Juego de seducción
Una pandilla de cuatro
chavales descendientes de inmigrantes, habituados a vaguear por
las callejuelas de su barrio popular de Marsella, hacen un alto
en la terraza del bar de la esquina para tomarse unas cervecitas
y fanfarronear sobre las últimas aventuras. Pero, por unos momentos,
algo les cautiva la mirada y les corta el aliento: una jovencita
de mirada angelical y ondulado pelo color oro pasa exultante ante
sus incrédulos ojos. Es Lila (Vahina Giocante, la nueva referente
juvenil con permiso de Scarlett Johansson), quien acaba de llegar,
acompañada de su tía, para instalarse en el barrio. Un nuevo reto
se atisba en el horizonte del chulesco Mouloud, el líder del grupo:
conseguir que esa chica desconocida se convierta en su
chica. El drama de Lila
dice (Lila dit ça, 2004) se desencadenará cuando
la protagonista, fémina de carácter que inocentemente rompe con
los roles sexuales estándares, no cumpla con las expectativas
que se ha generado Mouloud, quien tan sólo es capaz de relacionarse
con las mujeres poseyéndolas (y, por tanto, reduciéndolas) como
meros objetos “decorativos” o sexuales.
Lila dice, última película
de Ziad Doueiri, libanés afincado en Francia, es una adaptación
de un relato corto que, debido a la generación de sensaciones
a partir de la estetización de la imagen, es capaz de ofrecer
un aire nuevo a la tradición literaria del cine francés, aunque
persiste en la narración implícita a partir de la voz en off del protagonista Chimo (Mohammed Khovas),
miembro disidente (o, simplemente, diferente) de la pandilla de
muchachos. Será este joven inconsciente y bastante inocente respecto
al coste de la vida quien, con la excusa de escribir unas páginas
para ser admitido en una escuela superior y abrirse un futuro
fuera del barrio, nos relatará una historia, la
historia de su encuentro con Lila.
Es redundante decir
que el personaje de Lila, que da nombre al título de esta última
película, es el eje central en torno al cual se desplegará la
narración. Porque aunque sea Chimo la voz que intenta estructurar
los hechos que se acontecen y dar respuesta a las dudas que le
surgen, es Lila la que dice, la que con sus palabras controla los movimientos del joven,
dosificando su excitación sexual e intelectual. Es ella quien
inicia un juego de seducción en el que mezcla a la perfección
algo de elegante exhibicionismo y muchísima fantasía oral. Un
juego placentero y refinado que únicamente puede conectar con
la capacidad imaginativa de Chimo. La primeriza curiosidad del
chico se va transformando en turbación a medida que Lila revolotea
a su alrededor.
El azar (?) provoca
un inicial encuentro “privado” en el parque infantil. Allí, sin
motivo aparente para Chimo, Lila hace valer su picardía para hechizarle
meciéndose en el columpio. Como ya pintara J. H. Fragonard en
El columpio (1768), el rítmico balanceo sirve a la joven para mostrar
la naturaleza prohibida a un único joven que contempla paralizado
y fascinado por igual. ¿Indecencia o sensualidad? Entonces, el
paso del tiempo sufre una fractura cuando ella se aleja con su
motocicleta. Posteriormente, Lila le captura al salir del supermercado
y le acompaña de vuelta a casa en una escena de alto voltaje.
El erotismo ondea en la brisa del puerto mientras ambos circulan
montados en la motocicleta. A partir de aquí, será Chimo quien
no pueda controlar su pulsión amorosa y vaya desesperado al encuentro
de las sugerentes fantasías que Lila le cuenta.
Ante tal derroche
de seducción, resulta un mal menor la contradicción entre la candidez
de Chimo y la realidad que muestran las estadísticas sobre las
prácticas sexuales de los adolescentes de hoy día. Este desajuste
se puede deber a que la temática que aborda Doueiri, tanto en
Lila dice como en su
anterior opera prima West
Beirut (1998), prioriza el
despertar a la vida de los adolescente, mientras que el
retrato de la sociedad queda subordinado a la particular visión
que (tras las palabras o la cámara) tiene el joven protagonista
de cada una de las películas. Así, no es de extrañar que, en los
primeros minutos del metraje, la cámara vuele alegre por las coloridas
calles del barrio. Por contra, una vez que Mouloud, ofuscado por
no poder participar en el juego de seducción, da rienda suelta
a su brutalidad y derroca a Lila sometiéndola según su machista
patrón social, la imagen se vuelve lánguida y pesada como símil
del ánimo de Chimo. Es entonces, con la irrupción de Mouloud en
la peculiar relación entre Chimo y Lila, cuando se abre la caja
de Pandora. Una vez que Chimo descubre el secreto de Lila, la
realidad vence a la fantasía. La magia se ha roto.
Resumiendo, Lila dice en un cuento de seducción, tanto
del protagonista como del espectador forzosamente identificado
con él, que no hace más que confirmar la proyección de Ziad Doueiri
(exitosamente ha conseguido zafarse de la pornografía barata y
el refrito de su antiguo jefe Tarantino). Un relato para disfrutar
de la ambigüedad y el erotismo de la fantasía.
Daniela T.
Montoya