Puede provocar somnolencia
“Si adelgazaras un poco más, ya no existirías” le dicen a Trevor (Christian Bale, que llegó a perder veintiocho
kilos para interpretar el papel) un hombre de cuerpo consumido
por el desgaste mental. Trabaja como fresador, lleva un año sin
conciliar el sueño y su rutina diaria está llena de espejos, cruces
de caminos, y diversos accidentes, todo en dirección a la importancia
a la hora de tomar decisiones.
El maquinista ofrece ante todo inquietud, con su
magnifica construcción de atmósferas gélidas y enrarecidas, y
el excelente desarrollo de los personajes y sus fobias. Sin embargo,
la lentitud expositiva que de entrada mantiene el suspense, por
repetición y por falta de acontecimientos, se convierte en tedio.
La delgadez de Trevor deja de dar lástima o de generar malestar
para dar ganas de salir de la sala para ir a comprarle un paquete
de palomitas, y de paso a ver si a la vuelta ha ocurrido algo.
Es una pena que pudiendo hablar de película estupenda, haya que
pensar en su falta de gancho; todo lo contrario que sucedía en
el anterior filme de Brad Anderson, Sesion 9, en la que la inquietud crecía
progresivamente.
Llega un punto en que su realidad particular se desmorona, destapando
que tal realidad ya no es la de todos, sino una propia que se
distorsiona por completo para hacerle perder otros cien gramos
y quitarle un par de siestas. Los ojos de Trevor engañan a su
cerebro perdiendo el sentido de lo real. Una vida de pesadilla,
una pesadilla en vida que le desarma su simple cotidianeidad:
su trabajo rutinario, su relación con una prostituta y su visita
cada noche a una camarera. Mientras sufre los trastornos en su
vida, busca y espera, como el espectador, la explicaron a todos
sus males, el porqué de sus complicaciones, pasando de la teoría
de conspiración, a la esquizofrenia o los delirios paranoides.
Un nuevo personaje, Iván, ese misterioso hombre, un amigo invisible
(inexistente para los demás) o la aparición de un post-it con el juego del ahorcado en su
nevera, expresan lo enferma que parece estar la mente de Trevor,
en la que se entrecruzan recuerdos y deseos, amores de madre,
deseos masculinos y otros complejos.
No es el ritmo pausado lo que peor sabor de boca deja al final
sino su solución, esa ansiada sorpresa final tan buscada actualmente
en gran numero de películas .Y no se trata de uno de los casos
en los que el cierre es una sorpresa sin apenas relación con el
metraje previo, haciendo de él un amasijo de pistas en otras direcciones
(váyase a ver El escondite); sino todo lo contrario, aquí la resolución es coherente
y correcta con lo expuesto. El problema radica en la relación
existente entre el interesante planteamiento del filme, las expectativas
creadas y su absurda solución. Que el sufrimiento del personaje
se deba única y exclusivamente a un complejo de culpa por haber
atropellado a una persona resulta demasiado reduccionista, inverosímil
y defrauda con creces. Que el cargo de conciencia puede hacer
mucho daño es innegable, pero se cura, se toman tranquilizantes
o, si aprieta mucho, que chupe la tubería del gas y viaje gratis
al otro barrio, pero tener un insomnio anual, quedarse como para
comprar la ropa en Mango y montarte un universo paralelo de amigos
invisibles en medio de la realidad y no cometer otros desastres
hasta que exactamente un año después se desmorona la parafernalia,
es demasiado. Todo por un complejo de culpa, que culmina cuando
declara en la policía y se echa a dormir. Podrían haberse documentado
hablando con Farruquito.
Una lastima de producción española por lo que pudo ser y no fue,
pero interesante al fin al cabo. El maquinista se marcha
al otro lado de una de las constantes en el fantástico actual,
que normalmente entretiene pero no está nada bien, mientras ésta,
estando muy bien en muchos aspectos, resulta de lo mas aburrida.
Y no se trata de la necesidad de velocidad visual, porque Polanski
lleva un ritmo similar en Repulsión
y uno siente de todo menos aburrimiento.
Israel L. Pérez