LA LLAVE DEL MAL  
 
Título orginal: The skeleton key
País, Año:

EE.UU., 2005

Dirección: Ian Softley
Intérpretes: Kate Hudson, Gena Rowlands, John Hurt, Peter Sarsgaard
Guión: Ehren Kruger
Producción: Universal Pictures
Fotografía: Dan Mindel
Música: Edward Shearmur
Montaje: Joe Hutshing
Duración: 104 minutos
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los otros sin nombre

El cine de terror del nuevo milenio, que vive una nueva época de esplendor, debe su éxito actual no al predominio de una productora (como sucedió el siglo pasado, en los años 30 con la Universal, y en los años 50 con la Hammer), sino a un concepto: la globalización.

Más allá de su éxito en determinados festivales especializados, ya ha dejado de ser una rareza la presencia de títulos terroríficos asiáticos y europeos compartiendo cartelera y, sobre todo, estantes del videoclub, con salvajes títulos independientes y otros más comedidos, ambos de procedencia norteamericana.

Pero esa globalización tiene también sus consecuencias negativas, que están jugando ya en contra de esa originalidad que proporciona al género la distinta procedencia geográfica de sus actuales artífices. En síntesis: si bien los títulos orientales y europeos proporcionan otros modos y otras historias que contar, muy pronto han sido devorados por la máquina hollywoodense para crear remakes, secuelas o simples hijos ilegítimos de estos títulos.

Para ilustrar lo dicho bastaría echar un vistazo a la enésima secuela japonesa y norteamericana de The ring o de Ju-on. Tras perder la cuenta de las versiones existentes en el mercado de El grito, La maldición, Dark water o La llamada, uno no puede por menos temer que el siguiente eslabón de la cadena alimenticia será la fagocitación del cine europeo… De hecho, la maquinaria norteamericana ya está en ello.

El éxito de propuestas británicas (Dog soldiers), alemanas (Anatomía), francesas (El pacto de los lobos) y españolas (Darkness, Los sin nombre, Los otros) ha propiciado que la engrasada “imaginación” de las multinacionales haya puesto sus ojos en estas propuestas, bien para fichar a sus responsables, bien para copiar sus historias o, simplemente, para asumir unos modelos narrativos que se han mostrado exitosos.

La llave del mal pertenece a esta última categoría: planteada como una producción de mediano coste de una multinacional (Universal Pictures), su inspiración parece provenir de distintos títulos europeos, aunque la que más ha influido a la hora de confeccionar el guión es Los otros, con esa casa en la que existen unos fantasmas que nunca vemos… o quizá sí, depende de en qué lugar queden los vivos y los muertos tras el giro final de la historia. Curiosamente en un breve lapso de tiempo ha coincidido en cartelera (y ahora ya en los estantes de los videoclubes) con una producción francesa que también comentamos en este mismo número, El internado, con la que guarda sospechosas similitudes argumentales y de puesta en escena.

Dentro de esa adopción de modos narrativos europeos (al menos en apariencia), este filme de Iain Softley apuesta durante buena parte del metraje por la sugerencia, por la falta de reconfortantes explicaciones, dejando al espectador sumido en un mar de dudas similar al de la protagonista (por cierto, una mona Kate Hudson que, al margen de pasearse en ropa interior por la casa –lo que es de agradecer–, se muestra incapaz de transmitir al espectador los temores y las dudas que la asaltan). En este contexto, sólo algunas fugaces sombras reflejadas en los espejos le sirven al director para los imprescindibles sustos con que amenizar la función.

Pero estamos en un título producido por una multinacional y ello es casi siempre sinónimo de una tarea final de simplificación, en aras de dejar los mensajes claros, para que el espectador salga de la sala con todo atado y bien atado. Así, en la parte final, la sugerencia deja paso a la evidencia y todo acaba por tener una explicación que –aún manteniéndose en los límites del fantástico– evita cualquier inquietud, cualquier perturbación, dejándolo todo demasiado “explicado” para el espectador. Es el mismo mal del que pecan, por citar un ejemplo anterior, la mayor parte de remakes americanos de películas japonesas: la sugerencia, la imaginación, el simple horror, deja paso a la explicación racional de unos hechos… lo que sin duda le resta mucha capacidad de inquietar.

Y si el final resulta demasiado conservador (pese al “triunfo” de las fuerzas del mal, que acaban tomando posesión de un nuevo cuerpo), lo mismo puede decirse de la puesta en escena: toda la película hace gala de una excesiva planificación, entendiendo como tal el abundante número de planos y de ángulos de cámara, no el concepto de planificación como “organización previa de los planos imprescindibles que hay que filmar”. Así, en La llave del mal es normal encontrar la cámara situada en lugares tan inaccesibles (e innecesarios) como el interior de una cerradura, lo que acaba por multiplicar los puntos de vista de cualquier escena y, lo que es peor, obliga a incluir en el montaje final una buena serie de tomas innecesarias. Esta técnica, que tanto está haciendo al cine en general y al norteamericano en particular, surge de esa ley no escrita según la cual los malos directores suelen filmar sus escenas desde el mayor número posible de puntos e vista, para intentar conseguir en el montaje lo que no han logrado en la planificación y el rodaje: crear inquietud y desasosiego en el espectador.

Esta forma de rodar y montar no es nueva, aunque se ha acentuado en las últimas décadas por la influencia del videoclip en el cine, y ha acabado por ser una rémora que afecta no sólo a los realizadores de cine de acción (es habitual escuchar la expresión “a lo Michael Bay” para referirse a un estilo de dirección más preocupado por empalmar un bonito plano cada segundo que por la historia que se está contando), sino en general a todos los “jóvenes realizadores” de todo el mundo, que lo han asumido como su “marca de fábrica: confundir ritmo con acumulación de planos, sustituir clima por claroscuros y contraluces y obviar el rigor de la puesta en escena en beneficio de los deslumbrantes –pero innecesarios– movimientos de cámara.

Los pantanos de Florida (apenas entrevistos en un par de tomas aéreas, pero desaprovechados en la escena de la fuga en barca de la protagonista: ¿qué fue de la tan anunciada amenaza de los caimanes?), Gena Rowlands (que hace lo que puede para salvar su papel), John Hurt (que no hace nada: su papel de enfermo terminal que apenas puede moverse no da para más) y cierta tendencia a aceptar que la América profunda es otra cosa (“ella no lo entenderá, es del norte”, se nos dice en varias ocasiones) son algunos de los elementos que, estando en la película, acaban por no tener la relevancia mínima para salvar la función.

Puestas así las cosas, en La llave del mal Iaian Softley promete mucho más de lo que finalmente ofrece, apunta ideas que no acaban de ser desarrolladas y todo ello nos es ofrecido con una puesta en escena demasiado deudora de los modelos más convencionales. Que en mitad de todo esto podamos disfrutar de un uso correcto del formato panorámico, de una correcta banda sonora de Stephen Warbeck (que apuesta por la fórmula de choque ya impulsada por Kristopher Komeda en algún título de Polanski: música romántica para historias de terror) y, como mucho, de unos flashbacks de cierto impacto visual, no son más que pequeñas compensaciones para 95 minutos de metraje demasiado convencional. Una pena.

Sabín