EL MAQUINISTA  
 
Título orginal: The Machinist
Pais, Año:

España, 2003

Dirección: Brad Anderson
Intérpretes: Christian Bale, Jennifer Jason Leigh, Aitana Sánchez-Gijón, John Sharian, Michael Ironside, Larry Gilliard, Reg E. Cathey, Anna Massey
Guión: Scott Kosar
Producción: Julio Fernandez
Fotografía: Xavier Gimenez
Música: Roque Baños
Montaje: Luis de la Madrid
Duración: 102 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Puede provocar somnolencia

“Si adelgazaras un poco más, ya no existirías” le dicen a Trevor (Christian Bale, que llegó a perder veintiocho kilos para interpretar el papel) un hombre de cuerpo consumido por el desgaste mental. Trabaja como fresador, lleva un año sin conciliar el sueño y su rutina diaria está llena de espejos, cruces de caminos, y diversos accidentes, todo en dirección a la importancia a la hora de tomar decisiones.

El maquinista ofrece ante todo inquietud, con su magnifica construcción de atmósferas gélidas y enrarecidas, y el excelente desarrollo de los personajes y sus fobias. Sin embargo, la lentitud expositiva que de entrada mantiene el suspense, por repetición y por falta de acontecimientos, se convierte en tedio. La delgadez de Trevor deja de dar lástima o de generar malestar para dar ganas de salir de la sala para ir a comprarle un paquete de palomitas, y de paso a ver si a la vuelta ha ocurrido algo. Es una pena que pudiendo hablar de película estupenda, haya que pensar en su falta de gancho; todo lo contrario que sucedía en el anterior filme de Brad Anderson, Sesion 9, en la que la inquietud crecía progresivamente.

Llega un punto en que su realidad particular se desmorona, destapando que tal realidad ya no es la de todos, sino una propia que se distorsiona por completo para hacerle perder otros cien gramos y quitarle un par de siestas. Los ojos de Trevor engañan a su cerebro perdiendo el sentido de lo real. Una vida de pesadilla, una pesadilla en vida que le desarma su simple cotidianeidad: su trabajo rutinario, su relación con una prostituta y su visita cada noche a una camarera. Mientras sufre los trastornos en su vida, busca y espera, como el espectador, la explicaron a todos sus males, el porqué de sus complicaciones, pasando de la teoría de conspiración, a la esquizofrenia o los delirios paranoides. Un nuevo personaje, Iván, ese misterioso hombre, un amigo invisible (inexistente para los demás) o la aparición de un post-it con el juego del ahorcado en su nevera, expresan lo enferma que parece estar la mente de Trevor, en la que se entrecruzan recuerdos y deseos, amores de madre, deseos masculinos y otros complejos.

No es el ritmo pausado lo que peor sabor de boca deja al final sino su solución, esa ansiada sorpresa final tan buscada actualmente en gran numero de películas .Y no se trata de uno de los casos en los que el cierre es una sorpresa sin apenas relación con el metraje previo, haciendo de él un amasijo de pistas en otras direcciones (váyase a ver El escondite); sino todo lo contrario, aquí la resolución es coherente y correcta con lo expuesto. El problema radica en la relación existente entre el interesante planteamiento del filme, las expectativas creadas y su absurda solución. Que el sufrimiento del personaje se deba única y exclusivamente a un complejo de culpa por haber atropellado a una persona resulta demasiado reduccionista, inverosímil y defrauda con creces. Que el cargo de conciencia puede hacer mucho daño es innegable, pero se cura, se toman tranquilizantes o, si aprieta mucho, que chupe la tubería del gas y viaje gratis al otro barrio, pero tener un insomnio anual, quedarse como para comprar la ropa en Mango y montarte un universo paralelo de amigos invisibles en medio de la realidad y no cometer otros desastres hasta que exactamente un año después se desmorona la parafernalia, es demasiado. Todo por un complejo de culpa, que culmina cuando declara en la policía y se echa a dormir. Podrían haberse documentado hablando con Farruquito.

Una lastima de producción española por lo que pudo ser y no fue, pero interesante al fin al cabo. El maquinista se marcha al otro lado de una de las constantes en el fantástico actual, que normalmente entretiene pero no está nada bien, mientras ésta, estando muy bien en muchos aspectos, resulta de lo mas aburrida. Y no se trata de la necesidad de velocidad visual, porque Polanski lleva un ritmo similar en Repulsión y uno siente de todo menos aburrimiento.

Israel L. Pérez