Merecemos mejores películas
El otro día me disponía a hacer unas
4.000 magdalenas cuando me di cuenta de que ¡no tengo horno! Así
que... me fui al cine y esto es lo que vi...
Los títulos de crédito son un preciosista
montaje burlón de aquellas imágenes publicitarias que vendían
tan bien el American Way of Life en la época de Eisenhower:
amas de casa tan encantadas con sus electrodomésticos que prácticamente
se desvanecen por el éxtasis que les produce tanta comodidad automatizada
en sus tareas cotidianas. La paleta cromática de la cinta también
se expone desde este comienzo: colores alegres y pastel, no podría
ser de otra forma. Pero estas mujeres de sonrisa Profidén con
sus floreados vestidos vaporosos, cuidadosamente planchados y
almidonados, son tan perfectas que no pueden ser reales. De hecho,
a estas alturas, constituyen un aburrido cliché de la cultura
pop; una advertencia de que tras este inicio la película no va
a decir nada nuevo acerca del feminismo, de la vida en los suburbios
o de la sociedad de consumo.
Ira Levin acuñó el término Stepford
Wives para describir la fantasía ideal de algunos hombres:
mujeres que cocinan, limpian y cuidan del hogar a la perfección,
aún sin renunciar a ser bellos objetos de deseo, con el escote
del tamaño justo, y que nunca cuestionarían su rol de esposas
dedicadas y sumisas. En su novela, Levin se sirve de las estructuras
de suspense para crear alegoría y sátira social. Así, Stepford
(Connecticut) es un suburbio agradable, de clase media, pero cuyos
hombres se sienten amenazados por sus mujeres, con inquietudes
feministas, hasta que toman la determinación de matarlas y sustituirlas
por robots sexualmente complacientes y serviles.
En 1975, Bryan Forbes convirtió este
relato en un thriller de serie B, protagonizado por Katherine
Ross, quien al comienzo, saca unas fotografías a un hombre que
lleva un maniquí... Una
sensación inquietante va apoderándose poco a poco del espectador
y lo que en principio parecía un paraíso va desvelándose como
algo siniestro.
Bien, damas y caballeros, esta segunda
versión de Frank Oz merece, sin duda alguna, una enorme Raspberry
por lo que podía haber sido el remake de la temporada.
Oz escoge alejarse en dirección contraria
a la oscuridad y al terror buscando (supongo) una versión de comedia
delirante. Y por lo que se puede apreciar, más de un delirio ha
habido. Diría que al director todo se le va de las manos. Lo que
no sabría decir es si al bizcocho le falta un poco más o si se
ha quemado. En cualquier caso, no ha subido bastante, quizás porque
los ingredientes están algo rancios, como los chistes. Como resultado:
indigestión debido al guión, que avanza como una apisonadora de
ruedas cuadradas (no me extrañaría que hubiese sido escrito a
golpe de toma durante el rodaje); un reparto estupendo, completamente
desaprovechado (la labor de los actores y actrices es más que
notable pero se ve limitada por la inconsistencia de los personajes);
unas situaciones tan vergonzosamente mal desarrolladas que provocan
el llanto (paradigmático en este sentido la escena final de la
fiesta).
Aunque quizá lo peor sea cómo la cinta
se esfuerza por ahogar cualquier subcorriente de tensión inherente
a la historia original. Cada vez que podría ofrecer alguna crítica
social, se hace atrás y rehúsa decir nada que pudiera herir sentimientos.
Las mujeres perfectas es tan hueca como las cabezas de
los personajes que le dan título. Es lo contrario a una sátira:
no provoca, sino que intenta tranquilizarnos con su almíbar: a fin de cuentas,
si algo va mal en el mundo o en nuestro propio hogar, no deberíamos
dejar que nos quite el sueño... Esto sí que es siniestro y además,
ningún Alka-seltzer lo puede aliviar.
Y ¿qué hay de la música?
Porque muchas películas flojas por lo menos se pueden “escuchar”
con agrado. Desgraciadamente nos encontramos ante un melodrama
camp, completamente falto de sutilezas, donde David Arnold
(¿sordo de tono?) intenta hacer de Danny Elfman (pero sin inspiración,
claro) de manera tan machacona que fundiría el glaseado de cualquier
pastelito.
Elisa Mª Martínez