Hiel y azúcar
Stephen
Frears ha dicho, respecto a esta película, que ha querido mostrar
“el lado oculto de Londres, el costado más sucio de la vida”.
Es cierto que en las grandes ciudades occidentales del llamado
mundo desarrollado existe un universo escondido y marginal, que
acoge a los menos favorecidos, a los marginados y a los inmigrantes.
Es un mundo que los turistas y los viajeros ocasionales ignoran.
Stephen Frears levanta el telón y construye un thriller
intenso que atrapa al espectador y lo sumerge en esa otra vida,
la de la inmigración ilegal de los que luchan por los papeles
y la supervivencia en el Londres del siglo XXI. Pero eso no es
todo: tras este paisaje, donde la picardía se da la mano con la
solidaridad entre los desfavorecidos, se esconde otro mundo más
inquietante, injusto y cruel, en el que el instinto de supervivencia
es rebasado por la avaricia y las leyes del mercado. Comprar barato
y vender caro, ése es el lema de aquellos que explotan el miedo
a ser expulsados del paraíso londinense. Y lo hacen con negocios
sucios y ocultos que hacen real la expresión de que el hombre
es el mayor depredador de sus semejantes: homo, hominis lupus.
Desde
sus comienzos, Stephen Frears ha combinado el talento cinematográfico
con el instinto comercial, alternado temas sociales propios del
cine comprometido con otros productos de asunto más frívolo, sin
menoscabo de la calidad de sus películas, propia de un director
consolidado y experto en construir y llevar a la pantalla historias.
Su primer cortometraje exploraba el conflicto racial en Sudáfrica
(The Thirty Minute Long Burning, 1967). La oscarizada Amistades
peligrosas (1988) afianza su carrera de cineasta internacional
y con Liam (2000) analiza los sufrimientos de una familia
irlandesa en el Liverpool de la crisis económica y la reconversión
industrial. Ahora nos ofrece una historia donde las emociones
y el miedo gobiernan la vida de los personajes, donde el humor
y la ternura aminoran la dureza y el dolor de sus vidas.
Negocios
ocultos relata
los problemas cotidianos de Okwe (Chiwetel Ejiofer, Blue/Orange),
médico nigeriano que se gana la vida como taxista a tiempo parcial
y recepcionista de noche en un hotel de dudosa respetabilidad,
en el que descubrirá que se desarrollan actividades tan siniestras
como lucrativas. Allí también trabaja como limpiadora Senay (Audrey
Tautau, Amelie), una joven turca que comparte piso con
Okwe. Ambos son compañeros de desdichas, se ayudan mutuamente
y se defienden de las autoridades que persiguen a los ilegales.
Senay es una joven dura y arrogante que mantiene a Okwe a distancia
y guarda herméticamente sus sentimientos. Poco a poco, la distancia
se va acortando entre ellos y surge la complicidad y un amor que
las circunstancias harán imposible. Completa el triángulo el jefe
de ambos, Sneaky (Sergi López) un mafioso que trafica con órganos
a cambio de papeles y algo de dinero. La acción está servida y
el suspense mantiene el argumento que muestra la solidaridad entre
los débiles, el amor, la emoción de contrastar la grandeza y la
miseria del ser humano.
Todo
se superpone en este filme mediante una estructura narrativa sólida
que suspende la atención del espectador y la mantiene hasta el
desenlace. La película es entretenida y la dureza de los hechos
que se narran y del ambiente que se muestra, se atenúan con el
humor que alimenta la picaresca y el ingenio que estimula los
actos de los ilegales por sobrevivir.
El final
es triste pero feliz, una concesión al cine como industria. Ganan
los buenos. No olvidemos que se trata de una película: se parece
a la vida pero es ficción.
Gloria
Benito