Una isla de tranquilidad
Después de verla
en el pasado BAFF de Barcelona (Festival de cine asiático), comenté
en las páginas de esta misma revista que confiaba en que Primavera,
verano, otoño, invierno… primavera sería adquirida por algún
distribuidor para proyectarla en nuestras salas, ya que a pesar
de tratarse de una propuesta bastante atípica, este filme coreano
tiene la capacidad de conectar con un público amplio (a pesar
de que los prejuicios que se tienen a la hora de ir a ver películas
no americanas no permitirán observar su verdadero alcance en este
sentido), heterogéneo y occidental. El Premio del Público recibido
en el señalado festival parecía avalarlo. Finalmente, pues, se
ha estrenado, y es una suerte. Creo precisamente que ha sido esta
particular idiosincrasia de la película lo que lo ha permitido,
por encima del nombre de su director.
A diferencia de
otros títulos coreanos estrenados últimamente –como Memories
of murder–, este viene acompañado por el prestigio de su autor,
Kim Ki-Duk, hombre insignia del cine surcoreano, que se ganó el
reconocimiento crítico con un único título, La isla (Seom,
2000). Curiosamente, después del impacto de aquéel, no hemos vuelto
a tener noticias de Kim por nuestras salas, a pesar de que desde
entonces ha dirigido cuatro películas más. Tal vez estas otras
apuestas eran demasiado arriesgadas, demasiado radicales en sus
planteamientos, como lo fue La isla, pero como también
lo es Primavera…
La historia, esta
vez transcurre también, como en La isla, en un lago, pero
las pequeñas casitas flotantes de los pescadores de aquélla han
sido sustituidas por una casa/templo –también flotante– en la
que viven un monje budista y su discípulo, recluidos del mundo
exterior y dedicados a la meditación y al aprendizaje de la verdadera
esencia de la vida. Las estaciones del título se sucederán, aunque
no formando parte de un mismo año, sino representando cada una
un momento concreto de la vida de los protagonistas. Ya en verano,
la tranquilidad de estos se verá perturbada por la llegada de
una joven enferma a quien su madre ha traído con la esperanza
de que los cuidados de los monjes la puedan sanar. El joven discípulo
caerá entonces en las redes del amor y decidirá abandonar la que
ha sido su casa desde que era niño y marchar a la ciudad con la
chica. Tiempo después, tras el fracaso de su relación se verá
obligado a volver y rehabilitarse. Con esta historia Kim Ki-Duk
hace un giro (¿una pausa?) en su carrera, pues sustituye las violentas
imágenes que se habían convertido en su seña de identidad, por
otras más apacibles y de una belleza más inocente.
Pero en realidad
el director coreano no ha variado su estilo. Tomando como referente
La isla (la única obra anterior de Kim que este cronista
ha visto) podemos apreciar que al igual que en aquélla, en Primavera…
se hace un uso de una planificación fría y pausada. El paisaje,
bello y abrumador en ambas, constituye un personaje principal
en sí mismo, a la vez que deviene metáfora de los personajes (que
casi no hablan, el entorno lo hace por ellos) y sus acciones.
El tratamiento de este espacio es irreal, de ahí la descomunal
belleza de las imágenes.
Kim se mueve en
el filo del esteticismo, ya que hasta tal punto el paisaje llama
la atención, que se podría llegar a pensar que es el verdadero
elemento que ha dado sentido a la realización de esta película,
y que la sencilla historia de relaciones entre personajes (humanos)
no es sino circunstancial. Sería fácil decir, viendo la obra anterior
del director, que Kim ha buscado el mero ejercicio de estilo lejos
de un compromiso temático, que ha sido concesivo y ha tomado el
camino más sencillo con una obra cargada de un misticismo lírico
blando fácilmente consumible y un orientalismo tópico fácilmente
exportable.
Pero tal vez también
sería injusto, porque ciertamente las imágenes de Primavera…
son poderosas. Su hermosura no es gratuita, a veces está cargada
de ternura, otras de tragedia, en función de lo que trata de contar.
La narración, por su lado, no se hace nunca demasiado obvia, y
juega con el simbolismo y la sugerencia, como en esas puertas
situadas en el vacío pero que los protagonistas no dudan en atravesar,
abrir y cerrar.
En definitiva, un
filme para disfrutar, sobretodo contemplándolo, y esperar que
nos sitúe en un remanso de paz, al menos durante un par de horas.
Jordi Codó