De sexo, amor y otras soledades
Gómez Pereira ha realizado al menos una
bastante buena película, El amor
perjudica seriamente a la salud. De eso hace ya algunos años.
Lo suyo era (y es) la comedia. De esa manera, realizándolas, había
comenzado en la industria cinematográfica. Película a película
fue logrando ir más allá hasta convertirse en el director español
más “serio” en el género. La productora de Oristrel, uno de sus
fieles guionistas, se llama Boca a Boca en honor de aquel curioso
filme de Pereira en el que (por desgracia) alguno de sus “reconocidos”
intérpretes demostraba que no había nacido para ser Cary Grant.
Después del citado, y divertido, amor
perjudicial, Pereira debió tener un sueño que creyó premonitorio:
podría hacer películas serías tan interesantes como las (según
su pensamiento) poco importantes comedias que había realizado.
O sea que no deseaba ser encasillado como un director menor. Lo
que no se entiende es por qué un interesante realizador puede
creerse vulgar si no realiza filmes “serios”. Como si las comedias
no lo fueran. Acordémonos, por ejemplo, de El apartamento.
De todas las maneras tales errores los comenten hasta los clásicos.
Y si no que se lo pregunten a Lubitsch.
Pereira decidió, pues, después de El amor... hacer una cosa tan seria y,
sinceramente, floja como Entre
las piernas. Curiosamente desde otra perspectiva, aquel filme,
hablaba de algo que siempre ha sido el tema dominante de su obra:
el sexo y la soledad en el hoy. Por supuesto no es ajeno a esta
línea temática la repetición, película a película, de los dos
mismos guionistas. Joaquín Oristrell y Yolanda García Serrano,
si no los hacían con precisión cuando comenzaron a escribirlos,
hoy, se puede decir, han adquirido un dominio realmente notable.
Saben dialogar, tratar situaciones, hacer que los personajes estén
definidos. Pereira también colabora en los guiones que dirige,
al menos aparece como tal acreditado en sus películas. Pero él
ante todo es un notable realizador. Sabe, por ejemplo, crear la
atmósfera, el ambiente necesario en el que debe desarrollarse
la acción. Incluso eso se nota en la mediocre Entre
las piernas. Oristrell, sin embargo, que ya ha dirigido varias
películas, es algo que aún no lo ha conseguido. Sus guiones prometen,
pero la forma en que los realiza los condena a ser menos interesantes
de lo esperado. Inconscientes, su última película, aunque
mejor que las anteriores, sigue aquejada de ese problema. Hoy
por hoy Oristrell sigue siendo un aventajado, y a veces buen,
guionista, mientras que Pereira es, con frecuencia, un interesante
realizador.
Cosas que hacen que la vida merezca la pena es la vuelta de Pereira al género en
el que ha logrado sus mejores películas, ya que la anterior, aquella
cosa de los tenores, ni se sabía lo que era. Para algunos críticos
este filme es el mejor que ha hecho. Para mí, desde luego no.
Sigo pensado que El amor perjudica... es superior a éste.
Aquí hay una primera hora bastante notable y una media hora final
floja y hasta inconexa. Es como si fuera preciso introducir un
drama por medio para dar sentido a algo que ya lo tenía por sí
mismo. La necesidad de hacer que todo “case” en un filme, intentar
cerrarlo al precio que sea, dotarle de una cierta trascendencia
o importancia es lo que transforma algunas películas de notable
andadura en simples bloques pétreos, dignos algunos, eso sí, de
ser contemplados. Algo de eso pasa con esta obra que, como todas
las de Pereira, cuenta ya de entrada con un bien pensado (y largo)
título.
Volvemos en esta película al mismo tema
de las anteriores, centrado en las relaciones hombres-mujeres:
seres que en el intento de encontrarse tratan de compartir su
soledad (?). Búsquedas a través del sexo como salida de la frustración
personal. Asentamiento en una vida vulgar como forma de continuar
hacia delante sin saber hacia donde se camina.
Este filme puede ser definido también
como el de las encuestas sobre esto o aquello. Sobre los divorciados,
el empleo y el paro, las relaciones, los hijos, los enamoramientos...
Demasiadas cosas en definitiva, dadas, para mayor precisión, por
medio de repetidos pensamientos expresados en off por los
personajes principales. Un método que en sí mismo puede interesante
pero que llega, ante la insistente repetición, a resultar cargante.
Todo ello bien arropado por canciones conocidas y que tratan de
ir acorde con lo que está ocurriendo en ese momento. Difícil integración
musical utilizada en muchas películas, más bien por su tono forzado,
pero que Pereira sabe plantear aquí correctamente.
La película funciona bien en las relaciones
entre los dos personajes principales. Los diálogos son excelentes.
Y la película, entonces, vive, algo que no ocurre cuando los personajes
se multiplican. Pereira dirige bien las escenas con pocos actores,
pero no consigue lo mismo cuando se ve en la necesidad de introducir
varios actores en el plano. La vida que entonces tenía la película
se hace estática o carece de ella. Piénsese, por ejemplo, en escenas
como la de la fiesta en el restaurante del compañero de la ex–mujer
del protagonista, la espera de las madres a la salida del colegio
o la más lamentable de todas: la comida de Ana Belén al final
en un restaurante con los niños de un matrimonio (in) feliz campando
a sus anchas por el local. Un momento éste, que da pie además
al discurseante-final de la protagonista lanzado en forma de rabieta.
No hace falta llevar al personaje a gritar su “hartazgo” vivencial,
pues algo que ya hemos “ido comprobando”.
Otro grave error es la inclusión de la
trama dramática de Eduard Fernández con el fin de provocar el
problema de conciencia del protagonista. La anécdota del coche
y del joven en coma resulta tan alucinante como alucinada, incluida
esa “parada” de la película en una de sus secuencias más absurdas,
se mire como se mire: la visita del protagonista al hospital.
Ni siquiera la introducción del punto de vista subjetivo (el falso
milagro) sirve para salvar la escena.
Muy forzado resulta también el hacer
coincidir el día del cumpleaños de la pareja protagonista con
el comienzo del programa radiofónico del mismo título de la película.
Tal idea intenta claramente explicar el “nacimiento” de varias
cosas, pero todas centradas en la misma: una pareja que comienza
en su vida en común. Es, claramente el reflejar un nacimiento.
La necesidad de compartir no se sabe muy bien qué, aunque lo principal
sea, en al menos ese encuentro con el sexo (anterior al amor),
huir, o creer que se huye, de la soledad. Una forma de poder enfrentarse
a un mundo bastante oscuro. No es raro que gran parte de la película
transcurra, como es común en el cine de Pereira (pensemos sobre
todo en Entre las piernas) de noche y, en otra gran parte,
en interiores. Pobres, y mediocres personajes, los del cine de
este director, que tratan de ilusionarse con simples cosas esperando
hechos milagrosos que los aparten de su orfandad: alguien que
deja caer una moneda al pagar a un taxista, unas iniciales que
aseguran extraños mensajes creados para ser captados...
Es interesante comprobar cómo Pereira
sabe dar un cierto tono a los peores momentos del filme. Un toque
personal que evita el descalabro total de las peores secuencias.
Es el caso de la lamentable del hospital, que se cierra con la
buena idea de la llamada de la enfermera al protagonista antes
de que salga del hospital. No es para decirle que el joven ha
salido del estado de coma, sino para darle los zapatos que se
ha dejado en la habitación. O la ya citada, casi al final, de
la perorata de Ana Belén en el restaurante y que concluye con
un niño ofreciendo un pequeño obsequio a la mujer.
También es de agradecer la forma en la
que trata (y define) Pereira a los personajes secundarios o cómo
ve las relaciones entre las ex-parejas. Así hay que considerar
que están bien definidos tanto los ex de la pareja protagonista
como los actuales compañeros que tienen ahora. O el pequeño apunte
que realiza sobre los hijos. Excelente el detalle en que Eduard
Fernández esconde debajo del asiento del coche el teléfono móvil
que piensa regalar (y en cuya compra se ha gastado lo poco que
tiene) a su hija por la primera comunión, pues comprueba que el
compañero de su ex-mujer se ha adelantado regalándole uno mejor.
La parte final, ya está dicha, es mala
y forzada. Lo que pudo ser un gran filme se queda en simplemente
pasable. La escena de la borrachera del protagonista, la ya citada
visita al hospital, la irrupción en el restaurante chino, el intento
de matar al compañero de su ex-mujer o matarse él mismo y la llegada
(salvación en el último momento) de Ana Belén para rescatarle
al aceptar vivir su soledad en común, resultan tan pobres como
la escena final de (falsa) armonía de todos los personajes.
Los actores, todos, están espléndidos.
Pereira, normalmente, sabe dirigirlos bien. La pena es que el
guión, bien dialogado, se decida en su última parte por resucitar
los “tics” dramáticos que parece perseguir “inconscientemente”
Pereira y sus guionistas. No entiende, o entienden, que no hay
nada con más fuerza dramática que la historia de la soledad, y
el hastío de esa “adulta” (?) pareja protagonista divorciada a
la que tanto le cuesta vivir, vista desde la perspectiva de una
inmisericorde comedia: la comedia de la vida. La gran carcajada
del destino que es probablemente su última esperanza de vida,
el encuentro de unas vidas que poco o nada tienen en común.
Mister Arkadin