Paso en falso
Michael Winterbottom
es ahora mismo uno de los autores más prolíficos y, sin duda,
también uno de los más interesantes del panorama cinematográfico
mundial. Su obra es irregular, pero ello se debe al propósito
del cineasta inglés por renovarse en cada nueva propuesta, por
experimentar en distintos campos como si buscara su lugar en el
mundo. Este premeditado eclecticismo le ha llevado a tratar el
drama de unos periodistas en la guerra de Bosnia (Welcome to
Sarajevo) o la triste realidad de los barrios bajos londinenses
(Wonderland), a rememorar en un estilo cercano al falso
documental el ambiente musical del Manchester de los 70 (24
hour party people) o a rodar como si de un auténtico documental
se tratara el viaje de dos afganos hasta Londres (In this world),
e incluso a introducirse en géneros mucho más codificados (no
para él) como el western (El perdón) y la ciencia-ficción
(Code 46, aún no estrenada entre nosotros).
Pero todas estas
películas sí tienen algo en común, y es una particular forma de
tratar con la realidad. El realismo (lo que contienen de
auténtico las películas), al cual Winterbottom se acerca tanto
desde el artificio posmoderno como desde el efecto de realidad
más tradicional, constituye un elemento de reflexión central a
lo largo de toda su filmografía, y es al mismo tiempo que su huella
autoral más reconocible, una forma de iconoclastia.
Veámoslo con esta
9 songs. Lo que aquí se nos está contando es la breve pero
intensa relación entre dos jóvenes, un chico inglés (Matt) y una
alocada chica americana (Lisa), en parte marcada por nueve canciones
de otros tantos conciertos a los que asiste la pareja. La historia
se grabó sin guión alguno, improvisando los diálogos, y con pequeñas
cámaras digitales que pretendían pasar inadvertidas (en este sentido
la grabación de los conciertos se puede considerar documental,
ya que el director y sus técnicos se mezclaron entre el público
para que la imagen reflejara el que sería el auténtico punto de
vista de sus protagonistas).
Ya desde el principio
se nos advierte del tipo de relación que fue, cuando la voz en
off de Matt (quien nos narra la historia ¡desde la Antártida!)
nos dice que cuando piensa en Lisa no recuerda ni lo que hacía
ni lo que decía, sino su olor y su tacto. El sexo pues fue una
parte fundamental de esta relación, como en realidad lo es de
todas. Precisamente en eso quería hacer hincapié Winterbottom
cuando afirmó que su intención era contar aquella parte de las
historias amorosas que normalmente no se muestra en las películas, o se hace de forma poco explícita. Las
abundantes y gráficas escenas sexuales de 9 songs, pues,
pretenden atacar a un tópico cinematográfico antes que a un tabú
social. No creo por ello se haya buscado un escándalo fácil; y, en cualquier caso, nadie que
haya visto, por ejemplo, El imperio de los sentidos de
Nagisa Oshima, puede acusar a 9 songs de haberse excedido
en nada.
Lo que tenemos entonces
es una relación de pareja narrada a partir de los elementos esenciales
de esta: los actos sexuales, los conciertos a los que asisten,
y algunas escenas de su convivencia (conversaciones, peleas).
La idea de este planteamiento casi minimalista, es que estas situaciones
sean lo suficientemente representativas y significativas como
para que a partir de ellas podamos hacernos una composición general
de lo que fue toda la relación. Y ahí, precisamente, es donde
creo que 9 songs se convierte en una película fallida.
El problema es que las distintas partes parecen desconectadas
las unas de las otras. La importancia que se les confiere –tanto
narrativamente como desde el punto de vista de la puesta en escena–
las hace terminar funcionando de forma autónoma. Los conciertos
son, en este sentido, los que se nos aparecen más desubicados
por la casi nula presencia de los protagonistas, a quienes no
vemos con la excusa de adoptar su punto de vista. Las escenas
de sexo no parecen decirnos nada fuera de ellas, sobretodo cuando
están filmadas como auténticas set pieces, donde la cámara,
la iluminación y el montaje se recrean en sí mismos. Y en medio
de todo esto los pequeños fragmentos, digámosles, más narrativos,
son insuficientes para compensar la falta de información. Las
intenciones de Winterbottom no son desde luego preciosistas, pero
sí esteticistas. Demasiado preocupado por las ideas innovadoras
de su propuesta fílmica, pierde de vista la historia que nos quería
contar. Son los peligros de la experimentación.
Jordi Codó
Algo que no ocurre en la literatura. De hecho, Winterbottom se
inspiró inicialmente en Platform,
una novela sexualmente explícita de Michel Houellebecq. Después
de leerla se preguntó “cómo los libros pueden hacer esto y el
cine, que está mucho más preparado, no”.
El propio Winterbottom se mostró dispuesto
a hacer recortes en la película para que pudiera pasar la censura
británica. Curiosamente en esta ocasión fue el productor quién
se negó.