Tendencias: los semakes
El Santiago Segura del otro lado del charco decidió tomarse unas
breves vacaciones en Europa y, vista su adicción al trabajo, no
pudo menos que llamar a sus amiguetes para proponerles un nuevo
negocio.
Si en Ocean’s eleven, remake de La cuadrilla de
los once con su Sinatra y su resto de rat-pack y su...
ejem... Milestone; si, como decíamos, en su primera parte Soderbergh
rendía tributo a las películas de atracos filmando, con su solvencia
habitual, un asalto tan divertido como pluscuamperfecto, en esta
secuela de la copia del original, es decir semake, el director
de Un romance muy peligroso decide transitar otros derroteros.
Para aniquilar la paciencia de los afines al género, el realizador,
que sólo necesita presentar a Isabel Lahiri encarnada por Catherine
Zeta-Jones, se olvida de casi todos sus personajes (los unos detenidos,
los otros extraviados) para centrarse en... en... eh, esto...
en ¿nada? Muchas veces ese enigma tan difícil de resolver, el
estilo, una vez resuelto puede parecerse abominablemente al vacío.
Lo que si existe es un borrado a conciencia de la trama, algo así
como New Rose Hotel pero con mucha menos enjundia. Las
reglas de la intriga más sencilla se quiebran a medida que pasan
los minutos y son sustituidas por brillantes soluciones visuales:
la cámara nerviosa que envuelve a los actores-ladrones cuando
se encierran para preparar el robo, planos tan hermosos como definitivamente
vacuos de contenido como el del avión en su despegue,... En este
caso, el exceso de estilo deviene efectismo, aún así uno siempre
sabe a qué atenerse cuando el director de Erin Brokovich
figura en los créditos y prefiere que le truequen su liebre por
un gato a que le endosen alguna de esas grandes obras tan presuntuosas
como faltas de espíritu.
Y es que Soderbergh no plantea otra cosa que no refrende su puesta
en escena ni su solución argumental final: la cuadrilla de Ocean
está dispuesta a tomarle el pelo al ladrón de guante blanco interpretado
por Vincent Cassel... eso sí, al tiempo le tomará el pelo al espectador,
y puede que a muchos les moleste. Para ello, el director y su
guionista, alternan, descolocan, avanzan y retrasan todas las
(nimias, si hablamos de contenidos) subtramas, de modo que el
espectador no puede hacer sino preguntarse qué demonios está pasando,
aunque en realidad pase nada o muy poco... pero recuerden: les
están tomando el pelo y lo que es peor, les están avisando. Si
no ¿cuál es la nota que caracteriza la desternillante aparición
de Bruce Willis haciendo de sí mismo? Todo el mundo se había dado
cuenta del giro de El sexto sentido antes de que éste tuviera
lugar... sólo que en la película de ¡ahhhhh! Shyamalan más bien
nos engañaban a propósito de esa vuelta de tuerca (aunque algunos
críticos insistan en lo contrario) y aquí, sin tanta pretensión,
no paren de advertirnos: al final hay un giro que, además, nos
cuenta que todo lo visto anteriormente no importaba un pimiento,
porque los listos siempre son más listos que nadie y ya lo tenían
todo muy pero que muy pensado. Pero: NOS ESTÁN TOMANDO EL PELO,
tanto en la forma como en el fondo y eso, hoy por hoy, aunque
a algunos les exaspere, ya es mucho.
Además, y como no podía ser de otra forma, en este divertimento,
con un pulso cómico envidiable, los actores acaban tomándose el
pelo a sí mismos (Bruce Willis, Julia Roberts en una gran secuencia;
definitivamente, esto es una película de set-pieces, como
demuestran las secuencias de Cassel) que al fin y al cabo es de
lo que se trata.
Enric Albero