NUEVE CANCIONES  
 
Título orginal: Nine songs
País, Año:

Reino Unido, 2004

Dirección: Michael Winterbottom
Intérpretes: Kieran O'Brien. Margo Stilley
Guión: Michael Winterbottom
Producción: Andrew Eaton
Fotografía: Marcel Zyskind
Montaje: Mat Whitecross. Michael Winterbottom
Distribuidora: Alta Films
Duración: 69 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Paso en falso

Michael Winterbottom es ahora mismo uno de los autores más prolíficos y, sin duda, también uno de los más interesantes del panorama cinematográfico mundial. Su obra es irregular, pero ello se debe al propósito del cineasta inglés por renovarse en cada nueva propuesta, por experimentar en distintos campos como si buscara su lugar en el mundo. Este premeditado eclecticismo le ha llevado a tratar el drama de unos periodistas en la guerra de Bosnia (Welcome to Sarajevo) o la triste realidad de los barrios bajos londinenses (Wonderland), a rememorar en un estilo cercano al falso documental el ambiente musical del Manchester de los 70 (24 hour party people) o a rodar como si de un auténtico documental se tratara el viaje de dos afganos hasta Londres (In this world), e incluso a introducirse en géneros mucho más codificados (no para él) como el western (El perdón) y la ciencia-ficción (Code 46, aún no estrenada entre nosotros).

Pero todas estas películas sí tienen algo en común, y es una particular forma de tratar con la realidad. El realismo (lo que contienen de auténtico las películas), al cual Winterbottom se acerca tanto desde el artificio posmoderno como desde el efecto de realidad más tradicional, constituye un elemento de reflexión central a lo largo de toda su filmografía, y es al mismo tiempo que su huella autoral más reconocible, una forma de iconoclastia.

Veámoslo con esta 9 songs. Lo que aquí se nos está contando es la breve pero intensa relación entre dos jóvenes, un chico inglés (Matt) y una alocada chica americana (Lisa), en parte marcada por nueve canciones de otros tantos conciertos a los que asiste la pareja. La historia se grabó sin guión alguno, improvisando los diálogos, y con pequeñas cámaras digitales que pretendían pasar inadvertidas (en este sentido la grabación de los conciertos se puede considerar documental, ya que el director y sus técnicos se mezclaron entre el público para que la imagen reflejara el que sería el auténtico punto de vista de sus protagonistas).

Ya desde el principio se nos advierte del tipo de relación que fue, cuando la voz en off de Matt (quien nos narra la historia ¡desde la Antártida!) nos dice que cuando piensa en Lisa no recuerda ni lo que hacía ni lo que decía, sino su olor y su tacto. El sexo pues fue una parte fundamental de esta relación, como en realidad lo es de todas. Precisamente en eso quería hacer hincapié Winterbottom cuando afirmó que su intención era contar aquella parte de las historias amorosas que normalmente no se muestra en las películas (1), o se hace de forma poco explícita. Las abundantes y gráficas escenas sexuales de 9 songs, pues, pretenden atacar a un tópico cinematográfico antes que a un tabú social. No creo por ello se haya buscado un escándalo fácil  (2); y, en cualquier caso, nadie que haya visto, por ejemplo, El imperio de los sentidos de Nagisa Oshima, puede acusar a 9 songs de haberse excedido en nada.

Lo que tenemos entonces es una relación de pareja narrada a partir de los elementos esenciales de esta: los actos sexuales, los conciertos a los que asisten, y algunas escenas de su convivencia (conversaciones, peleas). La idea de este planteamiento casi minimalista, es que estas situaciones sean lo suficientemente representativas y significativas como para que a partir de ellas podamos hacernos una composición general de lo que fue toda la relación. Y ahí, precisamente, es donde creo que 9 songs se convierte en una película fallida. El problema es que las distintas partes parecen desconectadas las unas de las otras. La importancia que se les confiere –tanto narrativamente como desde el punto de vista de la puesta en escena– las hace terminar funcionando de forma autónoma. Los conciertos son, en este sentido, los que se nos aparecen más desubicados por la casi nula presencia de los protagonistas, a quienes no vemos con la excusa de adoptar su punto de vista. Las escenas de sexo no parecen decirnos nada fuera de ellas, sobretodo cuando están filmadas como auténticas set pieces, donde la cámara, la iluminación y el montaje se recrean en sí mismos. Y en medio de todo esto los pequeños fragmentos, digámosles, más narrativos, son insuficientes para compensar la falta de información. Las intenciones de Winterbottom no son desde luego preciosistas, pero sí esteticistas. Demasiado preocupado por las ideas innovadoras de su propuesta fílmica, pierde de vista la historia que nos quería contar. Son los peligros de la experimentación.

Jordi Codó

[1] Algo que no ocurre en la literatura. De hecho, Winterbottom se inspiró inicialmente en Platform, una novela sexualmente explícita de Michel Houellebecq. Después de leerla se preguntó “cómo los libros pueden hacer esto y el cine, que está mucho más preparado, no”.

 

[2] El propio Winterbottom se mostró dispuesto a hacer recortes en la película para que pudiera pasar la censura británica. Curiosamente en esta ocasión fue el productor quién se negó.