A vueltas con el cine social
Desde hace un tiempo, el cine argentino se ha ido colando por las
ranuras de la cinematografía haciendo pequeñas piezas muy bien
logradas. No obstante, al igual que ocurre con la mayoría de las
cosas que comienzan a gustar al público, se puede caer en la tentación
de reproducir clichés demasiado vistos, situaciones vividas por
todos que, aunque al comienzo pueden ser entretenidas, finalmente
terminan agotando.
Desde que vimos El hijo de la novia,
Historias mínimas o Nueve reinas, parece ser que el gusto
por el cine social ha ido cabalgando a marchas forzadas, observando
como un filón la situación de pobreza, corrupción y desolación
argentinas. Pero como ya sabemos, todo esta contado, lo único
que diferencia a una u otra película, es la manera de hacerlo,
siendo buenos filmes aquellos que no te dejan indiferente una
vez has salido de la sala.
No sos vos soy yo, es una producción simple que, mezclando
algunos toques que se quieren asemejar al cine de Woody Allen,
hace que el protagonista, interpretado por Diego Peretti, refleje
una mezcla de sentimientos continua que desemboca en graciosos
gags, que ya hemos visto en muchas otras ocasiones.
Javier,(Diego Peretti), es un médico treintañero que está recién casado y
que junto a su mujer María, la actriz Soledad Villamil (también
vista en la película El
mismo amor, la misma lluvia), tiene planes de comenzar una nueva
vida en Estados Unidos. Justo antes de partir hacia su nuevo destino
para encontrarse con ella, ésta lo llama para confesar que se
ha enamorado de otro y que prefiere dejar la relación, ya que
su confusión podría empeorar la situación que viven. Javier, desesperado
porque ha vendido su piso, ha dejado su trabajo para marchase
con ella y porque cree que María es el centro de su vida, intenta
volver a la normalidad, acudiendo obviamente al psicólogo y refugiándose
día tras día en sus amigos.
El director de esta película, Juan Taratuto, ha querido reflejar la situación
de desesperación que se vive en ese país suramericano, la necesidad
de inmigración para poder llevar una vida holgada y la excesiva
manipulación de un sistema corrupto, bajo un manto de comedia.
El problema, es que la narración de la historia se hace densa,
de manera que al comienzo se suceden casi atropelladamente diversas
situaciones, que sitúan al espectador en el centro de la trama,
pero que luego no se desarrollan adecuadamente. La obsesión de
querer reflejar una situación de malestar de manera cómica en
vez de hacerlo con tintes dramáticos, puede producir que al final
el espectador se olvide del propósito real de la película.
Además, esta vez el director ha querido representar el “problema” con los
típicos tópicos de pareja, sacando a escena a la mujer dudosa,
al marido depresivo tras la ruptura, al sentimiento de necesidad
de no estar solo, al fracaso en el trabajo y a la vuelta a casa
con los padres, combinándolo además con el psicólogo argentino.
Por lo tanto, la mezcla que sale de este conjunto de ingredientes,
es algo que todos ya conocemos, acompañado de una aceptable fotografía
que ayuda al desarrollo de las imágenes, sin dejar de nombrar
la buena interpretación de Diego Peretti.
Quizás el fallo esté en el esqueleto del guión, que nace de la obsesión a
la que se ha llegado, de intentar innovar en temáticas en las
cuáles es muy complicado hacerlo, al ser muy fáciles de narrar
pero difícil hacerlas de manera original. Al fin y al cabo el
amor y el desamor están continuamente en el aire y, en realidad,
son el papel que envuelve a ésta comedia argentina de 105 minutos,
que tampoco es algo distinto de lo que hayamos podido ver con
anterioridad.
Anaïs Pérez
Figueras