LILA DICE  
 
Dirección: Ziad Doueiri
Intérpretes: Vahina Giocante, Mohammed Khouas, Karim Ben Haddou, Edmonde Franchi, Lotfi Chakri, Hamid Dkhissi, Carmen Lebbos
Guión: Ziad Doueiri
Producción: Marina Gefter
Fotografía: John Daly
Música: Nitin Sawhney
Montaje: Tina Baz
 
 









 
 

Juego de seducción

Una pandilla de cuatro chavales descendientes de inmigrantes, habituados a vaguear por las callejuelas de su barrio popular de Marsella, hacen un alto en la terraza del bar de la esquina para tomarse unas cervecitas y fanfarronear sobre las últimas aventuras. Pero, por unos momentos, algo les cautiva la mirada y les corta el aliento: una jovencita de mirada angelical y ondulado pelo color oro pasa exultante ante sus incrédulos ojos. Es Lila (Vahina Giocante, la nueva referente juvenil con permiso de Scarlett Johansson), quien acaba de llegar, acompañada de su tía, para instalarse en el barrio. Un nuevo reto se atisba en el horizonte del chulesco Mouloud, el líder del grupo: conseguir que esa chica desconocida se convierta en su chica. El drama de Lila dice (Lila dit ça, 2004) se desencadenará cuando la protagonista, fémina de carácter que inocentemente rompe con los roles sexuales estándares, no cumpla con las expectativas que se ha generado Mouloud, quien tan sólo es capaz de relacionarse con las mujeres poseyéndolas (y, por tanto, reduciéndolas) como meros objetos “decorativos” o sexuales.

Lila dice, última película de Ziad Doueiri, libanés afincado en Francia, es una adaptación de un relato corto que, debido a la generación de sensaciones a partir de la estetización de la imagen, es capaz de ofrecer un aire nuevo a la tradición literaria del cine francés, aunque persiste en la narración implícita a partir de la voz en off del protagonista Chimo (Mohammed Khovas), miembro disidente (o, simplemente, diferente) de la pandilla de muchachos. Será este joven inconsciente y bastante inocente respecto al coste de la vida quien, con la excusa de escribir unas páginas para ser admitido en una escuela superior y abrirse un futuro fuera del barrio, nos relatará una historia, la historia de su encuentro con Lila.

Es redundante decir que el personaje de Lila, que da nombre al título de esta última película, es el eje central en torno al cual se desplegará la narración. Porque aunque sea Chimo la voz que intenta estructurar los hechos que se acontecen y dar respuesta a las dudas que le surgen, es Lila la que dice, la que con sus palabras controla los movimientos del joven, dosificando su excitación sexual e intelectual. Es ella quien inicia un juego de seducción en el que mezcla a la perfección algo de elegante exhibicionismo y muchísima fantasía oral. Un juego placentero y refinado que únicamente puede conectar con la capacidad imaginativa de Chimo. La primeriza curiosidad del chico se va transformando en turbación a medida que Lila revolotea a su alrededor.

El azar (?) provoca un inicial encuentro “privado” en el parque infantil. Allí, sin motivo aparente para Chimo, Lila hace valer su picardía para hechizarle meciéndose en el columpio. Como ya pintara J. H. Fragonard en El columpio (1768), el rítmico balanceo sirve a la joven para mostrar la naturaleza prohibida a un único joven que contempla paralizado y fascinado por igual. ¿Indecencia o sensualidad? Entonces, el paso del tiempo sufre una fractura cuando ella se aleja con su motocicleta. Posteriormente, Lila le captura al salir del supermercado y le acompaña de vuelta a casa en una escena de alto voltaje. El erotismo ondea en la brisa del puerto mientras ambos circulan montados en la motocicleta. A partir de aquí, será Chimo quien no pueda controlar su pulsión amorosa y vaya desesperado al encuentro de las sugerentes fantasías que Lila le cuenta.

Ante tal derroche de seducción, resulta un mal menor la contradicción entre la candidez de Chimo y la realidad que muestran las estadísticas sobre las prácticas sexuales de los adolescentes de hoy día. Este desajuste se puede deber a que la temática que aborda Doueiri, tanto en Lila dice como en su anterior opera prima West Beirut (1998), prioriza el  despertar a la vida de los adolescente, mientras que el retrato de la sociedad queda subordinado a la particular visión que (tras las palabras o la cámara) tiene el joven protagonista de cada una de las películas. Así, no es de extrañar que, en los primeros minutos del metraje, la cámara vuele alegre por las coloridas calles del barrio. Por contra, una vez que Mouloud, ofuscado por no poder participar en el juego de seducción, da rienda suelta a su brutalidad y derroca a Lila sometiéndola según su machista patrón social, la imagen se vuelve lánguida y pesada como símil del ánimo de Chimo. Es entonces, con la irrupción de Mouloud en la peculiar relación entre Chimo y Lila, cuando se abre la caja de Pandora. Una vez que Chimo descubre el secreto de Lila, la realidad vence a la fantasía. La magia se ha roto.

Resumiendo, Lila dice en un cuento de seducción, tanto del protagonista como del espectador forzosamente identificado con él, que no hace más que confirmar la proyección de Ziad Doueiri (exitosamente ha conseguido zafarse de la pornografía barata y el refrito de su antiguo jefe Tarantino). Un relato para disfrutar de la ambigüedad y el erotismo de la fantasía.

Daniela T. Montoya