Manhattan (1979), de Woody Allen

  20 Abril 2020

Cosas por las que vale la pena vivir

manhattan-0Insiste Woody Allen cada que vez que tiene ocasión en quitar valor a su cine. Y esto, que en otros podría ser un rasgo de falsa modestia destinado a suscitar una reacción elogiosa del auditorio, resulta creíble en el director neoyorkino. No es que estemos de acuerdo con él, pues cualquiera de sus seguidores podríamos nombrar sin la más mínima vacilación un puñado de obras maestras entre su producción, pero sí que creemos que sus palabras son sinceras, no son una impostura.

La razón de esta confianza radica a buen seguro en la distancia que siempre ha tomado respecto a sí mismo, respecto al personaje que él mismo encarna y que en no pocas películas aparece cuestionado.

Un ejemplo de ello lo tenemos en una de las escenas más emblemáticas de todas cuantas ha rodado, la que pone punto final a Manhattan.

En esta película, Allen da vida a un escritor de medio pelo, pero muy orgulloso de sí mismo, de lo que representa, enamorado de una jovencita de diecisiete años. Al final, en uno de esos ataques tan frecuentes de egolatría que experimentan los tipos como él, se pone a enumerar las razones por las que vale la pena la vida.

La imagen nos lo muestra acostado en un sofá mientras en primer plano una grabadora va registrando su letanía de fetiches. Por allí desfilan algunos de los lugares comunes que un neoyorkino culto nombraría para seguir siendo admitido en el club de los neoyorkinos cultos: cine sueco, Mozart, Cézanne, Flaubert, Louis Armstrong,… Y de repente nombra el rostro de Tracy, su amada. Y en ese momento se detiene, mira la grabadora y parece preguntarse qué está haciendo. Su mirada delata el absurdo de esa vida artificial en la que se mueve, y lo que de verdad importa. Y decide salir en busca de la mujer. Se acabó ese regodearse en las palabras, en los cánones, en el artificio. Ahora hay que salir al mundo real, a la vida tal y como debe ser vivida. Toda una enmienda al personaje y a lo que representa.

Por dos veces intentará el contacto telefónico (más palabras), pero en ambas resultará fallido. Nótese la sutil manera en la que Allen enfrenta los dos modos de vida que colisionan: El interior del apartamento del escritor frente a la calle, la posición horizontal sobre el sofá frente a la vertical en el exterior, y el reposo (mientras las cosas ocurren en otro sitio) frente a la carrera desenfrenada (dentro de lo que cabe). Detalles que dibujan esas dos maneras de estar en el mundo y la opción entre ellas.

Finalmente, consigue encontrar a su amada instantes antes de que salga hacia el aeropuerto y de ahí hacia Londres. Entre ellos se establece un diálogo en el que el escritor pide perdón e intenta retenerla. Esta conversación está rodada en riguroso plano-contraplano, hasta que se produce el magnífico detalle con el que acaba la película. La cámara se detiene, al final, en el rostro de Allen. Permanece ahí unos instantes más de lo esperado, de tal forma que el espectador queda a la espera del contraplano de la amada, que se demora. Él sonríe incluso subyugado por su belleza. Hasta que finalmente nos lo ofrece… El contraplano es ahora la ciudad de Nueva York.

Genial, aunque le pese.

Escribe Marcial Moreno

 

manhattan-1