Paso atrás de Spielberg
En sus últimas películas
Spielberg parecía estar dando un muy interesante giro respecto
a lo que había sido su estilo más habitual. La oscuridad y el
cinismo inundaban buena parte de Inteligencia Artificial,
Minority report y Atrápame si puedes, las cuales
gozaban también de una complejidad argumental (reflexiones, sugerencias
nada explícitas) pocas veces vista antes en su autor. No dejaban
estos de ser, desde luego, productos de arrolladora comercialidad,
protagonizados por grandes estrellas como Tom Cruise o Leonardo
DiCaprio, y repletos de efectos especiales los dos que se enmarcan
dentro del género de la ciencia-ficción. Pero precisamente ahí
radica el riesgo tomado por Spielberg, en reconducir sus habituales
blockbusters hacia posturas más adultas, y por qué no decirlo,
también más autorales. Y por eso ahora me extraña que haya hecho
una película como La terminal, con la que parece volver
a aquellas actitudes con las que siempre ha levantado más dudas.
La terminal nos cuenta la historia de Viktor Navorski,
ciudadano de un país del este de Europa que viaja a Nueva York
con el propósito de hacer realidad el sueño de su padre recientemente
fallecido: conseguir el autógrafo del músico de jazz Benny Golson.
Pero nada más llegar al aeropuerto neoyorquino se encuentra con
que en su país ha estallado una rebelión que ha depuesto al gobierno,
por lo que su pasaporte ha quedado invalidado y no se le permite
entrar en los Estados Unidos. Como tampoco puede ser deportado
ya que se encuentra en un vacío legal, Navorski se establece en
el aeropuerto a la espera que su situación se normalice. En principio
cuenta con la colaboración de las autoridades para poder subsistir,
pero en cuanto la situación se alarga el funcionario de inmigración
hará lo posible para que Navorski salga del aeropuerto –y, por
lo tanto, entre ilegalmente en suelo americano– para que así pueda
ser detenido y devuelto a su país.
Una situación como
ésta, inspirada en un hecho ocurrido en el aeropuerto Charles
De Gaulle de París (cuya consecuencia es la misma, la de un hombre
que aun hoy vive en una terminal, pero por distintos motivos),
incitaba claramente a una kafkiana narración sobre el hombre enfrentado
a la burocracia y al frecuente absurdo de ésta. Pero Spielberg
y sus guionistas, Sacha Gervasi y Jeff Nathanson (basándose en
una historia de Gervasi y, no por casualidad, Andrew Niccol, el
director de Gattaca y guionista de El Show de Truman,
dos filmes que hablan sobre el peso que la estructura social carga
sobre los individuos), están más interesados en la adaptación
del protagonista a su nueva y extraña situación, hasta que logra
convertirla en algo familiar.
Así, se entretienen
a mostrarnos cómo Navorski cambia el entorno en función de sus
necesidades, creándose una cama con los asientos de una sala que
no está en uso; o descubre sus secretos, como la máquina que da
veinticinco centavos por cada carrito para llevar maletas que
es colocado en su lugar, con lo que consigue dinero para poder
comer en un Burger King. Incluso tendrá tiempo para descubrir
el amor e iniciar una relación con una azafata, que terminará
por truncarse a causa de la transitoria situación en la que ambos
están en el aeropuerto. Los dos son, en cierta manera, inmigrantes
en aquel espacio, y la inestabilidad vital que esta condición
les confiere, como también a Enrique y Gupta, dos trabajadores
de la terminal que prestarán su ayuda a Navorski, y cuya estancia
en el país pende de un hilo por no estar del todo regularizada,
les impide desarrollar su vida normalmente y obtener aquello que
anhelan.
Este es, a fin de
cuentas, el verdadero tema de La terminal y el sentido
metafórico del título. Se cambia un discurso político por un compromiso
más de tipo social de intenciones progresistas (o liberales, como
se dice por allí), a través de una historia que prima el aspecto
humano y de relaciones entre las personas. Pero todo esto fracasa
en buena medida, a mi entender, por la deriva del filme hacia
una comedia menos irónica de lo que querría, en parte por culpa
de un Tom Hanks que hace de Tom Hanks, y construye un personaje
que más que un extranjero (con las dificultades de comunicación
y comprensión que ello le implica) parece un idiota.
En la parte final,
además, Spielberg saca ese Frank Capra que siempre ha llevado
dentro, y olvidándose definitivamente los sórdidos recovecos por
los que se había adentrado en sus tres películas precedentes,
edulcora los acontecimientos hasta lo exasperante con un canto
a la fraternidad, revelándonos las verdaderas intenciones de un
filme que, lejos de querer incomodarnos con la visión de las injusticias
de nuestra próspera (a costa de otros) sociedad, nos tranquiliza
ante la constatación de que América no sólo es un sueño (el del
padre de Navorski), sino que, además, en ella otros sueños se
hacen realidad.
Jordi Codó