Viaje al país de Siempre Lo Mismo
En el día de su estreno, una obra de teatro escrita por James Matthew
Barrie (Johnny Depp) es incomprendida y resulta ser un rotundo
fracaso. Éste, a petición de su productor, se ve obligado a escribir
otro texto para estrenarlo cuanto antes y así recuperarse del
descalabro financiero. El desarrollo de la
vida de Barry durante el tiempo que transcurre hasta que
se estrena su nueva obra, la archiconocidísima Peter Pan,
periodo durante el cual el autor conoce a la viuda Sylvia Llewelyn
Davies (Kate Winslet) y a sus hijos, con los que pasará largos
ratos jugando, y cómo todo esto influye en su proceso creativo
es la historia que nos cuenta Descubriendo nunca jamás, la
cuarta película del director de Monster’s Ball, Marc
Forster.
La contraposición
entre el mundo adulto (encarnado en el filme por la mujer de Barrie
que no acepta la actitud irresponsable de su marido), el niño
Peter Llewelyn Davies (que se niega a entrar en el juego de las
fantasías), su abuela la señora Du Maurier (que pretende alejar
a Barrie de su familia) y la enfermedad de su madre Sylvia (que
resulta un golpe de dura realidad, frente al mundo infantil reivindicado
en la película por el personaje de J. M. Barrie), contraposición
que es a la vez el motor central de su obra original, da para
mucho, pues es una excusa fantástica para reflexionar sobre aquello
que define lo que es real y lo que no, y de cómo dicha definición
puede desencadenar conflictos internos y externos de calado en
el momento en que construcciones de realidad diferentes en diferentes
espacios cognitivos, pero en un mismo espacio social, chocan unas
con otras y, en este choque, la relatividad de lo real desestabiliza
las bases de la convivencia y genera problemas emocionales complejos.
El problema es que, si bien el tema tiene mucha
miga, Descubriendo nunca jamás no aporta nada que no estuviera
ya mejor expresado en la obra del autor de Peter Pan, es
decir, que es, fundamentalmente, una apología de la fantasía infantil
que crea sucesivos mundos imaginarios, mundos que representan
estereotipos y de cuyos límites no trascienden las consecuencias,
felices o dramáticas, de las acciones que se llevan a cabo, mundos
dentro de los cuales se controla, a diferencia de en la realidad cotidiana, el destino de los que
participan en ella, y cuyos efectos acaban cuando se acaba de
jugar.
Así, mientras la afición a las fantasías parece
tener sentido en el desarrollo infantil como “entrenamiento” para la vida social adulta, en la cual un ámbito
finito de significación (el de la vida cotidiana) tiene un papel
absolutamente preponderante sobre los demás, que quedan relegados
al sueño, a la lectura de una novela o al visionado de una película,
Barrie (y de rebote Forster) nos propone que en realidad la fantasía
infantil es la manera buena de estar en el mundo, no sólo durante
la niñez sino durante toda la vida. En consecuencia ser niño,
es decir, jugar saltando de fantasía en fantasía decidiendo que
todas y cada una de esas fantasías son tan reales como la realidad
(o más), es ser guay, y bueno y tierno y “¡ooooh!”. Decir en cambio
que realidad hay una y es la que es, y que lo otro son imaginaciones
que hay que abandonar al madurar, es ser un malo maloso. De esta
manera la lucha del protagonista, ya sea Peter Pan en la obra
de Barrie, ya sea el propio Barrie en la película de Forster,
se presenta como una lucha moralmente indiscutible en la que la
razón cae impepinablemente de su lado.
Bueno, pues pienso que para decir lo mismo que
ya se dice en Peter Pan,
donde al menos se hace de manera metafórica que siempre queda
más elegante, no hace falta que se haga una película sobre cómo
era James Barrie y en qué circunstancias escribió su obra más
famosa. No es necesario que se nos explique qué es lo que quería
decir el autor, ya lo habíamos entendido.
No quiero decir que no tenga sentido plantear
la vida de un autor teatral, un novelista o un director de cine
como tema de una obra de teatro, una novela o una película. Digo
que si se hace tiene que ser para algo, para dar una visión más
completa de los temas que trata, para entender la razón de ser
de su personalidad y forma de ver el mundo, para relativizar su
discurso planteando dudas, exponer puntos de vista alternativos,
etc. En definitiva, para aprovechar el mensaje de otro creador
para elaborar un mensaje propio, y no para simplemente crear un
héroe maravilloso, una especie de superman de los autores teatrales
que ni duda ni hay razones para que lo haga y lucha contra la
adversidad con la verdad en la mano y al final gana. Si es para
eso, si es para hacer una película de puro entretenimiento, basada
en la identificación con un personaje que reúne todas las virtudes
y no tiene ningún defecto,
creo que la decencia obliga a que dicho personaje sea, como lo
es Peter Pan, ficticio, y no una adaptación maniquea a lo Shakespeare
in love de un personaje histórico. Está claro que esa decencia
no la han tenido ni el director ni los guionistas.
Todo esto en cuanto a la pertinencia del enfoque de la historia.
En cuanto a los aspectos formales, y puesto que dicho lo dicho
la película no es más que un producto destinado a las emociones
fáciles de penita cursi y euforia épica, ésta no deja resquicio
para la creatividad artística. El director, en consecuencia, se
dedica a aplicar recetas de manual, formas estereotipadas de elaboración
de filmes. Así, la música entra en momentos absolutamente predecibles,
los movimientos de cámara subrayan groseramente las secuencias
más obscenamente dulces (que suelen ser lacrimógenos trucos de
guión que consisten en liberar la tensión que genera el riesgo
inminente de fracaso del protagonista con un vuelco de la situación
que puede consistir en, por ejemplo, la llegada de unos monísimos
y pobrecitos niños huérfanos que van a hacer que los mayores comprendan
que Barrie es un genio) la fotografía es, por supuesto, colorista
y doradamente luminosa, etc. Lo de siempre.
Pero, pese a que todas estas cuestiones están matemáticamente medidas,
sorprende la torpeza con la que Forster mueve la cámara, en especial,
pero no sólo, en las numerosas e interminables secuencias de diálogo
(sorprende también en eso la deficiencia del guión) rodadas casi
íntegramente en anodinos primeros planos. Y es que cuando a un
director no le queda más remedio que incluir una secuencia en
la que los personajes sólo hablan y hablan, lo lógico es que use
los recursos que le da el cine para acompañar con la cámara la
evolución de lo que estos sienten mientras la conversación avanza.
Pues no, Forster planta la cámara delante de la cara de uno y
de la del otro y que hablen, que luego ya se harán virguerías
injustificadamente estéticas en la escena del barco pirata. Por
suerte, los actores están muy bien, y tanto Johnny Deep como Kate
Winslet, que son lo mejor de la película, maquillan las deficiencias
y le dan algo de personalidad a lo que sin ellos hubiera sido
dulzona y artificial bollería industrial.
Pese a eso, la película no es aburrida y, aunque estereotipadas
y fáciles, las emociones llegan. Así que como
pasatiempo no está mal, aunque quizás para ello sea mejor
una de acción de Bruce Willis. Lo absolutamente ridículo, lo que
quizás motive la indignación que transpira esta crítica, son las
siete nominaciones a los Oscar, de las cuales, supongo que por
vergüenza, sólo se ha llevado uno.
En todo caso parece ser que Descubriendo
nunca jamás es una de las cinco mejores películas del año.
Lo cierto es que sería una desgracia que realmente fuera así,
por suerte he podido comprobar que no es cierto, y que el cine,
mejor o peor, tan mal no está. Y es que un servidor desearía que
el filme Million Dollar
Baby no se hubiera llevado ningún premio de la Academia de
Hollywood para así poder burlarse tranquilamente de ella, pero
eso es otra historia. De momento, y visto lo visto, crucemos los
dedos para que nunca se ruede una película basada en la vida de
Clint Eastwood… Clint,
“en los mejores cines”.
Ignacio Alonso