De gastrónomo a astrónomo
Ésta es una película agradable, de fácil
visión. Todo un (relativo) éxito de público para un título evidentemente
minoritario. Hecho digno de tenerse en cuenta ya que los espectadores
han acudido a verla por efecto del “boca a boca”. Ni siquiera
su exhibición estuvo arropada por una campaña publicitaria. Prácticamente
se estrenó “en silencio”.
Un toque de canela ha sido co-producida, nada menos, que por Grecia y Turquía. Los actores,
como es normal, nos son desconocidos. Ahí radica lo realmente
válido de este curioso título. Sostenerse contra viento y marea
en medio de tanto cine norteamericano y tanta bazofia como nos
rodea. Su principal arma es la sencillez con la que se colorea
una temática que, en su desgarro o su dramático contenido, rezuma
buenas y amables intenciones. Se trata de explicar una determinada
forma de vida repleta de ilusiones. A pesar de todo, el mundo
no es tan perverso como se supone. Se muestra lo que significa
vivir en un mundo en el que los sentidos adquieren una razón de
ser. Un mundo al que hay que espolvorear con especies. Paladares
exquisitos para degustar cualquier sabor. Canela y sal, elementos
primordiales de una buena salazón.
Se narra una historia –al menos eso se
intenta– de la Historia. Se pretende acercarnos a lo que aconteció
en los últimos años en Grecia. Y de las relaciones de ese país
con Turquía. Todo ello centrado en una familia dividida en ambos
conceptos nacionales. Debido a que el protagonista es un turco-griego
(cada uno de sus padres pertenece a uno de los países) se pueden
plantear las relaciones (difíciles) entre ambos países. Se habla
también de la dificultad de poder ser de ambos países (ciudadanos
del mundo), de admitir diferentes culturas sin odios, sin enfrentamientos.
Conociendo, amando, viviendo, sabiendo ser sobre todo y ante todo,
habitantes del mundo de colores, olores, sabores. Rico y complejo.
El protagonista, el contador de la historia,
nos habla de su familia, del pasado, de la infancia, la juventud
y la madurez. Recuerda ante todo a su abuelo, la persona que le
abrió a una vida basada en la convivencia de razas. Necesidad
de ver, oler y comer. Un festín excelentemente cocinado, si se
puede definir así. La comida y el mundo. Tanto da una cosa como
otra. Nuestro personaje, ahora en la era adulta, es un astrónomo
que mira el mundo, y enseña a mirarlo a sus alumnos, desde el
telescopio de la facultad en la que enseña. Desde su lugar de
trabajo recuerda su vida, lo que le ha llevado al lugar que se
encuentra. El detonante del recuerdo será la muerte de su abuelo.
Se habla sobre la necesidad de orientar
su mundo. Aquel que se inició, comenzó a fraguarse, en el desván
de una tienda de especias. El dueño, su abuelo, le explicó cómo
cada condimento representaba un determinado elemento del universo.
Canela, sal, pimienta... Las especias que dan color y olor no
solamente a los alimentos que se preparan en Turquía (o Grecia)
sino también a la vida. La idea se funde con el símbolo. De forma
correcta y de mejor construcción que aquella película mexicana
llamada Como agua para el chocolate en la que Arau
trataba de aunar (sin conseguirlo) metáfora y realidad. Entre
otras cosas el filme de Arau trataba de centrarse (sin entender
lo que era) en el realismo mágico propio de cierta literatura
latinoamericana. El director de Un toque de canela aventaja al director
mexicano ya que su película nace de historias personales. En el
fondo, o en la superficie, existe un poso autobiográfico. Ha nacido
en Estambul (como su protagonista) en los años cincuenta, para
tener que “trasladarse” con su familia (por su ascendencia griega)
a edad muy temprana a Atenas.
El problema de Un toque de canela, como el de otros títulos condimentados de pareja
forma, se produce cuando se utiliza lo onírico de forma inconexa.
Se suelen presentan escenas idealizadas de una poética discutible
basada en una visión irreal de las ideas planteadas. Así se encontraría
(aquí) el innecesario final en el que el protagonista crea y organiza
el baile de las esferas celestes. Nacidos, naturalmente, de los
condimentos. Tal como le enseñó su abuelo. Cada planeta es un
condimento.
Como película sobre la Historia no alcanza
ni la calidad, ni la profundidad de la excelente Una película hablada de Manoel de Oliveira. Se queda más en unas simples
anécdotas que en procurar una reflexión sobre las mismas. Ocurren
muchos hechos, pasan muchas cosas, gran cantidad de sucesos importantes,
tales como los enfrentamientos entre Grecia y Turquía por Chipre,
la “expulsión” de los griegos de Turquía, la dictadura militar
en Grecia... hechos que desean unirse a la propia vida del personaje
principal. De todas formas, como se ha dicho, tales hechos no
son más que simples acompañamientos de la historia (familiar o
amorosa) del personaje. Se fuerza así la propia idea central ante
el devenir de los hechos. Se puede admitir la relación existente
entre la Historia del país y la historia de la familia. Pero no
existe profundización ninguna en lo que vemos.
Un toque de canela muestra el color y sabor a la vida. El filme se divide en tres partes
correspondientes a los distintos “actos” (en sintonía con los
clásicos del arte dramático) de la comida tradicional. Se nos
ofertan así los primeros, segundos platos y el postre. Se une
a ello un prólogo que puede servir de aperitivo. Cada parte se
corresponde con una edad del protagonista. El prólogo sirve de
introducción y de punto de partida para iniciar una vuelta a atrás
en una vida. En el centro de tal propuesta emerge la citada simbología.
Se trata de la presencia (ausente) de un abuelo (unión entre países)
que siempre ha anunciado su viaje a Grecia y que fallece cuando
se decide a cumplir su promesa. Para ser consecuente con la idea
que se desea transmitir se le “hace” morir de un ataque al corazón
que se le presenta en el aeropuerto turco donde pensaba embarcarse
para Atenas. Para que todo quede suficientemente claro, el abuelo
había acudido al viaje, tantas veces prometido y tantas veces
aplazado, sin llevar el correspondiente pasaporte
Hay momentos muy logrados en el filme,
como es el de la despedida en la estación con la presencia de
la niña indicando (a su amigo) que “baila” en el adiós de la misma
manera como lo hacia en la tienda. Era su particular despedida
hacia el enamorado niño. También conseguida es la visión de algunas
de las reuniones (y personajes) familiares. El mayor error consiste
en presentar demasiados personajes. Son interesantes en su (divertido)
trazo, aunque muchos se queden en simples esbozos. No hay profundización
alguna. Meros dibujos, incompletos retratos, inteligentes que
se presentan y se esfuman de la escena sin más sentido que “engordar”
la propuesta. Pero sin enriquecerla.
Lo peor de la película son, lo cuál es
una pena, los postres. El remate de la comida no se produce. El
sabor, buen sabor, se esfuma repentinamente. Esperábamos mejor
remate. De todas maneras, la historia de este gastrónomo convertido
en astrónomo, como forma de relacionar ambos mundo o simplemente
comprender (y valorar) la existencia, está aceptablemente condimentada.
No se llega a un menú excelente. Peor hubiera sido que sus heterogéneos
condimentos resultaran de pesada digestión.
Mister Arkadin