Centauros del desierto (The searchers, 1956), de Ford

  22 Junio 2020

La memoria afectiva

centauros-desierto-0Hay tiempos que nunca pensamos que vendrían. Hay tiempos en los que se torna urgente reivindicar lo que creíamos inmarchitable.

Centauros del desierto, como las grandes películas de los grandes maestros, es una mina en la que cuanto más se excava más tesoros se encuentran. En esta sección ya hemos publicado un artículo analizando uno de sus momentos mágicos (Los pliegues del amor), uno más de los muchos que tiene.

De entre todas las lecturas que pueden realizarse de la película sobresale la descripción del personaje interpretado por John Wayne, el tío Ethan. Es éste un derrotado en mil batallas. Las ha perdido todas excepto una, la de su dignidad, y deja testimonio de ello en su resistencia a renunciar al juramento que en su momento hizo al Ejército confederado.

Su carácter brusco y su vida errante conservan aún un remanso de paz, un lugar de acogida. Se trata de la familia de su hermano, de sus sobrinas, su sobrino y, sobre todo, de su cuñada Marta, mucho más que una cuñada.

Por eso, cuando los indios los aniquilen, su ferocidad se desbordará. Ya desamparado por todos, lo único que le queda es odio y afán de venganza. Ethan se ha convertido en un monstruo. En el trayecto seguido para rescatar a su sobrina Deborah, raptada por los indios, su obsesión se multiplicará y la crueldad se tornará incontenible.

Pero este hombre amargado encierra algo más que su maldad, y Ford se encarga de hacérnoslo saber de una manera magistral, alejada de todo discurso grandilocuente o de cualquier descripción empalagosa que lo traicionara.

Para trazar la hondura de este personaje bastan dos escenas en paralelo, una al principio y otra al final de la película, en las que Ethan alza al cielo a su sobrina Debbie. La primera se produce con su llegada, después de muchos años, a la casa en la que la niña vive con sus padres y hermanos, aún ataviado con su capote confederado. El abrazo es una expresión de amor, quizá la máxima expresión que un hombre como él puede permitirse, y quizá ante los únicos que puede permitírselo, los últimos referentes afectivos que le quedan. Y el hecho de que confunda a Debbie con Lucy, la hermana mayor, más los ladridos del perro cuando llega, hablan del tiempo en el que ha estado ausente, sin necesidad de mayores explicaciones.

El tortuoso camino que le conducirá al lugar donde los comanches tienen secuestrada a su sobrina, convertida ya en una más de ellos, ha ido acrecentando el odio hacia quienes destruyeron su único asidero. Se trata de un odio genérico, que no se detiene en singularidades, y que acabará incluyendo a la niña ya convertida en una joven india.

Finalmente, la encuentra y la persigue con la intención de matarla, y al atraparla la alza al cielo como hizo aquella primera vez. Ella adopta una actitud defensiva, temerosa, pero Ethan la contempla y rememora aquel encuentro inicial, y a través de él, intuimos, a su madre, a Marta, y entonces toda su coraza se rompe, y la abraza, y se la lleva consigo a su verdadero lugar. Su afecto ha podido más que su odio, y el hombre que parecía una bestia irracional revela su profunda humanidad. Son apenas unos segundos, pero es imposible definir mejor a un personaje.

Esta escena es la que llevó a Godard a perdonar a John Wayne por sus ideas reaccionarias. En su caso también la ternura venció a todos los prejuicios.

Escribe Marcial Moreno