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QUERIDOS CÓMICOS (A la muerte de Agustín González)
Por Mister Arkadin

Nos ha cogido por sorpresa la muerte de Agustín González. Es otra, de las muchas despedidas, que están teniendo lugar estos últimos meses de forma descontrolada. Con su marcha se va diciendo adiós a una de las generaciones de actores secundarios más importantes de nuestro cine. Sin dudarlo, y lo he dicho en más de una ocasión, el cine español desde los años cuarenta del pasado siglo ha sido capaz de contar con los mejores secundarios del cine de cualquier país. Sin duda, su presencia, la fuerza de sus figuras, es tal que incluso podrían codearse con lo mejorcito del cine de Hollywood. Unas personalidades las suyas que se encuentran por encima de la calidad de cualquier título. Ellos son, en muchos casos, la propia película, el espectáculo en sí mismo.

No hace falta más que echar un vistazo a un variado grupo de películas de los años cincuenta o sesenta centradas en un protagonismo colectivo de actores que iban desde Manolo Morán o Pepe Isbert hasta Tony Leblanc, Gracita Morales, José Luis López Vázquez, Felix Fernández, José Luis Ozores, Pepe Calvo, Manuel Alexandre, Manuel Gómez Bur, los Isbert, los Sampedro o los Bardem... y tantos más (ellas y ellos) reconocidos, y reídos en la parte de la mayor parte de los títulos españoles.

Muy pocos de estos actores han llegado a ser protagonistas absolutos. Algunos consiguieron dar el salto y se convirtieron (cuando les dejaron o pudieron) en actores notables por uno o varios días o años, como Pepe Isbert (sobre todo en aquel inolvidable El cochecito dirigido por Marco Ferreri), Fernando Fernán Gómez (en su múltiple labor, incluso, de actor, escritor y director), José Luis López Vázquez, Alfredo Landa y más nombres como pueblan la memoria del cine español. Actores que, para desgracia nuestra, nada tienen que ver con la presencia de gente del estilo de Santiago Segura.

Agustín González pertenece a la generación de los niños de la guerra civil, a la misma (o casi) de directores de cine tan importantes como Borau, Saura, Patino, Regueiro, Picazo, Diamante... Había nacido en 1930. Su llegada al mundo de la interpretación tuvo lugar, como la de tantos otros, por medio del TEU (Teatro Español Universitario). Su primera aparición, digamos, de forma profesional tuvo lugar en 1952. La primera obra en la que intervino fue Escuadra hacia la muerte, la emblemática y simbólica obra de Alfonso Sastre estrenada de forma sorprendente, por la pasividad que frente a ella tuvo la férrea censura de su tiempo, en pleno auge del franquismo. También intervino en la estupenda, mágica y divertida ensoñación de Tres sombreros de copa de Miguel Mihura. Dos obras teatrales (sobre todo lo primera) que eran de representación fija en los certámenes de teatro leído que tenían lugar en los distintos distritos universitarios.

La aparición de Agustín González en cine se produjo en un bien intencionado pero fracasado filme de Juan Antonio Bardem, Felices Pascuas. También estuvo en el reparto de A las cinco de la tarde dirigida también por Bardem y donde el actor volvió a encontrarse con un texto de Alfonso Sastre. Trabajaría con Berlanga en muchas de sus películas, comenzando por Plácido, un filme coral excepcional recorrido por los múltiples y excelentes secundarios de nuestro cine. Fue el comienzo de una larga amistad con el realizador valenciano. Así, también estuvo presente en La vaquilla  y, por supuesto, en la serie iniciada por La escopeta nacional, historia de los tejes y manejes de los arribistas de siempre en la España postfanquista. En esta serie dio vida a uno de los personajes más repetidos de su carrera: un cura fachoso, enrabietado, vividor y mal hablado por otra parte alguien que se encontraba en las antípodas de lo que era el actor como persona. La andadura con Berlanga le condujo hasta sus últimas producciones, como ocurre con Todos a la cárcel.

Su manera de actuar era muy característica. Creó un personaje que fue matizando a lo largo de su carrera. Reconocible, ante todo, era su voz: un torrente de claridad y de energía. Una forma perfecta de matizar, modular, expresar las palabras. Muchos actores actuales renombrados deberían fijarse en cómo hablaba Agustín González... ya que ellos se expresan tan mal que muchas veces no se entiende lo que dicen.

Siempre como secundario, intervino en múltiples filmes. Así aparece en Llanto por un bandido de Saura, El mundo sigue una de las obras maestras (y escasamente conocida) que dirigiera Fernán Gómez a cuyas órdenes trabajó también en títulos como Mambrú se fue a la guerra o El viaje a ninguna parte.

Agustín González siempre fue consciente que no era una primera figura. Alguna vez llegó a decir: “No he sido nunca una gran estrella, pero cuando se habla de mí se habla como de un profesional de una calidad bastante notable, con honradez y honestidad muy superlativas”.

De sus otros trabajos justamente reconocidos habrá que citar el llevado a cabo en Los santos inocentes de Camus, La colmena (otro título supercoral; curiosamente este tipo de películas se repite de forma regular en nuestra cinematografía. Por algo será, digo yo) también dirigido por Camus, Belle epoque el oscarizado filme de Fernando Trueba, en el que interpreta a un cura (una vez más) pero en este caso republicano, libertario y suicida. También estuvo en el reparto de la otra oscarizada Volver a empezar de Garci.

Se consideraba a sí mismo un utópico anarquista partidario de la destrucción sistemática del Estado, esa, decía, maquina terrible asesina que nos aplasta a todos. Fue un gran estudioso de la guerra civil española. Le apasionaba sobre todo el siglo XIX y... el flamenco. Su amigo Fernando Guillén decía de él que poseía una personalidad muy característica y un hobby muy especial: tocar la guitarra española. Se recluía –continuaba– y le bastaba su guitarra. Un virtuoso –apostillaba– de carácter peculiar con sus toses y su aparente mal genio.

Es curioso, ante su interés por la guerra civil, que uno de sus únicos papeles protagonistas en cine fuese el de Las bicicletas son para el verano la obra de teatro de Fernán Gómez llevada al cine por Jaime Chávarri. Su presencia, la fuerza de su interpretación (el padre de una familia a la que la guerra civil altera la vida) es sin duda lo mejor de la película. Sus gestos, la modulación de sus frases, el paso por la pesadilla que cae sobre su vida y la de su familia da lugar a un gran curso interpretativo. Me quedo con ese excelente final en el que (al terminar la guerra) el actor siente las “trágicas” palabras que dice a su hijo al comentarle éste que la guerra ha terminado. Agustín González responde trágicamente: “No es la paz lo que ha llegado. Es la victoria”. Su interpretación en este filme eclipsa a todos los (y todo lo) demás.

Como actor de teatro intervino en numerosas obras. Sobresalió (lo cuál es poco decir) en Todos eran mis hijos de Arthur Miller o El león en invierno de James Goldman. El pasado año obtuvo el premio Max de teatro como mejor actor de reparto por su papel en El alcalde de Zalamea.

En televisión estuvo presente en series como Cervantes (hizo de Góngora); Escalera exterior, escalera interior; Los ladrones van a la oficina; 7 vidas, A las cinco en casa, Hospital central...

La última película en la que intervino fue Tiovivo 50 de Garci, un muy discutible filme que si en algo destaca es por la presencia de todos los grandes actores del cine español. Una obra coral que en cierta medida podía recordar la estructura de La colmena de Camus. En ella, junto a Agustín González, trabajaban todos los actores y actrices de nuestro cine. Aunque sólo fuera por ellos (y así es), esos filmes son dignos de ser vistos.

En noviembre del pasado año había estrenado la obra de teatro Tres hombres y un destino. Junto a él actuaban nada menos que otro dos geniales “cómicos”, Manuel Alexandre y José Luis López Vázquez. Un trío de ases a los que el destino ha llevado a romper su unión. Una traicionera neumonía ha impedido que el actor pueda seguir dándonos sus magistrales lecciones interpretativas.

Un actor entrañable, muy conocido, que nunca recibió grandes premios, ni fue uno de esos “pagados” actores que tanto abundan y que realmente tan poco son. Él lo era y es. Un gran cómico en la línea de los grandes actores secundarios de nuestro cine. No sólo eso. También era una gran persona comprometida con el mundo.

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