... y razones
no le faltan
Wilbur dice que se quiere suicidar, aunque,
si bien se mira, el empeño que pone tampoco es tan grande, si
no no se explica su escaso éxito. Parece como si estuviera esperando
a que llegase alguien a salvarle para intentarlo. Con lo fácil
que hubiera sido, desde el primer momento, subirse a la azotea
y dejarse caer unos cuantos pisos. En ese caso no hubiera habido
auxilio posible. Pero cuando piensa en esta opción ya ha cambiado
de idea y no quiere suicidarse, o simplemente no ha querido nunca,
y es entonces cuando ve lo irreversible de la tentativa.
Descubrimos además que Wilbur no es el
único que fracasa en sus intentos de quitarse la vida. Existe
algo así como una ONG dedicada a recuperar a suicidas frustrados
y reincidentes, es decir, gente que quiere matarse, que no lo
consigue, y que tras su fracaso acude a una especie de terapia
para convencerse de lo mal que está esa obsesión que les posee.
¡Madre mía, que guión!
Y la verdad es que Wilbur tiene razones
más que sobradas para el suicidio, pues, menudo aburrimiento de
vida, que personajillos más mediocres le rodean, cualquiera aguanta
así. No es que esto sea lo que la película nos quiere transmitir;
intuimos más bien lo contrario, el intento de mostrar lo bonita
que es la vida, pero no nos convence. La única salida digna de
Wilbur hubiera sido el suicidio. Pero pronto, a los diez minutos
de película. Así nos habríamos ahorrado los cien restantes.
Pero como decíamos, a Wilbur se le pasan
pronto los ganas. No es que la terapia a la que acude a veces
haya surtido efecto; por ahí encontraríamos más bien un motivo
para abundar en sus instintos suicidas. Es algo mucho más gelatinoso:
es que se enamora. Y desde ese momento la película emprende un
discurso empalagoso y lleno de tópicos que la hace perder el poquito
interés que le quedaba. Y además ahondando en un sentimentalismo
lacrimógeno y barato que resulta insoportable.
Resulta que el hermano que tanto amaba
la vida, ve ahora la muerte cerca, y Wilbur, que no quería más
que morirse, descubre ahora que vivir está bien, y todo gracias
a una extraña muchacha de alma generosa a la que le sobra amor
para repartir entre los dos hermanos. ¡Uf!
Sospechará el paciente lector que a quien
esto suscribe no le ha acabado de gustar la película. Acierta.
Pero que ello no sea obstáculo para reconocer que alguna idea
interesante se esconde en ella, como la que nos sugiere que lo
terrible de la muerte es la muerte de los otros, o la que presenta
a esta muerte como la condición de sentido de la vida (El hombre,
ser para la muerte). Pero resulta manifiesto que estas líneas
argumentativas no están desarrolladas, ni siquiera tal vez intuidas
en toda su potencia. Todo se pierde en un relato monótono y cansino
que, para más inri, pretende en ocasiones apuntar a la comedia
(tampoco sabemos exactamente cuando, de lo difusa que resulta),
alcanzando entonces sus mayores cotas de patetismo.
El reclamo de la publicidad de la película
se ha hecho recaer en el recordatorio de que la directora era
la misma de Italiano para
principiantes, la cual, sin ser nada del otro mundo, guardaba
al menos una frescura que la hacía agradable a la vista. Nada
de eso queda aquí.
Marcial Moreno