16º Festival de Cine Alemán de Madrid (2): el cénit

  22 Junio 2014

La caída del capitalismo

aleman-bankladyResulta curiosa la coincidencia el tercer día del festival de varias propuestas que, sin relación aparente entre ellas, guardaban mucho en común en cuanto a los temas de trasfondo que tocaban, y cuyo motivo principal era simple: el dinero y la sociedad capitalista.

Así, se abría el festival por la mañana con Los hermanos negros, una cinta dirigida al público infantil sobre unos jóvenes deshollinadores suizos del siglo XIX, y cuyo pase se repite el sábado.

Ya por la tarde, dos de los grandes momentos del festival coincidían en hora: por una parte, el documental Art War, que pone el foco con mirada lúcida e incisiva en un grupo de grafiteros que desarrollan su arte callejero en el Egipto de la Primavera Árabe. La premisa sirve como excusa para realizar un análisis de ese proceso de convulsión social, y de los mecanismos del individuo por expresarse en esas situaciones.

Al mismo tiempo, se proyectaba una de las películas más atractivas del festival, Banklady, una historia real sobre una famosa atracadora de bancos alemana de los años sesenta. La historia de Gisela Werler se desarrolla aquí en una evolución que vemos desde su anodino trabajo en una fábrica de papel pintado, hasta su consolidación como verdadero símbolo del crimen de la época.

La cinta, que recuerda en muchos aspectos al Enemigos públicos de Michael Mann, tiene el valor obvio de tratar el tema monetario que comentábamos más arriba. Pero no sólo eso, sino que supone también un cierto cuestionamiento de los fundamentos de la sociedad de los sesenta, presentando como villano más al orden establecido que a los bandidos protagónicos, al más puro estilo de Bonnie y Clyde.

A pesar de tratarse de un thriller, con un suspense muy bien desarrollado y que mantiene la tensión hasta el último momento, la historia romántica es la que cobra casi el mayor protagonismo; algo que no extraña, teniendo en cuenta la buena química entre los personajes, y lo bien que sabe tratar el tema Christian Alvart, a quien se nota muy cómodo en este registro.

Como única pega a este pase —precedido por el cortometraje Señora con perro— podríamos destacar quizás que el ritmo de la cinta no sea el adecuado en todo momento, y que tenga ciertos altibajos; sin embargo, eso lo compensa Alvart con unos clímax que logran que el espectador no pierda el interés en ningún momento.

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Algo similar le sucedía a la segunda cinta de la tarde: la primera apuesta del Ciclo Arthaus ya proyectada el día anterior, Tiempo de caníbales, que ha contado con la presencia de su director Johannes Naber.

La cinta indie (aunque de indie tenga quizás la financiación… y poco más, pues no tiene la técnica ni la forma) nos plantea a un trío de ejecutivos que viajan de hotel en hotel por todo el mundo, cerrando tratos para una importantísima empresa alemana.

Desde muy pronto la película, con tintes (o ramalazos a gran escala) de comedia negra se plantea como una apuesta crítica y sagaz sobre ese mundo capitalista tan presente en esta jornada del festival. Los personajes son conflictivos, cada uno con sus problemas, y presentan una máscara de felicidad que no logra enmascarar su vacío interior. Y es ese un gran acierto de la cinta, pues consigue tratar tópicos que reflejan a toda una sociedad, pero que aun así son personales y reconocibles.

La historia, por otra parte, plantea un conflicto muy claro entre ambición y moral, y la globalización, el Tercer Mundo y hasta el desarrollo sostenible o el medio ambiente son temas que se insinúan y plantean, sin resolver, pero presentes para que el espectador decida su opinión al respecto. Salvo que se considere el final (un final estremecedor y con una tensión muy bien llevada) como la conclusión definitiva a esos temas… que aun así tienen un punto abierto a la imaginación del público.

La forma de narrar de la película es quizás uno de sus puntos más atractivos. Todo lo que vemos se desarrolla dentro de habitaciones de hoteles, salas de reuniones… en ningún momento vemos el exterior del edificio, ni cuando los personajes se asoman por las ventanas, a no ser que sea en vagas siluetas de la ciudad. Eso confiere todo a un microcosmos dotado de un grandísimo simbolismo, que le da mucha fuerza a ese trasfondo comentado.

El ritmo es también muy destacable, con aspectos curiosos, como las transiciones entre escenas que se ven acompañadas de música, y que suponen varios segundos de fundido a negro en los que no se ve absolutamente nada. Aparte de ello, la narrativa es muy fluida, aunque quizás abunda en escenas que parecen no tener la menor importancia (es un retrato muy genérico y realista, pero no siempre atractivo).

Algo similar, de hecho, se podría comentar del corto que acompañaba a la película, Vieja escuela, sobre un carterista que cambia su modus operandi tras conocer a una chica… y que supone una historia bonita y preciosista, pero que no parece aportar demasiado cuando se analiza.

El día, tras estas proyecciones, se cerraba con nuevos pases de Susurros tras la pared y West; y, ya por la noche, con el ciclo de cortometrajes Next Generation Short Tiger 2014, que trae una vez más al festival las últimas apuestas del género en el pasado año, y que ponía el punto final al día probablemente más fuerte en lo que llevamos de festival.

Escribe Jorge Lázaro 

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