LOS CHICOS DEL CORO  
 
Título orginal: Les Choristes
Pais, Año:

Alemania-Francia-Suiza , 2004

Dirección: Christophe Barratier
Intérpretes: Gerard Jugnot, François Berleand, Kad Merad, Jean-Paul Bonnaire, Marie Bunel, Paul Chariéras, Carole Weiss
Guión: Christophe Barratier
Producción: Nicolas Mauvernay, Arthur Cohn, Jacques Perrin
Fotografía: Dominique Gentil, Carlo Varini
Montaje: Yves Deschamps
Duración: 95 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Operación nostalgia

Avalada por un enorme éxito en el país vecino donde se ha producido, nos llega ahora Los chicos del barrio, una cinta que visita en su desarrollo un montón de temas clásicos y situaciones tópicas en este tipo de cine, centrado en las tensiones de relación en los dilemas educativos y en las situaciones enfrentadas de los niños y los adultos que conviven en el sistema educativo de un colegio.

A finales de los años cuarenta, Clement Mathieu es un profesor de música sin empleo que acepta el oficio de vigilante en un internado de niños de conducta difícil. Allí se encontrará con un director que ejerce la autoridad de la dirección como la de un poder omnímodo y unos alumnos que se hacen víctimas a sí mismas de la represión que sobre ellos se ejerce. El buen profesor de música, utilizando ésta, encontrará un medio eficaz para educar, aliviar y  aumentar la autoestima de sus oprimidos alumnos.

El primero y muy grave defecto de que adolece la película (después ya hablaremos de de sus virtudes) es el exceso de azúcar con que la cinta se adorna. El sentimiento nostálgico planea a lo largo de toda la historia que se cuenta y se hace descaradamente, de modo que todo parece inclinado para arrancar la emoción y la lágrima fácil del espectador. A uno le viene en mientes aquella no exenta de blandenguería y de estrepitoso éxito: Cinema Paradiso, no sé si por la connivencia del mismo actor en el papel tan parecido Jacques Perrin (el actor que encarna a Pepinót –el director de orquesta ya adulto–). Salvadas las distancias, se parecen como dos gotas de agua: en ambas hay niño y maestro unidos por un mismo amor –cine o  música–, y en ambas hay un elemento represor –cura censor o director de colegio–.

Junto a este acaramelamiento excesivo de la historia, también juegan en su contra algunos fallos estructurales del guión: personajes que entran en la película y desaparecen sin explicación, hilos narrativos que quedan sueltos, subrayados prescindibles o el mismo motivo del flash-back de todo el filme, la muerte de la madre del director de orquesta. Fallos que provocan una película muy desigual, aunque, pese a todo, es encomiable sobre todo por los asuntos que aborda.

Y estos temas son: el inmenso salto cualitativo que ha dado la escuela con el paso de los años y el papel que ésta ha jugado en la transformación de la sociedad con sus distintos métodos pedagógicos, la influencia del adulto en la formación de la personalidad de un niño, que ha acompañado, aunque a veces sea en poco tiempo, el trayecto de su vida, y a la vez la memoria agradecida que ya adultos se guarda de él.

Por último, el arte, como cauce de noble trasformación de ser humanos y como quehacer no bonificable en el hombre se trata aquí de un modo muy interesante (a nuestro parecer lo mejor del filme) y nos vuelve a recordar este mismo tema (el arte como incentivo educativo) también abordado en otras películas (Adiós, Mr. Chips, El club de los poetas muertos, Billy Elliot). Desde luego eso se plasma en lo mejor de la película: las hermosa música de las bellas canciones que se cantan en la película, capaz de provocar las más hondas emociones.

José Luis Barrera