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MUERTE DE UN AMIGO
Por
Adolfo Bellido López
De ellos es la gloria
En mis recuerdos del paso por los años
vividos en la sección Amarcord (esos “mis recuerdos” o “me
acuerdo”) voy a hacer, en este número, un paréntesis. La actualidad
(triste) así lo exige. Se trata, aquí y ahora, de recordar a un
amigo, un hombre enamorado del arte y de la vida, que nos ha dejado:
José Luis Blanco Vega
En ninguna parte se hablará de su muerte. No la recogerán siquiera
los espacios de necrológicas de los grandes diarios nacionales.
Tampoco los amplios, o cortos, “nichos” de las revistas literarias,
artísticas o cinematográficas en los que normalmente se reseña la
despedida a aquellas personas que han destacado en las profesiones
sobre las que escriben las publicaciones. Pocos se habrán enterado,
pues, de su marcha presentida, pero nunca deseada, admitida. Algunos,
pocos, nos hemos enterado de esa marcha. Ha sido por comunicaciones
individuales, por un decir de uno a otros. Su marcha fue tan silenciosa
como su paso por una vida amplia en trabajos, entrega, amistad.
La muerte de Blanco Vega nos deja entristecidos a los que le conocimos,
a los que pudimos disfrutar de su amistad.
Hace unos meses (en el número que se
abría al otoño de 2004) en la sección Amarcord de nuestra
revista me congratulaba por el hecho de que José Luis siguiera aún
con nosotros. Entonces temía que nos hubiera dejado sin avisar.
Y es que Blanco, amigo de vida, hubiera gustado de irse sin despedirse
de nadie para que así sus amigos sintiéramos que aún estaba con
nosotros. Nos sorprendería, quizá, que no tuviéramos ninguna noticia
suya. Aunque era presumible que hubiera partido nos quedaría la
duda de si seguiría dando guerra, viendo cine, escribiendo, reflexionando
incesantemente como el gran pensador que era.
Hubiera querido que no nos intranquilizáramos,
ni nos entristeciéramos, su deseo sería que siguiéramos pensando que cualquier día podríamos
encontrarle en cualquier lugar de nuestra geografía, preferible
en su querida Asturias natal, en el Madrid donde tantos años viviera
o, porque no, en esa Salamanca a la que volvía de tarde en tarde
para gustar de sus paseos en busca de no sé sabe muy bien qué. Y,
a lo mejor porque no, podría seguir transitando por una ciudad como
La Coruña donde viviera desde hace años y donde tan grandes amistadas
- ¿y dónde no las tuvo?- hiciera. Estaría ahí o con el párroco de
una población perdida -¿de Galicia, de Asturias?- dónde iba a temporadas
para ayudarle en su misión o en la casa grande de uno de los hijos
de Valle-Inclán donde desde hace años iba a “empaparse” de la vida
del gran escritor gallego. O a la sumo, no le gustaba viajar demasiado,
estaría en esa Italia que tanto amaba en sus geografía y en su arte.
Siempre bromeábamos sobre su mala salud,
esa que dicen que es signo de una larga vida. Había nacido en una
ciudad minera y era como si el carbón se le hubiera pegado a sus
pulmones. De ahí, y sin que fumase, la razón de sus cotidianas bronquitis,
compañeras de viaje durante toda su vida.
En todos (o casi) los sitios se habrá
pues ignorado la desaparición de alguien que era desconocido por
muchos. ¿Por qué, pues, en estos mis recuerdos, hablo de una persona
aparentemente tan insignificante pero realmente tan grande. Se podrá
entender que era un amigo y como tal he sentido su muerte, pero
esto ahora a estas alturas de mi vida, estas “marchas” se han convertido
en un hecho cotidiano. Y es que ya desfilan muchos amigos hacia
el misterio como para que otros, los que no los conocen, deban soportar
unos panegírico “babeantes” de cada uno de ellos, simplemente por
el hecho de que pueda hacerlo al poseer un medio para ello como
es esta publicación. Pues bien, si en esta ocasión escribo una reseña
de él y de su muerte (y en otras no lo hago) es porque además de
ser un amigo era un buen poeta y un excelente hombre de cine. Le
asustaría leer lo que digo de él ahora. Probablemente le gustaría
que comunicara (una gran verdad) otra cosa sobre su existencia,
sobre él: era un hombre bueno, un amigo verdadero, que pasó por
la vida intentando conseguir la felicidad de los que habitaban a
su alrededor.
Blanco Vega sabía mucho de literatura
y de cine pero siempre estaba abriendo sus ojos y sus oídos, como
un niño grande y siempre sorprendido, a cualquiera que tuviera algo
nuevo que contar en una inmensa necesidad por, y para, aprender.
Siempre se encerraba en una extrema humildad impropia, o casi, de
un miembro de la Compañía de Jesús.
Escribió numerosos poemas que, me figuro,
se encuentran desperdigados por mil sitios. Realmente no sé si llegué
a verlos alguna vez apiñados en un pequeño libro. Suya también es
la letra de variados villancicos que nunca han llegado a ninguna
casa discográfica. Como mucho se seguirán escuchando en algunas
veladas (ya sea en parroquias o en centros educativos) navideñas.
Entusiasta devorador de películas, había
desarrollado, hace varios años, una apreciable labor crítica (tanto
de cine como de literatura) en la revista Reseña y en uno
de los hijos de la revista (que como es natural ha logrado sobrevivir
a la desaparición de la entidad madre), la anual (ahora semestral)
Cine para leer. También intervino en una de las películas
de Basilio Martín Patino, Canciones para después de una guerra. Para
mi libro Basilio Martín Patino,
un soplo de libertad me contó algunas de las cosas en las que
había trabajado para, y en, dicho filme. Su nombre aparece relacionado
al final junto al de todos los que habían puesto su granito de arena
para conseguir tan elocuente montaña de canciones. Una película
imprescindible para entender la España posterior al triunfo rebelde
en la guerra civil. También, siguiendo en el mundo del cine, dio
charlas y dirigió numerosos coloquios en sesiones de cineclub desde
los años sesenta del siglo pasado. Fue, por ejemplo, contertulio
habitual en las sesiones del cineclub Fecum de Salamanca.
A nadie se pretende engañar sobre lo
que era y de dónde venía. La mayor parte de sus actividades se engloban
en centros o lugares próximos a los jesuitas. Él, y desde sus perennes
dudas muy acordes con un espíritu unamuniano, estaba orgulloso de
pertenecer a la Orden. No sé si alguna vez pensó en abandonarla
o en dejar el sacerdocio. Nunca, en los años que duró una amistad
que comenzó en los años setenta del pasado siglo, me comentó nada
de ello. Tan sólo sonreía, o como máximo comentaba “eso lo diría
Basilio” (Patino, claro), cuando le decía algo así como “no
sé cómo sigues siendo cura”. Quizá no sabía ser (él que era
mucho más) otra cosa. O quizás fueran motivos familiares los que
le llevaron a mantenerse fiel a su promesa. Continuó en la Compañía
a pesar de las zancadillas que recibió, del vergonzante “destierro”
al que le sometió la Orden trasladándole desde el apetecible Madrid
a la húmeda Coruña (fatal por el clima para sus dañados pulmones)
en donde pasó sus últimos (y largos) años. Allí fue donde, después
de muchos años, nos encontramos en 1995 con motivo de unas jornadas
audiovisuales a las que acudí. En el tiempo libre que tuve, o en
el que me tomaba, durante una semana a caballo entre junio y julio
anduvimos los dos y mi querida Elvira por la ciudad: sentados en
bares, tomando pescado y marisco regado por un buen albariño,
charlamos largo y tendido los tres sobre nosotros y los nuestros,
sobre la vida y el cine.
Sobre el recuerdo de su persona, de su
postura en, y frente a, la vida, de su eterna sonrisa (“era un
hombre bueno con una sana sonrisa”, me comentó mi hijo Adolfo
al enterarse de su muerte), siempre nos encontraremos con el ansia
de una búsqueda y la apertura al constante saber al que se abría,
o en el que encerraba, desde sus dudas sobre casi todo. Siempre
recordaré una de sus preferidas aseveraciones: “me convence mucho
más lo que dice Unamuno para explicar la existencia de Dios que
las pruebas de Santo Tomas. Ya sabes que Unamuno decía que Dios
tiene que existir porque él necesitaba que existiera”. Toda
una toma de posición personal..
De aquí a la eternidad
Como educador impartió clases de literatura
en los colegios de la Compañía de Jesús y en “su” seminario de Comillas.
En las aulas en las que impartía las clases siempre se terminaba,
o empezaba, hablando de cine. Blanco conseguía sembrar, en niños
y jóvenes, las pautas de lo que sería un interés y un amor por el
mundo de la literatura y el cine. Personas ligadas al mundo de cine
como Pérez Millán, crítico y actualmente director de la Fílmoteca
de Castilla y León ubicada en Salamanca (también lo fue de la Nacional
de Madrid) han reconocido siempre lo que supieron las enseñanzas
que recibiera de Blanco. Algo que también, muchas veces, me ha confesado
un pintor amigo nacido en Salamanca, Luis Horna. Esa labor de Blanco
Vega, su unión a la educación, fue la que me llevó a conocerle con
motivo de la visita que hizo (creo que para impartir unas clases
de literatura a los alumnos de Magisterio o COU, llamado entonces
así a lo que era hace unos años el último curso de bachillerato)
a la antigua Universidad Laboral de Cheste. Había sido invitado
por uno de sus antiguos alumnos, Antonio Mayor, que ejercía en esos
momentos el cargo de Jefe de Estudios del centro. A Antonio le debo
tanto la venida a Valencia como el trabajo en el centro de Cheste
donde estuve desde 1971 a 1988.
Antonio Mayor nos presentó. En los días
que José Luis pasó en Cheste asistió a algunas de las sesiones de
cineclub que organizaba para los alumnos del centro. La razón fundamental
por la que yo estaba como profesor en aquel lugar se debía al compromiso
que cerré con Antonio (que como se puede suponer acepté encantado)
de poner en marcha toda la actividad cinematográfica en aquel enorme
centro docente (había nada menos que cinco mil alumnos, la mayor
parte de ellos internos). Aunque mi trabajo consistía en impartir
clases de física y química, ya que la carrera que había cursado
en Salamanca era la de Químicas (y la oposición inmediata que sacaría
sería de esas materias) desde siempre me había dedicado al cine,
tal como se puede comprobar leyendo anteriores capítulos de esta
sección de “recuerdos”.
Tanto Elvira (no sólo es salmantina sino
que también ha estudiado en la Facultad de Químicas) como yo estábamos
de profesores en el instituto de enseñanza media de Ciudad Rodrigo,
una bella población cercana a Salamanca, cuando unas Navidades (las
de 1970) nos encontramos en la Plaza Mayor de Salamanca –el lugar
donde todo el mundo que ha girado alrededor de la ciudad siempre
acaba por encontrarse– con Antonio Mayor. Él era un personaje inquieto
que había impregnado su vida estudiantil (hizo “letras”) de un cierto
carácter bohemio como correspondía a su afición a la pintura y a
la poesía.
Antonio me conocía de los años en los
que yo había dirigido el cineclub Universitario de Salamanca a cuyas
sesiones era asiduo. Nos preguntó qué hacíamos. Al saber que yo
impartía clases de “ciencias” me dijo que si había abandonado todas
mis actividades y querencias cinematográficas. Le dije que no, que
seguía en ello. Ahora, además de seguir escribiendo críticas o artículos
en la revista Cinestudio, cuya labor había iniciado cuando
viví en Madrid (entre 1965 y 1967), había encontrado una nueva forma
con la que expandir mi etapa cineclubistica: trasladar la enseñanza
del cine y una puesta a punto de la lectura de las películas
a los centros de enseñanza. En Ciudad Rodrigo había unido en una
amplia labor cineclubística al instituto, un centro de FP, un colegio
de monjas teresianas e, incluso, al seminario, venciendo (en este
último caso) el carácter retrogrado
de sus dirigentes.
Cuando Antonio supo eso hizo una sorprendente
propuesta: “si queréis, los dos podéis tener sitio en un centro
que se acaba de abrir en una población muy cercana a Valencia. Vendrías
como profesores de Física y Química, pero tal idea conlleva un compromiso:
tú tienes que poner en marcha toda la actividad cinematográfica
del centro”. Fuimos a visitar el centro. No tuve dudas. Decidí
que aquello era un apetecible pastel. Dulce y nada indigesto. Fue
el comienzo de la creación de mi pequeño imperio cinematográfico.
Aquella actividad robó mucho tiempo para mis cosas y para los míos,
pero me dio muchas cosas, aunque las horas que dediqué al “cine”
en el centro fueran por gusto. No se me pagó por ellas y sólo en
los últimos años en los que allí estuve se me rebajaron en una muy
pequeña proporción las horas lectivas de la asignatura de física
y química. Con todos los peros del mundo, aquellos años que allí
pase (de 1971 a 1988) fueron muy importantes en mi vida. Gracias
a actividad no sólo conocí a mucha gente interesante sino que se
abrió mi vida en muchos ámbitos.
Ejemplo de ello, de la gran actividad
cinematográfica promovida a partir de, y en, aquel centro educativo
de Cheste, es éste Encadenados. Entre los redactores hay
antiguos alumnos. Son Pedro Pablo Núñez Sabín, Luis Tormo, Marcial
Moreno... y personas, y luego amigos, que conocí en aquella etapa,
como Juan de Pablos, Ángel San Martín... Una de las maravillosas personas que conocí
allí fue José Luis Blanco Vega. Y a partir de aquel encuentro surgió
entre nosotros una gran amistad.
Aquel curioso encuentro viene a confirmarme
lo que he dicho varias veces: hay que estar en el lugar apropiado
en el momento preciso. Es clara la importancia que en la vida (y
no solo en el cine como expresan las películas de Lang) tiene la
casualidad, el azar... o lo que sea. Juega, muchas veces, con nosotros
llevándonos por luego inimaginables.
Cuando el destino nos alcance
La amistad que se generó desde el momento
en el que trabamos conversación, continuó a lo largo de los años.
Seguíamos nuestras largas charlas en Madrid, en Salamanca, en algún
viaje donde coincidimos en Asturias. La última vez que le vi, como
queda dicho, fue en La Coruña. En Salamanca nos solíamos ver en
Navidades, donde nosotros íbamos a estar con la familia y él acudía
a pasar esas fechas con la familia... jesuita. Veíamos cine, paseamos
por la ciudad helada y nos despedíamos hasta el nuevo año o a lo
mejor las próximas vacaciones escolares.
Creo recordar que la última película
que vimos en Salamanca fue, el día del estreno, la ya lejana El último emperador de Bertolucci. Ya he
dicho que era un gran conocedor del cine de los grandes directores
italianos. Sobre todo admiraba las películas de Visconti y las de
Fellini. Le entusiasmaban algunas de De Sica y muchas de Bertolucci.
También amaba el cine clásico americano, la nouvelle vague...
Años después de su primera visita al centro de Cheste volvió invitado
por mí para que diera una charla sobre la obra de Godard a los alumnos
del cineclub de Magisterio y COU. Pero si tuviera que escoger a
un director probablemente sería Ingmar Bargman el elegido, cuya
Los comulgantes fue, quizás, la película
que más veces vio.
Muchas de nuestras conversaciones fueron
epistolares. Ambos, como buenos amantes de cierta literatura, éramos
seguidores de ese género, hoy en total retroceso aplastado por los
nuevos medios comunicativos. Eran las nuestras largas cartas sobre
arte y vida, sobre dudas y vacilaciones, sobre la vida y el Misterio.
Blanco había nacido en 1930, el mismo
año que Patino, al que conoció en el seminario de Comillas, donde
eran compañeros de curso. Sobre ello habla en una de las “cartas”
que incluí en el libro sobre Basilio. Perteneció, pues, a la generación
de los niños de la guerra. En su Mieres natal aprendió a amar el
cine. Estudio los primeros años, antes de marchar al seminario,
en un colegio religioso. Creo recordar que pertenecía a los Escolapios.
Varias veces me contó una sorprende historia, típica de aquellos
tiempos de terror. Ocurrió que un domingo por la tarde decidió ir
al cine y por tanto no acudir a una actividad religiosa que tenía
lugar en el colegio. Un compañero le vio entrar en el cine y le
chivó tal hecho al correspondiente profesor religioso. Cuando el
lunes Blanco entró en el aula se encontró con un enorme dibujo en
la pizarra en el que aparecía el diablo indicando a un “niño” el
camino para ir al infierno. No era otro que entrar en el cine. Lo
sorprendente es que ante vivencias como ésa, hubiera terminado por
entrar en un seminario. Pero, en fin, aquellos años eran otros tiempos.
Lo sorprendente es que de ahí, de esos niños, aparecieron realizadores de nuestro cine como Patino, Regueiro,
Borau, Camus, Picazo... Y personas como Blanco Vega que, con sus
preocupaciones intelectuales, daban un aire distinto a una dormida
sociedad. Queda dicho que José Luis era un gran conocedor y lector
de toda la generación del 98 y del 27. Apasionado por Valle Inclán,
Unamuno, Baroja...
Llegó a poseer una buena videoteca. El
mundo del DVD ya le superaba, como el del ordenador. No obstante
aprendió a escribir con él, desterrando su vieja maquina de escribir.
Leía de arriba abajo todos nuestros Encadenados.
Tenía unos buenos amigos que le imprimían la revista. Se la daban,
incluso, encuadernada. Decía que la saboreaba, que se entusiasmaba
con lo que escribíamos y que aprendía muchas nuevas cosas. Era lo
mismo que a mí me repetía cuando comentábamos una nueva película
o cuando recibía mis cartas con comentarios sobre éste o aquél título.
Yo puedo confirmar que también aprendí mucho de sus juicios, de
su forma de estar en la vida.
Me enteré de su muerte por una llamada
de Luis Horna. Posteriormente una familia amiga de Blanco, la misma
que le entregaba número a número los nuevos Encadenados,
me escribió comunicándome su fallecimiento. Me decían que días antes
de ser operado del tumor cerebral que padecía había recibido una
carta mía, que leyó con alegría. Fue en los días cercanos a la última
Navidad. Poco después de la frustrada intervención fallecería.
Se habla mucho de esas muertes de gente
famosa, de sus últimas palabras, de esas frases que, en algunos
casos, parecen escritas para una película. Pues bien, quiero, como
final, dejar constancia de las palabras que pronunció cuando leyó
mi carta. No quiero fantasear así que lo que a continuación transcribo
algunas de las partes (el comienzo y el final) de la carta que recibí
de la entrañable familia de La Coruña que le arropó en sus últimos
años y que demuestran muchas cosas de las que he expuesta con anterioridad.
Con ellas cierro este pequeño y sentido homenaje a un hombre bueno.
“(...) Le escribo para comunicarle una triste noticia, el fallecimiento
de nuestro común amigo José Luis Blanco Vega el pasado 25 de enero
después de múltiples complicaciones de su problema inicial, un tumor
cerebral que le fue diagnosticado un mes y medio antes.
En vísperas de Nochebuena desde el hospital
escribió para usted una felicitación de Navidad; al terminar me
la leyó y mientras yo la guardaba en el sobre me dijo:
–Si me pasa algo le escribes a Bellido
y le dices: ahora sí me he sentado definitivamente en la sala oscura,
donde espero que no proyecten una película de terror
(...) Todos hemos perdido un gran amigo,
aún no nos lo creemos y sentimos un enorme vacío. Nos quedan muchos
recuerdos y algunos de sus escritos pero además estará siempre presente
en nosotros a través del cine, todo ese cine que tanto amo y tanto
nos hizo amar.”
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