YOUNG ADAM  
 
Título orginal: Young Adam
País, Año:

Francia, Reino Unido, 2003

Dirección: David Mackenzie
Intérpretes: Ewan McGregor, Tilda Swinton, Peter Mullan, Emily Mortimer. Ewan Stewart.
Guión: David Mackenzie
Producción: Jeremy Thomas
Fotografía: Giles Nuttgens
Música: David Byrne
Montaje: Colin Monie
Distribuidora: Desconocida
Duración: 98 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Caminando hacia ningún sitio

El escocés Alexander Trocchi publicó su primera novela en 1957. Ahora, con el mismo título, se ha convertido en una película. El director ha escrito el guión y, en fidelidad al novelista, ha querido que sea su primera obra. O sea de un inicio a otro. No conozco la novela. Al parecer fue uno de los libros preferidos de Truffaut. Viendo la película se entendería, al menos, tal amor ante las correrías del protagonista en pos de las diversas mujeres que aparecen (y desaparecen) de su vida. Tampoco es raro que escritores como Genet o Burroughs (siempre en función de la adaptación fílmica de Mackenzie) fueran algunos de sus defensores.

Tampoco me interesa demasiado saber si detrás del protagonista de la historia se esconden detalles propios de la vida del escritor. Lo que veo es la película y ésta me resulta poco o nada convincente. Y eso que para dar carta de validez al producto se condimente con una demasiado sonora composición de Byrne (pocas escenas se encuentran lamentablemente sin música: ¿cuándo comprenderán los directores actuales que los silencios son importantes y necesarios?), una foto muy elaborada, con mirada hacia el ayer, de Nuttgens y unos intérpretes propios de un cine rompedor o de calidad como Ewan McGregor o Peter Mullan. Para asentarse aún más en su calidad final, el filme pasó por el festival de Cannes dentro del apartado “Una cierta mirada”.

Pues bien con todas esas cosas la película, a pesar del entusiasmo de algunos, es tan errónea como errático es el deambular constante del protagonista. Moviéndose en la estela del desconcierto y de la nausea nuestro personaje se mueve sin saber porque en un mundo que no sabemos sin entiende o no, tal es el sin sentido de unas acciones a las que realmente se deja conducir sin más. Sería interesante comparar la identidad de la postura de tal individuo con aquellas otras propuestas por otros escritores y especialmente existencialistas de aquellos mismos años como puede ser la del personaje principal del El extranjero de Albert Camus. ¿Por qué se mueve nuestro personaje? ¿Cuál es el sinsentido de sus acciones? ¿Hace o se deja ir? ¿Qué busca realmente? La nada y el asco se mezclan en esta  bajada al mundo del sexo y de los sucios trabajos. ¿O acaso nos encontramos en un submundo?

Tal como se plantea, la narración resulta inconcebible. Quizá falte la suficiente química entre los actores. O quizás se deba a una falta de lógica o de claridad expositiva. No lo sé, pero desde luego resulta bastante increíble esa relación/aproximación que lleva al protagonista a desear a la mujer de su patrón. O a las otras. Porque faltarle mujeres que se arrojen a sus pies no le faltan al protagonista. Todas las idas y venidas del personaje aparecen repletas de múltiples casualidades que van jalonando las situaciones. Casualidades más bien imposibles: el trabajo que el protagonista obtiene en la barcaza, el encuentro en el bar en el que se le ofrece una habitación. O la más embarullada historia de la relación con la mujer muerta. Por cierto ¿lo que vemos a través de él es la realidad de lo que ocurre o lo que su imaginación presenta? Me refiero concretamente a la muerte accidental de la chica provocada después de otra difícilmente creíble escena de sexo, aunque en ese sentido la que, probablemente, gane a todas, sea la relación que tiene lugar en plena calle con la hermana de la mujer de su patrón. No se sabe muy bien si nos enfrentamos a unos recuerdos literarios o reales. Y eso es grave.

¿Es el protagonista un adepto al sexo? Realmente la acumulación de situaciones sexuales terminan por resultar risibles como en la relación precipitada en la que el personaje se enrolla, como es natural, con la mujer de la que es inquilino. Intentar orientar, o defender esta historia, insisto tal como se propone en el filme, con títulos señores del cine negro o del free cinema es, como mínimo, ingenuo. Jamás sabremos quién es ese Joe, ni qué hace, ni qué piensa. Eso sí, el símbolo inicial es elocuente: el cisne que camina entre sucias aguas. Pero ¿acaso Joe es un cisne?

Alguien dirá que se sabe por los gestos del actor quién es ese ser que no sabe ni dónde está, ni por qué se mueve. Se haría así posible que entendiéramos a un personaje que da tumbos pasando de un sitio a otro sin que el mismo sepa sus sinrazones. La ambigüedad de la narración es tal que todo es posible, que cada espectador puede sacar una historia de esta torpe narración. Pero ese sentido lo pone el espectador de forma arbitraria. Veamos un ejemplo: Joe rescata al niño de sus patrones valerosamente al caer al agua desde la barcaza para en una conversación posterior escucharle decir que odia a los niños y mataría a todos.

¿Que la película es una crítica a una sociedad regresiva y represiva? Puede que ese fuera su intento, pero desde luego el filme no muestra nada de eso. Insisto: el espectador está abierto a crear la película que le parezca no la que realmente se le da. Es lo mismo que decir que “esto”, como ya he dicho algunos comentan, pertenece al género negro. No sé cómo se puede llegar a sacar tal conclusión. El que alguien muera (¿accidentalmente?) y sea implicado en el suceso una persona que nada ha tenido que ver en el asunto, no es suficiente para catalogar el filme en ese género. Realmente así cualquier obra puede incluirse en cualquier género. Un sentido amplio e inconcreto como el propio título con el que al parecer se quiere aludir a una generalización de la juventud de una época. Adam no es el hombre es, como máximo, un caso particular de individuo.

Hacia el final la historia parece orientarse hacia dos diferentes caminos: la búsqueda de un arrepentimiento del culpable y la clausura de una (verdadera) historia de amor (¿la única?) como se nos muestra lanzando al río (eliminando) los últimos recuerdos de la chica muerta, que para mayor dramatismo estaba embarazada.

Uno de los graves problemas de este relato absurdamente jugando con el tiempo consiste en diferenciar la historia principal entre muchas secundarias o reconocer la secundaria entre otras que buscan ser principales. Ocurre con la historia entre Joe-Cathy. Mal integrada en la narración, con incomprensibles y gratuitas vueltas atrás, trata de ponernos en antecedernos de quién fue esa mujer y quién fue el frustrado escritor convertido en trabajador en una barcaza. Y es que para empezar es muy difícil admitir la escena del encuentro en la playa entre ambos personajes

Hay problemas muy graves en el filme. Quizá uno de los mayores sea el pretender que nos creamos a tal personaje, un guaperas McGregor, trabajando en una barcaza, siempre pulcro, sonriente, expectante y a la caza de las nuevas mujeres. No da desde luego el actor el papel de duro trabajador. Quizá su aspecto de angelote o cisne es el que se quiere vender como elemento catalizador. Un hecho que desde luego supone un fuerte contraste con aquello que desea exponer.

¿Hacia dónde se mueve nuestro personaje? ¿Qué es lo que pretende y qué hace realmente? Simplemente pasar el tiempo, dejarse llevar, ir de un sitio a otro. La película no muestra los vaivenes de este amoral, cargante, nihilista personaje. No tiene ni pasado, ni futuro, Su presente es caótico. Pero hace falta algo más que verlo en sus devaneos con las mujeres y su obsesiva lectura (¿es así como se indica que es un intelectual?). Al final, con sus bártulos, como siempre, va en busca de algo nuevo o quizá de su propia muerte, bien como suicidio o a manos de otros. Una lastima que tal personaje se haya reducido a un esquema en esta desajustada película.

Aunque hay algunos apuntes sobre ello, tampoco el filme habla del mundo del trabajo y de la opresión de unos sobre otros, ni siquiera de la miseria moral y personal de las personas, de la sociedad. A lo mejor todo eso está en la novela, pero no en el filme. De ello por partida doble es culpable el novel realizador, ya que además de dirigirla la ha escrito. El centrarse en lo accesorio y no ir a lo esencial es clave para negar lo que pudo llegar a ser esta historia de seres perdidos, hundidos en el fango e incapaces de salir a flote en la única espera de la muerte.

Moviéndose entre historias de historias, entre ángeles caídos y nunca redimidos y cisnes introducidos en aguas fangosas, esta película podría ser oscura, negro retrato de una época (los años 50 del siglo pasado en Glasgow) cuyo sentido tampoco aparece demasiado claro. Se dirá, no faltaba más, que así se repasa una época y unas aptitudes. Personalmente creo que esa vejez en el tiempo es propia de un filme que nace viejo. El director confunde modernidad con una (falsa) cruda y visible exposición de una realidad.

Por momentos a Young Adam parecen acudir los ecos de L´atalante, la obra maestra de Jean Vigo. Un aparente tema común: la barcaza en la que cohabitan una serie de personajes sujetos a sus conflictos pasionales. La referencia, si es pretendida, es tan infantil como la que puede tratar de identificar parte de la trama con la de El cartero siempre llama dos veces. Pero a mí (no sé la razón, aunque quizá sea por las continuas y gratuitas vueltas atrás) más de una vez durante la proyección pensé en ese otro fiasco llamado Memento. Probablemente porque ambos filmes comparten su grado de papanatismo, de falsa intelectualidad y de producto original y de qualité (mejor que de calidad). Aunque bien pensado en un “estilo” propio de cierto cine inglés actual, aunque sólo sea por la presencia del protagonista, el recuerdo nos llevaría a Trainspotting.

Horas después de ver esta frustrante película veía en DVD la primera obra que Lang realizó sobre el doctor Mabuse. Aquel filme mudo me mostraba eso que no había encontrado en la película de Mackenzie: un sentido de narrar claro, una precisión en la construcción de las escenas, una forma de acercarse con imágenes a todo un universo, e incluso hacia un sentido crítico. El cine va olvidando esto cada vez más. Es un hecho preocupante pero más lo es que el crítico lo olvide. De todas formas, y en defensa de esta historia del semental Joe, consideraré no sólo que Mackenzie no es Lang sino que ésta es su primera obra. Habrá que esperar para ver qué es capaz de darnos en sus posteriores obras.

Mister Arkadin