Uno de nosotros (de Michael Giacchino) (***)

  14 Junio 2021

La mejor película de Clint Eastwood… sin Clint Eastwood

uno-de-nosotros-cd-0«Let Him Go me ofreció la oportunidad de realizar mi primer western, por lo que estoy muy agradecido. Da la casualidad de que es uno de mis géneros cinematográficos favoritos, y aunque los westerns tienen un legado bastante abrumador, me encantó probar uno de los míos. Comencé grabando algo de material con piano solo que permitía la sensación de intimidad, pero también me dio la capacidad de intentar evocar las llanuras abiertas que rodeaban la historia».

(Michael Giacchino)

Un amanecer inicial y otro al final. El primero con el establo y el caballo, los preparativos, la vida y la muerte del cowboy. La imagen, siquiera en idea, remite a Sin perdón, de Clint Eastwood. Allí, él enterraba a su mujer, Claudia, y su vida cambiaba para siempre. Aquí, el joven saldrá con el caballo y no regresará… y la vida de los demás cambiará para siempre.

Uno de nosotros y Sin perdón tienen en común el sonido que las arropa: alguien rasga las cuerdas de la guitarra. Un lamento. Una melodía triste, sin apenas acompañamiento al inicio, aunque luego una pequeña orquesta se suma. En el film de 1992, fue la primera vez que conocimos al Eastwood autor de bandas sonoras y aquí, uno de los grandes actuales, Michael Giacchino, le rinde un homenaje emocionado.

No es un plagio de su música. Es una inspiración. Eastwood tiene tendencia a usar ese tema único, triste, con poco acompañamiento, con piano o guitarra como solista, algo que hemos visto y oído en títulos como Sin perdón, Los puentes de Madison, Million Dollar Baby, El intercambio, Mystic River, Sully

En Uno de nosotros (Let him go, 2021), la fotografía es oscura, como Eastwood siempre ha defendido. Con la luz lógica del oeste (El jinete pálido llegó a provocar que se colgaran carteles en la puerta de los cines anunciando que las escenas eran así de oscuras; en Valencia lo vimos en el fallecido cine Capitol). Luz lógica y la necesaria, luz de cine, no de televisión, donde todo el decorado tiene que mostrarse. Fue una de sus señas de identidad y para ello contó con su equipo de fotografía impecable: Tom Stern, Jack N. Green y sus ayudantes.

Este film rinde homenaje al mundo de Eastwood y a sus personajes cansados, envejecidos, pero con ideales propios inamovibles y lo hace comenzando y finalizando con un amanecer. Al final, reflejado en el rostro de la protagonista que conduce para alejarse de la tragedia (mientras suena el tema Joy ride). Se ha hecho la luz. Literalmente. Y los supervivientes salen de la oscuridad. Una gran idea de puesta en escena, pero también de guion.

Un guion que ata todos los cabos: no hay personajes que se presenten y no tengan su continuidad en el desarrollo, desde el caballo al joven indio, desde la pistola del viejo sheriff a la tarta que cocina la mujer del ex sheriff. Da gusto ver películas que, sin levantar la voz y sin subrayar con un plano de más, ponen todos los elementos sobre la mesa y luego los dosifica a lo largo de la narración.

Y la música subraya sin levantar la voz, casi siempre con variaciones del tema principal, sí, como sucedía en Sin perdón con el Claudia’s theme. Y es que un personaje o una idea puede ser lo que mueva la trama principal, ese detalle que lo invade todo: el fondo que alimenta lo que estamos viendo… y su presencia basta con sugerirla con unas sencillas notas.

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Es lo que hace Michael Giacchino con su guitarra, desde el tema inicial (Let him goverture), pasando por los momentos más emotivos del viaje que emprenden Kevin Costner y Diane Lane (The horse belongs to her) hasta llegar a ese emotivo amanecer final con el regreso a casa (Joy ride).

El viaje de dos seres maduros a la búsqueda de su nieto es ilustrado con ese único tema, con ligeras variaciones. Pero en Uno de nosotros hay más: hay violencia, sangre, enfrentamientos…

Y para ilustrarlos, Giacchino no tiene problemas en acudir a los sintetizadores (A bit standoffish) o a los temas obsesivos (Weboys wobble but the don’t back down), sobre todo en la durísima escena del hacha, una de las más violentas del último cine… en la que realmente poco vemos, sólo lo «sentimos», como el personaje atacado.

Una lección de cine de un director, Thomas Bezucha, del que este cronista no había visto ninguno de sus títulos anteriores: Big Eden (2000), La joya de la familia (2005) y Monte Carlo (2011). Habrá que seguirle la pista en el futuro: nadie filma así por casualidad.

Y una lección de banda sonora de Michael Giacchino, un maestro consolidado a través del cine (Spiderman, los films de Pixar) y la televisión (Perdidos), que es el actual rey de las sagas cinematográficas, en ocasiones como sucesor del veterano maestro John Williams en algunas de ellas (Jurassic World, Star Trek, Star Wars), pero capaz de transformarse con cada nuevo proyecto (la saga de El planeta de los simios, con instrumentos poco habituales, ausencia de melodías, sólo ritmos de acompañamiento en muchos momentos… todo muy primitivo).

Los grandes maestros son capaces de abandonar su sello, su estilo, para arriesgar con otros lenguajes, algo que también hemos podido disfrutar en el mismísimo John Williams con piezas intimistas, apenas con un piano, en títulos como El turista accidental, Cartas a Iris o Presunto inocente.

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Y aquí, una vez visto el tono del film, Giacchino ha elegido transformarse en Lennie Niehaus (1929-2020), el que fuera músico oficial de Eastwood durante dos décadas, primero como arreglista, luego como compositor, finalmente, de nuevo como arreglista de los sencillos temas principales compuestos por el propio Clint Eastwood.

La idea parece sencilla: un tema sobrevuela las imágenes de la misma forma que el recuerdo del hijo fallecido atenaza los sueños del protagonista (Kevin Costner) y los deseos de la esposa (Diane Lane). Ambos actúan movidos por el recuerdo y la ausencia del hijo fallecido.

Y el resultado es antológico, en la banda sonora y en el film… aunque, eso sí, uno tiene que estar preparado para ese ritmo pausado en la película y esa falta de variedad en el score. Todo justificado, pero más complicado de asimilar cuando la música se escucha separada de las imágenes.

Al contrario que en otras grandes bandas sonoras de Giacchino, entre las que personalmente me quedo con Ratatouille, Los increíbles y el film con el que ganó el Oscar, Up! (es decir, algunos de sus grandes títulos con Pixar), aquí no es especialmente destacable ningún tema, son dos bloques homogéneos (por un lado, el lamento de guitarra y sus variaciones; por otro, el sintetizador en los momentos de tensión), ambos se mueven por el disco durante los 55 minutos de duración… quizá la única pega de la edición sea esa: apenas tiene momentos memorables.

Para comprobarlo, mejor si escuchas algunos temas de la banda sonora en la web de Michael Giacchino. Si solo tienes tiempo para uno, prueba con The break of dawn o Shoulda, Coulda, Lorna.

Escribe Mr. Kaplan

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