Un cuentecito moral
Campanella sorprendió hace años con una excelente
película dramática, El niño
que gritó puta, realizada en Norteamérica. Después supimos
que había vuelto a dirigir en su país de origen, Argentina, dónde
realizó una serie de películas, muchas de ellas en colaboración
con España. La primera que nos llegó no hace muchos años fue El
hijo de la novia, un filme divertido en el que se analizaban
con exactitud las relaciones de una serie de personajes inmersos
en sus particulares, o generales, crisis personales. Era la segunda
película que Campanella realizaba correspondiente, como le gusta
decir al realizador, a una trilogía sobre la casa media argentina.
Poco después, debido al éxito de aquel título llegó a las pantallas
la primera de aquella serie, la estupenda El
mismo amor, la misma lluvia, superior su duda a la anterior.
Una crónica desencantada sobre los últimos años de la Historia
de su país vista a través de las andanzas de un personaje, que
vive una maravillosa, y al mismo tiempo dolorosa, historia de
amor. Ambas películas, sobre todo El hijo de la novia,
nos descubrían a unos actores excelentes, demostrando sobre todo
(en la segunda) la clase de un Ricardo Darín, al que ya habíamos
visto en otros filmes argentinos.
Nos llega ahora la tercera, y última parte
de la trilogía, que sin duda resulta, en su conjunto, bastante
frustrante. No sólo porque no aporta nada ni temática, ni formalmente
a los otros dos títulos, sino porque en su conjunto es un agotador
puzzle de decenas de piezas que nunca acaban por encajar. Según
el realizador, la primera película (la de la lluvia) se referiría
a una historia individual, la segunda (la del hijo) se centraría
en una familia, mientras que la tercera hablaría de la vida de
una colectividad. Eso supone que es que quería, pero la realidad
es que no lo consigue.
Las tres películas, diga Campanella lo que
quiera, son historias colectivas, de seres perdidos en un mundo
en el que ha desaparecido cualquier concepto de dignidad o moralidad.
Lo fundamental es llegar, como sea, a lo alto, traicionando los
ideales de una comprometida juventud. Siempre existirá un personaje
conciencia (o varios) en lucha por conseguir los valores perdidos
o reflexionar sobre aquello en lo que han convertido su vida.
Se trata de demostrar que aun no están perdidos y que en su gran,
o pequeña, dignidad son capaces aún de enfrentarse a los intereses
comerciales, financieros o políticos que parecen asediarles. O
sea, un tema que no es propio de Argentina. Que se da allí, como
aquí o en cualquier lugar de este mundo globalizado. Se mire como
se mire, por tanto, la historia de esta película de un club que
está a punto de cerrar se refiere también de forma tan entusiasta
como forzosa y forzada a presentar una historia (o muchas) de
dignidades perdidas o en vías de perderse. Y también de unos intereses
políticos donde unos pocos tratan de forzar el pensamiento de
unos muchos en aras de una falsa vida llena de felicidad. En este
sentido la venta del club del filme es semejante a la de tantos
negocios (más o menos sucios) de terrenos vendidos para construir
bloques de cementos o grandes centros comerciales de ocio con
la única finalidad de enriquecer más a los poderosos.
La historia principal de este filme, rota
en decenas de varias secundarias, no es muy diferente a “una”
de las que aparecía en El
hijo de la novia. Allí el personaje de Darín era el dueño
de un restaurante en crisis. A él dedicaba todo su tiempo, descuidando
todo lo demás. Pero el mundo moderno (el dinero manda) exige otra
cosa, los negocios familiares dan paso a otros de compañías anónimas.
Quizá todo se debe a una razón de competitividad. Darín no puede
sostener por más tiempo su negocio, así que decide venderlo a
una especie de multinacional de comida. O sea que, probablemente,
no tardando demasiado su restaurante tan querido y cuidado será
un lugar de comida rápida regido por unos ineptos e inadecuados
propietarios que sólo buscan ganar un dinero fácil. En tal película,
como en la actual, también los compradores ofrecen un buen puesto
a los trabajadores del local, que ya ni cobran, si el establecimiento
pasa a sus manos. Y el tan citado restaurante termina pasando
a manos del mundo de la globalización. Al final, los personajes
se reunirían a comer en un restaurante pequeñito donde probablemente
Darín comenzará, o pensará abrir, un nuevo negocio, dispuesto
a demostrar que puede enfrentarse a los buitres capitalistas.
No era el único tema, ni probablemente el más importante de aquella
película. También ahí, como aquí, la película narraba en forma
paralela a tal tema la crisis personal de los personajes principales
o las diferentes vicisitudes vividas. Repasando esta Luna
de Avellaneda nos damos cuenta que el esquema narrativo, dejando
a un lado la presencia de Darín, es idéntico en ambos títulos.
No hay variaciones aparentes. Se nos está contando, y peor, lo
mismo.
Como además Campanella no es un poeta de las
imágenes, no puede sacar todo el jugo a secuencias bellamente
literarias, pero hundidas por una realización vulgar o equivocada.
Pienso en la manera con la que un Ford, por ejemplo, hubiera narrado
la secuencia de la muerte de Aquiles (López Vázquez) soñando con
la luna llena de su Galicia querida. Aquí, lo que pudo ser un
bello momento, se queda en una idea de guión planteada literariamente
y de forma además insistente. Una insistencia que es una de las
mayores rémoras de este filme que al creerse importante se ve
en la obligación de ir apostillando, señalando, insistiendo en
lo que ya se nos ha dicho por activa o por pasiva. Recuerdo, como
ejemplo de ello, ese letrero (que domina la pantalla) y en el
que se lee “Servir es amar” expuesto de forma clara en uno de
los momentos finales, o en esas lunas que empiezan a repetirse
incansablemente en el filme (y eso que ya sabemos cuál es su título)
después de que Aquiles cuenta la historia del día que descubrió
la luna redonda en su Galicia querida.
La película tiene un grave problema de narración.
Quiere ser una historia colectiva de personajes perdidos o en
crisis unida a otra historia, la de la crisis del centro recreativo.
Lo que ocurre es que ambas propuestas nunca se relacionan, cada
una va por su lado, y las crisis de los personajes más que existir
para el espectador o descubrirse en las escenas, se da en unas
historias excesivamente fraccionadas o hechas a jirones: el puzzle,
incapaz de construirse de forma coherente, del que he hablado
con anterioridad. Así se pasa de un personaje a otro para luego
incidir en el problema del club y otra vez a volver a empezar.
Se desea que todo el entramado esté a la misma altura. Que los
problemas de los personajes y los que viven en el club sean uno
sólo. Se supone que todo lo que ocurre, el hundimiento del club
y la desilusión o hundimiento de los personajes, se debe a la
propia crisis de Argentina. Lo cual es mucho suponer.
Lo que ocurre a los seres que deambulan por
el filme, la perdida de sus ideales, no se reduce a un lugar,
a un determinado concepto socio-político, ni, tampoco, a una época
concreta. Es algo mucho más general. Tampoco el declive de un
club se puede explicar de forma tan elemental. Forma parte de
una evolución, buena o mala (en eso no entramos ahora), de los
tiempos. La realidad no es tan simple como el filme presenta.
Se concreta en el cambio de tiempos, en las oscilaciones de los
gustos personales. Como tampoco se puede echar mano de opciones
sentimentales para defender una determinada ideología. A eso se
llama manipulación. Lo que supone una falta de coherencia a la
hora de defender desde una lógica razonada una determinada, y
necesaria, postura. Un personaje como la amiga de la hija de Román
(Darín), pobre, que alcanza su felicidad (?) bailando ballet en
el club supone una inadmisible trampa de guión. Aparte de, como
otros varios, ser un personaje muy poco definido
En Luna
de Avellaneda los problemas más que existir, que verlos, se
presentan anecdóticamente, sin saber por qué han surgido. Así
aparece el conflicto que mantiene el personaje de Román con Verónica,
su esposa. ¿Por qué el rechazo de él hacia ella en las escenas
iniciales?
No basta con mostrar a múltiples personajes
y dejar que suelten cosas si no se “ve” el conflicto, si las secuencias
carecen de fuerza o de verdad, centradas en una necesidad de que
pasen las cosas que el guionista (y el director) quieren que pasen.
Los personajes resultan, en general, tan literarios (y por tanto
inexistentes) como increíbles. Son, ante todo, ideas. Ahí está,
por ejemplo, la secretaria del club, un personaje mal construido
(por decir algo) y cuya presencia en el filme es superflua. Referida
a tal personaje aparece una secuencia que no se sabe qué pinta
en la película. Ininteligible desde cualquier punto de vista ya
que, por no saber, ni sabemos a qué se dedica tal personaje. ¿A
qué viene pues la escena del restaurante donde se reúne –sin saber
por qué– con una especie de potentado al que va a enseñarle el
idioma francés? ¿Tal escena tristemente chistosa no estará exclusivamente
en función de la secuencia final, postcréditos, del engaño de
la mujer a su ex marido, que a pesar de estar de más, eso sí,
al menos está bien rodada? La primera escena del restaurante da
lugar además a un brutal error de continuidad narrativa: es imposible
que Román la “rescate” cuando se encuentra (y duerme) en casa
de su amigo, algo que se muestra antes y después de tan tramposa
secuencia. De todas maneras, al discutible personaje de la secretaria,
se debe uno de los mejores instantes de la película: su hijo,
después del frustrante encuentro con su ex marido en la feria,
la intenta levantar el ánimo con las mismas palabras que la madre
le ha comunicado a él cuando han llegado al recinto ferial.
Hay muchos más ejemplos que demuestran lo
forzado (a veces literario) e insistente del relato. Tal es el
personaje de Amadeo, el amigo de Román, el entrenador de baloncesto
del club, del cual, de pronto, a mitad de película, y por una
palabra que se le dice en un momento de tensión, nos enteramos
(sorprendidos) que se trata de un alcohólico.
Difícilmente se puede comprender de qué viven
y qué hacen los currantes del club, o séase Román, Amadeo, Aquiles...
Parece ser que su vida es y se centra en aquel lugar que sólo
ocasiona perdidas. Algo simpático su trabajo, pero inadmisible,
como tampoco lo es el hecho que Román descubra (algo que queda
expresado como fondo más que como elemento importante) que en
la vida uno puede vivir sin nada (?), demagogia utópica de este
tipo de cine que se autodenomina comprometido, políticamente incorrecto
(y probablemente de izquierdas) aunque en realidad sea complaciente,
ingenuo y falso.
Para entendernos, la propuesta de Campanella
no está muy lejos de la cantinela de un León de Aranoa en su penoso
Los lunes al sol, con la que sin duda posee
cierta semejanza. Sirva de ejemplo la alargada secuencia ante-final
de la votación, mediocre, insistente, ingenua, en la que se intenta
expresar con palabras la importancia de lo que se pretende contar.
El director, desgraciadamente, no se da cuenta que tal escena,
agravada por una reiterativa y mediocre planificación, no es más
que un compendio de buenas intenciones moralistas donde se muestran
de manera ingenua unos conflictos por boca de unos personajes
excesivamente planos en su maldad y su bondad. Menos mal que algunos
planos muestran un cierto sentido de la imagen: la mujer de Román
mirando a la secretaria mientras se sienta en una silla delante
de ella como tratando de descubrir la relación que tiene con su
marido.
El final es el culmen de la gratuidad y del
compromiso a la fuerza. Cuando Román y su familia están dispuestos
a marcharse a España, un lugar que para los argentinos parece
suponer algo así como un paraíso, nuestro protagonista descubre
el carné del club que creía perdido, Y, claro, como (para mayor
pronunciamiento literario) tal protagonista ha nacido en el club
y por ello fue nombrado socio vitalicio se da cuenta que debe
“concienzarse”: su lugar está en Argentina, donde debe buscar
un nuevo club que ayude a mantener una parcelita de esperanza.
Música, en definitiva, de carácter celestial.
¿Qué nos queda, pues? Poco, el descubrimiento
de una buena actriz como es Valeria Bertuccelli en el papel de
Cristina, la maestra de baile. Dos o tres momentos logrados como
son algunas escenas entre Cristina y Amadeo. Quizá el encuentro,
después de la serenata, de Román con su novia. Poco, muy poco,
en dos y horas y media henchidas de buenas intenciones pero de
pobres resultados. Campanella olvida muchas cosas en aras de una
película que cree personal pero sobre su error consiste en utilizar
el sentimentalismo como coartada moral.
Adolfo Bellido