Vida de perro
Desde el momento
en que Bart (Bob Hoskins), un gángster extremadamente violento,
arranca a Danny (Jet Li) de los brazos de su madre, éste es tratado
y “domesticado” como si fuera un animal salvaje, un perro de presa
que sólo reacciona ferozmente ante ciertos estímulos; se convierte
así en un arma eficacísima para la consecución de los objetivos
siniestros de su domesticador, el mafioso Bart.
Apartado del mundo,
Danny no tiene otra alternativa que vivir como una bestia, encerrado
a la espera de la oportunidad de actuar como un perro salvaje.
Un día las cosas parecen tornarse y la oportunidad vendrá de su
amor por la música, procedente de los primeras y ya lejanísimas
experiencias con su madre: conoce a un afinador de pianos ciego
(Morgan Freeman) y a su sencilla ahijada Victoria, que comenzarán
a iniciarle en el camino de la redención, en el proceso de humanización.
Pero antes tendrá que romper con su pasado y su terrible presente.
Sin ser original,
este es un bonito argumento que daría mucho de sí, si cayera en
manos de un buen guionista, de un buen productor y de un buen
director. En el fondo éste es el apasionante tema del buen salvaje,
que el cine ha convertido en películas muy interesantes y famosas,
como El niño salvaje
o El enigma de Garpar Hauser.
El proceso de educación de un ser humano convertido en animal,
sus posibilidades humanizadoras, el arte como incentivo pedagógico,
la labor educativa del maestro y los sacrificios que comporta...
son asuntos que debieran haber llegado también a esta película.
Pero prácticamente nada de eso se da en el filme, que es una vulgar
película casi de luchas marciales, cuya atención milagrosamente
se mantiene, quizá por la fuerza de la interpretación de algunos
de sus actores (especialmente Bob Hoskins en el papel de malísimo
villano). No así por el gran Morgan Freeman, que repite una vez
más (¿y van cuántas?) el papel de hombre bueno y paciente.
Todo el mal de la película procede del hacer del productor Luc
Besson, otrora director y que ahora ha visto que saca más pingües
ganancias haciendo de productor y guionista. Una idea atractiva,
mucho espectáculo, más escenas violentas y el producto está preparado
para hacer taquilla. Besson no sabe aprovechar una idea que podía haber
dado mucho más de sí, sobre todo en su vertiente emocional, redactando
un guión repleto de tópicos en el que echamos en falta que se
profundice un poco más en la transformación que se lleva a cabo
en el protagonista una vez conoce a Sam y a Victoria.
Seguramente en honor
del actor que interpreta a Danny el filme está entreverado de
escenas de luchas marciales de Oriente, algunas de ellas no pegan
ni con cola en el filme, pero dan el aire de opereta juvenil y
marchosa que se pretende en este tipo de películas. Obsérvese
además, que precisamente en estos días, acabado el curso escolar,
hay que exhibir cine de este tenor a los adolescentes y jóvenes
desocupados.
Se agradece enormemente
que pese a todas estas inconveniencias –añadamos la música, chirriante,
inoportuna, o la planificación, dislocada y con movimientos de
cámara descompasados y enloquecidos–, los diálogos son cuando
menos correctos y no entontecedores o de besugos, como se suelen
dar en este tipo de películas. Quizá por esto, el filme se aguanta
hasta el final.
José Luis Barrera