Reflexivo y adulto
Hace unos meses escribía en Encadenados
sobre un filme anterior de Bellocchio, La
sonrisa de mi madre. Comentaba
que a pesar de sus limitaciones, o de su tono menor, había
que defender intensamente el filme al tratarse, como todo el cine
de su autor, de una obra adulta en el más sentido más exacto del
término. Actualmente, para nuestra desgracia, el cine parece haberse
aniñado, al ser considerado como un elemento más de las ansias
globalizadoras dominantes en el mundo actual. Uniformidad en las
películas que nos invaden, la mayoría de ellas con el claro remite
de Hollywood, y cuyo sentido (único) es la diversión sin más en
éstas o aquellas idénticas y (des)agradables películas. En ellas
el alimento del que se nutre un buen filme, como es el guión,
se reduce a esquemas imposible en acciones y personajes.
Ante tanto guionista o director como
mínimo incompetente, el espectador, tratado como un discapacitado
mental, debe agradecer la existencia de realizadores como Bellocchio,
que nos enfrenta en cada una de sus películas con la Historia
y el Momento. Lo que ha ocurrido debe conocerse para valorar el
hoy y entender el ayer. En Bellocchio se opta por la memoria como
manera de entender y acercarse al mundo. Hay que preguntarse sobre
lo que fue, ocurrió y que ha hecho posible el momento presente.
Somos producto de nuestra propia Historia y por tanto de todo
cuando ha acontecido.
En el número anterior de la revista –en
el apartado de las críticas– se hablaba de la segunda y última
parte del sobrevalorado filme italiano La
mejor juventud. En el análisis de aquella interminable película
(las seis horas se dividían en dos partes de la idéntica duración)
se decía que en la larga historia familiar marcada por la Historia
(caliente) del país no se mencionaba para nada un hecho tan importante
como el secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro. ¿A que se
debía que un filme que, desde una narración de ficción, revisaba
la Historia de Italia en los últimos años, hubiera olvidado tal
hecho? La película hablaba de los
movimientos del 68, de la mafia, de los asesinatos de algunos
jueces sicilianos y, por supuesto, de las Brigadas Rojas, pero
silenciaba (¿a conciencia?) el cautiverio y asesinato del influyente
Presidente de la Democracia Cristiana. Hay silencios que hablan
por sí mismos y que delatan a quienes los observan.
Bellocchio, en este filme de bello título,
se acerca a la Historia desde una óptica casi documental. Se aproxima
al hecho clave al tiempo que entra en la vida de los hombres y
de la mujer que tuvieron a Moro en cautiverio. La película nos
acerca la historia de la Historia desde un punto de vista harto
curioso al unir la realidad con una componente imaginativa que
conlleva a discutir o analizar las relaciones que existen entre
el arte y la vida, lo imaginado y lo vivido. Una realidad al mismo
borde de un sueño. Una clara licencia artística secundada por
el propio y contradictorio título que procede de un poema de Emily
Dickinson. Bellocchio nos propone, en su singular y zigzagueante
discurso, una especie de ceremonia de la confusión donde no existe
la noche ni el día. Las personas y las acciones no pueden definirse
fácilmente desde el tópico. Ni nada es simple, ni la lectura de
un hecho se puede simplificar. Tampoco los seres son buenos o
malos, valientes o cobardes sin matiz alguno. No, la realidad
es muy otra: compleja y contradictoria. La película desde la ficción
habla de la realidad. Se acerca a los hechos reales, pero también
se permite caminar por la ficción al mostrar lo que pudo ser y
nunca fue. Pase constante de ambos mundos, claro enfrentamiento,
dilema, entre ellos. Lo onírico cerniéndose sobre la dura realidad.
Dos propuestas, dos niveles, dos exigencias
movidas por astucia, rigor e inteligencia por el director que
actúan como objetos distintos que tratan de equilibrar una imaginaria
balanza. A un lado y a otro del espejo se asoma Bellocchio proponiendo
un original sistema narrativo, que se aleja del adocenamiento
en el que vive el cine actual. Difícil y nada cómodo para el espectador
actual, que se pierde en los vericuetos de la narración. No es
culpa del director que en todo momento no sólo expone y propone
la existencia de ambos niveles, sino que además se permite signarlos
convenientemente. El arte, como se dice en uno de los instantes
del filme, puede a la realidad o crea (añado) la nueva realidad.
El así fue y así se sintió se corresponde con el así se vivió
y así pudo ser. Las cosas fueron así pero podrían haberse invertido.
¿Acaso las verdades son únicas? Pero, con todo, hay algo que está
por encima de ello: lo que ocurrió fue, aunque aquello no nos
gustase. O aunque hubiéramos deseado que las cosas fueran de otra
manera. .
La película se centra sobre todo en el
personaje de la única mujer que participó en el secuestro. Es
este personaje el hilo conductor de lo que se narra. Todo está
como visto a través de sus ojos y de su mente. Las contradicciones
de los brigadistas, sus dudas, su loco fanatismo está expuesto
sin virulencia y sin apasionamiento ¿Por qué se le secuestró y
luego se le mató? ¿Por qué los diversos estamentos del poder (político,
empresarial, eclesiástico) hicieron tan poco por salvar a Moro?
Bellocchio deja clara su postura contra la violencia gratuita
y fanática. La relación que la película promueve entre la barbarie
fascista y la provocada por las Brigadas Rojas con las ejecuciones
de unos y otros muestra de forma clara la senda por la transita
el filme.
¿Quiénes son los verdugos? ¿Cuáles las
víctimas? ¿O cómo son? ¿Actúan los brigadista por sí mismos o
son manejados por otras instancia superiores que desconocen? De
forma concisa (y con un cierto aire de misterio) se inicia la
película mostrando a unos seres normales que actúan como otros
muchos, que se mueven en ambientes familiares y que, además, se
nos muestran como seguidores de unas viejas tradiciones. No es
raro mostrar la breve, elocuente y curiosa de la alegría de la
protagonista y de uno de sus camaradas ante la celebración del
año nuevo. Como también serán importantes para hablarnos de los
personajes los momentos en que uno de los terroristas busca, con
peligro para su seguridad, unos pájaros que parecen han escapado
o una de las secuencias más representativas del filme: la reunión
anual familiar en recuerdo de un muerto. En esa secuencia se nos
muestra a unos seres introducidos o tan comprometidas con el mundo
como cualquier ciudadano. Sus conversaciones, canciones y miradas
al ayer como formar de crear un nuevo mundo dominado por el proletariado,
suenan huecas y por momentos tan emotivas como ridículas.
Probablemente su actuación, su forma
de estar en la vida, sea una pantomima más. Y ellos quizá no sean,
al igual que los otros, los terroristas que creen van a cambiar
un mundo con sus cobardes acciones, sino como unos muñecos o unas
marionetas como las que muestra esa incesante televisión que no
deja ni por un momento de lanzar imágenes que son también historias.
Sin saberlo, o de forma consciente, los brigadistas repiten los
mismos viejos esquemas manejados por dictadores que utilizan el
poder como forma exclusiva de perpetuarse. Algo que las imágenes
documentales, de falsos mundos soñados, muestran al presentar
los ridículos oropeles que reverenciaban a “papá” Stalin.
Aldo Moro, su personaje, está visto,
como el de sus raptores, con indudable distanciamiento. Resulta
muy interesante la secuencia en la que escribe la carta a un viejo,
enfermo y agotado Pablo VI. La secuencia del Papa es elocuente:
rodeado de gente, sin saber cómo actuar, preocupado (como Moro)
por su vida y elevado luego al poder en la silla gestatoria (en
el funeral de Estado) como ejemplo de dominio. En su rabia, Pablo
VI encierra también la dificultad de actuar de acuerdo a un pensamiento
propio y personal. Él, como todo, forma parte de un engranaje
de difícil movimiento. ¿Cuál es la relación de dominio? ¿Quién
domina a quien? ¿Dónde está el poder o quién lo sustenta? ¿Cuál
es la sinrazón razonada de unos individuos encerrados junto a
su víctima? Todos los personajes aparecen como inútiles, muertos
y derrotados, como quien espera una sentencia condenatoria.
Bastan pequeñas secuencias para ir expresando
cómo se manifiesta el pueblo frente a unos hechos o cuál es la
forma de enfrentarse a las situaciones por parte de unos y otros.
Excelente la secuencia, ya indicada con anterioridad, en que la
protagonista asiste a la comida familiar en el campo en honor
de un familiar muerto, el padre de la protagonista. Un ritual
que se repite año a año, comenzando en el cementerio con esos
rezos aseverados por la propia hija y que concluye en esa comida
con cantos que añoran un mundo pasado en el que se luchó por algo
muy distinto a lo que ahora se tiene. En esa secuencia todo está
medido, incluso la presencia de la boda que “pasa por allí”, y,
por tanto, queda enmarcada en el acto: celebraciones rituales
emparejadas.
Momentos simples, nada explicativos,
aparentemente apartados de la historia principal, pero que resultan
importantes tanto como dibujo de una época como para mostrar las
contradicciones de los diferentes personajes. Nada es gratuito.
Ahí está la secuencia del ladrón que quiere entrar en la casa
“acorazada” (“sólo era un ladrón”), la irónica bendición de la
casa donde está Moro por un sacerdote y la no menos delirante
sesión de espiritismo por medio de la cuál los “poderosos” tratan
de descubrir (esperan nada menos que un “chivatazo” desde el más
allá) dónde se encuentra Aldo Moro. Certeros, reflexivos e irónicos
momentos con los que Bellocchio fustiga a una sociedad caótica,
inconexa, fanática, incapaz de encontrar la salida a sus problemas.
El afán de Bellocchio por no dar demasiadas
explicaciones conduce a algunos momentos demasiado desarrollados.
Algo que ocurre también con algún personaje. Tal es el caso del
compañero de trabajo de la protagonista, detenido en un tan impresionante
como despistante despliegue policial. Un personaje que entendemos
debería ser esencial para explicar muchas cosas y que se “evade”
totalmente dentro del relato. Claramente no es este un filme redondo,
pero si importante y necesario. Algo que es digno de atención
y respeto.
Lo onírico forma el contrapunto de lo
real (como en esa significativa visión subjetiva, por parte de
la mujer, de los brigadistas haciendo la señal de la cruz antes
de la “última” comida compartida, al igual que lo hace Aldo Moro
antes de cada comida) de manera que a veces, y a medida que la
película se acerca a su final, se llegan a confundir ambos niveles.
Habría que añadir un tercer nivel, unido a lo onírico, y que viene
definido por aquello que se piensa. De ahí la existencia de dos
finales, que al fin y al cabo se corresponden con uno solo: en
el primero, el hombre apresado es liberado y sale a una calle
en la que no hay absolutamente nadie. El segundo final nos explica
la realidad, el otro plano (la antítesis del primero; el contraplano:
realidad y deseo, querencia y existencia): la ejecución y muerte
de Aldo Moro para a continuación pasar a mostrar el funeral de
Estado. La voz en off aclaratoria nos indica que tal funeral
se hizo sin que estuviera presente el cuerpo del político y sin
la asistencia de la familia, pues decidieron hacer un funeral
en la intimidad. Pero, eso sí, está el poder que ya desde hacía
tiempo había decidido que Moro era preferible muerto. Posteriormente
un nuevo plano nos muestra a Moro andando, liberado, por la calle.
Los dos mundos se han unido, el de la ficción y el de la realidad,
el de la verdad y el del deseo. Al fin y al cabo, consiste en
divagar sobre la necesidad de imposición finales felices, una
forma de lograr que las películas sean comerciales (al menos eso
intentan). Es el ofrecimiento a los espectadores para que puedan
sentirse felices: una forma de huida de la cruda realidad del
mundo en el que vivimos. Pero lo que ignora muchas veces, el irreflexivo
y complaciente espectador, es que el final de la historia no acaba
cuando en la pantalla aparece la palabra fin. Los personajes “viven”
más allá de la película que acaba de vomitar sus imágenes sobre
la pantalla.
De todas las maneras, aquí ambos finales
procuran una misma idea. Moro muere. Una muerte que era necesaria
para todos, ya que el político (no se olvide de la Democracia
Cristiana y que con anterioridad a su secuestro había pedido la
unión gubernamental de su partido con los comunistas) había dejado
de ser útil: ahora no interesaba a nadie. El “poder” había certificado
una muerte que alguien (¿manejado?) debería ejecutar. Los de un
lado y los de otros tenían motivos para que muriera. El final
inventado, en que se muestra a un hombre solo caminando por una
calle vacía hacia no se sabe dónde, es también en realidad la
confirmación de un fantasma vagando por una ciudad donde no hay
nadie porque nadie le reconoce.
El funeral de estado celebrado sin su
cuerpo presente es un hecho real pero que le sirve a Bellocchio
para adentrarse en el paraje de lo simbólico. El hermoso plano
final de Aldo Moro caminando solitario como un muerto viviente
por una calle desierta me trae a la memoria uno de los más bellos
finales que el cine nos ha dado: Ojos sin rostro de Franju. Allí, una mujer muerta hace tiempo para
el mundo camina hacia la vida que probablemente no la reconocerá.
¿Dónde va esa muerta viva? ¿No es su destino equiparable al del
fantasma de Moro? ¿O quizá aquí, en Buenos
días, noche, el final desea expresar una mirada concienciadora
cara al espectador? Que cada uno saque sus conclusiones.
El filme, hermoso y duro, frío y apasionado,
imperfecto y revolucionario en un acto inmenso de amor, lo ha
dedicado Bellocchio a su padre. A alguien que probablemente soñó,
en la lucha, por un presente mejor. A lo mejor batalló por legar
un mundo donde las dictaduras del signo que fueran hubieran desaparecido
y donde los poderosos hubieran dejado de serlo. Un sueño dentro
de otro sueño. Como los de la excepcional Maya Sansa, la mujer
contradictoria que busca entender y que no entiende, trata de
actuar y no actúa. Quiere en definitiva ser un motor cuando en
realidad no es más que una marioneta mecida por no se qué extraños
vientos. La dificultad de vivir, de ser, de comprender. La complejidad
de un mundo que es éste en el que vivimos.
Pero con la dedicatoria al padre, el
filme plantea una nueva vuelta de tuerca. El padre de Bellocchio
murió joven. Y el director, probablemente, sintió su ausencia.
En general, su cine está planteado en términos psicoanalíticos
y aquí no va ser menos: se trata de una película que habla de
figuras paternas, las que sean, centradas en una persona o en
unos poderes. Paterna en cuanto aparenta proteger a otros. Padre
es por tanto Aldo Moro como Stalin, el Papa o el Presidente de
la República Italiana. Y tal figura es la que falta a la protagonista.
Observa a Moro como el padre (lo que quería o despreciaba de él)
que murió en el pasado. Por eso la importancia de la escena citada
anteriormente en la que se recuerda esa muerte. Un padre de familia
va a ser asesinado. ¿Merece morir? Una vuelta más, que quizá sea
un cínico chiste del director: el actor que interpreta a uno de
los brigadistas es el propio hijo de Bellocchio. Es quien duda
sobre la necesidad del asesinato de Moro. Es el que, en un momento,
deja la casa donde se encuentra secuestrado porque duda de la
salvaje misión. No obstante, termina volviendo para finalizar
el trabajo ejecutorio: la certificación del “asesinato” paterno
(¿necesario?). Con muchos años y muchas películas Bellocchio es
capaz de ironizar sobre sí mismo.
Película, en definitiva, adulta, para
personas adultas. Algo difícil de encontrar en este infantil cine
en el que nos movemos lleno de ruidos, saltos, vulgaridades y
curiosos mensajes esotéricos. Nosotros somos también prisioneros
tanto de este tipo de cine como del mundo que nos cerca.
Adolfo Bellido