Pierre Boulle,
1963
Pierre Boulle, autor de la novela sobre la que se basó El puente
sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, David
Lean, 1957), consideraba su novela La Planète des singes
(1963) como un trabajo menor no apto para ser llevado a la
pantalla. Aunque Rod Serling, que llevó la ciencia ficción a la
televisión con The Twilight Zone, otorgó credibilidad al
guión, fue la intervención personal de Charlton Heston lo que
hizo posible que el proyecto se llevara a cabo. Así, Franklin
J. Schaffner dirigió en 1968 El planeta de los simios (Planet
of the Apes), una muy lucrativa producción de 20th Century
Fox.
El escritor, que había definido la obra como una “fantasía social”,
hablaba fundamentalmente de la inhumanidad del hombre para con
el hombre. En la novela, una pareja que se encuentra de turismo
interestelar halla una botella flotante con un mensaje dentro.
Ahí se relata la historia del viaje del periodista Ulysse Merou,
el profesor Antelle, Arthur Levain y el mono Héctor a una estrella.
El grupo encuentra un planeta que bautizan como Soror. Aterrizan
en este lugar extrañamente parecido a la Tierra (pero que no lo
es) y, al adentrarse en un pequeño lago para bañarse, descubren
a una humana totalmente desnuda que les observa. Le dan el nombre
de Nova y comprueban que no es inteligente. Mientras discuten
acerca de la posibilidad de una involución humana en este planeta,
el mono Héctor hace su aparición, Nova se abalanza contra él y
lo mata salvajemente. Cuando Merou se interroga sobre la causa
de esta reacción, una turba de humanos semejantes a Nova huye
despavorida de un peligro que se aproxima entre gritos guturales.
Los astronautas se ven envueltos en una cacería donde ellos son
las presas y los cazadores son simios parlantes.
Merou se empeña en demostrar a los simios que es inteligente y
que proviene de otro planeta donde la evolución ha seguido un
camino distinto. Es incapaz de asumir que el hombre ha sido eliminado
de la cabeza de la pirámide evolutiva, desprecia a los humanos
por lo que han llegado a convertirse y prefiere integrarse en
la sociedad simia aprendiendo su idioma y sus costumbres. Llega
a proponerle a su protectora simia relaciones sexuales, pero esta
le rechaza por ser demasiado feo.
Por el contrario, el doctor Antelle, acepta
la nueva situación de los humanos e involuciona voluntariamente
hasta convertirse en una bestia exhibida en un zoológico.
Cuando Merou regresa a la Tierra, su sorpresa es mayúscula al ser
recibido por simios. La segunda sorpresa llega cuando uno de los
miembros de la pareja que ha estado leyendo la historia de Merou
exclama: “¿Los humanos pueden hablar? ¡Imposible!”. También
ellos resultan ser simios.
Franklin J. Schaffner, 1968
Con esta base literaria, la película que rodó Schaffner se inicia
cuando el coronel George Taylor (Chartlon Heston) se dispone a
regresar a la tierra tras una misión de seis meses en el espacio.
Coloca el piloto automático de la aeronave y se dispone a dormir
junto con el resto de su tripulación. Un año más tarde, la nave
aterriza y la tripulación despierta. La mujer ha muerto y los
tres hombres son conscientes de que la Tierra que abandonaron
dieciocho meses antes, en 1972, ha desaparecido, pues por un efecto
no explicado del viaje en el tiempo, en la Tierra transcurre el
año 3978. Encuentran un extraño paisaje desértico, tormentas sin
lluvia y una tribu de humanos primitivos incapaces de hablar.
No tardan en descubrir que el planeta está gobernado por simios
parlantes que tratan a los hombres como bestias. Durante una cacería
de los simios, muerte uno de los tripulantes, el otro desaparece
y Taylor es herido y atrapado.
Taylor se convierte en el objeto de estudio de una pareja de científicos.
El arqueólogo Cornelius (Roddy McDowall, llamado Aurelio en la
versión española) y la psicóloga animal Zira (Kim Hunter) no comparten
el planteamiento de sus colegas, quienes consideran a los hombres
como meras bestias, animales irracionales carentes de cultura,
habla y conciencia ética. Taylor constituye un ejemplar humano
singular, pues es capaz de comunicarse: habla y escribe (en inglés,
claro está). Esto, que corrobora las teorías evolucionistas de
Cornelius y la doctora Zira, supone también un serio revés para
el doctor Zaius (Maurice Evans), quien ostenta el doble cargo
de Ministro de la ciencia y Defensor de la fe. La teoría científica
establecida, basada en las “Leyendas de los Antepasados”, no puede
tolerar la presencia subversiva de Taylor.
El doctor Zaius, que ha operado al otro superviviente terrícola
para convertirlo en un vegetal, acusa a Zira y a Cornelius de
herejía. Taylor queda a su merced, pero escapa con ayuda de sus
amigos simios. El grupo, al que se han unido el sobrino de Zira
y la humana Nova (Linda Harrison) se traslada a la Zona Prohibida,
un lugar declarado mortífero 1.200 años atrás por los Manuscritos
Sagrados.
En la cueva donde Cornelius ha estado realizando excavaciones,
Taylor descubre que la
anteriormente dominante civilización humana quedó arrumbada por
algún tipo de cataclismo tras el cual los hombres sufrieron un
proceso de involución que los redujo a la condición de bestias;
mientras, los simios pudieron evolucionar hasta erigirse en la
especie triunfadora. El doctor Zaius, tratando de evitar que esto
trascienda, manda volar la cueva, pero permite que Taylor y Nova
sigan su camino.
En el célebre plano final, Taylor descubre que el planeta de los
simios no es otro que la Tierra, como atestiguan las ruinas semienterradas
de la estatua de la Libertad.
El filme, que sólo había costado cinco millones de dólares, se
reveló un impresionante éxito de taquilla al recaudar 26 millones
de dólares en su estreno. Como consecuencia de este presupuesto
relativamente bajo, los monos tenían una tecnología menos avanzada
y vivían más primitivamente en el filme que en la novela de Pierre
Boulle.
Seguramente nadie previó la repercusión que tendría la película,
desde cuatro secuelas de notable éxito comercial: Regreso al
planeta de los simios (Beneath the Planet of the Apes,
Ted Post, 1970), Huida del planeta de los simios (Escape
from the Planet of the Apes, Don Taylor, 1971), La rebelión
de los simios (Conquest of the Planet of the Apes,
J. Lee Thompson, 1972) y La batalla del planeta de los simios
(Battle for the Planet of the Apes, J. Lee Thompson, 1973),
a una serie televisiva de trece episodios de la cadena CBS, una
serie animada, todo tipo de mercancías basadas en la serie (merchandising)
e innumerables cómics y libros.
El planeta de los simios generó no sólo la
moda de las secuelas, sino también la de las películas de ciencia
ficción ambientadas en un futuro apocalíptico (incluida la serie
de Mad Max) y la de productos de ciencia ficción que contenían,
además de aliens terroríficos, un trasfondo social, político
y religioso. Por ejemplo, en Regreso al planeta de los simios,
la primera secuela, jóvenes chimpancés protestan contra el
régimen militarista y el ejército gorila.
Hoy en día, más de tres décadas después de su estreno, El planeta
de los simios sigue figurando como uno de los clásicos más
significativos de la historia del cine fantástico y de ciencia
ficción, un título de culto que continúa inspirando tanto a creadores
de todo tipo como a los ejecutivos de los estudios, como demuestra
la nueva versión llevada a cabo por 20th Century Fox (El planeta
de los simios, Planet of the Apes, Tim Burton, 2001) y los
proyectos (todavía sin confirmar) de realizar nuevas secuelas.
Su posición en la cultura popular puede medirse por el número
de referencias que se hacen a la película y sus secuelas en la
serie animada Los Simpson.
La historia de El planeta de los simios puede dar pie a
diferentes lecturas. Por una parte, plantea interrogantes sobre
el sentido de la evolución y el progreso humanos. Por otra parte,
también advertimos un mensaje eco-pacifista. La película de Schaffner
se inserta en un contexto histórico-político dominado por la Guerra
Fría, el conflicto en Vietnam y con la crisis de los misiles con
Cuba todavía muy próxima. Con el fondo de la Guerra Fría entre
las dos plataformas imperiales principales disputándose la influencia
sobre tantos países, El planeta de los simios puede verse
como una llamada de atención a la humanidad sobre la eventualidad
de un desenlace catastrófico del llamado “Equilibrio del Terror”.
La película también atacaba la política militarista en Vietnam,
un conflicto cada vez más controvertido cuando la película estaba
siendo producida. También posee un soterrado mensaje antinuclear
que sale a la superficie en la escena final.
En El cine fantástico (Publicaciones Fabregat. Barcelona,
1987, pp. 405-407), José María Latorre, tras confesar que no es
una película que le interese especialmente, realiza una interpretación
excesivamente reduccionista y superficial del filme, el cual se
sirve de “un planteamiento muy poco refinado y escasamente
dialéctico entre progreso y reacción: los simios más jóvenes quieren
saber, tiene sed de conocimiento: el viejo científico simio borra
del suelo la huella de la escritura de Taylor. (...) El discurso
de film, que giraba en círculos concéntricos en torno a las ideas
evolutivas e, insisto en ello, al enfrentamiento entre reacción
y progreso, se explica finalmente en una negra dimensión catastrofista:
en la destrucción de la Tierra a manos de sus propios habitantes.”
Aunque la historia plantea efectivamente el tema del enfrentamiento
entre progreso y reacción, con esto no se explica la película
en su totalidad. Otros temas que se abordan son el racismo, la
división de clases, la discriminación, los excesos del autoritarismo,
la parte negativa de las dictaduras, el inconformismo y el repudio
al sistema por parte de una minoría. Cabe también citar el drama,
la solidaridad y el interés científico para tratar de averiguar
el origen de los simios.
Dado que en esta película son los simios los que se comportan igual
que el ser humano, El planeta de los simios puede verse
también como una reflexión sobre el comportamiento del hombre
hacia otras especies animales, a las que no le importa maltratar,
enjaular o aniquilar.
En este “mundo al revés”, los simios tratan al hombre como una
propiedad. Dentro de la sociedad simia encontramos una estructura
social basada en especies. Los chimpancés son los científicos
y los pensadores, los orangutanes son los políticos y los gorilas
son los guerreros. Esta estructura, donde los chimpancés ocupan
el último escalón, viene marcada por el color del uniforme que
visten: verde para los chimpancés, naranja para los políticos
y azul para los militares.
En esta cultura, reflejo de la humana, no se potencia el pensamiento
libre. Cuando Zira y Cornelius intentan promover un nuevo modo
de considerar a los humanos y el proceso evolutivo, el Dr. Zaius (motivado principalmente por su deseo de proteger el status
quo y su propia posición dentro del mismo) interviene desacreditando
sus teorías.
El personaje de Taylor se muestra muy crítico y pesimista respecto
a la raza humana desde los primeros minutos del metraje. Se pregunta,
de regreso a la Tierra, si todavía se estarán produciendo guerras
entre hermanos y los niños padecerán hambre. Este desengaño, que
lo llevó a abandonar su planeta y aceptar la misión en el espacio,
se reafirma en el impresionante final de la película, cuando comprende
lo ocurrido y exclama impotente: “¡Maniacos! ¡Lo destruisteis
todo! ¡Malditos seáis!”
Sin embargo, más allá de todas estas reflexiones, El planeta
de los simios es sobre todo un clásico de la ciencia ficción
que combina acción, aventuras, escenarios futuristas y alegoría
de un modo muy entretenido. Una de sus grandes bazas reside en
su impactante final, uno de los más comentados de la historia
del cine.
El planeta de los simios recibió un Oscar
por el extraordinario maquillaje de John Chambers y dos nominaciones
al mejor diseño de vestuario y mejor música original.
Teniendo en cuenta las limitaciones tecnológicas y la moda de la
época, como demuestran los rudimentarios efectos especiales y
el uso excesivo del zoom, el aspecto formal de la película
está muy cuidado, desde el diseño de la ciudad de los simios,
tallada en la roca, pasando por el vestuario y el maquillaje.
En cuanto a su banda sonora, la música compuesta por Jerry Goldsmith,
innovadora y atonal, revolucionó los esquemas conocidos hasta
entonces en el género de la ciencia-ficción. El compositor creó
una música que el espectador no podía reconocer como propia de
la Tierra recurriendo a todo tipo de instrumentos exóticos. Goldsmith
escribió, con el fin de provocar terror, una partitura de carácter
primitivo, contundente, árida y agresiva. Trasmite una sensación
de claustrofobia a pesar de que la mayor parte de la película
transcurre a cielo abierto. Resulta especialmente destacable la
escena de la cacería de humanos, momento en que aparecen por vez
primera los simios. Hasta ese instante, la partitura es más sugestiva
que explícita, pero súbitamente surge el caos. A la vez que aparecen
los simios montados a caballo, la música adquiere más ritmo y
se vuelve más y más frenética; el uso de la percusión, con la
inclusión del sonido de cuernos de caza, incrementa tanto la confusión
y la violencia como la sensación de que el espectador también
está siendo cazado. En esta escena, además, resulta perturbadora
la ausencia de sonidos humanos, los gritos y exclamaciones que
cabría esperar en una situación así, lo que aumenta la sensación
de extrañeza.
En resumidas cuentas, en El planeta de los simios encontramos
una película cuyo impacto histórico supera a su calidad. Es un
producto entretenido y bien ejecutado, pero no una obra maestra,
que llegó a los cines justo en el momento oportuno: suponía un
entretenimiento familiar al que los padres podían asistir con
sus hijos, una alegoría para aquellos preocupados por las corrientes
socioculturales del momento y una fuente de escapismo para los
que querían perderse en otra realidad durante un par de horas.
Tim Burton, 2001
A pesar de que muchos aficionados consideran esta moda de los remakes
hollywoodienses completamente prescindible, lo cierto es que suelen
generar muy buenos dividendos para las productoras. Las nuevas
generaciones, criadas a ritmo de vídeo-clip y juegos de ordenador,
suelen mirar las películas anteriores a su nacimiento como si
se trataran de fósiles (si son extranjeras y/o en blanco y negro,
ya no tienen absolutamente nada que hacer). Los más jóvenes son
un mercado a tener muy en cuenta, pues están dispuestos a pagar
la entrada con el fin de ver todas las nuevas versiones que les
propongan los estudios: viejas historias, sí, pero a todo color,
en inglés, con espectaculares efectos especiales y protagonizadas
por guapos y musculosos actores y actrices de moda.
Así, no es de extrañar que la Fox viniera jugando con la idea de
volver a trasladar a la gran pantalla El planeta de los simios
desde finales de los ochenta. La Fox ofreció este proyecto
a directores como Oliver Stone, Philip Noyce, Peter Jackson, los
hermanos Hughes, Robert Rodriguez, James Cameron o Chris Columbus.
Se hablaba de Arnold Schwarzenegger como protagonista. Finalmente,
Richard D. Zanuck, productor de la primera entrega, le ofreció
la dirección a Tim Burton por considerarlo “el adecuado para
reinventar el material: un iconoclasta, un visionario, un autor”.
Burton se negó en un primer momento. No quería hacer ni una
secuela ni un homenaje a uno de los grandes títulos del cine al
que amaba particularmente desde niño. No quería tocarlo, de modo
que Zanuck le propuso “una reimaginación de aquella historia”.
El guión propuesto por William Broyles Jr. resultó excesivamente
oscuro y cruel, cargado de monstruos y sumamente costoso de producir.
Cuando Zanuck tomó las riendas, otros dos guionistas, Lawrence
Konner y Mark D. Rosenthal, alejaron el guión del original y retomaron
algo de la novela de Boulle (no es cierto que la película de Burton
sea más fiel a la novela que la de Schaffner, pues en ambos casos
las películas “se inspiran” más que “se basan” en el texto del
francés). Así pues, el filme no se concebía como un remake
de la película protagonizada por Charlton Heston ni como una adaptación
más fiel de la novela de Pierre Boulle. El título de la nueva
película fue, durante mucho tiempo, The Visitor. Esta versión
de El planeta de los simios supone una reimaginación
del concepto del planeta de los simios, más inspirada en toda
la serie que en el primer filme.
El problema es que, al igual que ocurrió con otra superproducción,
el primer Batman (1989), este proyecto acabó escapándosele
de las manos a su director. Como en Batman, el guión se
cambiaba cada día y las presiones eran constantes, lo que convirtió
el proceso de producción en una auténtica pesadilla para el cineasta.
El resultado es un filme mucho más impersonal de lo que cabría
esperar de Burton y, por lo tanto, de una calidad manifiestamente
menor, algo de lo que el director es muy consciente. Por otra
parte, tras el escaso impacto comercial de Ed Wood (1994),
Mars Attacks! (1996) y Sleepy Hollow (1999),
una producción taquillera como esta (un blockbuster, eso
que tanto ansían los ejecutivos de los estudios) es lo que necesitaba
para poder dedicarse con tranquilidad a proyectos más íntimos,
como ha demostrado sin duda la excelente Big Fish (2003).
La acción se sitúa ahora en un tiempo más cercano, en el año 2029.
La tripulación de la estación espacial de investigación Oberon
entrena primates para que piloten cápsulas espaciales y realicen
mediciones que suponen un riesgo para la vida de los astronautas.
Es así como Pericles, el chimpancé entrenado por el capitán Leo
Davidson (Mark Wahlberg), desaparece en medio de una tormenta
electromagnética. Desacatando las órdenes del comandante de la
nave, que no valora en absoluto la vida de estos animales, el
capitán Davidson va en su rescate. En medio de la tormenta, Leo
pierde el control de su cápsula espacial mientras observa cómo
el indicador temporal avanza enloquecido. Finalmente se estrella
en una selva y logra escapar de la nave, que queda sumergida en
una laguna. En seguida se topa con un grupo de humanos que huye
despavorido de unos agresivos simios. Tras una persecución trepidante
por medio de la selva, llegan a un espacio abierto, casi desértico,
donde los humanos, incluido Leo, son introducidos como si fuesen
ganado en el interior de un carro tirado por otros hombres. Aquí
se produce el primer encuentro de Leo con el violento general
Thade (Tim Roth).
Su captor es Limbo (Paul Giamatti), un rastrero tratante de esclavos
que comienza a marcar sus nuevas adquisiciones con un hierro candente.
Leo le pide ayuda a Ari (Helena Bonham
Carter), una simia activista pro-derechos humanos,
quien se lo compra a Limbo junto a otra humana, Daena (Estella
Warren).
Mientras tanto, el general Thade asesina salvajemente a dos gorilas
que le muestran la evidencia de que “algo cayó del cielo”.
Leo escapa de casa de Ari, donde trabaja como sirviente, junto
a Daena, la familia de ésta y dos humanos más. Aquí asistimos
a una serie de escenas cómicas (quizá excesivamente paródicas)
donde se nos muestra a los simios actuando como humanos: unos
chimpancés adolescentes con chaquetas de cuero, bebiendo y bailando
al ritmo de algo parecido a música rock; una pareja que se dispone
a pasar una noche de pasión; un simio que se quita el pelo y los
dientes falsos antes de meterse en la cama...
Ari y Krull (Cary-Hiroyuki Tagawa), el imponente y fiel gorila
que la protege, encuentran a los fugitivos y los ayudan a escapar
de la ciudad. Juntos se dirigen al lugar donde quedó sumergida
la cápsula espacial. Leo recupera parte de su equipo, como un
arma de fuego y el buscador que le permite localizar a Oberon,
con lo que averigua que la nave ya se encuentra en el planeta.
Mientras, Thade consigue que el padre de Ari, el Senador Sandar
(David Warner), le conceda poder absoluto para exterminar a los
humanos y traer de vuelta a Ari, a quien cree raptada. Antes de
encabezar la incursión, Thade se entrevista con su padre moribundo,
Zaius (Charlton Heston). La familia es descendiente directa de
Semos, a quienes todos veneran como un dios. Zaius le revela su
secreto: hubo un tiempo en que los simios eran los esclavos y
los humanos los señores. Lo convence mostrándole una prueba de
su poder, un arma de fuego, y le habla de su crueldad, su astucia
y su violencia. Antes de morir, le pide a Thade que impida que
Leo llegue a Calima, el área prohibida que contiene el secreto
del verdadero origen de los simios.
El grupo de Leo llega a una zona desértica marcada por serie de
extraños espantapájaros. Las escrituras prohíben el paso en esa
zona. Calima contiene las ruinas sagradas, es el lugar donde comenzó
la creación, donde el Todopoderoso insufló de vida a Semos, el
primer simio, y donde está escrito que volverá.
Tras eludir un campamento de simios, el grupo llega a las ruinas
de Calima. Leo descubre que se trata de los restos de Oberon y
averigua qué ocurrió a través de las grabaciones: la nave, en
busca de Leo, se introdujo en la tormenta electromagnética y viajó
hacia atrás en el tiempo. Se estrelló en un planeta deshabitado
y la tripulación descubrió que los simios que llevaban con ellos
eran más fuertes e inteligentes de lo que habían imaginado. Fueron
una gran ayuda hasta que un macho muy violento llamado Semos tomó
el control sobre el grupo y acabó con la tripulación.
Animados por la noticia de que hay un humano que desafía a los
simios, comienzan a llegar a Calima las distintas tribus de humanos.
Leo se convierte en el salvador a su pesar.
Comienza la batalla con clara desventaja para los humanos. Cuando
Thade está a punto de acabar con Leo, la cápsula espacial con
Pericles aterriza y la lucha se detiene. Lo simios se inclinan
ante el pequeño astronauta creyendo que se trata de la anunciada
llegada de Semos. Pericles corre al interior de la nave y es seguido
por Leo y Thade, quien hiere al chimpancé y se hace con un arma.
Leo atrapa a Thade en la sala de control, de donde no puede escapar
a pesar de toda su furia. Attar (Michael Clarke Duncan), la mano
derecha de Thade, cambia inesperadamente de bando y se niega a
ayudarlo. Los simios aceptan, también repentinamente, vivir en
paz y en plano de igualdad con los humanos. Cuando la cápsula
de Pericles localiza la tormenta electromagnética, Leo, pese al
ruego de Ari, no quiere desaprovechar su única oportunidad de
regresar a casa. Se besan. Leo se aproxima a Daena para despedirse
y ésta lo besa.
De nuevo en la tormenta, el indicador temporal de la cápsula espacial
vuelve hacia atrás y pocos segundos después, Leo entra en la órbita
de la Tierra y aterriza frente al Lincoln Memorial. Allí descubre
asombrado que la estatua de Lincoln tiene los rasgos de Thade,
a quien denominan “el salvador del planeta”. Llegan la policía,
los bomberos, los periodistas y los curiosos, todos simios que
visten, hablan y se mueven como humanos. La policía rodea a Leo,
que mira a su alrededor completamente atónito.
Atónitos también nos quedamos la mayoría de los espectadores ante
este final, absolutamente ridículo y sin ninguna lógica. Desde
entonces, muchas teorías se han barajado para explicar lo inexplicable.
Un ejemplo de estos grupos de discusión puede ser encontrado en
IMDB: http://www.imdb.com/title/tt0133152/board/nest/306191
Si Burton, como ha declarado, terminó la película de modo ambiguo
para que la gente discutiera sobre el final, lo cierto es que
lo ha conseguido. Aunque en este caso se trata de una atención
más bien negativa, pues la mayoría coincide en que el final estropea
el conjunto de la película. También es muy posible que el director
no tuviera ningún control frente a los ejecutivos de la Fox, quienes
perseguían un final tan sorpresivo como el de la película de Schaffner
y que dejara al mismo tiempo la puerta abierta a las subsiguientes
secuelas.
También se desató cierta polémica cuando el director Kevin Smith
acusó a Burton de plagio al asegurar la idea del final provenía
de uno de sus cómics sobre Jay and Silent Bob. Burton aseguró
que era una idea original de los guionistas de la película y que
su relación con Kevin Smith se había vuelto un tanto difícil desde
que asumió la dirección de Spiderman, un proyecto en el
que Smith había estado trabajando.
Ya hemos establecido un cierto paralelismo entre Batman
y El planeta de los simios, dos superproducciones en las
que los cambios en el guión se producían a diario. Burton se ha
manifestado poco satisfecho con los resultados artísticos de ambas,
aunque sus generosos beneficios económicos le han permitido llevar
a cabo inmediatamente después proyectos más personales, menos
comerciales e infinitamente más logrados como Eduardo Manostijeras
(Edward Scissorhands, 1990, realizada tras el enorme éxito
de Batman), Ed Wood (filmada después de Batman
vuelve, Batman Returns, 1992) y Big Fish (que
ha seguido a El planeta de los simios).
Si Batman vuelve, una segunda parte superior a la primera,
fue el resultado de que Burton quisiera resarcirse de la amarga
experiencia que supuso Batman, en el caso de El planeta
de los simios no debemos temer una secuela. El cineasta ha
declarado sin ambages que preferiría suicidarse a rodarla.
Realmente, estamos hablando de un remake muy poco parecido
al original. La única premisa que mantiene de la película de 1968
es la llegada de un astronauta a un planeta donde unos simios
muy evolucionados dominan a los humanos. La posibilidad de que
el planeta habitado por los simios sea la Tierra, como en la primera
versión, queda absolutamente descartada con la presencia de dos
lunas. Existen, sin embargo, una serie de referencias y guiños
a la película de Schaffner, como la participación de Linda Harrison,
la repetición de nombres como Nova y Zaius, así como de algunas
frases, los espantapájaros que marcan la zona prohibida o la presencia
de Charlton Heston en un papel que comentaremos más adelante.
Es en estos elementos donde se aprecia la posición reflexiva y
autoconsciente propia del cineasta.
Si Schaffner, un director entonces desconocido que provenía de
la televisión, era un profesional concienzudo y eficaz que dotó
su película de una estética con toques propios de serie B un tanto
camp, Burton es un deslumbrante virtuoso visual. A la capacidad
del cineasta se suman el extraordinario talento de Rick Baker,
Rick Heinrichs y Colleen Atwood, así como una tecnología y efectos
especiales infinitamente más avanzados que los de 1968. Sin embargo,
Burton, partidario de los efectos “a la vieja usanza”, mantuvo
la presencia de los efectos digitales al mínimo, algo que se agradece
en el aspecto visual general del filme.
El encargado del diseño del maquillaje, el oscarizado Rick Baker,
fue el responsable de la transformación de Martin Landau en Bela
Lugosi en Ed Wood. Después de trabajar en King
Kong (John Guillermin, 1976), Greystoke (Greystoke:
The Legend of Tarzan, Lord of the Apes, Hugh Hudson, 1984),
Gorilas en la niebla (Gorillas in the Mist: The Story
of Dian Fossey, Michael Apted, 1988) y Mi gran amigo Joe
(Mighty Joe Young, Ron Underwood, 1998), Baker era ya un
experto en primates de toda clase. Para esta película creó una
identidad personal diferente para cada simio y facilitó la labor
de los intérpretes ofreciéndoles mayores posibilidades de expresión
facial y una dentadura visible al hablar. Se requirió el trabajo
de un equipo artístico de 174 maquilladores y peluqueros que produjeron
90 maquillajes al día durante cinco meses. Un ejército de artistas
creó 500 máscaras distintas (según 30 clases diferentes de chimpancés,
gorilas y orangutanes) y sus respectivas pelucas bajo el mando
del genial Rick Baker.
Otra colaboradora habitual de Burton, la diseñadora de vestuario
Colleen Atwood, necesitó de cuatro meses de trabajo previo para
crear hasta cien trajes. Vistió a todo tipo de ciudadanos, músicos,
barberos, niños, adolescentes, políticos, sirvientes, humanos
y soldados. Cobran especial relevancia el traje de astronauta
del siglo xxi para
el capitán Leo Davidson, una gigantesca armadura en plata y negro
para el coronel Attar y un traje especial de hombre araña para
el general Thade.
Rick Heinrichs, el brillante diseñador de producción viejo amigo
de Burton, creó una Ciudad de los Simios como un reino montañoso
en plena selva tropical. Las casas, concebidas orgánicamente como
un cruce entre cueva y árbol, tienen influencias de las civilizaciones
maya, inca y azteca, mientras el diseño de las ruinas de Calima
nos recuerda a los edificios neogóticos de Gaudí.
El diseño de El planeta de los simios, tanto en el vestuario
como en los decorados, presenta la atemporalidad y ahistoricidad característica de las películas de Burton, es decir, una mezcla
de estilos y periodos
artísticos en un popurrí de estilos (al modo del pastiche postmoderno)
que se convierte en un estilo en sí mismo: encontramos vestuario
del tipo “paleolítico” para los primitivos humanos, aires medievales
en las vestimentas de los simios, un toque más femenino y oriental
en las ropas de Ari, unos adolescentes con cazadoras de cuero,
unos niños jugando con camisetas de fútbol, o un vanguardista
diseño en las corazas, estandartes y símbolos del ejército simio
en el que se aprecia cierta inspiración en el ejército del Imperio
Romano.
Cabe destacar igualmente la magnífica fotografía de Philippe Rousselot
y el montaje de Chris Lebenzon, otro habitual de Burton. Hay imágenes
de gran belleza, como la del campamento simio al lado del río,
con sus tiendas rojas y las montañas al fondo.
En cuanto a la música, vuelve a ser compuesta por Danny Elfman,
inseparable amigo de Burton. En esta ocasión, algunos de los fans
del músico quedaron un tanto decepcionados con una partitura donde
se aleja de la melodía para cederle el protagonismo absoluto a
la percusión y a la atonalidad, lo que dificulta su audición al
margen de las imágenes a las que acompaña (como ocurre con la
innovadora partitura de Goldsmith). Desaparecen las grandes sinfonías,
las melodías góticas, los coros y los aires circenses que le son
tan característicos. La música de Elfman transmite una sensación
de primitivismo, refuerza la agresividad y el poder de los simios
a través de percusiones de todo tipo y ritmos tribales. Encontramos
también sonidos electrónicos, como en el tema central que acompaña
los créditos iniciales, una marcha militar exuberante y enérgica.
La introducción a la película viene dada con una mezcla de sintetizadores
e instrumentos de percusión, un tema que nos recuerda a Mars
Attacks!. En las secuencias de acción, sobre todo en la cacería
de humanos y en la batalla final, encontramos una banda sonora
muy ligada a las imágenes que contribuye a crear una gran tensión.
Como contraste, unos momentos apacibles que reflejan la particular
relación que se establece entre Leo y Ari, con la orquesta calmada
y el sintetizador creando un ambiente sutil. Elfman se encargó
personalmente de interpretar la parte de la percusión y de los
sintetizadores. Dio rienda suelta a su pasión por la percusión
empleando tres grupos de instrumentos de creación propia: un conjunto
de xilófonos africanos (balífonos), instrumentos de metal indonesios
(gamelanes) y un tercer grupo formado por objetos encontrados
(sartenes, cuencos de latón, vasos medidores, latas de cerveza,
etc.).
Si bien el aspecto formal de la película es impecable, como siempre
en Tim Burton, y contribuye enormemente a otorgarle credibilidad
al producto, lamentablemente su guión, y especialmente el nefasto
final, acaba sin compasión con el efecto creado por una atmósfera
prácticamente intachable. Cuando el espectador se enfrenta a una
película fantástica o de ciencia ficción está dispuesto a aceptar
“las reglas del juego”, es decir, a suspender su incredulidad
durante cierto espacio de tiempo. Sin embargo, la ciencia ficción
tiene su propia lógica interna y la película debe mantenerse fiel
a ella si quiere crear esta particular situación de suspensión
de la incredulidad. En el guión, escrito por William Broyles Jr.,
Lawrence Konner y Mark Rosenthal, y seguramente con la participación
de unos cuantos guionistas más no acreditados (ya se sabe: “demasiados
cocineros estropean el caldo”), los diálogos resultan pobres (absurdos
o totalmente prescindibles) y la historia contiene demasiados
vacíos hasta para el espectador más entusiasta.
Dejando de lado la poco fructífera discusión sobre su disparatado
final, que es el que le resta más credibilidad, otra serie de
elementos que van minando la solidez argumental de la película.
Es sobre todo en la parte final, en la que los acontecimientos
se precipitan, donde la coherencia presenta más fallos. Hablamos
del súbito e inexplicable cambio de postura de Attar y el resto
de los simios frente a los humanos o de la insólita rapidez con
la que Leo llega a la tierra. Por otra parte, aunque podemos llegar
a asumir que los simios son descendientes de aquellos primates
que llegaron con Oberon, y que los humanos son los descendientes
de los tripulantes (suponemos que al menos una pareja pudo escapar
de Semos), nos preguntamos: ¿de dónde salen los caballos?
Aún aceptando que la energía de Oberon no se agota nunca, resulta
más difícil tragarse que todos los sistemas electrónicos de la
nave hayan superado en perfecto estado el trascurso de varios
siglos. También chirría el que Leo mantenga un impecable afeitado
durante su permanencia en el planeta o que Daena luzca a lo largo
de todo el metraje un maquillaje impropio de su condición de chica
“primitiva” (aunque sí propio de su condición de chica florero).
Y estos son sólo unos cuantos ejemplos al azar.
Revisando la filmografía de Burton no resulta difícil darse cuenta
de que la coherencia
narrativa no es el punto fuerte de sus películas. Sus obras se
asientan, más que sobre un argumento bien hilado, sobre un brillante
diseño visual y unos personajes memorables.
Sin embargo, ni siquiera aceptando esta característica, acaba de
salvarse El planeta de los simios. Su guión es el peor
de todos y no cumple con los mínimos indispensables. La película
es visualmente brillante, aunque quizá no tanto como el resto
de las obras de Burton. No obstante, todas estas carencias podrían
haber sido subsanadas gracias a la entidad de los personajes.
Lamentablemente, no es el caso.
El mundo de Burton es el mundo de los
outsiders, de los personajes que se encuentran en la periferia
de la sociedad. Sus héroes, perpetuamente ingenuos e infantiles,
están psicológicamente asustados, son malinterpretados por la
sociedad y presentan un comportamiento involuntariamente perturbador.
Son figuras que trastornan la sociedad y la moralidad convencional.
Tim Burton acostumbra a reivindicar la diferencia a través de
estos personajes excéntricos, víctimas de la intolerancia establecida
por una supuesta normalidad.
Los personajes principales de esta película
son Leo y Ari. Los dos son efectivamente outsiders (Ari
en mayor medida), rebeldes que se niegan a seguir las órdenes
de sus mayores y desafían el orden establecido. Sin embargo, qué
lejos quedan de los otros outsiders burtonianos, incomparablemente
más ricos y complejos, los inolvidables Batman, El Pingüino, Catwoman,
Eduardo Manostijeras, Jack Skellington o Ed Wood. Los personajes
de El planeta de los simios resultan planos y poco sugerentes.
Algunos poco aprovechados (como el personaje de Kris Kristofferson)
y otros totalmente prescindibles, como el de Daena. Su único propósito
parece ser decorativo y quizá el de equilibrar la atracción, políticamente
incorrecta, entre Leo y Ari. Este particular trío amoroso es evidente
desde el momento en que a las simias se las ha caracterizado de
un modo mucho más humano: son menos peludas, tiene cejas y rasgos
más sexy y atractivos. La conexión entre Ari y Leo, dos personajes
que “no pueden volver a casa”, es inmediata. La anodina Daena,
con los labios perpetuamente entreabiertos en una poco inteligente
expresión, pierde claramente la batalla frente a una mucho más
interesante y seductora Ari. Es por esto que Leo y Ari se besan
el uno al otro mientras es Daena la que besa a Leo con repentina
pasión (lo dicho, simplemente para aliviar la supuesta carga zoofílica).
En cuanto a la elección del inexpresivo Mark Wahlberg para interpretar al capitán Leo Davidson, sólo puedo
decir que es coherente en tanto en cuanto su predecesor, Charlton
Heston, resultaba igualmente un actor bastante limitado. Helena
Bonhan Carter realiza una buena labor como Ari, aunque quien más
sobresale es Tim Roth, intérprete británico especializado en villanos
no exentos de cierto histrionismo, en el papel del iracundo, cruel
e impredecible general Thade. Pese a su salvajismo, presenta rasgos
de humanidad en el dolor por la muerte de su padre y en el amor-deseo
que siente hacia Ari.
Para los actores que interpretaban a los simios, además del maquillaje
fue muy importante su aprendizaje en una curiosa “Escuela de monos”.
A petición de Burton, el coordinador de especialistas Charlie
Croughwell llamó a una serie de especialistas, entre los que destaca
el coordinador de técnica corporal Terry Notary (antiguo intérprete
del Circo del Sol), para que enseñaran a los actores y a los extras
a incorporar en su interpretación movimientos propios de los monos:
la forma de volver la cabeza, de sentarse, de coger las cosas,
caminar, manejar armas y comer. Burton quería que las interpretaciones
fueran un veinte por ciento simias y un ochenta por ciento humanas,
lo que marca una frontera muy sutil.
Exceptuando a Thade y a Ari, en esta la segunda versión los personajes
son más esquemáticos. Si Taylor era un héroe desencantado y desconcertado,
escéptico, misántropo, despótico y autosuficiente, Leo es un personaje
de una pieza. Mientras Taylor no veía ninguna razón para volver
a la Tierra, Leo, mucho menos pesimista, se guía por el deseo
de regresar a casa. Asumida su impuesta condición de mesías, nos
suelta aquello de que “incluso unos pocos pueden marcar la
diferencia” antes de encabezar la rebelión contra los simios.
Casi podríamos hablar de que la Dorothy de El mago de Oz
hace un alto en su camino de baldosas amarillas para dedicarse
brevemente a la tarea de apóstol y salvador del mundo.
Por otra parte, en la versión de Burton asistimos a un desarrollo
de la relación entre Leo y Ari (apenas insinuada en la película
del 68) y que, sin dejar de enriquecer el filme, sigue sin decidirse
a explorar todas sus posibilidades.
Dado el nuevo contexto de principios de siglo, el discurso ha tenido
que ser necesariamente puesto al día prescindiendo de las connotaciones
socio-políticas de la primera película. Las preocupaciones sobre
la guerra fría, los conflictos raciales y el apocalipsis atómico
de los sesenta y setenta ceden el paso a unas tibias reflexiones
sobre la manipulación y destrucción de la naturaleza a manos de
una humanidad que busca conseguir el máximo progreso, o el empleo
de animales para la diversión y la experimentación científica.
Lógicamente, en una película de dominadores y dominados, de discriminación
y violación de los “derechos humanos”, subyace una cierta ideología
pacifista a favor de la convivencia entre distintas especies y
una reivindicación de los derechos de las minorías.
Aunque el poder científico, político y religioso de la película
de Schaffner es arrollado por el dominio militar (a pesar de que
aquí, a diferencia de la primera versión, los simios no conocen
las armas de fuego), la sociedad simia continúa siendo una metáfora
de la humana. Mientras apenas sabemos nada de los humanos de la
película, como si se tratara de un personaje colectivo sin identidad
propia, los simios se muestran poseedores de las mejores y peores
características de la idiosincrasia humana: lealtad, generosidad,
idealismo, tolerancia, respeto, despotismo, crueldad, engaño,
violencia, codicia, desconfianza, necedad... El modo en que los
simios tratan a los humanos es el modo en el que los humanos nos
tratamos a nosotros mismos. Viene fácilmente a nuestra mente el
comercio de esclavos africanos en el sur de Estados Unidos, pero
también otros comercios humanos actuales y no menos indignos.
Como hemos señalado, además de la presencia del Senado como forma
política, el ejército dirigido por Thade contiene también reminiscencias
del Imperio Romano en su diseño y modo de lucha. La analogía que
se establece entre el Imperio Romano, el Imperio Simio y el Imperio
Norteamericano (con la cara de Thade en lugar de la de Lincoln),
además de establecer una crítica hacia el sistema imperialista
basado en la fuerza bruta que practica el gobierno norteamericano,
da a entender la previsible decadencia del mismo.
A Burton le gusta jugar con los límites. En este caso, podríamos
ver que el juego se desarrolla en las fronteras entre la animalidad
y la humanidad. A diferencia de la película de 1968, que ponía
el acento en la humanidad de los primates, aquí se acentúa el
componente animal de los simios en sus movimientos, gestos y reacciones.
Resulta patente que, cuando se sienten asustados o agredidos,
el simio se impone sobre su parte humana. Su superior potencia
física y velocidad queda expresada claramente en las escenas de
persecución y lucha, donde vuelven a la posición cuadrúpeda y
llegan a causar verdadero miedo en el espectador. Los humanos,
por el contrario, pueden hablar en esta versión y tienen, por
lo tanto, una inteligencia superior a los humanos de la película
de Schaffner. Sin embargo, siguiendo con la tónica del filme,
no se aprovechan las posibilidades que plantea este debate. Tanto
da que los humanos puedan hablar cuando no dicen nada mínimamente
interesante.
Si en la película de Schaffner los humanos eran mero objeto de
estudio científico, una suerte de animales de laboratorio, en
esta versión donde no encontramos científicos, los humanos ocupan
una posición ambigua entre seres a los que se les suponen ciertas
habilidades (esclavos, sirvientes domésticos) y meros animales
(bestias de tiro; una pequeña simia que compra a una niña humana
como mascota y la encierra en su jaula por la noche; un orangután
organillero que hace pasar el plato de las monedas a un enano
humano con chaquetilla y sombrero turco). Esta inversión de los
papeles tiene a menudo un sentido humorístico y paródico, pero
resulta más problemático que los simios traten a los humanos como
bestias sin inteligencia ni alma cuando son capaces de hablar
y, por lo tanto, de pensar.
Charlton Heston aceptó encantado sufrir seis
horas de maquillaje diario para interpretar brevemente a Zaius,
padre de Thade y descendiente directo del cruel Semos. Su participación
es un gran chiste: un anciano de
76 años, fanático republicano y presidente de la Asociación
Norteamericana del Rifle (organización que justifica y promueve
la tenencia de armas en Estados Unidos) interpreta a un padre
moribundo que muestra a su hijo el poder de las armas y le explica
que, sólo por haberlas creado, la humanidad merece ser exterminada.
Muere repitiendo las mismas maldiciendo que cerraban la película
de 1968, dirigidas en ambos casos a los hombres.
¿Es esta una película de Tim Burton? A primera vista cuesta encontrar
elementos propios de su cine, aquellos que sus seguidores más
estimamos. Su enorme talento visual, el encanto de sus personajes,
la magia de la música, sus historias conmovedoras... todo aparece
diluido o fatalmente ausente. Sin embargo, podemos rastrear algunos
indicios.
El mismo comienzo del filme es un vuelo simulado llevado a cabo
por Pericles, el chimpancé entrenado por Leo. Tim Burton ha mostrado
a lo largo de su carrera un interés por
explicitar la naturaleza ilusoria de la imagen cinematográfica.
En muchas de sus obras encontramos momentos como este que revelan el artificio
cinematográfico y rompen la ilusión. Consciente de su estatus como representación,
el filme llama la atención sobre sí mismo y su naturaleza como
constructo. Es posible que con este vuelo simulado el director
nos esté diciendo que no tomemos la película demasiado en serio.
Además de la atemporalidad y ahistoricidad en el diseño que apreciamos
en otras películas del cineasta, también encontramos personajes
en los límites de la sociedad (aunque estos outsiders resultan
un tanto descafeinados) y una puesta en escena sin tacha que demuestran
una vez más que el director piensa en términos visuales.
No obstante, en esta película predomina la aventura, la acción,
sobre la reflexión. Aunque la ocasión era propicia, echamos en
falta una mayor dosis de la mordacidad con la que Burton suele
retratar la sociedad en la que vive, tan patente en Mars Attacks!
La menos conseguida de las películas
de Burton, precisamente por ser la menos burtoniana, era un encargo
difícil de resolver (dado su ilustre precedente) que se resiente
porque el director no consigue llevarlo totalmente a su terreno
(bien porque no sabe o bien porque las imposiciones del estudio
no se lo permiten).
En definitiva, El planeta de los simios
de Tim Burton se mantiene suspendido en un precario equilibrio
entre el impulso trasgresor y el conformismo y convencionalismo
mainstream.