36 Cinema Jove de Valencia (13): la ganadora, Brother’s keeper

  10 Julio 2021

¿Cine político o política en el cine?

cinema-brothers-keeper-0Brother’s keeper, es una película turca dirigida por Ferit Karahan, que se anunciaba en el catálogo del festival como una «reflexión sobre el creciente autoritarismo de la política turca y la represión sobre la población kurda».

A la postre, fue la ganadora del primer premio en la sección de largometrajes de Cinema Jove. Lo que la coloca, en teoría, por encima del resto de títulos proyectados, la mayor parte de ellos protagonizados por jóvenes problemáticos, con dificultades para acceder al mundo adulto, acosados por la carencia de empleo y de formación, temas presentes en muchas de las películas presentadas.

Repasemos primero el film y luego hablaremos del premio en Valencia.

El internado

Un colegio perdido en algún lugar donde siempre nieva. Niños obligados a ducharse con agua fría. Y miedo entre el alumnado, incluso a dormir solos de noche.

Con la larguísima primera escena en las duchas, Ferit Karahan expone la dura situación en la que se encuentran los protagonistas.

La cámara a mano y la luz fría, casi documental, acentúan el carácter árido del film, acorde al entorno que nos muestra.

Un discurso aleccionador sobre la utilidad del individuo para la patria, seguido de un corte de pelo al cero, por haberse escapado alguno de ellos, remata el planteamiento: nada de pelo largo, todos con corte de pelo escolar. Idénticos, sin signos que distingan unos de otros.

Este simbólico corte adquiere mayor significado si recordamos que el título original del film es Corte de pelo escolar, aunque se ha optado por su título internacional, Brother’s keeper, algo así como El guardián del hermano.

Las siguientes escenas son pródigas en bofetadas, castigos y todo tipo de carencias educativas y afectivas del profesorado con el alumnado. Todos masculinos, por cierto.

Sin olvidar los discursos sobre la Patria, el Estado y las Gracias a Dios. Muy pedagógicos todos ellos.

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El film habla, en este bloque inicial, de la dificultad de enseñar, de la falta de medios y de la escasa formación del profesorado.

Pasada la primera media hora, todo el discurso ha quedado más que claro.

En el fondo, visto desde nuestro país, casi parece un episodio de algún reportaje televisivo «presuntamente» documental, tipo Callejeros viajeros, en este caso en una escuela perdida en algún lugar casi inaccesible.

¿Y ahora, qué?

Uno de los niños, Mehmet, enferma y no hay manera de llevarlo a un hospital, ni de que llegue la ambulancia, ni atenderlo en la enfermería del internado, que carece de medicamentos.

Poco a poco, el niño se va muriendo, sin que nadie sepa qué hacer para impedirlo.

Su amigo, un kurdo llamado Yusuf, es utilizado por profesores, director e incluso otros alumnos para encargarle cualquier actividad destinada a ayudar a Mehmet. Es el único que intenta echar una mano, aunque no pueda o no sepa qué más se puede hacer.

Y, por supuesto, cada vez que hay dudas, el kurdo ha sido el responsable de ello.

Así una y otra vez. Sin avanzar la trama. Estancada aproximadamente desde la media hora inicial.

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Un simbolismo elemental

Como afirma la nota de prensa difundida por Cinema Jove, Ferit Karahan plantea «la inexistencia de sistemas educativos que promuevan la creatividad y la independencia. Necesitamos personas que cuestionen, y esto no parece probable con el sistema educativo actual».

Y eso es lo que vemos en primera instancia, tal cual. Un colegio perdido, inaccesible, rodeado de nieve. Y un profesorado que amenaza, maltrata a los alumnos y, por supuesto, es corrupto.

Los pequeños detalles que se apuntan a lo largo del metraje subrayan —a veces en exceso— esas carencias: el coche del director que no arranca (y no se puede trasladar al enfermo), la puerta de la enfermería (donde todos resbalan al entrar) y la ausencia de cobertura en el colegio para llamar con el móvil (atentos: ¡sólo junto a la estatua del presidente se obtiene cobertura!).

Sí, todo muy simbólico.

Pero, por si no queda claro, aparecen las pequeñas corrupciones y dudas: los profesores fuman para sobrellevar la crisis del enfermo (y está prohibido, como oportunamente «nos recuerdan» ellos mismos), todos esconden su último contacto con el enfermo (porque hubo más encuentros la noche que enfermó tras la ducha fría), cambiar las ruedas del coche del director es posible (tras apuntarlo como gastos del centro) y así sucesivamente.

Mientras, Mehmet sigue empeorando y nadie hace nada.

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Como todos han tenido algún contacto adicional con el enfermo, todos eluden su implicación. Se apunta a uno y otro como presunto culpable de la situación de Mehmet, aunque nadie asume ninguna responsabilidad. Nadie se hace cargo del enfermo. Sólo el pobre amigo kurdo, Yusuf, que intenta ayudar como sea. Una y otra vez.

Más allá de la trama principal, el film funciona como una metáfora de un país. En este caso Turquía, pero nuestra España de la época de la dictadura funcionaba exactamente igual.

El internado como país, el alumno enfermo como representante del pueblo, las autoridades que se lavan las manos y el pobre kurdo, al que acusan continuamente siendo inocente… es el único que intenta ayudar.

Todo con un simbolismo pulcro. Clarito desde casi el comienzo.

Y repetido una y otra vez durante el metraje. Como si el público fuera tonto y hubiera que machacar el mensaje continuamente. Recuerda a cualquier discurso político reciente: poco contenido, mensajes breves y simples, repetidos una y otra vez.

¿Cómo debemos considerar este estancamiento narrativo? ¿Afán didáctico o incapacidad para trascender la idea inicial y desarrollar una historia que apenas avanza durante la hora final?

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El fallo del jurado

Más allá de la proyección defectuosa en el festival... y nos referimos al teatro Principal, donde la gran distancia desde la improvisada cabina hasta la pantalla situada en el escenario exigía un proyector más potente para que las imágenes fueran luminosas y nítidas… independientemente de que este film en concreto sea oscuro y sucio.

Más allá de la necesidad de un cine comprometido con los jóvenes… algo común a la mayoría de los títulos proyectados en la sección oficial de Cinema Jove.

Más allá de las buenas intenciones de un proyecto que defiende un mensaje político progresista… con un lenguaje simbólico elemental y con una realización que apenas rebasa el nivel del reportaje televisivo.

Más allá de todo esto… uno se pregunta si es lógico premiar a un film por sus intenciones en vez de por sus resultados.

Brother’s keeper es el perfecto ejemplo de cine de ideas, de cine combativo. Pero también es un buen ejemplo de cine que no va más allá de su enunciado. De falta de ideas en la puesta en escena. En definitiva, ejemplo de ausencia de cine-cine.

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A su lado, sin salir de Cinema Jove, un título como Looking for Venera es un ejemplo más coherente de equilibrio entre la idea y el resultado, entre la propuesta y el film acabado. Incluso Whaler’s boy, acaba siendo más atractiva en su enfrentamiento entre la ignorancia del joven ballenero y la realidad del mundo «civilizado» al que se acerca.

En esta tesitura, para este cronista, el de Brother’s keeper es un premio político. Se valora el discurso político, la idea. Pero no se tiene en cuenta el resultado final: ni el guion, ni la puesta en escena.

En un festival de cine, ¿debe premiarse con criterios políticos antes que cinematográficos?

Cada cual tendrá su respuesta. Personalmente, este cronista apuesta por el cine-cine para premiar en las salas… y dejemos los discursos políticos para otros escenarios.

El jurado, evidentemente, apostó por lo contrario.

Escribe Mr. Kaplan  

  

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