LA TERMINAL  
 
Título orginal: The Terminal
País, Año:

EE.UU., 2004

Dirección: Steven Spielberg
Intérpretes: Tom Hanks, Catherine Zeta-Jones, Chi McBride. Stanley Tucci. Zoe Saldana. Diego Luna. Eddie Jones. Michael Nouri. Kumar Pallana. Barry Shabaka Henley.
Guión: Andrew Niccol. Jeff Nathanson. Sacha Gervasi
Producción: Walter F. Parkes. Laurie MacDonald. Steven Spielberg
Fotografía: Janusz Kaminski
Música: John Williams
Montaje: Michael Kahn
Distribuidora: United International Pictures
Duración: 128 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Paso atrás de Spielberg

En sus últimas películas Spielberg parecía estar dando un muy interesante giro respecto a lo que había sido su estilo más habitual. La oscuridad y el cinismo inundaban buena parte de Inteligencia Artificial, Minority report y Atrápame si puedes, las cuales gozaban también de una complejidad argumental (reflexiones, sugerencias nada explícitas) pocas veces vista antes en su autor. No dejaban estos de ser, desde luego, productos de arrolladora comercialidad, protagonizados por grandes estrellas como Tom Cruise o Leonardo DiCaprio, y repletos de efectos especiales los dos que se enmarcan dentro del género de la ciencia-ficción. Pero precisamente ahí radica el riesgo tomado por Spielberg, en reconducir sus habituales blockbusters hacia posturas más adultas, y por qué no decirlo, también más autorales. Y por eso ahora me extraña que haya hecho una película como La terminal, con la que parece volver a aquellas actitudes con las que siempre ha levantado más dudas.

La terminal nos cuenta la historia de Viktor Navorski, ciudadano de un país del este de Europa que viaja a Nueva York con el propósito de hacer realidad el sueño de su padre recientemente fallecido: conseguir el autógrafo del músico de jazz Benny Golson. Pero nada más llegar al aeropuerto neoyorquino se encuentra con que en su país ha estallado una rebelión que ha depuesto al gobierno, por lo que su pasaporte ha quedado invalidado y no se le permite entrar en los Estados Unidos. Como tampoco puede ser deportado ya que se encuentra en un vacío legal, Navorski se establece en el aeropuerto a la espera que su situación se normalice. En principio cuenta con la colaboración de las autoridades para poder subsistir, pero en cuanto la situación se alarga el funcionario de inmigración hará lo posible para que Navorski salga del aeropuerto –y, por lo tanto, entre ilegalmente en suelo americano– para que así pueda ser detenido y devuelto a su país.

Una situación como ésta, inspirada en un hecho ocurrido en el aeropuerto Charles De Gaulle de París (cuya consecuencia es la misma, la de un hombre que aun hoy vive en una terminal, pero por distintos motivos), incitaba claramente a una kafkiana narración sobre el hombre enfrentado a la burocracia y al frecuente absurdo de ésta. Pero Spielberg y sus guionistas, Sacha Gervasi y Jeff Nathanson (basándose en una historia de Gervasi y, no por casualidad, Andrew Niccol, el director de Gattaca y guionista de El Show de Truman, dos filmes que hablan sobre el peso que la estructura social carga sobre los individuos), están más interesados en la adaptación del protagonista a su nueva y extraña situación, hasta que logra convertirla en algo familiar.

Así, se entretienen a mostrarnos cómo Navorski cambia el entorno en función de sus necesidades, creándose una cama con los asientos de una sala que no está en uso; o descubre sus secretos, como la máquina que da veinticinco centavos por cada carrito para llevar maletas que es colocado en su lugar, con lo que consigue dinero para poder comer en un Burger King. Incluso tendrá tiempo para descubrir el amor e iniciar una relación con una azafata, que terminará por truncarse a causa de la transitoria situación en la que ambos están en el aeropuerto. Los dos son, en cierta manera, inmigrantes en aquel espacio, y la inestabilidad vital que esta condición les confiere, como también a Enrique y Gupta, dos trabajadores de la terminal que prestarán su ayuda a Navorski, y cuya estancia en el país pende de un hilo por no estar del todo regularizada, les impide desarrollar su vida normalmente y obtener aquello que anhelan.

Este es, a fin de cuentas, el verdadero tema de La terminal y el sentido metafórico del título. Se cambia un discurso político por un compromiso más de tipo social de intenciones progresistas (o liberales, como se dice por allí), a través de una historia que prima el aspecto humano y de relaciones entre las personas. Pero todo esto fracasa en buena medida, a mi entender, por la deriva del filme hacia una comedia menos irónica de lo que querría, en parte por culpa de un Tom Hanks que hace de Tom Hanks, y construye un personaje que más que un extranjero (con las dificultades de comunicación y comprensión que ello le implica) parece un idiota.

En la parte final, además, Spielberg saca ese Frank Capra que siempre ha llevado dentro, y olvidándose definitivamente los sórdidos recovecos por los que se había adentrado en sus tres películas precedentes, edulcora los acontecimientos hasta lo exasperante con un canto a la fraternidad, revelándonos las verdaderas intenciones de un filme que, lejos de querer incomodarnos con la visión de las injusticias de nuestra próspera (a costa de otros) sociedad, nos tranquiliza ante la constatación de que América no sólo es un sueño (el del padre de Navorski), sino que, además, en ella otros sueños se hacen realidad.

Jordi Codó