Nostalgia china
Últimamente el pasado
lejano de China, en su forma mítica y épica, está ganando por
goleada al presente en las pantallas cinematográficas (las nuestras,
al menos). Incluso dos autores (en el sentido más cahierístico
de la palabra) como Chen Kaige y Zhang Yimou, que tradicionalmente
se habían caracterizado por tratar, tanto juntos como por separado,
temas de la contemporaneidad de su país (si englobamos dentro
de esta todo el siglo XX), en algunas de sus últimas realizaciones
han seguido esta tendencia de la industria al abordar narraciones
de la antigüedad como la fundación del Imperio: curiosamente,
tanto El emperador y el asesino (Jing ke ci qin wang, 1999)de Chen, como Hero (Ying xiong, 2002) de Zhang, narran
legendarias historias sobre los intentos de asesinato que sufrió
Ying Zheng, el primer Emperador. Añadamos a estos dos filmes La
sombra del emperador de Zhou Xiaowen (Qin
song, 1996), también sobre la figura de Ying, y semejante
fijación quedará en evidencia.
Guerreros del cielo y la tierra sigue esta estela, y se sitúa en el
siglo VII, durante el cual China, bajo el mandato de la dinastía
Tang, se disputaba las tierras del oeste (un inmenso desierto…
por el que pasaba la Ruta de la Seda) con el imperio turco. Precisamente
en estas lejanas tierras de nadie (o de todos) es donde acontece
el relato. Una caravana que transporta un misterioso y mágico
objeto cuya posesión asegurará el dominio de zona en disputa a
quien lo tenga, se dirige hacia la capital china custodiada por
un monje, un soldado y un grupo de desertores del ejército. Los
problemas empiezan cuando aparece un emisario enviado por el emperador
Tang para ejecutar al cabecilla de los desertores por su insurrección.
Ambos llegarán a un acuerdo para no enfrentarse hasta que la caravana
alcance su destino, y el emisario se unirá a partir de ese momento
a la comitiva. Después deberán enfrentarse no sólo a la dureza
de la travesía, sino también a un grupo de bandidos pagados por
los turcos para apoderarse del preciado objeto que llevan.
Al inicio del filme
un texto introductorio nos habla de historia y de mito, y ciertamente
ese es el camino que toma la narración, en lo que sería un a medio
camino entre los anteriormente comentados filmes de Chen y Zhang.
Pero lo cierto es que la película no termina de funcionar ni en
un aspecto ni en otro. Para ser una narración histórica le faltan
detalles sobre la vida de las gentes de la época, más allá del
telón de fondo y del marco político general que plantea y que
ya he comentado antes. Si el problema en este sentido lo encontramos
en el guión, la puesta en escena es lo que falla a la hora de
convertir la película en una aventura mítica. No se terminan de
combinar bien las imágenes del mundo de la fantasía y el de la
realidad, en los que se mueve la leyenda. Por momentos, incluso,
la cosa parece un pastiche, como cuando hace aparición el objeto
sagrado, que con sus luces y efectos rompe claramente con la textura
general de la película.
La falta de romanticismo
aventurero puede venir también de la voluntad que se tiene de
centrar la atención en los aspectos trágicos de la vida de los
dos protagonistas (el soldado desertor y el emisario imperial)
más que en su vertiente heroica. Por un lado tenemos al Capitán
Li Zai, que tuvo que huir del ejército (junto con otros compañeros)
después de negarse a matar a un grupo de mujeres y niños. En su
huída por el desierto es rescatado en un momento crítico por los
dos supervivientes de la caravana que ahora acompaña, que se vieron
sorprendidos por una tormenta de arena. Como agradecimiento se
comprometió a llevarles hasta Chang’an. Una vez allí se verá obligado
a combatir a muerte con el emisario imperial, un japonés que después
de muchos años en la corte del emperador –no parece que por voluntad
propia– ve la oportunidad de regresar a su añorado hogar si cumple
con esta última misión que se le ha encargado. Desde buen comienzo
podemos sentir el dolor de sus vidas presentes e intuir la desgracia
de sus destinos. Este tono melancólico se apodera en buena medida
del relato, y llega al apogeo en ese final seco y desapasionado
(tanto por parte de la cámara como de los personajes) frente al
palacio, que abre más dudas sobre el futuro de los protagonistas
que las que cierra.
Por desgracia, algunos
de los personajes no terminan de estar bien definidos, y eso le
resta efectividad dramática: como el propio Li Zai, de quien nunca
entendemos del todo las motivaciones; o la mujer que acompaña
al emisario, a quien a pesar de ser la narradora no llegamos a
conocer bien.
Con todo, este Guerreros
del cielo y la tierra es un producto que si bien falla en
su propósito de adquirir un cierto aire de poética trascendencia,
en su (imperfecta) mezcla de elementos para todos los públicos
(incluso la comedia está presente, por ejemplo en el viejo aventurero
que convence a la expedición para que le contraten) asegura un
decente entretenimiento.
Jordi Codó