fin, con sus mismos ritos, diversiones, monotonía, como si la vida, como un fotograma de película, hubiera quedado congelado.

La vida que le espera, en definitiva, a Edu, si decide quedarse y renunciar a un futuro distinto. Dos pequeñas, e interesantes, películas que, en definitiva, hablan de juventudes distanciadas en el tiempo, pero afines en sus formas existenciales.

Escribe Adolfo Bellido López

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