No se puede vivir sin perdonar
El director sueco Lasse Hallström dirige una vez más una de esas
historias que nos devuelven el optimismo perdido y que consiguen
inducirnos o, por lo menos, a plantearnos un cambio en nuestra
conducta.
Es un cine de emociones que ha ido impregnando una a una odas sus
películas, desde Mi vida
como un perro (1985), pasando por ¿A
quién ama Gilbert Grape? (1994) y Algo
de que hablar (1995), hasta la corregible Atando cabos (2001). Están pendientes también de estreno su cinta
Casanova, que no inspiró muchos halagos
en Venecia, y otra que está rodando en la actualidad sobre el
fraude de unos supuestos escritores que pretendían escribir
la biografía autorizada de Howard Hughes, sin haber tenido ningún
contacto con el productor. Richard Gere interpeta a uno de los
impostores en la película que tiene por título, de momento,
The Hoax. Estaremos
al tanto, porque este director se ha convertido en un icono
del nuevo cine sueco afincado en Hollywood, como su compatriota
Billy August. Su cine está tachado de mojigato, sensiblero y
apto sólo para incondicionales románticos sin remedio. Supongo
que yo me debo encontrar en este grupo porque su cine, aunque
no logra obras maestras, ni mucho menos, consigue emocionarme
y envolverme con sus maravillosas historias. Saltó a la fama
con la estupenda Las normas de la casa de la Sidra (1999)
y continuó con Chocolat
(2000) que refleja un universo mágico en el que los protagonistas,
cargados de problemas, cuitas e infelicidades, se ven guiados
por un personaje vitalista que refleja, como en otros filmes,
el pensamiento del director y la moraleja de cada una de sus
historias.
Aquí, el motivo de la infelicidad es la dificultad de perdonar
–como en la estupenda El perdón (2000), de Winterbottom–, que
hace que seamos desgraciados porque el rencor nos reconcome
por dentro y no nos permite comprender al agente que nos causó
el mal (algo que convierte al problema en un círculo vicioso,
pues si no escuchamos los motivos del otro, jamás nos pondremos
en su lugar y, por lo tanto, estaremos incapacitados para perdonarle).
El personaje de Robert Redford es un hombre amargado por el trágico
accidente de su hijo y por el odio que siente hacia su nuera,
a la que culpa de todo lo ocurrido. Ella, viuda y con una hija,
decide abandonar a su novio maltratador y regresar a la casa
de su suegro con la esperanza de que les ayude a rehacer su
vida. El personaje guía en esta ocasión es Morgan Freeman, que
una vez más representa un papel secundario, pero que inunda
toda la historia por su importancia y por su interpretación,
como en Million Dollar Baby (2004), Sin perdón (1992),
Seven (1995) o Paseando a Miss Daisy (1989). Es un ser
que tiene todas las papeletas para quejarse y amargarse la existencia,
pero ha decidido tomarse la vida según viene y alegrarse y vivir
según sus convicciones, como un granjero, aún cuando tiene implícito
ciertas desavenencias (a pesar de ser agredido por un oso polar
demuestra ser una persona amante de los animales y de la naturaleza,
al estilo del hombre antiguo, y no vengarse de él). Este hecho
es uno de los más sobresalientes de su cine, pues se respira
en todo el filme una interrelación hombre-naturaleza en igualdad,
y no la moderna consideración del hombre como superior y por
lo tanto, con el poder de cambiar el mundo a su antojo.
Es una película clásica, rodada de forma sencilla, con un guión
sobrio, unas interpretaciones elegantes, incluso de la injustamente
denostada Jennifer López. Se narra, como a la antigua usanza,
una historia compleja de varias soledades y ansias de superación
de varios personajes, siendo como resultado que para vivir en
palabras mayúsculas, tenemos que aceptar y perdonar (primero
a nosotros mismos, después a los demás y por último a la vida
que llevamos y al entorno que nos rodea, no intentando cambiarlo
sino intentando adaptarnos nosotros a él).
A pesar de la importancia de estos personajes, es una película
coral desarrollada en un ambiente de ensueño –las montañas rocosas
de Wyoming– y nos recuerda a series como Doctor en Alaska
o Everwood, y películas actuales como Wilby
Wonderful (2004), La
gran seducción (2004) o Algo en común (2004). Así, después de visionar
este tipo de películas nos invade una necesidad inmediata de
escapar a las montañas rocosas o, en su defecto, a la sierra
más cercana…
Por todo esto, el cine de Hallström, aunque previsible, nos enamora
desde el primer instante por sus imágenes espectaculares, sus
diálogos inteligentes (aunque alguno sobra porque parece que
subvalora al espectador en alguna ocasión) su música y, por
supuesto, su historia. En fin: una delicia.
Arantxa Bolaños de Miguel