COSAS QUE HACEN QUE LA VIDA VALGA LA PENA  
 
Título orginal: Cosas que hacen que la vida valga la pena
País, Año:

España, 2004

Dirección: Manuel Gómez Pereira
Intérpretes: Ana Belén, Eduard Fernàndez, María Pujalte. José Sacristán. Rosario Pardo.
Guión: Joaquín Oristrell. Yolanda García Serrano. Carlos Molinero
Fotografía: Juan Amorós
Música: Bingen Mendizábal
Montaje: José Salcedo
Distribuidora: Columbia Tristar Films de España
Duración: 86 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

De sexo, amor y otras soledades

Gómez Pereira ha realizado al menos una bastante buena película, El amor perjudica seriamente a la salud. De eso hace ya algunos años. Lo suyo era (y es) la comedia. De esa manera, realizándolas, había comenzado en la industria cinematográfica. Película a película fue logrando ir más allá hasta convertirse en el director español más “serio” en el género. La productora de Oristrel, uno de sus fieles guionistas, se llama Boca a Boca en honor de aquel curioso filme de Pereira en el que (por desgracia) alguno de sus “reconocidos” intérpretes demostraba que no había nacido para ser Cary Grant.

Después del citado, y divertido, amor perjudicial, Pereira debió tener un sueño que creyó premonitorio: podría hacer películas serías tan interesantes como las (según su pensamiento) poco importantes comedias que había realizado. O sea que no deseaba ser encasillado como un director menor. Lo que no se entiende es por qué un interesante realizador puede creerse vulgar si no realiza filmes “serios”. Como si las comedias no lo fueran. Acordémonos, por ejemplo, de El apartamento. De todas las maneras tales errores los comenten hasta los clásicos. Y si no que se lo pregunten a Lubitsch.

Pereira decidió, pues, después de El amor... hacer una cosa tan seria y, sinceramente, floja como Entre las piernas. Curiosamente desde otra perspectiva, aquel filme, hablaba de algo que siempre ha sido el tema dominante de su obra: el sexo y la soledad en el hoy. Por supuesto no es ajeno a esta línea temática la repetición, película a película, de los dos mismos guionistas. Joaquín Oristrell y Yolanda García Serrano, si no los hacían con precisión cuando comenzaron a escribirlos, hoy, se puede decir, han adquirido un dominio realmente notable. Saben dialogar, tratar situaciones, hacer que los personajes estén definidos. Pereira también colabora en los guiones que dirige, al menos aparece como tal acreditado en sus películas. Pero él ante todo es un notable realizador. Sabe, por ejemplo, crear la atmósfera, el ambiente necesario en el que debe desarrollarse la acción. Incluso eso se nota en la mediocre Entre las piernas. Oristrell, sin embargo, que ya ha dirigido varias películas, es algo que aún no lo ha conseguido. Sus guiones prometen, pero la forma en que los realiza los condena a ser menos interesantes de lo esperado. Inconscientes, su última película, aunque mejor que las anteriores, sigue aquejada de ese problema. Hoy por hoy Oristrell sigue siendo un aventajado, y a veces buen, guionista, mientras que Pereira es, con frecuencia, un interesante realizador.

Cosas que hacen que la vida merezca la pena es la vuelta de Pereira al género en el que ha logrado sus mejores películas, ya que la anterior, aquella cosa de los tenores, ni se sabía lo que era. Para algunos críticos este filme es el mejor que ha hecho. Para mí, desde luego no. Sigo pensado que El amor perjudica... es superior a éste. Aquí hay una primera hora bastante notable y una media hora final floja y hasta inconexa. Es como si fuera preciso introducir un drama por medio para dar sentido a algo que ya lo tenía por sí mismo. La necesidad de hacer que todo “case” en un filme, intentar cerrarlo al precio que sea, dotarle de una cierta trascendencia o importancia es lo que transforma algunas películas de notable andadura en simples bloques pétreos, dignos algunos, eso sí, de ser contemplados. Algo de eso pasa con esta obra que, como todas las de Pereira, cuenta ya de entrada con un bien pensado (y largo) título.

Volvemos en esta película al mismo tema de las anteriores, centrado en las relaciones hombres-mujeres: seres que en el intento de encontrarse tratan de compartir su soledad (?). Búsquedas a través del sexo como salida de la frustración personal. Asentamiento en una vida vulgar como forma de continuar hacia delante sin saber hacia donde se camina.

Este filme puede ser definido también como el de las encuestas sobre esto o aquello. Sobre los divorciados, el empleo y el paro, las relaciones, los hijos, los enamoramientos... Demasiadas cosas en definitiva, dadas, para mayor precisión, por medio de repetidos pensamientos expresados en off por los personajes principales. Un método que en sí mismo puede interesante pero que llega, ante la insistente repetición, a resultar cargante. Todo ello bien arropado por canciones conocidas y que tratan de ir acorde con lo que está ocurriendo en ese momento. Difícil integración musical utilizada en muchas películas, más bien por su tono forzado, pero que Pereira sabe plantear aquí correctamente.

La película funciona bien en las relaciones entre los dos personajes principales. Los diálogos son excelentes. Y la película, entonces, vive, algo que no ocurre cuando los personajes se multiplican. Pereira dirige bien las escenas con pocos actores, pero no consigue lo mismo cuando se ve en la necesidad de introducir varios actores en el plano. La vida que entonces tenía la película se hace estática o carece de ella. Piénsese, por ejemplo, en escenas como la de la fiesta en el restaurante del compañero de la ex–mujer del protagonista, la espera de las madres a la salida del colegio o la más lamentable de todas: la comida de Ana Belén al final en un restaurante con los niños de un matrimonio (in) feliz campando a sus anchas por el local. Un momento éste, que da pie además al discurseante-final de la protagonista lanzado en forma de rabieta. No hace falta llevar al personaje a gritar su “hartazgo” vivencial, pues algo que ya hemos “ido comprobando”.

Otro grave error es la inclusión de la trama dramática de Eduard Fernández con el fin de provocar el problema de conciencia del protagonista. La anécdota del coche y del joven en coma resulta tan alucinante como alucinada, incluida esa “parada” de la película en una de sus secuencias más absurdas, se mire como se mire: la visita del protagonista al hospital. Ni siquiera la introducción del punto de vista subjetivo (el falso milagro) sirve para salvar la escena.

Muy forzado resulta también el hacer coincidir el día del cumpleaños de la pareja protagonista con el comienzo del programa radiofónico del mismo título de la película. Tal idea intenta claramente explicar el “nacimiento” de varias cosas, pero todas centradas en la misma: una pareja que comienza en su vida en común. Es, claramente el reflejar un nacimiento. La necesidad de compartir no se sabe muy bien qué, aunque lo principal sea, en al menos ese encuentro con el sexo (anterior al amor), huir, o creer que se huye, de la soledad. Una forma de poder enfrentarse a un mundo bastante oscuro. No es raro que gran parte de la película transcurra, como es común en el cine de Pereira (pensemos sobre todo en Entre las piernas) de noche y, en otra gran parte, en interiores. Pobres, y mediocres personajes, los del cine de este director, que tratan de ilusionarse con simples cosas esperando hechos milagrosos que los aparten de su orfandad: alguien que deja caer una moneda al pagar a un taxista, unas iniciales que aseguran extraños mensajes creados para ser captados...

Es interesante comprobar cómo Pereira sabe dar un cierto tono a los peores momentos del filme. Un toque personal que evita el descalabro total de las peores secuencias. Es el caso de la lamentable del hospital, que se cierra con la buena idea de la llamada de la enfermera al protagonista antes de que salga del hospital. No es para decirle que el joven ha salido del estado de coma, sino para darle los zapatos que se ha dejado en la habitación. O la ya citada, casi al final, de la perorata de Ana Belén en el restaurante y que concluye con un niño ofreciendo un pequeño obsequio a la mujer.

También es de agradecer la forma en la que trata (y define) Pereira a los personajes secundarios o cómo ve las relaciones entre las ex-parejas. Así hay que considerar que están bien definidos tanto los ex de la pareja protagonista como los actuales compañeros que tienen ahora. O el pequeño apunte que realiza sobre los hijos. Excelente el detalle en que Eduard Fernández esconde debajo del asiento del coche el teléfono móvil que piensa regalar (y en cuya compra se ha gastado lo poco que tiene) a su hija por la primera comunión, pues comprueba que el compañero de su ex-mujer se ha adelantado regalándole uno mejor.

La parte final, ya está dicha, es mala y forzada. Lo que pudo ser un gran filme se queda en simplemente pasable. La escena de la borrachera del protagonista, la ya citada visita al hospital, la irrupción en el restaurante chino, el intento de matar al compañero de su ex-mujer o matarse él mismo y la llegada (salvación en el último momento) de Ana Belén para rescatarle al aceptar vivir su soledad en común, resultan tan pobres como la escena final de (falsa) armonía de todos los personajes.

Los actores, todos, están espléndidos. Pereira, normalmente, sabe dirigirlos bien. La pena es que el guión, bien dialogado, se decida en su última parte por resucitar los “tics” dramáticos que parece perseguir “inconscientemente” Pereira y sus guionistas. No entiende, o entienden, que no hay nada con más fuerza dramática que la historia de la soledad, y el hastío de esa “adulta” (?) pareja protagonista divorciada a la que tanto le cuesta vivir, vista desde la perspectiva de una inmisericorde comedia: la comedia de la vida. La gran carcajada del destino que es probablemente su última esperanza de vida, el encuentro de unas vidas que poco o nada tienen en común.

Mister Arkadin