7 VÍRGENES  
 
Título orginal: 7 vírgenes
País, Año:

España., 2005

Dirección: Alberto Rodríguez
Intérpretes: Juan José Ballesta, Jesús Carroza, Vicente Romero, Alba Rodríguez, Julián Villagrán, Manolo Solo, Ana Wagener
Guión: Alberto Rodríguez, Rafael Cobos López
Producción: José Antonio Félez
Fotografía: Álex Catalán
Música: Julio De la Rosa
Montaje: J. Manuel G. Moyano
Duración: 86 minutos
Distribuidora:  
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Paso a la madurez

Dos adultos acompañan en silencio a un chaval que camina por los pasillos del reformatorio dirigiéndose hacia la salida para disfrutar de dos días de permiso. Justo en la puerta, el educador le recuerda que tiene que cuidarse mucho de no hacer ninguna gamberrada porque sino, a la vuelta, deberá asumir la responsabilidad de sus acciones. Afuera le espera su hermano mayor para conducirle hacia ese fin de semana de libertad mínimamente autocontrolada. Como si fuera un volver a la vida, a la vida que hay en las calles (con sus cruces y entrecruces imprevistos), así empieza 7 vírgenes. Tercera película del sevillano Alberto Rodríguez, quien ya en sus anteriores largometrajes (El factor Pilgrim, 2000; y El traje, 2002) compaginaba la dirección con la escritura del guión, persiste en su interés por esas personas que se salen de los patrones estándares. Individuos que muestran otra escala de valores diferente a la que promociona la publicidad, que valoran la amistad (entendida como el darse apoyo mutuo sin esperar nada a cambio) por encima de todo, y que se valen del engaño y la picardía para salir del paso. Sin afán de denuncia, Alberto Rodríguez deja testimonio de cómo se las apañan las gentes que viven al margen de los patrones sociales o que, precisamente gracias a ellos, se valen de los resquicios que dejan las normas para hacer sus trapicheos de poca monta. 

Mucho más maduro que sus anteriores trabajos, con 7 vírgenes Alberto Rodríguez ha conseguido distanciarse de la hilaridad que invadía al grupo londinense de El factor Pilgrim y se ha abstenido de realizar experimentos de guión para poner en evidencia los estereotipos sociales que abordaba en El traje. Ahora, con su última película, Alberto Rodríguez se queda en su tierra natal para convertirse en un cronista que da testimonio de las andanzas y anhelos de un adolescente, Tano (Juan José Ballesta), durante sus 48 horas de libertad en compañía de su inseparable amigo Richi (Jesús Carroza). Para Tano, asistir a la boda de su hermano Santacana (Vicente Romero) no es más que una excusa para lanzarse a hacer todo aquello que le privan en el centro: fumar, salir de marcha, beber alcohol, hacer el amor con su novia Patri (Alba Rodríguez), tomar drogas y, en general, divertirse con sus amigos. Pero la euforia del reencuentro con sus seres queridos se va disimulando a medida que los hechos van desvelando la crudeza de la realidad. Richi, con su peculiar gracejo andaluz, le informa de quienes han encontrado una salida del barrio trabajando por sueldos irrisorios; Patri, en su encuentro furtivo, indirectamente confiesa la dependencia (no sólo económica) que tiene de sus padres; Santacana, incapaz de mantener su autoridad de hermano mayor, da serias muestras de derrota vital; por último, la pandilla sigue con sus juegos de críos y resolviendo los problemas a tortas. La realidad con que Tano se topa al volver a su barrio poco a poco va minando el entusiasmo con que había salido del centro. La vida feliz que sueña realizar cuando salga del reformatorio no tiene cabida en el mismo barrio en el que vive la madre de Richi (auténtica “princesa” sin edulcorantes), el tipo grasiento que hace hamburguesas y refritos, o el crédulo que ha comprado un aparato de radio que no le sirve para nada. El desaliento es aún mayor tras el accidente final. Las ilusiones de Tano se desmoronan por completo. Entonces es cuando, en un acto de furia contenida, la única salida que encuentra es huir corriendo hacia ninguna parte.

Aparentemente simple, 7 vírgenes es una película realizada con el brío de quien sabe lo que tiene entre manos. Apropiándose de la naturalidad que desprenden actores no profesionales y los escenarios cotidianos de un barrio obrero, Alberto Rodríguez se pone al servicio de sus personajes, dando color a sus sueños y poniendo música hip hop a sus frustraciones, sin permitirse demasiados lucimientos técnicos. Porque lo fundamental es no despistar la atención del espectador; que asistan al reencuentro de un chico con la vida de su antiguo barrio, que perciban la falta de expectativas de futuro de la juventud, que se den cuenta del desaliento de quienes se sienten impotentes. Es decir,  dejar que vayan cogiéndole cariño a estos chicos de barrio que, más tarde o más temprano, deberán encarar su futuro y dejar de hacer tonterías (bien lo sabe Tano quien, ya sea por temor a reprimendas o por cierto atisbo de madurez, en varias ocasiones censura  el desparpajo con que actúa su amigo Richi). Y es que 7 vírgenes, a pesar de la alegre libertad con que se mueven sus protagonistas, es una película que destila melancolía. El contraste entre la vitalidad que rebosan Tano y sus amigos frente al oscuro futuro que les viene encima (sin opción a un trabajo y una vivienda dignos) acaba por dejar un poso de pesadumbre cuando se acaba el permiso que pone punto final al prometedor fin de semana.

Daniela T. Montoya