Jóvenes desamparados
No debería pasar desapercibida esta película que perece haberse
estrenado de tapadillo y que en Valencia sólo se ha exhibido en una sala de
proyección. Me refiero al filme El mundo
de Leland del cineasta primerizo
Mathew Ryan Hogue, del que también es guionista. El interés de este filme surge
una vez más por la pregunta reflexiva
que la película se hace sobre el estado y situación de desorientación en el que los jóvenes se encuentran, y que
el cine trasplanta tantas veces a la pantalla como reflejo también de la desorientada
sociedad en la que nos ha tocado vivir.
El largometraje parece empezar de modo súbito, como si fuera en
su final, en el que un adolescente,
Leland, asesina a un muchacho retrasado mental. El joven homicida es internado
en un correccional, donde entabla estrecha relación de confianza con un educador,
y pronto se nos muestra que ciertas apariencias evidentes no lo son tanto.
Nuestro protagonista ha estado saliendo durante un tiempo con la hermana del
asesinado y tiene una familia bastante desestructurada: una madre a la que él
casi nunca ve, un padre que es escritor y cuyo hijo le es prácticamente
indiferente. Pronto descubriremos que el joven no ha matado al chico por
vengarse de su novia o por ser víctima del abandono familiar. Los motivos, que
son otros más insospechados, los descubriremos al final del filme y que aquí no
se desvelan para no “reventar” la película.
En El mundo de Leland se intenta huir de impactar al espectador con escenas fuertes, situaciones
crispadas o sorpresas finales inesperadas; se pretende más bien reflexionar
sobre la situación de desamparo que muchos jóvenes viven y presentar razones y
explicaciones por las cuales se vive, se muere… o se mata. En este sentido, el
filme es bastante filosófico, por cuanto intenta dar razones últimas al
comportamiento a veces absurdo del ser humano, explicaciones que aluden las que
a veces da la religión, aunque sea la
de la edulcorada new age, y que
suelen aparecer constantemente en este tipo de títulos americanos.
Seguramente, al ser una ópera
prima, este director ha caído en los defectos del cineasta principiante:
partiendo de una historia relativamente sencilla, la embrolla durante la primera
parte sin mucha necesidad, de modo que los personajes y sus motivaciones no se
nos muestran con mucha claridad y pone en los labios de sus protagonistas
diálogos más propios de una novela de tesis que de un relato cinematográfico.
De modo que los personajes sueltan de vez en cuando parrafazos que parecen más
“la frase del día” de nuestras agendas que el natural coloquio de las personas.
Sin embargo, estos graves defectos son perdonables por otros
momentos de gran fuerza y belleza cinematográfica, sobre todo los que se
desarrollan en la segunda mitad del largometraje, y por otros hallazgos
inusuales en este tipo de filmes, como es el de hacer presentes a los adultos
en la interrelación de los adolescentes que pueblan el correccional.
El mundo de Leland nos muestra de nuevo la situación de esquizofrenia en que se
puede vivir en un mundo donde los valores y la fuerza del auténtico amor
familiar están ausentes, y cómo a veces un hecho más o menos dramático puede
hacer evolucionar y transformar la vida de las personas. Igualmente, el filme
tiene su atractivo en el intento que hace de descubrirnos la motivación de las
conductas a través de unos personajes muy humanos y a la vez muy
contradictorios, que pueden acabar realizando actos muy atroces sin explicación
lógica. El último atractivo de esta cinta sería el elenco de actores
seleccionado para interpretarlo, algunos muy conocidos, otros no tanto, pero
siempre con la conseguida pretensión de creerse lo que están haciendo.
José Luis Barrera