Verdades ocultas
Las películas del director canadiense de origen armenio Atom
Egoyan suelen provocar reacciones bastante extremas. ¿A qué se debe esto? En
primer lugar, sus películas exploran asuntos que son incómodos y a menudo perturbadores.
Por otra parte, las estrategias estructurales tampoco son convencionales y la
posición de voyeur del espectador
queda con frecuencia expuesta. Sin embargo, al mismo tiempo, encontramos en sus
películas algo sumamente seductor y atractivo. Esta lucha entre proyección y
repulsión crea invariablemente una respuesta muy fuerte.
Las películas de Egoyan desafían cualquier género y son, por lo
tanto, muy difíciles de clasificar. Solamente sus últimos tres filmes resultan
más sencillos de catalogar. Según el propio director, El viaje de Felicia (Felicia’s
Journey, 1999) es su versión de una película de suspense psicológico,
mientras Ararat (2002) es su
traducción de una historia épica, y Where
the Truth Lies su interpretación de una película de cine negro.
El guión de Where the
Truth Lies, escrito como siempre por el propio Egoyan, se basa en la novela
del mismo título escrita por Rupert Holmes en 2003. El popular dúo cómico de
los cincuenta formado por Vince Collins y Lanny Morris (Colin Firth y Kevin
Bacon) se disolvió poco después de que el cuerpo sin vida de una joven fuera
encontrado en la bañera de la suite de su hotel. Esta muerte, aparentemente por
sobredosis, nunca fue resuelta. A principios de los setenta, la joven
periodista Karen O'Connor (Alison Lohman) se ha propuesto escribir la biografía
autorizada de Vince Collins y desentrañar el misterio que rodea la inexplicada
ruptura de la pareja y la muerte de la chica. Aunque Vince accede a colaborar
porque necesita el dinero, el hecho de que Karen se parezca a la joven
asesinada (no sólo físicamente, sino también en cuanto a aspiraciones
profesionales), que quiera desenterrar un pasado tan doloroso y que haya tenido
una aventura con Lanny, complica seriamente las cosas.
Como suele ser habitual en el director, la estructura narrativa
es compleja. Lejos de la linealidad, se mueve constantemente entre estos dos
ejes temporales y juega con distintos puntos de vista guiando al espectador con mano experta hasta la solución del rompecabezas.
Egoyan pensó en Lanny Morris como una combinación de Lenny
Bruce, Jerry Lee Lewis y un poco de Elvis, mientras Vince es una amalgama de
varios actores ingleses que podían encontrarse en la cultura americana de aquel
momento: Noel Coward, Rex Harrison, David Niven o Cary Grant. Si Lanny es
salvaje, hiperactivo, seductor, sarcástico y maleducado, Vince mantiene una
actitud más amistosa, elegante y reservada que esconde una cara muy oscura.
Como el dúo cómico formado por Jerry Lewis y Dean Martin
(quienes también presentaban telemaratones y dejaron de hablarse durante veinte
años), Lanny y Vince aparecen en un telemaratón anual para recaudar fondos
contra la polio. Aunque Lanny y Vince lo ignoran, Karen conoció a sus ídolos
entonces, cuando, tras superar la enfermedad, leyó un discurso ante las cámaras
que hizo llorar a Lanny. ¿O no fue esto el causante de sus lágrimas? La solución, al final del laberinto.
El final evita el tono sensacionalista que podría acompañar a
una trama de intriga y asesinato con un giro triste. A pesar de los defectos de
los personajes, sentimos tristeza al pensar en sus vidas arruinadas: no sólo
las de Lanny y Vince, sino también las de la joven asesinada y su familia.
Colin Firth y Kevin Bacon interpretan extraordinariamente a una
pareja de compleja y tortuosa psicología con una no menos compleja relación (al
fin y al cabo se trata, en palabras de Lanny, de un matrimonio). Lanny y Vince
se revelan además como personajes muy poco agradables que muestran la cara más
sórdida del mundo del espectáculo. “Tener
que ser un tipo agradable es el trabajo más duro del mundo cuando no lo eres”,
dicen ellos mismos.
Alison Lohman, quien parece no decidirse entre interpretar a una
joven inocente e inexperta o una astuta investigadora, no está tan acertada. El
que parezca excesivamente joven para el papel y que su vestuario sea demasiado
sofisticado para su personaje, tampoco ayuda.
Vemos rostros familiares en los filmes de Egoyan, como el de su
mujer Arsinée Khanjian, Maury Chaykin, Gabrielle Rose o David Hemblen. Otros
habituales del cineasta son el compositor Mychael Danna, el director de
fotografía Paul Sarossy, la montadora Susan Shipton o el diseñador de
producción Phillip Barker.
Los aspectos formales de la película son impecables, desde la
reconstrucción de los años cincuenta y setenta (decorados, vestuario,
caracterización), pasando por la música y el montaje. Sin embargo, los
decorados y el vestuario adquieren en ciertos momentos demasiado protagonismo,
distrayendo nuestra atención de lo que realmente está ocurriendo.
Se ha dicho que ésta es la película más accesible del director.
No sabemos si esto es también su mayor defecto, pues no deja de sentirse uno un
tanto decepcionado. A pesar de que, como suele ocurrir con las obras de Egoyan,
nos quedamos con las ganas de volver a ver la película para poder apreciar el
rompecabezas desde otro punto de vista, el resultado no es tan redondo como en El dulce porvenir (The Sweet Hereafter, 1997) o Exótica (Exotica, 1994). Y no digo
satisfactorio, pues rara vez queda uno satisfecho o complacido tras ver una de
sus películas, siempre inquietantes.
Lucía Solaz Frasquet