Paso a la madurez
Dos adultos acompañan en silencio a un chaval que camina por los
pasillos del reformatorio dirigiéndose hacia la salida para disfrutar
de dos días de permiso. Justo en la puerta, el educador le recuerda
que tiene que cuidarse mucho de no hacer ninguna gamberrada porque
sino, a la vuelta, deberá asumir la responsabilidad de sus acciones.
Afuera le espera su hermano mayor para conducirle hacia ese fin
de semana de libertad mínimamente autocontrolada. Como si fuera
un volver a la vida, a la vida que hay en las calles (con sus
cruces y entrecruces imprevistos), así empieza 7 vírgenes. Tercera película del sevillano Alberto Rodríguez, quien
ya en sus anteriores largometrajes (El
factor Pilgrim, 2000; y El
traje, 2002) compaginaba la dirección con la escritura del
guión, persiste en su interés por esas personas que se salen de
los patrones estándares. Individuos que muestran otra escala de
valores diferente a la que promociona la publicidad, que valoran
la amistad (entendida como el darse apoyo mutuo sin esperar nada
a cambio) por encima de todo, y que se valen del engaño y la picardía
para salir del paso. Sin afán de denuncia, Alberto Rodríguez deja
testimonio de cómo se las apañan las gentes que viven al margen
de los patrones sociales o que, precisamente gracias a ellos,
se valen de los resquicios que dejan las normas para hacer sus
trapicheos de poca monta.
Mucho más maduro que sus anteriores trabajos, con 7 vírgenes Alberto Rodríguez ha conseguido
distanciarse de la hilaridad que invadía al grupo londinense de
El factor Pilgrim y se ha abstenido de
realizar experimentos de guión para poner en evidencia los estereotipos
sociales que abordaba en El
traje. Ahora, con su última película, Alberto Rodríguez se
queda en su tierra natal para convertirse en un cronista que da
testimonio de las andanzas y anhelos de un adolescente, Tano (Juan
José Ballesta), durante sus 48 horas de libertad en compañía de
su inseparable amigo Richi (Jesús Carroza). Para Tano, asistir
a la boda de su hermano Santacana (Vicente Romero) no es más que
una excusa para lanzarse a hacer todo aquello que le privan en
el centro: fumar, salir de marcha, beber alcohol, hacer el amor
con su novia Patri (Alba Rodríguez), tomar drogas y, en general,
divertirse con sus amigos. Pero la euforia del reencuentro con
sus seres queridos se va disimulando a medida que los hechos van
desvelando la crudeza de la realidad. Richi, con su peculiar gracejo
andaluz, le informa de quienes han encontrado una salida del barrio
trabajando por sueldos irrisorios; Patri, en su encuentro furtivo,
indirectamente confiesa la dependencia (no sólo económica) que
tiene de sus padres; Santacana, incapaz de mantener su autoridad
de hermano mayor, da serias muestras de derrota vital; por último,
la pandilla sigue con sus juegos de críos y resolviendo los problemas
a tortas. La realidad con que Tano se topa al volver a su barrio
poco a poco va minando el entusiasmo con que había salido del
centro. La vida feliz que sueña realizar cuando salga del reformatorio
no tiene cabida en el mismo barrio en el que vive la madre de
Richi (auténtica “princesa” sin edulcorantes), el tipo grasiento
que hace hamburguesas y refritos, o el crédulo que ha comprado
un aparato de radio que no le sirve para nada. El desaliento es
aún mayor tras el accidente final. Las ilusiones de Tano se desmoronan
por completo. Entonces es cuando, en un acto de furia contenida,
la única salida que encuentra es huir corriendo hacia ninguna
parte.
Aparentemente simple, 7 vírgenes
es una película realizada con el brío de quien sabe lo que tiene
entre manos. Apropiándose de la naturalidad que desprenden actores
no profesionales y los escenarios cotidianos de un barrio obrero,
Alberto Rodríguez se pone al servicio de sus personajes, dando
color a sus sueños y poniendo música hip
hop a sus frustraciones, sin permitirse demasiados lucimientos
técnicos. Porque lo fundamental es no despistar la atención del
espectador; que asistan al reencuentro de un chico con la vida
de su antiguo barrio, que perciban la falta de expectativas de
futuro de la juventud, que se den cuenta del desaliento de quienes
se sienten impotentes. Es decir,
dejar que vayan cogiéndole cariño a estos chicos de barrio
que, más tarde o más temprano, deberán encarar su futuro y dejar
de hacer tonterías (bien lo sabe Tano quien, ya sea por temor
a reprimendas o por cierto atisbo de madurez, en varias ocasiones
censura el desparpajo
con que actúa su amigo Richi). Y es que 7 vírgenes, a pesar de la alegre libertad con que se mueven sus protagonistas,
es una película que destila melancolía. El contraste entre la
vitalidad que rebosan Tano y sus amigos frente al oscuro futuro
que les viene encima (sin opción a un trabajo y una vivienda dignos)
acaba por dejar un poso de pesadumbre cuando se acaba el permiso
que pone punto final al prometedor fin de semana.
Daniela T. Montoya