Cinema Paradiso (Cinema Paradiso, 1988), de Giuseppe Tornatore

  05 Abril 2020

Paraíso perdido

cinema-paradiso-0La historia de la humanidad se ha escrito a partir de una pérdida y del anhelo por su recuperación. Si no hay más paraíso que aquél irremisiblemente perdido, el arte ofrece un sucedáneo fabricado que intenta restañar la herida natural, constitutiva.

El inicio y el final del último gran éxito del cine italiano en las tres últimas décadas se construyen sin palabras, sólo con imágenes y música, elementos más que suficientes para mostrar el bodegón edénico original (un plano fijo desde un interior-casa familiar ofrece, limones simbólicos mediante, una ventana abierta a un mar mediterráneo) del que el protagonista Totó, cual nuevo Odiseo, partió hace más de treinta años con el corazón partido y con la consigna de no regresar jamás.

Y no regresará hasta la muerte de su mentor, de su maestro y de su padre putativo: Alfredo. Y cuando regrese será para recibir las últimas palabras de aliento de Alfredo, palabras trastocadas en imágenes, en cine.

La partida de Totó, el alejamiento de su Sicilia-Ítaca natal, le supuso el éxito profesional, pero el fracaso vital. Huyendo del dolor de un amor de juventud, ha renunciado al amor. El legado de Alfredo le curará esa herida sangrante.

Será en la oscuridad de una sala de proyección donde Totó reciba la última clase magistral de Alfredo, aquella en que el montaje de los planos y secuencias censurados en el viejo cinema Paradiso se le ofrecerán a Totó como un bálsamo que suture el abismo espacial y temporal de los últimos treinta años.

Y nosotros, anhelantes espectadores, compartiremos ese momento paroxístico, ese clímax emocional que, desde la inaugural secuencia, se ha ido fraguando paulatinamente, hasta este estallido glorioso.

El leitmotiv musical adquiere carnalidad, en una especie de transustanciación entre el sonido y los fotogramas que obligan al protagonista (y a nosotros con él) a verter unas húmedas y calientes lágrimas mientras contemplamos toda una lección de sintaxis no sólo cinematográfica, mientras nos recorazonamos e insuflamos los pulmones con el aliento que desprende la gramática de la vida que es el montaje de Alfredo.

Y por allí desfilan, ante la admirada y estupefacta y conmovida mirada de nuestro protagonista, una antología de secuencias amorosas que van desde La terra trema de Visconti hasta el beso de Spencer Tracy y Ingrid Bergman en Docor Jekyll y mister Hyde; Gary Grant y Rosalind Russell en Luna nueva, y Gary Cooper y Silvana Mangano y Anna Magnani y Greta Garbo y Jane Russell y Marcello Mastroianni y Chaplin y Error Flynn y Olivia de Havilland y Rodolfo Valentino y Totó…, pues será el artefacto cine el arquitecto de un nuevo paraíso, aquel que conforma nuestra educación sentimental, aquel que nos ha enseñado a besar y a amar, a vivir.

Y las lágrimas del maduro Totó son el zumo amargo de aquellos limones —exprimidos— de la juventud, líquido endulzado y hasta casi empalagoso que el director Giuseppe Tornatore, con la impagable ayuda y el magistral soporte de la música de Ennio Morricone, nos escancia y que nosotros bebemos con sedienta ansia, con placentera fruición.

Todo un canto elegíaco a una concepción del cine, ergo de la vida, que se escabulle entre los pliegues digitales de los nuevos tiempos. Sin remisión.

Escribe Juan Ramón Gabriel

 

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