GUERREROS DEL CIELO Y LA TIERRA  
 
Título orginal: Tian di ying xiong
País, Año:

Hong Kong, China, 2003

Dirección: He Ping
Intérpretes: Jiang Wen. Nakai Kîchi. Wang Xueqi. Zhao Vicki. Zhou Yu
Guión: He Ping
Fotografía: Zhao Fei
Música: A. R. Rahman
Distribuidora: Columbia Tristar Films de España
Duración: 114 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 
 

Nostalgia china

Últimamente el pasado lejano de China, en su forma mítica y épica, está ganando por goleada al presente en las pantallas cinematográficas (las nuestras, al menos). Incluso dos autores (en el sentido más cahierístico de la palabra) como Chen Kaige y Zhang Yimou, que tradicionalmente se habían caracterizado por tratar, tanto juntos como por separado, temas de la contemporaneidad de su país (si englobamos dentro de esta todo el siglo XX), en algunas de sus últimas realizaciones han seguido esta tendencia de la industria al abordar narraciones de la antigüedad como la fundación del Imperio: curiosamente, tanto El emperador y el asesino (Jing ke ci qin wang, 1999)de Chen, como Hero (Ying xiong, 2002) de Zhang, narran legendarias historias sobre los intentos de asesinato que sufrió Ying Zheng, el primer Emperador. Añadamos a estos dos filmes La sombra del emperador de Zhou Xiaowen (Qin song, 1996), también sobre la figura de Ying, y semejante fijación quedará en evidencia.

Guerreros del cielo y la tierra sigue esta estela, y se sitúa en el siglo VII, durante el cual China, bajo el mandato de la dinastía Tang, se disputaba las tierras del oeste (un inmenso desierto… por el que pasaba la Ruta de la Seda) con el imperio turco. Precisamente en estas lejanas tierras de nadie (o de todos) es donde acontece el relato. Una caravana que transporta un misterioso y mágico objeto cuya posesión asegurará el dominio de zona en disputa a quien lo tenga, se dirige hacia la capital china custodiada por un monje, un soldado y un grupo de desertores del ejército. Los problemas empiezan cuando aparece un emisario enviado por el emperador Tang para ejecutar al cabecilla de los desertores por su insurrección. Ambos llegarán a un acuerdo para no enfrentarse hasta que la caravana alcance su destino, y el emisario se unirá a partir de ese momento a la comitiva. Después deberán enfrentarse no sólo a la dureza de la travesía, sino también a un grupo de bandidos pagados por los turcos para apoderarse del preciado objeto que llevan.

Al inicio del filme un texto introductorio nos habla de historia y de mito, y ciertamente ese es el camino que toma la narración, en lo que sería un a medio camino entre los anteriormente comentados filmes de Chen y Zhang. Pero lo cierto es que la película no termina de funcionar ni en un aspecto ni en otro. Para ser una narración histórica le faltan detalles sobre la vida de las gentes de la época, más allá del telón de fondo y del marco político general que plantea y que ya he comentado antes. Si el problema en este sentido lo encontramos en el guión, la puesta en escena es lo que falla a la hora de convertir la película en una aventura mítica. No se terminan de combinar bien las imágenes del mundo de la fantasía y el de la realidad, en los que se mueve la leyenda. Por momentos, incluso, la cosa parece un pastiche, como cuando hace aparición el objeto sagrado, que con sus luces y efectos rompe claramente con la textura general de la película.

La falta de romanticismo aventurero puede venir también de la voluntad que se tiene de centrar la atención en los aspectos trágicos de la vida de los dos protagonistas (el soldado desertor y el emisario imperial) más que en su vertiente heroica. Por un lado tenemos al Capitán Li Zai, que tuvo que huir del ejército (junto con otros compañeros) después de negarse a matar a un grupo de mujeres y niños. En su huída por el desierto es rescatado en un momento crítico por los dos supervivientes de la caravana que ahora acompaña, que se vieron sorprendidos por una tormenta de arena. Como agradecimiento se comprometió a llevarles hasta Chang’an. Una vez allí se verá obligado a combatir a muerte con el emisario imperial, un japonés que después de muchos años en la corte del emperador –no parece que por voluntad propia– ve la oportunidad de regresar a su añorado hogar si cumple con esta última misión que se le ha encargado. Desde buen comienzo podemos sentir el dolor de sus vidas presentes e intuir la desgracia de sus destinos. Este tono melancólico se apodera en buena medida del relato, y llega al apogeo en ese final seco y desapasionado (tanto por parte de la cámara como de los personajes) frente al palacio, que abre más dudas sobre el futuro de los protagonistas que las que cierra.

Por desgracia, algunos de los personajes no terminan de estar bien definidos, y eso le resta efectividad dramática: como el propio Li Zai, de quien nunca entendemos del todo las motivaciones; o la mujer que acompaña al emisario, a quien a pesar de ser la narradora no llegamos a conocer bien.

Con todo, este Guerreros del cielo y la tierra es un producto que si bien falla en su propósito de adquirir un cierto aire de poética trascendencia, en su (imperfecta) mezcla de elementos para todos los públicos (incluso la comedia está presente, por ejemplo en el viejo aventurero que convence a la expedición para que le contraten) asegura un decente entretenimiento.

Jordi Codó

 

(1) Se impone una curiosa lectura política, y es que llama la atención que sean precisamente los dos países que más tensas relaciones mantienen con el gobierno chino, Japón y Estados Unidos, quienes se dediquen a exportar una gloriosa imagen del gigante asiático a través de este tipo de producciones. La película que aquí nos ocupa, que enseguida veremos que se apunta a este carro, ha sido llevada a cabo por la filial de Columbia Pictures en Asia, major americana perteneciente al grupo japonés Sony.