CONOCIENDO A JULIA  
 
Título orginal: Being Julia
País, Año:

EE.UU., Hungría, Reino Unido, Canadá, 2004

Dirección: István Szabó
Intérpretes: Annette Bening, Jeremy Irons. Michael Gambon. Bruce Greenwood. Juliet Stevenson. Rosemary Harris. Miriam Margolyes. Maury Chaykin.
Guión: Ronald Harwood
Producción: Robert Lantos
Fotografía: Lajos Koltai
Música: Mychael Danna
Montaje: Susan Shipton
Distribuidora: Filmax
Duración: 105 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Recital Bening

Szabó es un director húngaro que comenzó su carrera en los años sesenta. Pertenecía a esa serie de realizadores que quisieron cambiar la tendencia del cine realizado –por aquellos años– en los países del este. Eran tiempos en los que la nouvelle vague se imponía en el mundo merced a un grupo de jóvenes franceses, procedentes sobre todo de la crítica, que pretendían explicar una nueva forma de entender el cine. El movimiento francés se extendió prácticamente a todos los países. No fueron ajenos a ellos ni siquiera aquéllos que se encontraban detrás del llamado telón de acero. Fue por entonces cuando Szabó comenzó a hacer cine. Sus primeras obras fueron las atrayentes y esperanzadoras: La edad de las ilusiones y Padre. También por entonces en países cercanos aparecían las primeras obras de Forman y Polanski.

Después, de aquellos estimulantes inicios, Szabó entró en una etapa no demasiado plausible hasta que acometió su exitosa Mephisto (1981) con la que obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera. Realizará a continuación películas tan notables como Coronel Redl (1985)  y Cita con Venus (1991). En 1998 nos llegó Sunshine, una especie de filme río dónde el ansia esteticista de una más que elaborada –pero gratuita– planificación frena el desaprovechado fresco histórico.

Los mejores títulos dirigidos por el director húngaro tienen que ver con el mundo teatral, acometiéndolo bien de forma directa en cuanto sus protagonistas son actores de teatro o indirecta en cuanto ciertos personajes aparecen, en ciernes, como autores teatrales. No es extraño pues que ahora en su último filme vuelva a interesarse por el teatro. La historia narra la vida de una artista en crisis de edad. Es el instante en que aparentemente va a ceder su puesto de primera figura a una joven actriz. Una historia fraudulenta de arribistas sin escrúpulos.

Todo ello se trata sin dramatismo. Antes bien estamos ante una película liviana, sin excesivas complicaciones. Eso sí, acertada, ordenada, cuidada en todos sus aspectos. Tan amable como fría y distante. El guión ha sido escrito por Ronald Harwood (El pianista), el productor habitual en el cine de Egoyan fue ya el responsable de Sunshine y el texto de partida es una obra de teatro titulada, para que no haya dudas, Theatre del respetado Somerset Maugham. A todo ello se une una buena fotografía, aunque demasiado “relamida”, y unos excelentes actores. O sea que nos enfrentamos a un bello filme que se ve sin dificultad, pero también sin demasiado entusiasmo. No aportará nada al cine, pero al menos, lo cuál es mucho en estos tiempos que corren, cumple su cometido: está bien narrado y lo que cuenta es aceptable. No hay detrás del filme otro objetivo que el de lograr, sin dificultad alguna, una obra fácilmente digerible para cualquier espectador más o menos cultivado.

No hay más que lo dicho. La discutible profundidad que puede formar parte de la obra teatral original no aparece aquí más que en forma de pequeños apuntes acordes con el “saber hacer” del cine británico, algo a lo que Szabó parece plegarse bastante bien. De esa forma la historia de Julia una actriz enfrentada a su verdadera edad se reduce a la “verdad” de su gran dominio interpretativo. Y es que, claro, el teatro, por si hubiera alguna duda, es la vida. Y esa al fin y al cabo es la profesión de la protagonista, y lo que domina la protagonista después de tantos años de actuaciones.

Julia es Annette Benning y todo el filme está en función de ella. La película es sobre todo es “su” gran recital en cualquiera de los numerosos registros utilizados. Ríe, ama, llora, juega, seduce... Y a todo ello le imprime una gran clase. La actriz con su interpretación conduce y hace, crea, la propia vida del personaje. El juego entre la realidad y la ficción. He aquí lo mejor del filme. Un labor realmente formidable que se abre al gran juego escénico del teatro. Se trata de flirtear con la propia realidad sin saber cuándo el teatro se reconvierte en vida o viceversa. Una mantiene el engaño de la ficción, la otra la verdad de la representación. La pared teatral desaparece como señalando el espejo de lo visto. De ahí la venganza final de la mujer a la que se ha querido manipular y que supone la última, y divertida, parte del filme. Momento en el que además se da la vuelta, o al menos así lo parece, al final de Eva al desnudo, filme que posee más de una semejanza con éste de Szabó. Identidad que se queda en la  simple referencia perno nunca ni el fondo, ni en la hondura dramática con la que Mankiewicz se acercaba a una historia de despedidas, falsas verdades y actuaciones más allá del límite de lo teatral.

Divertida, fugaz, elemental, Conociendo a Julia intenta ir en algunos momentos más allá del juego escénico. Quiere, sin conseguirlo, representar una época que se va, así como también (como si de un Ophuls se tratara) la huida de unos personajes del mundo real en el que se encuentran. Se muestra, así, el fantasma de la inmediata segunda guerra mundial –la película se desarrolla en Londres al final de los años treinta del siglo XX– que vendrá a cambiar todo. Eso que se ve venir, caerá como por sorpresa sobre unos ciudadanos alegres y confiados que sólo parecen pensar en una vida de divertidos o trágicos engaños donde el arribismo siempre está presente. Meros apuntes tan superficiales como el ya citado de la actriz despidiéndose o preguntándose sobre su juventud ya perdida. Simples sugerencias apenas esbozadas.

Dentro del juego teatral que la película ofrece se plantea la existencia inexistente de un personaje ausente pero siempre presente: la persona que enseñó el arte de interpretar a Julia. Un ser desaparecido que se supone sustenta, o insufla, la vida de los personajes. Un símbolo si se quiere de la propia estructura teatral. Su presencia, un primer plano de tal personaje, abre el filme. Y vuelve a aparecer en ciertos momentos del relato. Un ejemplo de la propia impostura del teatro, de su propia inexistencia o de su sentido de farsa en la que todo es posible como fundamento o repercusión del arte: demasiado rebuscado e innecesario. La sola presencia de una foto siempre presente de tal personaje con su aspecto dominador hubiera bastado. Tal como está resuelto resulta forzado. Tal presencia, incluso, puede despistar al espectador sobre su verdadero significado.

Una comedia, pues, sofisticada, de estructura claramente teatral que supone una diversión tan agradable como intrascendente.

Mister Arkadin