36 Mostra de València – Cinema del Mediterrani (9): So she doesn't live

  24 Octubre 2021

A sangre fría

mostra-so-she-doesnt-live-0So she doesn’t live es el tercer largometraje de Faruk Loncarevic. El director y guionista bosnio encontró tantas dificultades para sacar adelante el proyecto que tuvo que recurrir a ejercer de productor en una película cuyo coste fue de  20.000 euros, limitándose el rodaje a cinco días. Sin embargo, a pesar de su exiguo presupuesto, la factura técnica es impecable y la película pudo salir adelante gracias a la implicación de alumnos y ex alumnos de Loncarevic —es también profesor de Historia del Cine en Sarajevo— y la ayuda de los colaboradores habituales del cineasta bosnio.

La película está inspirada en un asesinato de una mujer ocurrido en Bosnia, un suceso que causó una gran conmoción en la opinión pública del país. La sinopsis es sencilla: Aida es una joven que, tras romper una relación tóxica con un hombre de carácter agresivo, trata de rehacer su vida, pero él no está conforme con la nueva situación.

Para Loncarevic, el interés para llevar adelante el proyecto residía en que no era un tema estrictamente bosnio, sino que afectaba a la naturaleza del propio ser humano, aunque como el propio director reconoce la guerra de Bosnia todavía envuelve la realidad de su país. De esta forma la película funciona bajo estas dos premisas que terminan vinculándose, complementándose.

Por un lado, hay un acercamiento a dos psicópatas que cometen un crimen sin un motivo especialmente relacionado con la ubicación geográfica del suceso. Estamos ante un análisis frío, despiadado, que pone de manifiesto la capacidad de unos hombres de ejercitar un poder malvado sobre otras personas y que emerge del interior de la propia naturaleza humana; un universo muy cercano a la oscura realidad humana que describe Michael Haneke en su filmografía.

Frente a este carácter más universal del relato, la película va dejando indicios que vinculan el suceso con el escenario real y concreto de un país en el que las consecuencias de la guerra de Bosnia todavía empapan el ambiente: las noticias en la radio de la condena de Radovan Karadžić a 40 años por genocidio, la descripción de una sociedad patriarcal donde los hombres avasallan a las mujeres como se refleja en los malos tratos y en el uso de la mujer como objeto sexual en la escena de la prostituta, la presencia de la religión —la oración de uno de los protagonistas— o las armas siempre presentes (cuchillos, escopetas) son muy evidentes.

Pero lo realmente significativo de So she doesn’t live es la arriesgada y dura propuesta formal que Faruk Loncarevic lleva adelante para hilvanar estas dos líneas discursivas que hemos señalado.

La película está organizada a través de largos planos fijos, la mayoría frontales, en los que únicamente observamos el movimiento interno de los personajes. Ni siquiera llega al concepto de plano secuencia porque no hay ninguna panorámica o travelling —más allá de cuando la cámara se introduce en un vehículo— que implique movimiento o variación del plano.

Esta depuración estilística implica que tampoco hay una banda sonora musical, aunque los sonidos son claves para completar el contenido de cada plano a través del sonido ambiente que recoge los sonidos de la naturaleza como el ruido provocado por el discurrir del agua del río, el eco de un motor o la locución de una emisora de radio.

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Y lo que contemplamos a través de esa cámara fija, frontal, es un depurado ejercicio de minimalismo con movimientos exiguos de los personajes y un diálogo que se reduce a la mínima expresión. Esta elección formal que reduce el dinamismo hasta el límite de la lentitud está diseñada al milímetro con la acertada elección de la distancia —y la altura— en que los personajes aparecen situados en el plano; y también es decisivo el juego con el tiempo real que va transcurriendo en ese plano y que se traduce, sin necesidad de mostrar la violencia, en tensión y angustia (el recorrido en el coche o la manera en que la joven se arrastra por el suelo del bosque).

Todo ello con el contraste que ofrece la reflexión sobre la violencia enmarcada en una fotografía muy bien tratada en la que destacan planos muy luminosos (como el inicial) o bellos paisajes de la naturaleza (bosques, arboledas, ríos).

Nos enfrentemos a un filme duro de contemplar, tanto desde el punto de vista del contenido como de su tratamiento formal. La elección de ese grupo limitado de escenas configura una estructura que se acerca casi al documental sobre la sociología del mal inherente en la naturaleza humana. En esta película no hay problema con el spoiler —está basada en un hecho real y el propio título en inglés ya es suficientemente revelador— porque la clave no consiste en saber qué pasa pues el elemento sorpresivo es la forma elegida por Loncarevic para que el suceso impacte, golpee, al espectador.

La película juega su mejor baza conectando esas escenas aisladas para configurar un conjunto muy elaborado donde cada plano está justificado —el plano inicial en la cama se contrapone con la escena del joven con la prostituta respecto a la relación íntima con una mujer, el plano del cazador en el río tiene mucho que ver con la escena del asesinato, etc.-- y donde adquiere valor tanto lo que aparece en pantalla como aquello que queda fuera de ella aprovechando el fuera de campo.

En el contexto de distribución multimedia del cine actual en el que un filme puede verse en el sofá de casa desde una amplia variedad de dispositivos y donde cada vez es más difícil mantener la atención, So she doesn’t live debe verse en el cine, en una sala oscura, sin interrupciones externas, sintiendo el silencio, el paso del tiempo de cada plano y la reacción del resto de personas, aceptando ese ritmo peculiar que vertebra toda la narración.

Escribe Luis Tormo 

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