WILBUR SE QUIERE SUICIDAR  
 
Título orginal: Wilbur begår selvmord
País, Año:

Dinamarca, Francia, Reino Unido, Suecia, 2003

Dirección: Lone Scherfig
Intérpretes: Jamie Sives. Adrian Rawlins. Shirley Henderson. Lisa McKinlay. Mads Mikkelsen. Julia Davis.
Guión: Lone Scherfig. Anders Thomas Jensen
Producción: Sisse Olsen.
Música: Joachim Holbek
Montaje: Gerd Tjur
Distribuidora: Golem
Duración: 105 minutos
 
 

 

 

 

 

 

... y razones no le faltan

Wilbur dice que se quiere suicidar, aunque, si bien se mira, el empeño que pone tampoco es tan grande, si no no se explica su escaso éxito. Parece como si estuviera esperando a que llegase alguien a salvarle para intentarlo. Con lo fácil que hubiera sido, desde el primer momento, subirse a la azotea y dejarse caer unos cuantos pisos. En ese caso no hubiera habido auxilio posible. Pero cuando piensa en esta opción ya ha cambiado de idea y no quiere suicidarse, o simplemente no ha querido nunca, y es entonces cuando ve lo irreversible de la tentativa.

Descubrimos además que Wilbur no es el único que fracasa en sus intentos de quitarse la vida. Existe algo así como una ONG dedicada a recuperar a suicidas frustrados y reincidentes, es decir, gente que quiere matarse, que no lo consigue, y que tras su fracaso acude a una especie de terapia para convencerse de lo mal que está esa obsesión que les posee. ¡Madre mía, que guión!

Y la verdad es que Wilbur tiene razones más que sobradas para el suicidio, pues, menudo aburrimiento de vida, que personajillos más mediocres le rodean, cualquiera aguanta así. No es que esto sea lo que la película nos quiere transmitir; intuimos más bien lo contrario, el intento de mostrar lo bonita que es la vida, pero no nos convence. La única salida digna de Wilbur hubiera sido el suicidio. Pero pronto, a los diez minutos de película. Así nos habríamos ahorrado los cien restantes.

Pero como decíamos, a Wilbur se le pasan pronto los ganas. No es que la terapia a la que acude a veces haya surtido efecto; por ahí encontraríamos más bien un motivo para abundar en sus instintos suicidas. Es algo mucho más gelatinoso: es que se enamora. Y desde ese momento la película emprende un discurso empalagoso y lleno de tópicos que la hace perder el poquito interés que le quedaba. Y además ahondando en un sentimentalismo lacrimógeno y barato que resulta insoportable.

Resulta que el hermano que tanto amaba la vida, ve ahora la muerte cerca, y Wilbur, que no quería más que morirse, descubre ahora que vivir está bien, y todo gracias a una extraña muchacha de alma generosa a la que le sobra amor para repartir entre los dos hermanos. ¡Uf!

Sospechará el paciente lector que a quien esto suscribe no le ha acabado de gustar la película. Acierta. Pero que ello no sea obstáculo para reconocer que alguna idea interesante se esconde en ella, como la que nos sugiere que lo terrible de la muerte es la muerte de los otros, o la que presenta a esta muerte como la condición de sentido de la vida (El hombre, ser para la muerte). Pero resulta manifiesto que estas líneas argumentativas no están desarrolladas, ni siquiera tal vez intuidas en toda su potencia. Todo se pierde en un relato monótono y cansino que, para más inri, pretende en ocasiones apuntar a la comedia (tampoco sabemos exactamente cuando, de lo difusa que resulta), alcanzando entonces sus mayores cotas de patetismo.

El reclamo de la publicidad de la película se ha hecho recaer en el recordatorio de que la directora era la misma de Italiano para principiantes, la cual, sin ser nada del otro mundo, guardaba al menos una frescura que la hacía agradable a la vista. Nada de eso queda aquí.

Marcial Moreno