Caminando hacia ningún sitio
El escocés Alexander Trocchi publicó
su primera novela en 1957. Ahora, con el mismo título, se ha convertido
en una película. El director ha escrito el guión y, en fidelidad
al novelista, ha querido que sea su primera obra. O sea de un
inicio a otro. No conozco la novela. Al parecer fue uno de los
libros preferidos de Truffaut. Viendo la película se entendería,
al menos, tal amor ante las correrías del protagonista en pos
de las diversas mujeres que aparecen (y desaparecen) de su vida.
Tampoco es raro que escritores como Genet o Burroughs (siempre
en función de la adaptación fílmica de Mackenzie) fueran algunos
de sus defensores.
Tampoco me interesa demasiado saber si
detrás del protagonista de la historia se esconden detalles propios
de la vida del escritor. Lo que veo es la película y ésta me resulta
poco o nada convincente. Y eso que para dar carta de validez al
producto se condimente con una demasiado sonora composición de
Byrne (pocas escenas se encuentran lamentablemente sin música:
¿cuándo comprenderán los directores actuales que los silencios
son importantes y necesarios?), una foto muy elaborada, con mirada
hacia el ayer, de Nuttgens y unos intérpretes propios de un cine
rompedor o de calidad como Ewan McGregor o Peter Mullan. Para
asentarse aún más en su calidad final, el filme pasó por el festival
de Cannes dentro del apartado “Una cierta mirada”.
Pues bien con todas esas cosas la película,
a pesar del entusiasmo de algunos, es tan errónea como errático
es el deambular constante del protagonista. Moviéndose en la estela
del desconcierto y de la nausea nuestro personaje se mueve sin
saber porque en un mundo que no sabemos sin entiende o no, tal
es el sin sentido de unas acciones a las que realmente se deja
conducir sin más. Sería interesante comparar la identidad de la
postura de tal individuo con aquellas otras propuestas por otros
escritores y especialmente existencialistas de aquellos mismos
años como puede ser la del personaje principal del El extranjero
de Albert Camus. ¿Por qué se mueve nuestro personaje? ¿Cuál es
el sinsentido de sus acciones? ¿Hace o se deja ir? ¿Qué busca
realmente? La nada y el asco se mezclan en esta bajada al mundo del sexo y de los sucios trabajos.
¿O acaso nos encontramos en un submundo?
Tal como se plantea, la narración resulta
inconcebible. Quizá falte la suficiente química entre los actores.
O quizás se deba a una falta de lógica o de claridad expositiva.
No lo sé, pero desde luego resulta bastante increíble esa relación/aproximación
que lleva al protagonista a desear a la mujer de su patrón. O
a las otras. Porque faltarle mujeres que se arrojen a sus pies
no le faltan al protagonista. Todas las idas y venidas del personaje
aparecen repletas de múltiples casualidades que van jalonando
las situaciones. Casualidades más bien imposibles: el trabajo
que el protagonista obtiene en la barcaza, el encuentro en el
bar en el que se le ofrece una habitación. O la más embarullada
historia de la relación con la mujer muerta. Por cierto ¿lo que
vemos a través de él es la realidad de lo que ocurre o lo que
su imaginación presenta? Me refiero concretamente a la muerte
accidental de la chica provocada después de otra difícilmente
creíble escena de sexo, aunque en ese sentido la que, probablemente,
gane a todas, sea la relación que tiene lugar en plena calle con
la hermana de la mujer de su patrón. No se sabe muy bien si nos
enfrentamos a unos recuerdos literarios o reales. Y eso es grave.
¿Es el protagonista un adepto al sexo?
Realmente la acumulación de situaciones sexuales terminan por
resultar risibles como en la relación precipitada en la que el
personaje se enrolla, como es natural, con la mujer de la que
es inquilino. Intentar orientar, o defender esta historia, insisto
tal como se propone en el filme, con títulos señores del cine
negro o del free cinema es, como mínimo, ingenuo. Jamás
sabremos quién es ese Joe, ni qué hace, ni qué piensa. Eso sí,
el símbolo inicial es elocuente: el cisne que camina entre sucias
aguas. Pero ¿acaso Joe es un cisne?
Alguien dirá que se sabe por los gestos
del actor quién es ese ser que no sabe ni dónde está, ni por qué
se mueve. Se haría así posible que entendiéramos a un personaje
que da tumbos pasando de un sitio a otro sin que el mismo sepa
sus sinrazones. La ambigüedad de la narración es tal que todo
es posible, que cada espectador puede sacar una historia de esta
torpe narración. Pero ese sentido lo pone el espectador de forma
arbitraria. Veamos un ejemplo: Joe rescata al niño de sus patrones
valerosamente al caer al agua desde la barcaza para en una conversación
posterior escucharle decir que odia a los niños y mataría a todos.
¿Que la película es una crítica a una
sociedad regresiva y represiva? Puede que ese fuera su intento,
pero desde luego el filme no muestra nada de eso. Insisto: el
espectador está abierto a crear la película que le parezca no
la que realmente se le da. Es lo mismo que decir que “esto”, como
ya he dicho algunos comentan, pertenece al género negro. No sé
cómo se puede llegar a sacar tal conclusión. El que alguien muera
(¿accidentalmente?) y sea implicado en el suceso una persona que
nada ha tenido que ver en el asunto, no es suficiente para catalogar
el filme en ese género. Realmente así cualquier obra puede incluirse
en cualquier género. Un sentido amplio e inconcreto como el propio
título con el que al parecer se quiere aludir a una generalización
de la juventud de una época. Adam no es el hombre es, como máximo,
un caso particular de individuo.
Hacia el final la historia parece orientarse
hacia dos diferentes caminos: la búsqueda de un arrepentimiento
del culpable y la clausura de una (verdadera) historia de amor
(¿la única?) como se nos muestra lanzando al río (eliminando)
los últimos recuerdos de la chica muerta, que para mayor dramatismo
estaba embarazada.
Uno de los graves problemas de este relato
absurdamente jugando con el tiempo consiste en diferenciar la
historia principal entre muchas secundarias o reconocer la secundaria
entre otras que buscan ser principales. Ocurre con la historia
entre Joe-Cathy. Mal integrada en la narración, con incomprensibles
y gratuitas vueltas atrás, trata de ponernos en antecedernos de
quién fue esa mujer y quién fue el frustrado escritor convertido
en trabajador en una barcaza. Y es que para empezar es muy difícil
admitir la escena del encuentro en la playa entre ambos personajes
Hay problemas muy graves en el filme.
Quizá uno de los mayores sea el pretender que nos creamos a tal
personaje, un guaperas McGregor, trabajando en una barcaza, siempre
pulcro, sonriente, expectante y a la caza de las nuevas mujeres.
No da desde luego el actor el papel de duro trabajador. Quizá
su aspecto de angelote o cisne es el que se quiere vender como
elemento catalizador. Un hecho que desde luego supone un fuerte
contraste con aquello que desea exponer.
¿Hacia dónde se mueve nuestro personaje?
¿Qué es lo que pretende y qué hace realmente? Simplemente pasar
el tiempo, dejarse llevar, ir de un sitio a otro. La película
no muestra los vaivenes de este amoral, cargante, nihilista personaje.
No tiene ni pasado, ni futuro, Su presente es caótico. Pero hace
falta algo más que verlo en sus devaneos con las mujeres y su
obsesiva lectura (¿es así como se indica que es un intelectual?).
Al final, con sus bártulos, como siempre, va en busca de algo
nuevo o quizá de su propia muerte, bien como suicidio o a manos
de otros. Una lastima que tal personaje se haya reducido a un
esquema en esta desajustada película.
Aunque hay algunos apuntes sobre ello,
tampoco el filme habla del mundo del trabajo y de la opresión
de unos sobre otros, ni siquiera de la miseria moral y personal
de las personas, de la sociedad. A lo mejor todo eso está en la
novela, pero no en el filme. De ello por partida doble es culpable
el novel realizador, ya que además de dirigirla la ha escrito.
El centrarse en lo accesorio y no ir a lo esencial es clave para
negar lo que pudo llegar a ser esta historia de seres perdidos,
hundidos en el fango e incapaces de salir a flote en la única
espera de la muerte.
Moviéndose entre historias de historias,
entre ángeles caídos y nunca redimidos y cisnes introducidos en
aguas fangosas, esta película podría ser oscura, negro retrato
de una época (los años 50 del siglo pasado en Glasgow) cuyo sentido
tampoco aparece demasiado claro. Se dirá, no faltaba más, que
así se repasa una época y unas aptitudes. Personalmente creo que
esa vejez en el tiempo es propia de un filme que nace viejo. El
director confunde modernidad con una (falsa) cruda y visible exposición
de una realidad.
Por momentos a Young Adam parecen acudir los ecos de L´atalante, la obra maestra de Jean Vigo. Un aparente tema común:
la barcaza en la que cohabitan una serie de personajes sujetos
a sus conflictos pasionales. La referencia, si es pretendida,
es tan infantil como la que puede tratar de identificar parte
de la trama con la de El cartero siempre llama dos veces. Pero a mí (no sé la razón, aunque
quizá sea por las continuas y gratuitas vueltas atrás) más de
una vez durante la proyección pensé en ese otro fiasco llamado
Memento. Probablemente porque ambos filmes comparten su grado de papanatismo,
de falsa intelectualidad y de producto original y de qualité
(mejor que de calidad). Aunque bien pensado en un “estilo” propio
de cierto cine inglés actual, aunque sólo sea por la presencia
del protagonista, el recuerdo nos llevaría a Trainspotting.
Horas después de ver esta frustrante
película veía en DVD la primera obra que Lang realizó sobre el
doctor Mabuse. Aquel filme mudo me mostraba eso que no había encontrado
en la película de Mackenzie: un sentido de narrar claro, una precisión
en la construcción de las escenas, una forma de acercarse con
imágenes a todo un universo, e incluso hacia un sentido crítico.
El cine va olvidando esto cada vez más. Es un hecho preocupante
pero más lo es que el crítico lo olvide. De todas formas, y en
defensa de esta historia del semental Joe, consideraré no sólo
que Mackenzie no es Lang sino que ésta es su primera obra. Habrá
que esperar para ver qué es capaz de darnos en sus posteriores
obras.
Mister Arkadin