PRIMAVERA, VERANO, OTOÑO, INVIERNO... PRIMAVERA  
 
Título orginal: Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom
País, Año:

Corea del sur, Alemania, 2003

Dirección: Kim Ki-duk
Intérpretes: Kim Ki-duk. Kim Jong-ho. Seo Jae-Kyung. Kim Young-Min. Oh Young-soo.
Guión: Kim Ki-duk
Producción: Karl Baumgartner. Lee Seung-jae
Música: Bark Jee-woong
Montaje: Kim Ki-duk
Distribuidora: Festival Films
Duración: 103 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Una isla de tranquilidad

Después de verla en el pasado BAFF de Barcelona (Festival de cine asiático), comenté en las páginas de esta misma revista que confiaba en que Primavera, verano, otoño, invierno… primavera sería adquirida por algún distribuidor para proyectarla en nuestras salas, ya que a pesar de tratarse de una propuesta bastante atípica, este filme coreano tiene la capacidad de conectar con un público amplio (a pesar de que los prejuicios que se tienen a la hora de ir a ver películas no americanas no permitirán observar su verdadero alcance en este sentido), heterogéneo y occidental. El Premio del Público recibido en el señalado festival parecía avalarlo. Finalmente, pues, se ha estrenado, y es una suerte. Creo precisamente que ha sido esta particular idiosincrasia de la película lo que lo ha permitido, por encima del nombre de su director.

A diferencia de otros títulos coreanos estrenados últimamente –como Memories of murder–, este viene acompañado por el prestigio de su autor, Kim Ki-Duk, hombre insignia del cine surcoreano, que se ganó el reconocimiento crítico con un único título, La isla (Seom, 2000). Curiosamente, después del impacto de aquéel, no hemos vuelto a tener noticias de Kim por nuestras salas, a pesar de que desde entonces ha dirigido cuatro películas más. Tal vez estas otras apuestas eran demasiado arriesgadas, demasiado radicales en sus planteamientos, como lo fue La isla, pero como también lo es Primavera…

La historia, esta vez transcurre también, como en La isla, en un lago, pero las pequeñas casitas flotantes de los pescadores de aquélla han sido sustituidas por una casa/templo –también flotante– en la que viven un monje budista y su discípulo, recluidos del mundo exterior y dedicados a la meditación y al aprendizaje de la verdadera esencia de la vida. Las estaciones del título se sucederán, aunque no formando parte de un mismo año, sino representando cada una un momento concreto de la vida de los protagonistas. Ya en verano, la tranquilidad de estos se verá perturbada por la llegada de una joven enferma a quien su madre ha traído con la esperanza de que los cuidados de los monjes la puedan sanar. El joven discípulo caerá entonces en las redes del amor y decidirá abandonar la que ha sido su casa desde que era niño y marchar a la ciudad con la chica. Tiempo después, tras el fracaso de su relación se verá obligado a volver y rehabilitarse. Con esta historia Kim Ki-Duk hace un giro (¿una pausa?) en su carrera, pues sustituye las violentas imágenes que se habían convertido en su seña de identidad, por otras más apacibles y de una belleza más inocente.

Pero en realidad el director coreano no ha variado su estilo. Tomando como referente La isla (la única obra anterior de Kim que este cronista ha visto) podemos apreciar que al igual que en aquélla, en Primavera… se hace un uso de una planificación fría y pausada. El paisaje, bello y abrumador en ambas, constituye un personaje principal en sí mismo, a la vez que deviene metáfora de los personajes (que casi no hablan, el entorno lo hace por ellos) y sus acciones. El tratamiento de este espacio es irreal, de ahí la descomunal belleza de las imágenes.

Kim se mueve en el filo del esteticismo, ya que hasta tal punto el paisaje llama la atención, que se podría llegar a pensar que es el verdadero elemento que ha dado sentido a la realización de esta película, y que la sencilla historia de relaciones entre personajes (humanos) no es sino circunstancial. Sería fácil decir, viendo la obra anterior del director, que Kim ha buscado el mero ejercicio de estilo lejos de un compromiso temático, que ha sido concesivo y ha tomado el camino más sencillo con una obra cargada de un misticismo lírico blando fácilmente consumible y un orientalismo tópico fácilmente exportable.

Pero tal vez también sería injusto, porque ciertamente las imágenes de Primavera… son poderosas. Su hermosura no es gratuita, a veces está cargada de ternura, otras de tragedia, en función de lo que trata de contar. La narración, por su lado, no se hace nunca demasiado obvia, y juega con el simbolismo y la sugerencia, como en esas puertas situadas en el vacío pero que los protagonistas no dudan en atravesar, abrir y cerrar.

En definitiva, un filme para disfrutar, sobretodo contemplándolo, y esperar que nos sitúe en un remanso de paz, al menos durante un par de horas.

Jordi Codó