La sosa película de Borjamari y Pocholo
Santiago Segura tiene su pequeño negocio, su tiendecita, un puestecito
de risa cutre que le va
muy bien, es como el entreñable “todo a cien” del barrio: ahí
está, a dos pasos de casa, no molesta a nadie, o a casi nadie,
un mundo de cositas de colorines hechas de plástico barato, figuritas
de porcelana rosa brillante y sartenes antiadherentes más “adherentes”
que otra cosa. Oye, todos hemos acabado comprando allí, a algunos
incluso nos cae muy bien el señor chino del mostrador, siempre
con esa sonrisa tan confortable, y además es todo tan barato...
no cuesta apenas esfuerzo soltar unos centimillos de nada
para hacerse con ese sacacorchos con la cabeza de un Power Ranger, nadie tiene por qué enterarse.
Eso sí, no sé cuánto dinero hacen los dueños de estas deslumbrantes tiendas,
pero estoy seguro que nunca tanto como el que el pizpireto Santiago Segura hace vendiendo su basurilla dulce.
La última golosina que ha producido y, junto a Javier Gutiérrez, protagonizado,
es El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo.
Una película escrita
y dirigida por Juan Cavestany
y Enrique López Lavigne sobre
dos tontos muy tontos que resulta que además son pijos madrileños
ochenteros que no han asumido que el mundo ha cambiado desde que
hace ya 14 años acabó la colorista década. Estos dos freaks pasean por la película
de gag en gag hasta que después de la última gracia llegan los
títulos de crédito.
Por supuesto, no hay ni hilo narrativo ni tensión, ni fuerte ni
débil, nada (bueno creo que en algún momento Borjamari duda de
algo, pero no, tranquilos, falsa alarma) los personajes son estereotipos
que, además de maniqueos, resultan incoherentes, los acontecimientos
inverosímiles y gratuitos, los actores interpretan de forma tosca
y caricaturesca y el humor de los chistes es burdo e insustancial.
Hasta aquí todo correcto.
Una comedia al estilo de los Farrelly... bien, de acuerdo, vamos
a verla. Pero resulta que apenas hace gracia, es más, durante
muchos momentos es aburrida. El inicio, por ejemplo, lejos de
sus pretensiones, es completamente anticlimático: empezamos con
el típico flash-back anterior a los títulos
de crédito, en él vemos a los protagonista en su salsa en el año
84. Normalmente anteponer una pequeña historia a
los títulos de crédito responde a la voluntad de lo que
podríamos llamar “empezar fuerte” porque, además de ponernos en
situación, cosa que queda ya resuelta de cara al posterior desarrollo,
acaba en un clímax repentino que enlaza con unos títulos enérgicos
que nos predisponen positivamente de cara la verdadera historia
que quiere contar el filme y que todavía está por comenzar. En
el caso de El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo este flash-back es un gag al estilo Cruz y Raya, es decir sin historia, empieza y acaba
cuando le da la gana a los guionistas; dura cinco minutos, pero
podría haberse cortado sin problemas a los dos minutos (ojalá)
o haberse prolongado diez más, no hay tensión dramática, es decir
no hay clímax, te puede haber hecho gracia durante los primeros
segundos o no, pero te deja igual... ¿eso es empezar fuerte?
Pero es que, además,
durante toda la película el sentido del ritmo, fundamental en
la comedia, es muy deficiente, se tiene la constante sensación
de que esto o aquello ha durado demasiado o demasiado poco (normalmente
demasiado) y eso sospecho que es porque cuando hay pocas ideas
se acaba cayendo en la cobardía de estirarlas como un chicle hasta
que pierden su sabor. Es una lástima, porque algunas de las ocurrencias
que mata la cadencia arrítmica de la película podrían ser graciosas.
Además la realización
es torpe, la cámara apenas participa de la comedia, se limita
a filmar las payasadas de los protagonistas, lo pretendidamente
cómico entra mucho más por los oídos que por los ojos y en la
mayoría de los casos es puro diálogo, una decepción para los que
nos gusta ver cine cuando vamos al cine.
Aún así no todo es
fallido, algunas cosas hacen reír, las suficientes como para que
el público más fiel de la pandilla de amiguetes no salga enfadado
del cine, la secuencia en la que recorren Madrid con un mapa fascinados
ante los monumentos típicos como si fueran turistas es divertida,
los momentos escatológico-masturbatorios funcionan como no podía
ser de otra manera, son facilones y nada originales, pero quién
con sentido común pide originalidad y virtuosismo a esta película...,
la escena en la que Paloma (Pilar Castro) llora
gravemente desconsolada mientras canta bajito una canción de Alex
Ubago es muy graciosa, quizá la única con un poco de mala leche.
Y es que, seamos sinceros, creo que casi todo el mundo coincidirá
conmigo en que Santiago Segura hace mucho más gracia en sus apariciones
televisivas que en sus películas, y de eso vive, y eso debería
hacernos reflexionar sobre el capacidad del medio más poderoso
inventado hasta la fecha, la televisión. Ese electrodoméstico
que nos trae a casa a múltiples personajes, brinda a estos la
oportunidad de hacerse un hueco en nuestra familia, o peor, en
nuestro circulo de amigos. Segura aprovecha esa oportunidad y
se convierte en el tío simpático que aparece por navidad o en
todas las bodas, o en el colega gracioso que anima todas las fiestas,
y claro, si un tío nuestro o un amiguete hace una película, aunque
sea mala... ¿cómo no vamos a ir a verla?
Con El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo estamos una vez más
ante una nueva simpática treta del pícaro Santiago Segura que,
sobre la inercia de sus éxitos, se pone delante de la cámara unos
meses, se calza una camiseta unas semanas mientras pasea por nuestras
casas de canal en canal y se sienta a ver cómo unos cuantos rentables
ingenuos decimos “eh, tío, vamos
a ver la de Santiago Segura, que es un cachondo”.
Ignacio Alonso