37 Mostra de València - Cinema del Mediterrani (4): Vasil

  28 Octubre 2022

Profunda sencillez

mostra-vasil-0Avelina Prat cuenta con una larga trayectoria en el mundo del cine, donde ha trabajado como script en más de 30 largometrajes con directores como Cesc Gay, David Trueba, Javier Rebollo o Manuel Martín Cuenca; además ha escrito y dirigido cortometrajes de amplio reconocimiento en festivales nacionales e internacionales, así como trabajos documentales como el reciente On set with: Lilly Reich.

En su cortometraje 3/105 (seleccionado por la Mostra de Venecia de 2014) rodado en un plano fijo de cinco minutos en el que se incorpora un zoom casi imperceptible en la parte final; el contenido dramático centrado en las consecuencias dolorosas de la inmigración se articulaba a través del uso de unas voces en off; una forma de narrar sobria en la que parece que no pasa nada y, sin embargo, pasa todo.

Con un espíritu similar (sencillez formal y hondura de contenido) se estrena ahora Vasil, su debut en el largometraje. Una historia que está inspirada en un hecho real que vivió en primera persona pues su padre acogió a un inmigrante búlgaro en su casa; fruto de esta experiencia nació la película convertida en una ficción imaginada.

Vasil (Ivan Barnev) es un inmigrante búlgaro del que apenas conocemos nada y que se está alojando durante unos días en casa de Alfredo (Karra Elejalde) ante la extrañeza de su hija (Alexandra Jiménez) que desconocía este hecho.

El inmigrante búlgaro reúne todas las bondades posibles: juega perfectamente al bridge en el grupo de Mauren, la extranjera que pelea para que obtenga sus papeles y que es la persona que le ha buscado la casa de Alfredo; a pesar de que en Bulgaria era ingeniero, aquí trabaja como cocinero en un restaurante griego en el que se desenvuelve perfectamente; además es un increíble jugador de ajedrez y toca también un instrumento.

De hecho, la diferencia entre los personajes de Alfredo y Vasil, tan marcada de inicio, se va diluyendo poco a poco pues, como la tesis del filme quiere demostrar a lo largo de todo su metraje, las personas son parecidas y tienen puntos en común que los acercan a pesar de su procedencia. Los dos comparten la pasión por el ajedrez, ambos prefieren la comunicación epistolar frente a las nuevas tecnologías y mantienen una relación distante con sus hijas: Alfredo por su carácter independiente y Vasil por la circunstancia obvia del distanciamiento geográfico.

Vasil produce un efecto sanador en aquellas personas que tiene a su alrededor (Luisa reconoce que su padre está más abierto, habla más con ella) y ejerce casi un papel de salvaguarda afectiva que le emparenta casi con un personaje capriano. Y el efecto positivo de Vasil destaca en mayor medida porque todos los personajes que aparecen son unos solitarios en los que la incomunicación es su mayor problema y la presencia del inmigrante búlgaro hace que todos ellos vean afectada su rutina diaria.

Pero obviamente, aunque la película juega a ese relato de fábula, la realidad se termina imponiendo en una narración en la que no hay grandes hechos puntuales que destacar, pero que al final terminan conformando un retrato de la amargura de quien tiene que vivir alejado de sus raíces, de su entorno, de sus seres queridos.

Una amargura que se va nutriendo de pequeños detalles, de comentarios, en los que finalmente aflora el egoísmo de una sociedad y que se va haciendo constar en el club de bridge, en el entorno laboral y en la relación entre los dos protagonistas minada por un hecho muy menor y casi sin importancia.

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Un panorama que certifica la sutil discriminación que la sociedad muestra hacia el diferente, hacia el inmigrante, hacia el que no forma parte de su estricta comunidad a pesar de que Vasil reúne un sinfín de bondades. Si eso ocurre con alguien de un país perteneciente a Europa qué no sufrirá quien viene en una patera o tiene otro color de piel.

La mirada de la directora, autora también del guion, acompaña a los personajes desde la distancia, sin entrometerse; situando la cámara frente a los personajes, dándoles su espacio y siendo estos los que certifican su presencia de una forma natural.

Hay muchas conversaciones filmadas en un solo plano, sin montaje;  planos frontales donde los  personajes entran por un lado del plano y salen por otro; mucho juego con el fuera de campo (la escena de la discusión de Alfredo y Vasil en la puerta de entrada de su casa) o el uso del recurso de la  voz en off.

Todo ello convierte la película en una observación cotidiana del drama de la inmigración y de la respuesta que cada persona o grupo de personas tienen respecto a este problema a través de su relación con Vasil. No hay grandes proclamas ni tampoco se llega al tono panfletario, quizá por eso el efecto a la larga más contundente.

Con un ritmo pausado que se adapta perfectamente al ambiente teñido de cierta melancolía, la sobria banda sonora de Vincent Barrière y la fotografía naturalista de Santiago Racaj (director de fotografía de La consagración de la primavera, Verano 1993 o Magic girl entre otras) acrecientan estas características señaladas, en un filme que bajo su aparente sencillez nos habla de la incomunicación, de la soledad y de la inmigración en la feliz Europa.

Escribe Luis Tormo | Fotos Filmax

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