DESCUBRIENDO NUNCA JAMÁS  
 
Título orginal: Finding Neverland
Pais, Año:

Reino Unido-EE.UU., 2004

Dirección: Marc Forster
Intérpretes: Johnny Depp, Kate Winslet, Julie Christie, Radha Mitchell, Dustin Hoffman, Ian Hart
Guión: Allan Knee
Producción: Nellie Bellflower
Fotografía: Roberto Schaefer
Música: Jan A.P. Kaczmarek
Montaje: Matt Chesse
Distribuidora: Buena Vista
Duración: 106 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viaje al país de Siempre Lo Mismo

En el día de su estreno, una obra de teatro escrita por James Matthew Barrie (Johnny Depp) es incomprendida y resulta ser un rotundo fracaso. Éste, a petición de su productor, se ve obligado a escribir otro texto para estrenarlo cuanto antes y así recuperarse del descalabro financiero. El desarrollo de la  vida de Barry durante el tiempo que transcurre hasta que se estrena su nueva obra, la archiconocidísima Peter Pan, periodo durante el cual el autor conoce a la viuda Sylvia Llewelyn Davies (Kate Winslet) y a sus hijos, con los que pasará largos ratos jugando, y cómo todo esto influye en su proceso creativo es la historia que nos cuenta Descubriendo nunca jamás, la cuarta película del director de Monster’s Ball, Marc Forster.

La contraposición entre el mundo adulto (encarnado en el filme por la mujer de Barrie que no acepta la actitud irresponsable de su marido), el niño Peter Llewelyn Davies (que se niega a entrar en el juego de las fantasías), su abuela la señora Du Maurier (que pretende alejar a Barrie de su familia) y la enfermedad de su madre Sylvia (que resulta un golpe de dura realidad, frente al mundo infantil reivindicado en la película por el personaje de J. M. Barrie), contraposición que es a la vez el motor central de su obra original, da para mucho, pues es una excusa fantástica para reflexionar sobre aquello que define lo que es real y lo que no, y de cómo dicha definición puede desencadenar conflictos internos y externos de calado en el momento en que construcciones de realidad diferentes en diferentes espacios cognitivos, pero en un mismo espacio social, chocan unas con otras y, en este choque, la relatividad de lo real desestabiliza las bases de la convivencia y genera problemas emocionales complejos.

El problema es que, si bien el tema tiene mucha miga, Descubriendo nunca jamás no aporta nada que no estuviera ya mejor expresado en la obra del autor de Peter Pan, es decir, que es, fundamentalmente, una apología de la fantasía infantil que crea sucesivos mundos imaginarios, mundos que representan estereotipos y de cuyos límites no trascienden las consecuencias, felices o dramáticas, de las acciones que se llevan a cabo, mundos dentro de los cuales se controla, a diferencia de en  la realidad cotidiana, el destino de los que participan en ella, y cuyos efectos acaban cuando se acaba de jugar.

Así, mientras la afición a las fantasías parece tener sentido en el desarrollo infantil como  “entrenamiento” para la vida social adulta, en la cual un ámbito finito de significación (el de la vida cotidiana) tiene un papel absolutamente preponderante sobre los demás, que quedan relegados al sueño, a la lectura de una novela o al visionado de una película, Barrie (y de rebote Forster) nos propone que en realidad la fantasía infantil es la manera buena de estar en el mundo, no sólo durante la niñez sino durante toda la vida. En consecuencia ser niño, es decir, jugar saltando de fantasía en fantasía decidiendo que todas y cada una de esas fantasías son tan reales como la realidad (o más), es ser guay, y bueno y tierno y “¡ooooh!”. Decir en cambio que realidad hay una y es la que es, y que lo otro son imaginaciones que hay que abandonar al madurar, es ser un malo maloso. De esta manera la lucha del protagonista, ya sea Peter Pan en la obra de Barrie, ya sea el propio Barrie en la película de Forster, se presenta como una lucha moralmente indiscutible en la que la razón cae impepinablemente de su lado.

Bueno, pues pienso que para decir lo mismo que ya se dice en Peter Pan, donde al menos se hace de manera metafórica que siempre queda más elegante, no hace falta que se haga una película sobre cómo era James Barrie y en qué circunstancias escribió su obra más famosa. No es necesario que se nos explique qué es lo que quería decir el autor, ya lo habíamos entendido.

No quiero decir que no tenga sentido plantear la vida de un autor teatral, un novelista o un director de cine como tema de una obra de teatro, una novela o una película. Digo que si se hace tiene que ser para algo, para dar una visión más completa de los temas que trata, para entender la razón de ser de su personalidad y forma de ver el mundo, para relativizar su discurso planteando dudas, exponer puntos de vista alternativos, etc. En definitiva, para aprovechar el mensaje de otro creador para elaborar un mensaje propio, y no para simplemente crear un héroe maravilloso, una especie de superman de los autores teatrales que ni duda ni hay razones para que lo haga y lucha contra la adversidad con la verdad en la mano y al final gana. Si es para eso, si es para hacer una película de puro entretenimiento, basada en la identificación con un personaje que reúne todas las virtudes y no tiene ningún  defecto, creo que la decencia obliga a que dicho personaje sea, como lo es Peter Pan, ficticio, y no una adaptación maniquea a lo Shakespeare in love de un personaje histórico. Está claro que esa decencia no la han tenido ni el director ni los guionistas.

Todo esto en cuanto a la pertinencia del enfoque de la historia. En cuanto a los aspectos formales, y puesto que dicho lo dicho la película no es más que un producto destinado a las emociones fáciles de penita cursi y euforia épica, ésta no deja resquicio para la creatividad artística. El director, en consecuencia, se dedica a aplicar recetas de manual, formas estereotipadas de elaboración de filmes. Así, la música entra en momentos absolutamente predecibles, los movimientos de cámara subrayan groseramente las secuencias más obscenamente dulces (que suelen ser lacrimógenos trucos de guión que consisten en liberar la tensión que genera el riesgo inminente de fracaso del protagonista con un vuelco de la situación que puede consistir en, por ejemplo, la llegada de unos monísimos y pobrecitos niños huérfanos que van a hacer que los mayores comprendan que Barrie es un genio) la fotografía es, por supuesto, colorista y doradamente luminosa, etc. Lo de siempre.

Pero, pese a que todas estas cuestiones están matemáticamente medidas, sorprende la torpeza con la que Forster mueve la cámara, en especial, pero no sólo, en las numerosas e interminables secuencias de diálogo (sorprende también en eso la deficiencia del guión) rodadas casi íntegramente en anodinos primeros planos. Y es que cuando a un director no le queda más remedio que incluir una secuencia en la que los personajes sólo hablan y hablan, lo lógico es que use los recursos que le da el cine para acompañar con la cámara la evolución de lo que estos sienten mientras la conversación avanza. Pues no, Forster planta la cámara delante de la cara de uno y de la del otro y que hablen, que luego ya se harán virguerías injustificadamente estéticas en la escena del barco pirata. Por suerte, los actores están muy bien, y tanto Johnny Deep como Kate Winslet, que son lo mejor de la película, maquillan las deficiencias y le dan algo de personalidad a lo que sin ellos hubiera sido dulzona y artificial bollería industrial.

Pese a eso, la película no es aburrida y, aunque estereotipadas y fáciles, las emociones llegan. Así que como  pasatiempo no está mal, aunque quizás para ello sea mejor una de acción de Bruce Willis. Lo absolutamente ridículo, lo que quizás motive la indignación que transpira esta crítica, son las siete nominaciones a los Oscar, de las cuales, supongo que por vergüenza, sólo se ha llevado uno.

En todo caso parece ser que Descubriendo nunca jamás es una de las cinco mejores películas del año. Lo cierto es que sería una desgracia que realmente fuera así, por suerte he podido comprobar que no es cierto, y que el cine, mejor o peor, tan mal no está. Y es que un servidor desearía que el filme Million Dollar Baby no se hubiera llevado ningún premio de la Academia de Hollywood para así poder burlarse tranquilamente de ella, pero eso es otra historia. De momento, y visto lo visto, crucemos los dedos para que nunca se ruede una película basada en la vida de Clint Eastwood… Clint, “en los mejores cines”.

Ignacio Alonso