Biopic coreano
Esta película podría
considerarse interesante por un par de motivos. El primero,
que se trata de una de las pocas películas coreanas estrenadas
entre nosotros que no ha sido dirigida por Kim Ki-duk, y es,
por tanto, una oportunidad para conocer un poquito más la cinematografía
del país asiático. El segundo motivo de interés no es otro que
la presencia del protagonista de la famosa y controvertida Old
Boy, Choi Min-shik. En esta ocasión Choi hace una interpretación
menos impactante y excesiva, pero encarnando a un personaje
igualmente descontrolado. Se trata de Jang Seung-up, un famoso
pintor coreano del siglo diecinueve que revolucionó el arte
de su país. En este sentido, la primera escena del filme es
ya muy reveladora. Jang realiza una pintura para un grupo de
maestros que no tardan en descalificar su estilo, ante lo cual
este se molesta profundamente y abandona el lugar con aire de
suficiencia, como seguro de haber tratado con un atajo de ignorantes
carcamales.
Lo siguiente que
vemos es una escena donde Jang, ya un anciano, es halagado por
un individuo japonés (Corea está en aquellos momentos bajo ocupación
nipona) que desea comprar uno de sus cuadros. De hecho lo que
quiere es que Jang le pinte un cuadro igual a otro que vio de
él mismo en otro lugar. Al oír esto, Jang se enfurece, pues
dice que un gran artista como él no se dedica a realizar copias
de ninguna clase. Un desaire que debe ser interpretado, sin
duda, no sólo en clave artística, sino también política.
A partir de aquí
comienza un flashback que nos sitúa en la infancia del
pintor, y que supone el verdadero comienzo de la historia de
su vida, desde su descubrimiento por parte del maestro Kim Byung-moon,
para quien un joven Jang pinta un dibujo en agradecimiento porque
éste le había salvado de una paliza en la calle; pasando por
su adiestramiento en los hogares de reconocidos artistas; hasta
su personal búsqueda del verdadero arte, que le lleva a vagar
por diversos lugares. Una vida intensa y tormentosa, también
en su relación con las mujeres, y de ahí el título español de
la cinta.
La historia en sí
resulta interesante, porque el personaje sin duda lo es, pero
la película ya no lo es tanto por excesivamente correcta y convencional.
A pesar de haber conquistado el galardón al mejor director en
el festival de Cannes del 2002, lo cierto es que Im Kwon-taek
no se luce especialmente, y en ningún momento consigue dar a
su película los trazos de excepcionalidad que Jang debía dar
a sus cuadros. Y ni siquiera consigue combinar con igual intensidad
el periplo personal del protagonista con el contexto histórico
en el que éste se mueve, como parece querer apuntar en algunos
momentos. Aunque uno puede llegar a disfrutar viendo la obra
de Jang y cómo este trabaja en ella.
Jordi Codó