Juegos de parejas
Parece una película de Neil La Butte, pero no lo es. También se
asemeja a una novela de Updike. Pero no, tampoco ha sido escrita
por él. Para el caso es igual ,estamos ante un filme inmerso en
la típica cultura americana. O en el tópico que tanto juego da
en la literatura y en el cine. Existen bastantes películas y novelas
parecidas al ser propias de una época y de una cultura. Misma
forma de ver, mirar, pensar, decir.
A ese amplio grupo pertenece este filme
de John Curran inspirado en una serie de relatos de Andre Dubus.
En conjunto, se mire como se mire, no cuenta nada nuevo, diferente.
La película, en toda su extensión, se reduce a mostrar unos personajes
sin futuro, dominados por su propio egoísmo. Unos seres que intentan
navegar por unas situaciones e instituciones viejas o, como mínimo,
desfasadas.
Da la sensación de que es muy importante
todo lo que ocurre en la película, pero en realidad las historias
de esas dos parejas son vulgares, quedando aisladas en un entorno,
digamos, político. Supervivientes en una sociedad sin futuro,
enganchada a un pasado. Vueltas sobre las repetidas mentiras de
unas parejas que intenta salir a flote de sus crisis. Engaños
a cuatro, juegos sin sentido, sin admitir –o conocer– unas reglas
que nadie está dispuesto a cumplir. Lo suyo es trampear como forma
de salvación personal, sin preocuparse (o simplemente preguntarse)
por el daño que pueden producir. Los personajes protagonistas
como ejemplo de la cultura de la decadencia. Distintas maneras
de mirar y enjuiciar los mismos hechos. Una idea que no se distancia
demasiado de las lecciones explicadas por Woody Allen. La distancia
está en la forma de expresar y de plantear. También en la de acercarse
a las historias de unos seres adultos por la edad pero que se
muestran infantiles en sus acciones y sus reacciones.
Ya no somos dos es la visión trágica de la pareja, de
las parejas, de los encuentros y desencuentros, de los enamoramientos
y las rupturas, del querer y del odiar. Cuatro, casi únicamente
cuatro, son los protagonistas de esta desigual película. Dos hombres
y dos mujeres. Una familia con sus hijos pequeños luchando por
salvar lo insalvable y una pareja más joven demasiado metida en
su mundo. Más egoístas estos últimos o quizá, de forma ingenua,
más inocentes. O a lo mejor todo lo contrario.
Como fondo de sus vidas se muestra la
sociedad del éxito y de la prisa. O no tan al fondo. Detrás del
aparente éxito personal o general sólo se esconde el fracaso generalizado.
Todo muy claro, pero englobado en un proceso de construcción o
destrucción sexual. Ahí, en los encuentros entre las nuevas parejas
que se forman o rompen, se gesta toda una sociedad. O al menos
se muestran de acuerdo a una idea en cuya base pueden estar lar
teorías freudianas.
Lo que ocurre es que “ese sentido” no
es el único camino por el que se mueve la sociedad o la política.
Hay películas que también indagan sobre otros aspectos. O que
desde ahí tratan de abrirse a otros caminos. No es ese, ni mucho
menos, el caso de esta monocorde –y más bien teatral– película,
válida sobre todo por los cuatro magníficos actores que interpretan,
pero sin vivir, los papeles que le ha tocado. Actuaciones, las
suyas, que suponen el aprendizaje y enunciado de grandes parlamentos.
No hay gestos, sólo palabras. Las miradas son rápidas y severas
casi inquisitoriales, pero nunca basadas en esos pequeños detalles
que dan vida, que humanizan a los seres que pululan por la pantalla.
Una forma de interpretar de acuerdo a las grandes escuelas de
teatro que para nada “semejan” la vida. Una película que tiene
tras de si los ecos de los grandes dramas psicológicos-sexuales
de la literatura y del teatro americano: Williams, Albee o, lo
que es lo mismo, de Un tranvía llamado deseo a ¿Quién teme a Virginia Woolf?. Tanto monta.
Curran, de escaso currículum,
ni es Kazan, ni siquiera Brooks. Sería mas el Nichyols de Closer que el Virginia Woolf
en cualquier caso, pero sin pasarse, menos ilógico y más adulto.
Falta garra y clase y un estilo propio. Con un tema parecido,
Neil La Butte ha realizado alguna película muy estimable. Eso
sin ser hasta el momento un gran realizador, pero por lo menos
dota a sus películas de una cierta originalidad, cosa que no han
logrado Curran ni otros como él.
Ya no somos dos es una película más de una serie de ellas
que muestran la decadencia de una sociedad. Es como un espejo
de otras muchas. Igual que ellas. Repetidas, miméticas. Prendidas
del teatro, no saben llegar al sentido del cine. Medianías a la
sombra de los grandes dramas de palabras altas y duras. Desgarradores
panoramas lo que se muestra. Bien mirado, y salvando las distancias,
no se trata de historias tan lejanaqs a los dramones recitados
por las telenovelas radiofónicas o televisivas.
Todo se realiza de una manera lógica
y de acuerdo a un tempo corto. No comete los errores de
un filme parecido en tema, y ya citado, como es el mediocre y
falsario Closer. Ahí las grandes elipsis consideradas como innovadoras no eran
más que los pases de unos actos a otros de una obra teatral. Parece
ser que algunos directores intentan descubrir ahora el teatro.
Sin tan siquiera partir de una obra escénica. Una idea que se
cierne, conscientemente, sobre este predecible y prescindible
filme.
Mister Arkadin