LAS MUJERES PERFECTAS  
 
Título orginal: The Stepford Wives
País, Año:

EE.UU., 2004

Dirección: Frank Oz
Intérpretes: Nicole Kidman, Bette Midler, Mike White. Faith Hill. David Marshall Grant. Matthew Broderick. Christopher Walken. Glenn Close. Jon Lovitz.
Guión: Paul Rudnick
Producción: Donald De Line. Scott Rudin
Fotografía: Rob Hahn
Música: David Arnold
Montaje: Jay Rabinowitz
Distribuidora: United International Pictures
Duración: 93 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Merecemos mejores películas

El otro día me disponía a hacer unas 4.000 magdalenas cuando me di cuenta de que ¡no tengo horno! Así que... me fui al cine y esto es lo que vi...

Los títulos de crédito son un preciosista montaje burlón de aquellas imágenes publicitarias que vendían tan bien el American Way of Life en la época de Eisenhower: amas de casa tan encantadas con sus electrodomésticos que prácticamente se desvanecen por el éxtasis que les produce tanta comodidad automatizada en sus tareas cotidianas. La paleta cromática de la cinta también se expone desde este comienzo: colores alegres y pastel, no podría ser de otra forma. Pero estas mujeres de sonrisa Profidén con sus floreados vestidos vaporosos, cuidadosamente planchados y almidonados, son tan perfectas que no pueden ser reales. De hecho, a estas alturas, constituyen un aburrido cliché de la cultura pop; una advertencia de que tras este inicio la película no va a decir nada nuevo acerca del feminismo, de la vida en los suburbios o de la sociedad de consumo.

Ira Levin acuñó el término Stepford Wives para describir la fantasía ideal de algunos hombres: mujeres que cocinan, limpian y cuidan del hogar a la perfección, aún sin renunciar a ser bellos objetos de deseo, con el escote del tamaño justo, y que nunca cuestionarían su rol de esposas dedicadas y sumisas. En su novela, Levin se sirve de las estructuras de suspense para crear alegoría y sátira social. Así, Stepford (Connecticut) es un suburbio agradable, de clase media, pero cuyos hombres se sienten amenazados por sus mujeres, con inquietudes feministas, hasta que toman la determinación de matarlas y sustituirlas por robots sexualmente complacientes y serviles.

En 1975, Bryan Forbes convirtió este relato en un thriller de serie B, protagonizado por Katherine Ross, quien al comienzo, saca unas fotografías a un hombre que lleva un maniquí...  Una sensación inquietante va apoderándose poco a poco del espectador y lo que en principio parecía un paraíso va desvelándose como algo siniestro.

Bien, damas y caballeros, esta segunda versión de Frank Oz merece, sin duda alguna, una enorme Raspberry por lo que podía haber sido el remake de la temporada.

Oz escoge alejarse en dirección contraria a la oscuridad y al terror buscando (supongo) una versión de comedia delirante. Y por lo que se puede apreciar, más de un delirio ha habido. Diría que al director todo se le va de las manos. Lo que no sabría decir es si al bizcocho le falta un poco más o si se ha quemado. En cualquier caso, no ha subido bastante, quizás porque los ingredientes están algo rancios, como los chistes. Como resultado: indigestión debido al guión, que avanza como una apisonadora de ruedas cuadradas (no me extrañaría que hubiese sido escrito a golpe de toma durante el rodaje); un reparto estupendo, completamente desaprovechado (la labor de los actores y actrices es más que notable pero se ve limitada por la inconsistencia de los personajes); unas situaciones tan vergonzosamente mal desarrolladas que provocan el llanto (paradigmático en este sentido la escena final de la fiesta).

Aunque quizá lo peor sea cómo la cinta se esfuerza por ahogar cualquier subcorriente de tensión inherente a la historia original. Cada vez que podría ofrecer alguna crítica social, se hace atrás y rehúsa decir nada que pudiera herir sentimientos. Las mujeres perfectas es tan hueca como las cabezas de los personajes que le dan título. Es lo contrario a una sátira: no provoca,  sino que intenta tranquilizarnos con su almíbar: a fin de cuentas, si algo va mal en el mundo o en nuestro propio hogar, no deberíamos dejar que nos quite el sueño... Esto sí que es siniestro y además, ningún Alka-seltzer lo puede aliviar.

Y ¿qué hay de la música? Porque muchas películas flojas por lo menos se pueden “escuchar” con agrado. Desgraciadamente nos encontramos ante un melodrama camp, completamente falto de sutilezas, donde David Arnold (¿sordo de tono?) intenta hacer de Danny Elfman (pero sin inspiración, claro) de manera tan machacona que fundiría el glaseado de cualquier pastelito.

Elisa Mª Martínez