Los otros sin nombre
El cine de
terror del nuevo milenio, que vive una nueva época de esplendor,
debe su éxito actual no al predominio de una productora (como
sucedió el siglo pasado, en los años 30 con la Universal, y en
los años 50 con la Hammer), sino a un concepto: la globalización.
Más allá de
su éxito en determinados festivales especializados, ya ha dejado
de ser una rareza la presencia de títulos terroríficos asiáticos
y europeos compartiendo cartelera y, sobre todo, estantes del
videoclub, con salvajes títulos independientes y otros más comedidos,
ambos de procedencia norteamericana.
Pero esa globalización
tiene también sus consecuencias negativas, que están jugando ya
en contra de esa originalidad que proporciona al género la distinta
procedencia geográfica de sus actuales artífices. En síntesis:
si bien los títulos orientales y europeos proporcionan otros modos
y otras historias que contar, muy pronto han sido devorados por
la máquina hollywoodense para crear remakes, secuelas o simples hijos ilegítimos
de estos títulos.
Para ilustrar
lo dicho bastaría echar un vistazo a la enésima secuela japonesa
y norteamericana de The
ring o de Ju-on. Tras perder la cuenta de las versiones
existentes en el mercado de El
grito, La maldición,
Dark water o La llamada, uno no puede por menos temer que el siguiente eslabón
de la cadena alimenticia será la fagocitación del cine europeo…
De hecho, la maquinaria norteamericana ya está en ello.
El éxito de
propuestas británicas (Dog
soldiers), alemanas (Anatomía),
francesas (El pacto de los lobos) y españolas (Darkness, Los sin nombre, Los otros)
ha propiciado que la engrasada “imaginación” de las multinacionales
haya puesto sus ojos en estas propuestas, bien para fichar a sus
responsables, bien para copiar sus historias o, simplemente, para
asumir unos modelos narrativos que se han mostrado exitosos.
La llave del mal pertenece a esta última categoría: planteada
como una producción de mediano coste de una multinacional (Universal
Pictures), su inspiración parece provenir de distintos títulos
europeos, aunque la que más ha influido a la hora de confeccionar
el guión es Los otros, con esa casa en la que existen
unos fantasmas que nunca vemos… o quizá sí, depende de en qué
lugar queden los vivos y los muertos tras el giro final de la
historia. Curiosamente en un breve lapso de tiempo ha coincidido
en cartelera (y ahora ya en los estantes de los videoclubes) con
una producción francesa que también comentamos en este mismo número,
El internado, con la
que guarda sospechosas similitudes argumentales y de puesta en
escena.
Dentro de
esa adopción de modos narrativos europeos (al menos en apariencia),
este filme de Iain Softley apuesta durante buena parte del metraje
por la sugerencia, por la falta de reconfortantes explicaciones,
dejando al espectador sumido en un mar de dudas similar al de
la protagonista (por cierto, una mona Kate Hudson que, al margen
de pasearse en ropa interior por la casa –lo que es de agradecer–,
se muestra incapaz de transmitir al espectador los temores y las
dudas que la asaltan). En este contexto, sólo algunas fugaces
sombras reflejadas en los espejos le sirven al director para los
imprescindibles sustos con que amenizar la función.
Pero estamos
en un título producido por una multinacional y ello es casi siempre
sinónimo de una tarea final de simplificación, en aras de dejar
los mensajes claros, para que el espectador salga de la sala con
todo atado y bien atado. Así, en la parte final, la sugerencia
deja paso a la evidencia y todo acaba por tener una explicación
que –aún manteniéndose en los límites del fantástico– evita cualquier
inquietud, cualquier perturbación, dejándolo todo demasiado “explicado”
para el espectador. Es el mismo mal del que pecan, por citar un
ejemplo anterior, la mayor parte de remakes
americanos de películas japonesas: la sugerencia, la imaginación,
el simple horror, deja paso a la explicación racional de unos
hechos… lo que sin duda le resta mucha capacidad de inquietar.
Y si el final
resulta demasiado conservador (pese al “triunfo” de las fuerzas
del mal, que acaban tomando posesión de un nuevo cuerpo), lo mismo
puede decirse de la puesta en escena: toda la película hace gala
de una excesiva planificación, entendiendo como tal el abundante
número de planos y de ángulos de cámara, no el concepto de planificación
como “organización previa de los planos imprescindibles que hay
que filmar”. Así, en La llave del mal es normal encontrar la cámara situada en lugares
tan inaccesibles (e innecesarios) como el interior de una cerradura,
lo que acaba por multiplicar los puntos de vista de cualquier
escena y, lo que es peor, obliga a incluir en el montaje final
una buena serie de tomas innecesarias. Esta técnica, que tanto
está haciendo al cine en general y al norteamericano en particular,
surge de esa ley no escrita según la cual los malos directores
suelen filmar sus escenas desde el mayor número posible de puntos
e vista, para intentar conseguir en el montaje lo que no han logrado
en la planificación y el rodaje: crear inquietud y desasosiego
en el espectador.
Esta forma
de rodar y montar no es nueva, aunque se ha acentuado en las últimas
décadas por la influencia del videoclip en el cine, y ha acabado
por ser una rémora que afecta no sólo a los realizadores de cine
de acción (es habitual escuchar la expresión “a lo Michael Bay”
para referirse a un estilo de dirección más preocupado por empalmar
un bonito plano cada segundo que por la historia que se está contando),
sino en general a todos los “jóvenes realizadores” de todo el
mundo, que lo han asumido como su “marca de fábrica: confundir
ritmo con acumulación de planos, sustituir clima por claroscuros
y contraluces y obviar el rigor de la puesta en escena en beneficio
de los deslumbrantes –pero innecesarios– movimientos de cámara.
Los pantanos
de Florida (apenas entrevistos en un par de tomas aéreas, pero
desaprovechados en la escena de la fuga en barca de la protagonista:
¿qué fue de la tan anunciada amenaza de los caimanes?), Gena Rowlands
(que hace lo que puede para salvar su papel), John Hurt (que no
hace nada: su papel de enfermo terminal que apenas puede moverse
no da para más) y cierta tendencia a aceptar que la América profunda
es otra cosa (“ella no lo
entenderá, es del norte”, se nos dice en varias ocasiones)
son algunos de los elementos que, estando en la película, acaban
por no tener la relevancia mínima para salvar la función.
Puestas así las cosas, en La llave del mal Iaian Softley promete
mucho más de lo que finalmente ofrece, apunta ideas que no acaban
de ser desarrolladas y todo ello nos es ofrecido con una puesta
en escena demasiado deudora de los modelos más convencionales.
Que en mitad de todo esto podamos disfrutar de un uso correcto
del formato panorámico, de una correcta banda sonora de Stephen
Warbeck (que apuesta por la fórmula de choque ya impulsada por
Kristopher Komeda en algún título de Polanski: música romántica
para historias de terror) y, como mucho, de unos flashbacks de
cierto impacto visual, no son más que pequeñas compensaciones
para 95 minutos de metraje demasiado convencional. Una pena.
Sabín