Viridiana (1961), de Luis Buñuel

  13 Junio 2020

De cómo Buñuel se carcajeó de la censura

viridiana-0En los años 60, Buñuel rodaría en España un filme que tuvo que luchar contra las muchas imposiciones de la censura.

La primera, que se permitiera a él, dinamitador de tantas cosas, dirigir en la España cerrada; después que se aprobara el guion del filme que rodaría y, en fin, posteriormente una vez acabado, fuera permitido.

No se llegó a ello porque precipitadamente la película se envió al festival de Cannes donde ganó (ex aequo a Una larga ausencia, de Henry Copi) el gran premio, produciendo aquí un gran terremoto. Cuando el guion se presentó a censura, los censores no pensaron en cómo iba a filmar la escena, pasaron por alto la secuencia de la cena, pero sí en el final previsto por el cual Viridiana terminaría siendo, con su consentimiento, seducida por su primo.

No podía admitirse tal final dónde la joven novicia llegase a tal pecado, así que hubo que reformar ese final para llegar al maravilloso e irónico que ahora posee, dando lugar a uno de los grandes momentos de la película. Se haría lo que los censores querían. Pero ahora, desde la sugerencia, el cierre sería más demoledor. Recordemos cómo transcurre la secuencia.

El inicio nos presenta un plano de Viridiana mirándose en un espejo y quitando el velo que ha ocultado su cabello. La desmelenada novicia va a cumplir una misión, la cual queda clarificada además por el humedecimiento de sus labios. Una niña mientras tanto, en el patio, juega con una corona con espinas; al sentir el pinchazo de una de ellas la acerca al fuego de una hoguera para eliminar los pinchos que hacen daño.

Queda la escena cumbre: Viridiana llama a la puerta de la habitación de su primo Jorge (Paco Rabal) que está con la sirvienta de la casa, Ramona (Margarita Lozano). Al abrir la puerta un primer plano de Viridiana (Silvia Pinal), sin pronunciar palabra, deja clara cuál es su misión: «¿Qué quieres Viridiana?», es la pregunta que le hace Jorge. Viridiana levanta su mirada con la que dice lo que no dicen las palabras. Jorge entiende y la invita a pasar. Dentro descubrirá que Jorge está con Ramona. Miradas claras, interrogativas; respuestas indiferentes, evasivas o clarificadoras de Jorge, dueño y amo de la situación.

«Estábamos jugando a las cartas y puedes jugar (¿cómo no?) con nosotros; a la señorita, Ramona, no le importa». Viridiana se deja guiar hasta la mesa de juego. Se reparten las cartas. «Corta, Viridiana». Otro primer plano; cada plano aislado es un impacto sugerente hacia el espectador, muestra cómo Jorge guía a la inexperta joven en el juego: la mano de Jorge coge la de Viridiana para que corte las cartas. Después, Jorge comienza a repartir las cartas para que el trío inicie el juego.

Una frase final deja las cosas aún más claras: «Siempre pensé que mi prima Viridiana terminaría jugando al tute conmigo». La cámara retrocede, en un travelling de alejamiento, dejando a Ramona-Jorge-Viridiana (en su primera partida) jugando.

La música de los créditos, el Aleluya de Händel es sustituida en este final por la música moderna de un disco que mantiene Jorge en su tocadiscos. La relación a dos se ha convertido en un trío. Los censores del guion previo ni se enteraron de la genial broma de Buñuel. Un cierre perfecto.

En 2013, quizá escandalizado por la conclusión del aragonés, o vete a saber el porqué, un director polaco, Pawel Pawilkowski, quiso realizar, consciente o no, su contestación (católica y polaca) al filme de Buñuel con Ida, donde naturalmente la novicia protagonista terminaba volviendo al convento ante los males del mundo, pero ese filme, y esas conclusiones, son otra historia

Escribe Mister Arkadin

 

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