LUNA DE AVELLANEDA  
 
Título orginal: Luna de Avellaneda
País, Año:

España, Argentina, 2003

Dirección: Juan José Campanella
Intérpretes: Ricardo Darín, Eduardo Blanco. Mercedes Morán. Valeria Bertuccelli.
Guión: Juan José Campanella. Fernando Castets
Producción: Adrián Suar. Gerardo Herrero
Fotografía: Daniel Shulman
Música: Ángel Illarramendi
Montaje: Camilo Antolini
Distribuidora: Alta Films
Duración: 143 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Un cuentecito moral

Campanella sorprendió hace años con una excelente película dramática, El niño que gritó puta, realizada en Norteamérica. Después supimos que había vuelto a dirigir en su país de origen, Argentina, dónde realizó una serie de películas, muchas de ellas en colaboración con España. La primera que nos llegó no hace muchos años fue El hijo de la novia, un filme divertido en el que se analizaban con exactitud las relaciones de una serie de personajes inmersos en sus particulares, o generales, crisis personales. Era la segunda película que Campanella realizaba correspondiente, como le gusta decir al realizador, a una trilogía sobre la casa media argentina. Poco después, debido al éxito de aquel título llegó a las pantallas la primera de aquella serie, la estupenda El mismo amor, la misma lluvia, superior su duda a la anterior. Una crónica desencantada sobre los últimos años de la Historia de su país vista a través de las andanzas de un personaje, que vive una maravillosa, y al mismo tiempo dolorosa, historia de amor. Ambas películas, sobre todo El hijo de la novia, nos descubrían a unos actores excelentes, demostrando sobre todo (en la segunda) la clase de un Ricardo Darín, al que ya habíamos visto en otros filmes argentinos.

Nos llega ahora la tercera, y última parte de la trilogía, que sin duda resulta, en su conjunto, bastante frustrante. No sólo porque no aporta nada ni temática, ni formalmente a los otros dos títulos, sino porque en su conjunto es un agotador puzzle de decenas de piezas que nunca acaban por encajar. Según el realizador, la primera película (la de la lluvia) se referiría a una historia individual, la segunda (la del hijo) se centraría en una familia, mientras que la tercera hablaría de la vida de una colectividad. Eso supone que es que quería, pero la realidad es que no lo consigue.

Las tres películas, diga Campanella lo que quiera, son historias colectivas, de seres perdidos en un mundo en el que ha desaparecido cualquier concepto de dignidad o moralidad. Lo fundamental es llegar, como sea, a lo alto, traicionando los ideales de una comprometida juventud. Siempre existirá un personaje conciencia (o varios) en lucha por conseguir los valores perdidos o reflexionar sobre aquello en lo que han convertido su vida. Se trata de demostrar que aun no están perdidos y que en su gran, o pequeña, dignidad son capaces aún de enfrentarse a los intereses comerciales, financieros o políticos que parecen asediarles. O sea, un tema que no es propio de Argentina. Que se da allí, como aquí o en cualquier lugar de este mundo globalizado. Se mire como se mire, por tanto, la historia de esta película de un club que está a punto de cerrar se refiere también de forma tan entusiasta como forzosa y forzada a presentar una historia (o muchas) de dignidades perdidas o en vías de perderse. Y también de unos intereses políticos donde unos pocos tratan de forzar el pensamiento de unos muchos en aras de una falsa vida llena de felicidad. En este sentido la venta del club del filme es semejante a la de tantos negocios (más o menos sucios) de terrenos vendidos para construir bloques de cementos o grandes centros comerciales de ocio con la única finalidad de enriquecer más a los poderosos.

La historia principal de este filme, rota en decenas de varias secundarias, no es muy diferente a “una” de las que aparecía en El hijo de la novia. Allí el personaje de Darín era el dueño de un restaurante en crisis. A él dedicaba todo su tiempo, descuidando todo lo demás. Pero el mundo moderno (el dinero manda) exige otra cosa, los negocios familiares dan paso a otros de compañías anónimas. Quizá todo se debe a una razón de competitividad. Darín no puede sostener por más tiempo su negocio, así que decide venderlo a una especie de multinacional de comida. O sea que, probablemente, no tardando demasiado su restaurante tan querido y cuidado será un lugar de comida rápida regido por unos ineptos e inadecuados propietarios que sólo buscan ganar un dinero fácil. En tal película, como en la actual, también los compradores ofrecen un buen puesto a los trabajadores del local, que ya ni cobran, si el establecimiento pasa a sus manos. Y el tan citado restaurante termina pasando a manos del mundo de la globalización. Al final, los personajes se reunirían a comer en un restaurante pequeñito donde probablemente Darín comenzará, o pensará abrir, un nuevo negocio, dispuesto a demostrar que puede enfrentarse a los buitres capitalistas. No era el único tema, ni probablemente el más importante de aquella película. También ahí, como aquí, la película narraba en forma paralela a tal tema la crisis personal de los personajes principales o las diferentes vicisitudes vividas. Repasando esta Luna de Avellaneda nos damos cuenta que el esquema narrativo, dejando a un lado la presencia de Darín, es idéntico en ambos títulos. No hay variaciones aparentes. Se nos está contando, y peor, lo mismo.

Como además Campanella no es un poeta de las imágenes, no puede sacar todo el jugo a secuencias bellamente literarias, pero hundidas por una realización vulgar o equivocada. Pienso en la manera con la que un Ford, por ejemplo, hubiera narrado la secuencia de la muerte de Aquiles (López Vázquez) soñando con la luna llena de su Galicia querida. Aquí, lo que pudo ser un bello momento, se queda en una idea de guión planteada literariamente y de forma además insistente. Una insistencia que es una de las mayores rémoras de este filme que al creerse importante se ve en la obligación de ir apostillando, señalando, insistiendo en lo que ya se nos ha dicho por activa o por pasiva. Recuerdo, como ejemplo de ello, ese letrero (que domina la pantalla) y en el que se lee “Servir es amar” expuesto de forma clara en uno de los momentos finales, o en esas lunas que empiezan a repetirse incansablemente en el filme (y eso que ya sabemos cuál es su título) después de que Aquiles cuenta la historia del día que descubrió la luna redonda en su Galicia querida.

La película tiene un grave problema de narración. Quiere ser una historia colectiva de personajes perdidos o en crisis unida a otra historia, la de la crisis del centro recreativo. Lo que ocurre es que ambas propuestas nunca se relacionan, cada una va por su lado, y las crisis de los personajes más que existir para el espectador o descubrirse en las escenas, se da en unas historias excesivamente fraccionadas o hechas a jirones: el puzzle, incapaz de construirse de forma coherente, del que he hablado con anterioridad. Así se pasa de un personaje a otro para luego incidir en el problema del club y otra vez a volver a empezar. Se desea que todo el entramado esté a la misma altura. Que los problemas de los personajes y los que viven en el club sean uno sólo. Se supone que todo lo que ocurre, el hundimiento del club y la desilusión o hundimiento de los personajes, se debe a la propia crisis de Argentina. Lo cual es mucho suponer. 

Lo que ocurre a los seres que deambulan por el filme, la perdida de sus ideales, no se reduce a un lugar, a un determinado concepto socio-político, ni, tampoco, a una época concreta. Es algo mucho más general. Tampoco el declive de un club se puede explicar de forma tan elemental. Forma parte de una evolución, buena o mala (en eso no entramos ahora), de los tiempos. La realidad no es tan simple como el filme presenta. Se concreta en el cambio de tiempos, en las oscilaciones de los gustos personales. Como tampoco se puede echar mano de opciones sentimentales para defender una determinada ideología. A eso se llama manipulación. Lo que supone una falta de coherencia a la hora de defender desde una lógica razonada una determinada, y necesaria, postura. Un personaje como la amiga de la hija de Román (Darín), pobre, que alcanza su felicidad (?) bailando ballet en el club supone una inadmisible trampa de guión. Aparte de, como otros varios, ser un personaje muy poco definido

En Luna de Avellaneda los problemas más que existir, que verlos, se presentan anecdóticamente, sin saber por qué han surgido. Así aparece el conflicto que mantiene el personaje de Román con Verónica, su esposa. ¿Por qué el rechazo de él hacia ella en las escenas iniciales?

No basta con mostrar a múltiples personajes y dejar que suelten cosas si no se “ve” el conflicto, si las secuencias carecen de fuerza o de verdad, centradas en una necesidad de que pasen las cosas que el guionista (y el director) quieren que pasen. Los personajes resultan, en general, tan literarios (y por tanto inexistentes) como increíbles. Son, ante todo, ideas. Ahí está, por ejemplo, la secretaria del club, un personaje mal construido (por decir algo) y cuya presencia en el filme es superflua. Referida a tal personaje aparece una secuencia que no se sabe qué pinta en la película. Ininteligible desde cualquier punto de vista ya que, por no saber, ni sabemos a qué se dedica tal personaje. ¿A qué viene pues la escena del restaurante donde se reúne –sin saber por qué– con una especie de potentado al que va a enseñarle el idioma francés? ¿Tal escena tristemente chistosa no estará exclusivamente en función de la secuencia final, postcréditos, del engaño de la mujer a su ex marido, que a pesar de estar de más, eso sí, al menos está bien rodada? La primera escena del restaurante da lugar además a un brutal error de continuidad narrativa: es imposible que Román la “rescate” cuando se encuentra (y duerme) en casa de su amigo, algo que se muestra antes y después de tan tramposa secuencia. De todas maneras, al discutible personaje de la secretaria, se debe uno de los mejores instantes de la película: su hijo, después del frustrante encuentro con su ex marido en la feria, la intenta levantar el ánimo con las mismas palabras que la madre le ha comunicado a él cuando han llegado al recinto ferial.

Hay muchos más ejemplos que demuestran lo forzado (a veces literario) e insistente del relato. Tal es el personaje de Amadeo, el amigo de Román, el entrenador de baloncesto del club, del cual, de pronto, a mitad de película, y por una palabra que se le dice en un momento de tensión, nos enteramos (sorprendidos) que se trata de un alcohólico.

Difícilmente se puede comprender de qué viven y qué hacen los currantes del club, o séase Román, Amadeo, Aquiles... Parece ser que su vida es y se centra en aquel lugar que sólo ocasiona perdidas. Algo simpático su trabajo, pero inadmisible, como tampoco lo es el hecho que Román descubra (algo que queda expresado como fondo más que como elemento importante) que en la vida uno puede vivir sin nada (?), demagogia utópica de este tipo de cine que se autodenomina comprometido, políticamente incorrecto (y probablemente de izquierdas) aunque en realidad sea complaciente, ingenuo y falso.

Para entendernos, la propuesta de Campanella no está muy lejos de la cantinela de un León de Aranoa en su penoso Los lunes al sol, con la que sin duda posee cierta semejanza. Sirva de ejemplo la alargada secuencia ante-final de la votación, mediocre, insistente, ingenua, en la que se intenta expresar con palabras la importancia de lo que se pretende contar. El director, desgraciadamente, no se da cuenta que tal escena, agravada por una reiterativa y mediocre planificación, no es más que un compendio de buenas intenciones moralistas donde se muestran de manera ingenua unos conflictos por boca de unos personajes excesivamente planos en su maldad y su bondad. Menos mal que algunos planos muestran un cierto sentido de la imagen: la mujer de Román mirando a la secretaria mientras se sienta en una silla delante de ella como tratando de descubrir la relación que tiene con su marido.

El final es el culmen de la gratuidad y del compromiso a la fuerza. Cuando Román y su familia están dispuestos a marcharse a España, un lugar que para los argentinos parece suponer algo así como un paraíso, nuestro protagonista descubre el carné del club que creía perdido, Y, claro, como (para mayor pronunciamiento literario) tal protagonista ha nacido en el club y por ello fue nombrado socio vitalicio se da cuenta que debe “concienzarse”: su lugar está en Argentina, donde debe buscar un nuevo club que ayude a mantener una parcelita de esperanza. Música, en definitiva, de carácter celestial.

¿Qué nos queda, pues? Poco, el descubrimiento de una buena actriz como es Valeria Bertuccelli en el papel de Cristina, la maestra de baile. Dos o tres momentos logrados como son algunas escenas entre Cristina y Amadeo. Quizá el encuentro, después de la serenata, de Román con su novia. Poco, muy poco, en dos y horas y media henchidas de buenas intenciones pero de pobres resultados. Campanella olvida muchas cosas en aras de una película que cree personal pero sobre su error consiste en utilizar el sentimentalismo como coartada moral.

Adolfo Bellido