La Ninette de Mihura, vista por Garci
José Luis Garci vuelve su particular mirada al escenario teatral.
Ambientada en los años 60, Ninette
es la refundición y adaptación cinematográfica de dos obras
de Mihura, en el año en que se conmemora el centenario de su
nacimiento: Ninette y un señor de Murcia y Ninette,
modas de París.
La cinta, rodada completamente en interiores, comienza narrando
la aventura de Andrés (Carlos Hipólito), un “españolito” gris
que viaja a París para renovar su tienda de artículos religiosos
y que no llegará a conocer la ciudad, “secuestrado” por Ninette
(Elsa Pataky), una joven parisina que representa el ideal de
mujer de la época: sensual, traviesa, encantadora, seductora
y virgen, que conoce sus encantos y los utiliza, y que representa
el idealismo y la libertad tan añorados en los años de posguerra.
Sin embargo, en un afán por mostrar la sensualidad de la protagonista,
la picardía y sugestión que rodean al personaje en la obra original
se reduce a lo físico (un hecho que queda patente en el material
publicitario de la cinta) debido a un uso excesivo y forzado
del desnudo por parte del director, en escenas que, como la
que muestra a la joven Ninette dialogando con Andrés a través
de una cortina transparente de ducha, rozan lo artificioso.
Una pena, ya que Elsa Pataky, aunque en ocasiones exagera gestos
y miradas –tal vez siguiendo las instrucciones del director–
se aproxima, en otras, a la frescura y a la verdadera esencia
del que fuera el personaje preferido de Mihura.
Quizás a la desvirtualización o a la no total comprensión del personaje
(que sólo al final de la historia expresa su manera de ser,
enamorada, de forma que no sean sus palabras o su cuerpo) contribuya
el hecho de que el resto de personajes, que en el texto de Mihura
matizaban la carga sensual de Ninette a través de jocosos diálogos,
hayan quedado reducidos a un segundo plano, especialmente en
la segunda parte de una cinta, cuyo punto fuerte son sus actores
secundarios.
Es a través de estos personajes de carne y hueso donde se muestran
temas interesantes, como la confluencia de distintas ideologías
a través de los diálogos entre el padre republicano de Ninette
(Fernando Delgado) y el cura de una ciudad de provincias como
Murcia (Miguel Rellán). Escenas cotidianas, como las reuniones
y las partidas de cartas del protagonista y sus amigos, donde
se respetan los diálogos y se atisba el humor absurdo de Mihura,
dotan al inicio de la historia de un ritmo más vivo del que
acostumbra Garci a presentarnos en otras de sus películas.
Sin embargo, a medida que avanza el metraje de la cinta –tal vez
excesivo–, la ironía y sagacidad del dramaturgo dejan paso a
una mayor intervención del director, que no respeta tanto el
texto de Mihura en la segunda obra, en la cual la historia en
la que la dependienta de la tienda del protagonista (Mar Regueras),
representa el choque entre la imaginación, el deseo sexual y
la realidad de éste, no llega del todo a comprenderse. Ello,
sumado a la mala hilvanación de las dos piezas de teatro, en
una cinta cuya acción salta de un modo brusco de París a Murcia,
deriva en un final forzado, sin clímax, en cuyo último plano
aparece Javivi interpretando a un botones de un lujoso hotel
parisino.
No obstante, fiel a su estilo y a su idea de cine artesanal, Garci,
quien dijo que “lo mejor de la película es Mihura”, demuestra
su dominio de la fotografía y del uso de la cámara y nos presenta
una iluminación, un diseño de producción y una banda sonora
que prueban que los puntos fuertes del realizador, cuya norma
es no rodar más de 6 horas al día, siguen siendo los pequeños
detalles.
María Sánchez