Kim Ki-duk por partida doble
Actualmente, y desde hace algunos años,
se ha producido una curiosa asociación entre el cine de Oriente
(y se refiere al de Extremo Oriente) y el de género fantástico.
Los festivales de cine fantástico –como, sin ir más lejos, el
de Sitges– programan sin ningún pudor en sus secciones oficiales
filmes chinos, japoneses o coreanos cuyos argumentos no contienen
elemento alguno que pudiera justificar tal adscripción, al menos
en una clasificación tradicional. Por ejemplo, ¿dónde está el
elemento fantástico de Zatoichi, ganadora del Sitges del
2002? La explicación a este desbarajuste se encuentra (¡cómo no!)
en cuestiones económicas: uno y otro género comparten un
mismo público y, sobre todo, un fenómeno muy rentable, el del
freakismo.
De otra forma no se explica cómo un
autor como el coreano Kim Ki-duk pueda llegar a vincularse al
género fantástico (su película La isla ganó premios en
los festivales de cine fantástico de Oporto y Bruselas), cuando
lo que nos viene a la cabeza al pensar en su cine nada tiene que
ver con éste. De todos modos, si debemos atenernos a los hechos
consumados, tal vez podamos encontrarle una vinculación. En La
isla un hombre era literalmente pescado con un anzuelo en
un lago. La escena tenía lógica dentro del argumento, aunque ciertamente
evoca un aire surrealista (más que fantástico, si bien la divisoria
sea difusa) que contribuye a crear una sensación generalizada
de irrealidad. Pero esta sensación –conscientemente creada– está
básicamente construida a partir de elementos no estrictamente
fabulosos, como un entorno neblinoso, un silencio sepulcral o
unos personajes de expresión apática. Algo parecido ocurre en
Primavera, verano, otoño, invierno… primavera, la segunda
película de Kim estrenada entre nosotros. La sensación del espectador
es la de encontrarse en otro mundo, a pesar de que eso no sea
(exactamente) cierto.
Esta sensación se halla, de nuevo, muy
presente en Hierro 3, pero no en Samaritan girl,
las dos últimas películas del realizador, estrenadas sorprendentemente
a la par. En la primera, una pareja (Tae-suk y Sun-hwa) se dedica
a vivir en las casas de quienes se ausentan de ellas durante unos
días por vacaciones u otros motivos. A su vuelta, los propietarios
no llegan a ser conscientes de que alguien ha habitado su hogar
mientras estaban fuera, ya que estos curiosos okupas tratan
las casas como si fueran suyas y lo mantienen todo limpio y ordenado.
Su presencia allí, una vez se han marchado (siempre justo a tiempo),
resulta algo fantasmal, reforzando el aire etéreo de los personajes,
que en toda la película no se dirigen la palabra. En este sentido,
el plano final en que ambos se suben a una báscula, y ésta indica
cero, resulta revelador. El paroxismo de esta capacidad para pasar
desapercibido lo alcanza él, cuando al final del filme consigue
vivir en casa de Sun-hwa sin que el marido de ésta se de cuenta.
Sin duda se ha convertido en una presencia fantástica.
El optimismo que esta fábula casi irreal
desprende no se encuentra en Samaritan girl. En ésta es
el lado más incómodo del cine de Kim Ki-duk el que sale a flote,
el de la crueldad, aunque no llegue a emplear las impactantes
imágenes de dolor que le hicieron famoso en Occidente. Jae-young
y Yeo-jin son aquí dos adolescentes que sueñan con viajar a Europa.
Para conseguirlo, Jae-young, cuyo equilibrio psicológico es más
que dudoso, decide prostituirse, mientras Yeo-jin se encarga de
concertarle las citas, aunque cada vez tiene más dudas sobre la
conveniencia de seguir adelante con esto.
Cuando, un día, son sorprendidas por
la policía, Jae-young salta por una ventana y muere (en lo que
parece más bien un suicidio). A partir de entonces su amiga decide
tomar el relevo, aunque en lugar de cobrar a los clientes les
devuelve el dinero, como intentando sacarse de encima la culpabilidad.
En ese momento la película hace un curioso giro, y el punto de
vista del relato pasa a ser el del padre de Yeo-jin, que intentará
descubrir qué le sucede a su hija.
La extrañeza que esto produce en el
espectador es reforzada por la manera de filmar de Kim. En una
escena en que el padre entra en la casa de uno de los hombres
que ha visto con Yeo-jin para darle un escarmiento, el tempo
y las reacciones de los personajes son completamente antidramáticos.
En el cine de Kim, como en el del japonés Takeshi Kitano, a veces
una extraña calma se ve momentáneamente interrumpida por un estallido
de violencia inesperado. Las sensaciones que esta forma de contar
nos provocan son muy distintas a las que experimentamos con la
narración clásica, y por ello nos pueden llegar a parecer antinaturales
(o sobrenaturales).
Jordi Codó