Fundación e Imperio
No, no es lo más molesto que la película tome el nombre de Asimov
en vano. De hecho, de autor soviético no toma más que el título
y varias ideas sueltas aparecidas en algunos de los relatos que
componen la novela Yo, Robot (las tres normas de los robots,
el robot que se puede saltar dichas normas, el vertedero de viejos
robots sustituidos por otros más modernos, el cuento de Hansel
y Gretel como hilo conductor de una subtrama, la presencia
de una doctora aquí convenientemente rejuvenecida y poco más).
Vale, vale, siempre se puede argumentar que adaptar distintos
relatos, inconexos entre sí, tiene esa pega.
No, no es lo más molesto que esté filmada como cualquier otra superproducción
de la “escuela de Michael Bay”, a saber: teleobjetivos por un
tubo, bonitos contraluces, cambio de plano cada segundo (si no
hay peleas, en ese caso dividir por dos), abuso de música y efectos
en dolby digital, cámara casi siempre en movimiento... De hecho,
siempre se puede decir que Alex Proyas es un experto en el cine
con efectos digitales, una etiqueta que suelen colocar los estudios
en cuanto uno ha hecho una película de cualquier tipo y ha funcionado
en taquilla. Vale, de Proyas funcionó El cuervo, pero no
cumplió las expectativas comerciales Dark City que, curiosamente,
era un título mucho más atractivo.
No, no es lo más molesto que fusile escenas enteras de la trilogía
de Matrix. De hecho, ya estamos acostumbrados a que sus
efectos sean copiados en vídeo clips, spots publicitarios y, en
fin, cualquier programa de televisión. Vale, es un peaje que hay
que pagar en el cine de ciencia ficción actual, pero ¿es necesario?
No, no es lo más molesto que el guión que finalmente ha llegado
a filmarse (y, créanme, ha habido unos cuantos antes), sea, como
siempre sucede en estos casos, el más elemental de todos. De hecho,
uno está ya acostumbrado a ver películas que fusilan ideas de
otras películas (¿he hablado ya de Matrix?). Aquí, qué
curioso, tenemos la historia de un super-robot que toma conciencia
de su propio poder y decide acabar con la humanidad... aunque
sea para protegerla de su propia violencia. Fíjate por dónde hace
años un tal James Cameron puso en marcha una saga, Terminator,
que también narraba cómo Skynet tomaba conciencia de su poder
y aniquilaba la raza humana. Vale, vale, Proyas lo ha disimulado
muy bien haciendo que el robot sea “una robot” llamada Viki (¡viva
la originalidad!) y así también se evita que el final, con la
desactivación de la robot, no parezca un plagio de la lobotomía
que Dave Bowman realiza a Hal-9000 en 2001, una odisea del
espacio.
No, no es lo más molesto que los super-robots de última generación,
cuya fuerza hemos comprobado a lo largo del filme, sean poco menos
que estúpidos cuando han de enfrentarse a grupos de humanos armados
con palos. De hecho, esas ridículas escenas de peleas podrían
entrar en el libro Guinness de la falta de coherencia narrativa,
pero para entonces no creo que haya nadie en la sala preocupado
por la lógica de un relato que progresa a patadas. Vale, se trataba
de ser “fiel al espíritu” de Asimov y demostrar que la raza humana
se puede unir en lo momentos de una auténtica hecatombe... aunque
para eso ya está El día de mañana y muchos otros blockbusters
que no buscan la coartada cultural-literaria.
No. Nada de eso es lo más molesto.
Lo que realmente me molesta es que se considere “estilo” de planificación
a la infame secuencia del enfrentamiento final en la cima de la
robot (¿alguien ha hablado de la pelea junto al generador central
en La guerra de las galaxias?): la cámara dando vueltas,
como si estuviera montada en un tiovivo, para transmitir la sensación
de vértigo de un protagonista subido encima de la super-robot
Viki. Inenarrable.
Lo que realmente me molesta es que todo el argumento, por más manoseado
que esté, quede al margen cuando entra en escena Will Smith, quien
parece olvidarse que no está en la tercera parte de Hombres
de negro, sino en un título en apariencia más serio y comprometido.
Vale, vale, cada vez que se levanta se toca el hombro de metal
para demostrar que es un actor serio y concienciado en un título
de Asimov... ¡¡Pero es que luego se dedica a lanzar mensajes reaccionarios,
chistes sin gracia y a matar robots como si estos fueran de mantequilla!!
Eso sí es hacerse con un personaje: simplemente, se cambia para
adaptarlo a uno mismo y, ya está, Smith repitiendo una vez más
su inolvidable personaje de –pongamos– Wild Wild West.
Lo que realmente me molesta es que el robot bueno (todo un prodigio
de diseño de efectos visuales) tenga esos ojitos azules inocentes
(¡vaya, como ET!), mientras que los malos despiden una
sospechosa luz roja. ¡Mira qué bien, volvemos a los tiempos del
senador McCarthy y su caza de brujas: los rojos son los malos!
Vale, vale, seguro que es simple casualidad y este cronista ve
demasiados mensajes ocultos donde no los hay... pero ¡¡si en Yo,
Robot 2 aparecen los robots malos vestidos con chilabas y
turbante no digáis que no os habíamos avisado!!
Lo que realmente me molesta, en definitiva, es que el mundo futuro
que nos propone no se aleja un ápice del que ya aparecía en Demolition
man, aquella innombrable película con Sylvester Stallone cazando
a Wesley Snipes en un mundo modélico, pero falso, donde hasta
las armas y los tacos estaban prohibidos. Vale, vale, estoy exagerando
las similitudes, pero muy mal tienen que andar las mentes pensantes
de Hollywood para que su nuevo blockbuster veraniego no
sea más que un vulgar remake en muchos momentos de un filme
de segunda división que en su día ni siquiera fue un gran éxito
de taquilla.
De hecho, si soy sincero, me molesta haberme hecho ilusiones, pensar
que la ciencia ficción seria iba a tener una nueva oportunidad,
que 2001 o Blade runner iban a tener nuevas continuaciones,
no serían ya filmes-isla, que, en definitiva, con las adaptaciones
de Isaac Asimov se abría un nuevo filón en el cine de ciencia-ficción
norteamericano.
Vale, vale, el éxito de Yo, Robot sin duda provocará nuevas
adaptaciones. Pero esto no es Asimov. Esto no es ciencia ficción
seria. Ni siquiera tengo muy claro que sea cine. Simplemente es
una larga campaña publicitaria –y el filme un spot alargado–,
destinada a que el consumidor de palomitas llene las salas durante
dos semanas y luego se olvide rápidamente de lo visto. De ahí
que no valga la reflexión, sólo las imágenes brillantes rápidamente
borradas por otras brillantes imágenes. En definitiva, estamos
asistiendo a la fundación de un nuevo cine de ciencia ficción,
el “inspirado” en la obra de Asimov. Pero aquí lo de menos es
la literatura, lo único que importa es el nuevo imperio
y su punto de vista. O sea, la taquilla. Descansa en paz, Isaac.
Sabín