Brillante estímulo
De vuelta Jim Jarmusch y sus mitos literarios. Dirigió su mirada
a Don Quijote en su anterior producción, Ghost Dog: The way
of the samurai (1999), y era una mirada tierna y cómplice,
que salvaba y justificaba al personaje en su disparatada peripecia
heroica. En Flores rotas no es tan compasivo con el Don
Juan caduco y cincuentón que encarna Bill Murray, en el papel
del exitoso hombre de negocios y experto recolector de superficiales
amoríos. Don Johnston (no Johnson), el personaje, es un tenorio
aburrido, apático, cansado, ceniciento y periclitado, con la mirada
vacía de los muertos. Lo que vemos es el mito convertido en cenizas,
mostrado por fin en su auténtica esencia y, afortunadamente, lejos
del sobrevalorado personaje romántico.
El filme desarrolla el argumento con deliberada lentitud y sobriedad
de recursos, en una estructura fragmentada en cuatro historias
de amores perdidos, rescatados de la memoria por el protagonista,
impulsado contra su voluntad a la búsqueda de un supuesto hijo.
No es sólo la película de un viaje al pasado, en el que cada encuentro
constata la vacuidad de la antigua relación amorosa y la ausencia
de cualquier sentimiento en el presente. Es también un fresco
de la sociedad americana, de su mediocridad y sus miserias. El
espectador tiene conciencia de estar viendo en qué se han convertido
los sueños de aquellos que fueron jóvenes y desearon un futuro
para ellos y su país. Desde la camarera Laura (Sharon Stone),
madre de una inquietante Lolita (Alexis Dziena), que atormenta
a nuestro desganado donjuan en una sarcástica escena nabokoviana,
hasta la violenta Penny (Tilda Swinton), en su marginado mundo
rural. Todas representan algún aspecto de la vida actual de los
Estados Unidos: el cretinismo de la clase media y la práctica
de las más estúpidas creencias psicológicas o espirituales. El
periplo del personaje discurre superficialmente por cada episodio,
mientras Jarmusch, director y guionista, nos envuelve con una
historia inteligente y brillante, que penetra con profundidad
en un discurso sutil y sabio, con ironía y humor del bueno.
Comedia y farsa, es algo más que una película
entretenida, cosa que no pretende. Pasó con merecido reconocimiento por el Festival de San Sebastián y fue galardonada
con el Gran Premio del Jurado en Cannes. Y es natural, porque
todo está cuidadosamente pensado: el telefilme que está viendo
el protagonista al comienzo, mientras bebe champán (la copa llena,
la vida vacía); el vivaz y prolífico vecino-detective (¿Winston
o Watson?), que maneja a John como a una marioneta; el espejo
retrovisor del coche en el que viaja, que sólo refleja un paisaje
otoñal y vacío; el consabido y tópico ramo de flores, cortesía
hacia las damas, adorno doméstico, motivo pictórico, y símbolo
que justifica el título.
Y el travelling circular del final, con el
mundo girando alrededor de este donjuan definitivamente condenado
a no entender nada, a desaparecer sin pena ni gloria. Excelente
música de Mulatu Astatke. No se puede pedir más.
Gloria Benito