Quizá sea Kurosawa uno de los directores
a los que más películas se le han copiado. No sólo en cuanto hace
referencia a determinadas secuencias, a una determinada manera
de contar o a unos simples homenajes y recuerdos, sino también
en cuanto existen películas concretas y completas que siguen fielmente
títulos del director japonés. Algunos de sus más conocidos filmes
han sido, incluso, objeto de más de un remake. El sentido
del cine del director nipón, su forma de acercarse a historias
que transcurren en su país, su concepción de la violencia –tanto
externa como interna– han llevado a que su obra sea reconocida,
valorada e imitada hasta la saciedad. Grandes realizadores le
han rendido pleitesía, incluso le han ayudado en su última etapa,
cuando nadie quería darle trabajo, para que pudiera poner en marcha
una nueva película. Scorsese, Lucas y Spielberg fueron algunos
de ellos.
En el cine japonés hay grandes maestros
cinematográficos pero, lógicamente, no todos comparten las mismas
preocupaciones, ni poseen el mismo estilo. No es lo mismo el cine
de Mizoguchi, Ozu, Naruse... que el de Kurosawa, aunque todos
sean grandes realizadores. Mientras “los otros” realizan un cine
arraigado en una cultura, Kurosawa, desde esa cultura, bebe en
otros mundos. Con eso no quiere decirse que unos y otros eviten
el tratar temas universales en sus obras. Tan enriquecedor y general
puede ser el tema de los Cuentos
de Tokio de Ozu como el de Rashomon
de Kurosawa. Lo que ocurre es que ciertos maestros nipones
dotan de una mentalidad profundamente oriental a sus películas
sin abandonar por ello su querencia por ciertos movimientos cinematográficos
nacidos en otras partes. Es el caso de Ozu aplicando curiosos
reflejos neorrealistas a algunos de sus títulos. El cine de Kurosawa
bebe, por el contrario, directamente del cine épico norteamericano
o de sus esquemas intrigantes o melodramáticos. No es extraño
pues la identificación del realizador con el cine de aventuras,
y muy especialmente con el western, y en menor medida con las
tramas detectivescas o policíacas acordes con el cine negro e
incluso con los más exaltados melodramas.
Repasaremos algunas propuestas presentes
en su obra, y ampliamente imitadas, con el fin de asentarnos en
esta realidad profundamente occidentalizada que domina en toda
su obra. El conocimiento de Kurosawa del cine norteamericano es
un hecho incuestionable ya que las huellas pueden seguirse prácticamente
en la totalidad de sus películas. Son las razones que han llevado
a otros a mirarse en su obra para copiarla, releerla o imitarla.
Rashomon y otras búsquedas de la verdad
No hay que olvidar que fue una obra de
Kurosawa la que abrió las puertas al conocimiento del cine japonés
en Occidente. Se trataba de Rashomon
(1950) que recibió el Gran Premio en el Festival Internacional
de Venecia. Una historia apasionante surcada por un enigma y centrada
en una reflexión con ribetes filosóficos: ¿Dónde está o cuál es
la verdad? Se trata, en el filme, de escuchar a alguien que narra
las narraciones de otros sobre un mismo asunto. Una historia de
robo, asesinato y de venganza desde este mundo y desde el otro.
Ni siquiera, parece ser viendo la película, puede uno fiarse de
los espíritus. El filme se plantea desde una estructura curiosa.
La narración es contada como uno de esos cuentos que nacen alrededor
de una hoguera como forma de aliviar un tiempo de espera nocturna
o de mal tiempo, preferible si el “condimento” es una fuerte tormenta.
En nuestro caso el lugar dónde transcurre la acción no es una
casa sino un templo abandonado, derruido. Eso sí, los personajes
se han refugiado allí huyendo de un aguacero tormentoso. Uno de
ellos, en el comienzo, hundido sólo hace que repetir unas palabras:
“¡No puede ser!”.
¿Qué es aquello que no puede ser? El
filme va a dar una respuesta a ello, pero tan mediatizada por
el propio hombre que al final será el espectador el que se haga
la misma pregunta u otra como “¿Qué fue lo que ocurrió realmente?
¿Cuál es la verdad del hecho?” Abierta, siguiendo el estilo
de numerosas películas del cine negro, a diversos flash backs,
Rashomon apunta a más
de una de las características de tal género independiente del
lugar, y siglo, en el que transcurre la acción. Puede comprobarse
que existe un juicio en el que se trata de saber si el detenido
es culpable de sus cargos, unos hechos delictivos y hasta una
mujer de esas que en el cine negro pueden considerarse como fatales.
Lo más sorprendente de la película es
su esquema narrativo: alguien nos cuenta (y vemos) no sólo lo
que él asegura haber visto del hecho, sino también lo que escuchó
a los protagonistas del mismo. Pero naturalmente el que alguien
nos cuente algo a otros, como demostrara Hitchcock en Pánico
en la escena, es
personal: no se dice lo que realmente ocurrió sino lo que la persona
que lo cuenta quiere decir. O sea que cuando alguien cuenta algo
lo hace como le place. El hecho de creerle o no está en función
de nuestra creencia en tal persona. En esta película, como se
ha indicado, el narrador nos comunica no sólo lo que visto sino
también aquellos que otras tres personas han contado. Pero lo
que él dice que han contado los otros pudiera ser que no sea como
nos lo contaran ellos o, incluso, que el narrador cambie de forma
interesada las tres “confesiones” escuchadas o al menos alguna
de ellas. Inteligente propuesta abierta a la reflexión sobre la
verdad de lo que se cuenta y de lo que se escucha. Admitir o poner
en tela de juicio las palabras de otros que a lo mejor sólo tratan
de contarnos un cuento.
El lugar escogido (el templo en ruinas)
y la presencia de un monje abre el filme a nuevas propuestas en
la que lo humano se impone sobre lo espiritual. Casi en su totalidad
la película transcurre en un espacio abierto: la presencia de
la naturaleza es tan constante como muda, y fiel, observante de
lo que acontece, simbolizando, en su agresividad, a los propios
personajes de la historia enraizados en la tierra. En el protagonismo
del paisaje el filme se asemejaría a un western y en su
desarrollo, con apuntes al mismo género, nos acercaríamos más
a las características del cine negro. Son sin duda algunas de
las razones que han hecho posible que ésta sea una de las películas
más imitadas de su autor tanto a nivel temático como de estructura
narrativa.
Sin duda el encuentro de la verdad y
la (difícil) supresión de la mentira en una historia contada por
otros es uno de los temas de Rashomon
que más han servido de apoyatura a otras películas. Sin olvidar,
claro, y en el mismo sentido, las historias relatadas por unos
y de otros en los que se intentan confrontar los mismos hechos
desde diferentes puntos de vista, e ideas, con el fin de llegar
a la verdad de lo acontecido.
En este sentido habrá que citar, entre
las copias, una curiosa comedia musical elegante y cínica como
Les girls (1957) de Cukor, aunque, sin duda, la revisión más clara del filme será
Cuatro confesiones de Martin Ritt. El título
español se acerca, y detalla, el original en el que se inspira
mucho más que su primitivo título, The
outrage (1964). No hay, salvo la calidad, ninguna diferencia
entre lo que cuenta el director norteamericano y el japonés. Misma
historia, idéntico desarrollo, distinto lugar y época en la que
se viven los sucesos, aunque ahora caminamos por el territorio
del western. No había que ser un lince para transportarnos al
nuevo escenario ya que el antiguo lo propiciaba en gran medida.
Pocas novedades, y escasa imaginación, son desplegadas por Ritt
en un filme que sigue de forma casi idéntica el original. Hasta
Paul Newman intenta interpretar exageradamente su papel de bandido
mejícano en su intento de imitar el aire de guiñol que Mifune
trataba de insuflar a su personaje. Una innecesaria repetición
de una película novedosa y reflexiva. Martin Ritt, realizador
de excelentes películas, no estuvo aquí demasiado inspirado. A
lo mejor todo se debiera a que deseaba respetar la excelente obra
del japonés. Aunque, en ese caso, lo mejor hubiera sido no haber
hecho el filme. Las distintas colaboraciones de Ritt y Newman
en los años 60 no destacaron especialmente por su calidad.
Siete eran
siete
Quizá sea Los siete magníficos (1960) de John Sturgers el filme de más impacto
de todos aquellos debidos a la sombra de Kurosawa. Su éxito fue
tal que incluso dio lugar a repetidas secuelas y algunas de ellas,
como veremos, realmente insólitas. El original, que no oculta
ni en su título la película de Sturges, se llamaba Los
siete samuráis (1954). La revisión era fácil ya que el original
de Kurosawa se acercaba bastante al western.
Ya no nos encontramos en los antiguos
tiempos en los que se desarrollaba Rashomon
sino en otros que se pueden emparentar con aquéllos otros
cercanos a la conquista del Oeste. Se ha dicho que Norteamérica,
y con razón, ha pasado de golpe de una especie de edad media a
la época actual. Eso mismo puede ser aplicado a Japón ante el
cambio operado en su sociedad que les ha llevado prácticamente
a pasar de un feudalismo propio del medievo a la sociedad capitalista
moderna occidental que quieren imitar.
Paisaje, personajes, historia, la misma
temática presentada, hacen que Los
siete samuráis sea
casi un western. Se nos cuenta cómo alguien debe reparar
un daño que se ha infligido a otros. Hay un héroe o varios (o
si se prefiere antihéroes), llámense vaqueros o samuráis, dispuestos
a realizar la necesaria buena acción que les rehabilite frente
a sí mismos y a la sociedad. Una película claramente occidental
realizada desde una mentalidad oriental merced a su gran duración
y la lentitud con la que se acomete la historia de los siete samuráis
dispuestos a defender a un pueblo sin recibir casi nada a cambio.
La acción, reposada en su vuelo aventurero,
cuenta de forma lineal la historia plana de los siete hombres
y del pueblo que tratan de defender del ataque de los bandidos.
El sentido de la narración es casi cíclico en el ataque repetido
al poblado, pero con resultados opuestos, al comienzo y al final.
Mirada sobre la heroicidad de unos seres con escasa aureola de
héroes, hasta el punto que pueden considerarse como antihéroes,
y de unos campesinos, tristes y silencios, oprimidos. Se procede
a observar el diferente trabajo de uno y de los otros, así como
las diversas motivaciones por las que actúan.
La historia cuenta de forma ordenada
el esfuerzo de un pueblo apegado a sus tierras y que desea vivir
de su esforzado trabajo. La película se centra en el pueblo y
en sus defensores. Los otros, los bandidos son un bloque casi
sin identificar; en ellos se simboliza el peligro. El trabajado
guión de Kurosawa va mucho más allá de la construcción de una
historia de aventuras carente de matices. Por el contrario, se
indaga en los personajes, sabemos de ellos, se nos ofrecen amplios
datos sobre sus vidas para poder conocerles mejor, saber de sus
motivaciones. Se sigue así, por ello, la historia de uno de los
pobladores cuya mujer fue secuestrada por los bandidos y que ahora
vive en su guarida convertida en la amante del jefe. Tal anécdota
introduce un importante elemento, tanto en la confrontación como
en determinadas actuaciones de los habitantes del pueblo. No es
raro, por tanto, que cuando llegan los samuráis se decida que
las mujeres jóvenes sean ocultadas a la mirada de los extranjeros.
Cuestión esta que aparece dada en forma más gratuita en el filme
de Sturges, ya que no se menciona la historia de las mujeres secuestradas
por los bandidos.
El adiestramiento del pueblo, el llegar
a la conclusión que una comunidad puede defenderse de sus atacantes
sin necesidad de implorar que nadie les defienda, la existencia
de un joven que quiere llegar a samurái y su historia de amor
con una de las jóvenes, las reflexiones de los campesinos sobre
si actuar o inhibirse, la batalla final con la muerte de la mayor
parte de los samuráis, la “filosofía” propia de una persona de
edad dictada por el más viejo del pueblo, la batalla final narrada
de forma lineal y hasta un cierto tono pesimista en su final son
algunas de las propuestas o líneas sobre las que gira el filme.
Y ello junto al diálogo contrapuesto que Kurosawa mantiene sobre
el doble trabajo llevado a cabo: el físico para recolectar el
grano y el de preparación para la lucha. Tal es la doble misión
a la que se ven abocados los habitantes del pueblo desde ese momento.
Serán al tiempo campesinos y guerreros. Habrá que cultivar la
tierra y, al tiempo, saber defenderse, o sea deberán aprender
a luchar para vivir en paz y poder alimentarse de lo que obtiene
de la tierra que trabajan. El paisaje, el campo de trigo, el lento
o rápido discurrir de las estaciones, son el primoroso estimulo
vital de este bellísimo título.
Años después, en 1960 con unos actores
casi desconocidos en su totalidad o recién llegados al mundo del
cine, John Sturges realizó en Hollywood Los
siete magníficos, un excelente remake. Un western
clásico ambientado en un pueblo mejicano. Tal propuesta nos llevaría
a intentar entablar un diálogo sobre la identidad o, al menos,
cierto parecido entre las razas mejicanas y niponas o chinas.
Semejanza que hizo posible que en un momento dado, y con gran
veracidad, Mifune pudiera interpretar en Méjico la historia de
un nativo del lugar.
La película de Sturges triunfó y sus
actores alcanzaron fama hasta el punto de convertirse desde entonces
en conocidos y apreciados interpretes, algunos, incluso, de primerísima
línea. A este remake, que nunca ocultó su procedencia,
le siguieron otros muchos, que más que del original nacieron del
remake, bien como referencia o como intento de prolongar
unas aventuras imposibles ya que cuatro de los “magníficos” habían
muerto en el pueblo. Ni eso fue obstáculo para la aparición de
diferentes secuelas, demasiadas y de escaso interés, tales como
El regreso de los siete magníficos,
El triunfo de los siete magníficos...
Independiente de estas películas que
encierran en su título una identidad con el remake, existen
otras que, aún siendo sus herederas más o menos directas, ocultan
su filiación en otro tipo de aventuras o adoptando otros esquemas.
Me refiero a todos esos filmes que se centran en las aventuras
de unos grupos compactos involucrados en una determinada acción.
La presencia del grupo y su planteamiento épico es lo que las
precipita en el primitivo reino instaurado por las huestes de
Kurosawa y de Sturges. Por citar un ejemplo, en esta línea se
inscribiría un título, y más secuelas (rama de ramas), como Doce
del patíbulo.
Las imitaciones del original o del remake
no solamente se adaptarán a historias serias de aventuras épicas.
También existen imitaciones humorísticas en géneros y estructuras
diversas que incluso han llegando al terreno de la animación.
En ese sentido una de las más descaradas vueltas al tema se encuentra
en la admirable Bichos. Si acaso alguien lo duda, recuerden, por un momento, su argumento:
unas hormigas deben rendir pleitesía a unos animales más poderosos
(saltamontes) haciéndoles entrega de todo cuanto ellos recogen
para el invierno. El pueblo se reúne para estudiar lo que deben
hacer. Lo mejor, piensan, será encontrar a alguien que les pueda
defender. Y allá marcha una avanzadilla en busca de sus futuros
salvadores. El sentido de antihéroes de los bichos encontrados,
y por tanto también de los magníficos de los anteriores títulos,
queda patente por la casi inutilidad de los enseñantes. Se trata
de una especie de pobre trouppe circense. Los bichos contratados
finalmente harán bien las cosas porque emplean sus propios poderes:
la acrobacia y algunos desastrados números que acometen en los
circos en los que pueden o les dejan actuar. Aquí, como antes,
la conclusión es clara: el grupo en su fuerza no necesita de ayudas
ajenas. Se bastaría por sí mismo para triunfar y oponerse a ser
robado. Bastaría con que se lo propusieran y enterraran su ancestrales
miedos.
Centrémonos, brevemente, en el remake
original del filme primitivo. Es decir en Los
siete magníficos de Sturges. El comienzo es el mismo que en
el original, la única diferencia se refiere a la importancia que
ahora se da al jefe de los bandidos. Se le separa del grupo, no
es uno más, y se le concede un cierto protagonismo. Se trata de
Eli Wallach que da vida al bandolero mejicano Calvera.
Por su parte, la búsqueda, y el encuentro
de los samuráis, da lugar a una estupenda secuencia en Sturges,
adaptada claramente al clasicismo del mejor western, que
se aparta de tal momento en el filme de Kurosawa. Ahora vemos
como los campesinos observan cómo dos pistoleros, que acaban de
coincidir en una pequeña población, imponen la justicia en el
lugar al permitir que sea enterrado en el cementerio local un
indio que acaba de morir, algo a lo que se oponen parte de los
habitantes del poblado. Tal acción se ejecuta también bajo la
mirada de un joven que trata de aprender el oficio de aquellos:
la rapidez de sus movimientos, la forma de desenfundar el arma,
el caminar, sin rumbo, de un sitio a otro. Se trata de una secuencia
impactante, muy bien construida y mejor rodada, donde además a
nivel temático se presenta lo inadecuado de un actitud racista.
La forma en que se define a los personajes es excelente, como
lo demuestran los diálogos entre Yul Brynner y Steve McQueen,
que hacen referencia tanto a sus respectivos nombres como a los
lugares de donde vienen y adonde van (“de allí” y “allá”
contestará escuetamente Brynner señalando lugares opuestos). Un
momento al que acompaña la inolvidable música de Elmer Bersntein,
el excelente músico de tantos filmes muerto recientemente.
Después de esa medida secuencia se nos
presentarán otras para ir mostrando a los diferentes “magníficos”
que van siendo contratados. Breves momentos pero claramente expuestos
como forma de mostrar las personales habilidades de los personajes
contratados. De parecida manera lo mostraba Kurosawa: misma idea
pero con una forma expositiva distinta. Como colofón de la decisión
de la ayuda en ambos títulos se incide en la aceptación de la
mínima o mísera oferta del campesinado: “nadie” –dirá el
jefe de los siete– “me ha ofrecido nunca todo lo que tiene”.
Un todo que al fin y al cabo es ese nada centrado en una pequeña
paga y en la manutención del grupo durante la estancia en el poblado,
lo que supone que los campesinos tengan que entregar su propia
comida a cambio de ser defendidos
Una vez formado el grupo de los siete
pistoleros, seis y el joven aprendiz, marcharán al poblado acompañados
de los guías campesinos. Las costumbres, los pobladores, el trabajo
diario, el devenir de las estaciones que comprende la siembra
y la recolección, son propuestas más matizadas en Kurosawa, como
también lo será la forma en que se muestra el propio aprendizaje
del pueblo para hacer frente a los bandidos. Se repiten en ambos
títulos personajes, como el viejo del lugar, aunque no con la
misma idea. A él se le debe la frase repetida en el original y
en el remake sobre el egoísmo o la falta de veracidad de
los campesinos. También en ambos finales se asume la idea de que
al final los vencedores, los únicos ganadores, son los campesinos.
Igual que siempre, los perdedores serán los samuráis o los pistoleros.
Unos se quedarán en sus tierras y habrán aprendido a defenderse,
los otros, los pocos que quedan del grupo de los “magníficos”,
partirán nuevamente hacia ningún sitio. Aquellos viven en una
tierra, tienen una casa, mientras ellos nunca tendrán nada propiamente
suyo.
Algunos instantes son idénticos en ambos
filmes: la discusión que se entabla sobre si se deberá dejar la
lucha y aceptar las propuestas de los bandidos; la forma en que
el más joven del grupo descubre la existencia de mujeres en el
poblado; la necesidad de evacuar las casas que se encuentran fuera
del poblado o incluso el hecho de que al final sólo queden tres
de los siete protagonistas.
Los niños y adolescentes, los futuros
campesinos, tienen importancia relativa en ambas películas, aunque
se presenten con más protagonismo y fuerza en el filme de Kurosawa.
En el de Sturges tal presencia se centraliza en la relación amistosa
de uno de los siete con los niños (la ausencia de niñas en tal
grupo es manifiesta). Hecho éste que lleva al personaje a la muerte
al evitar que ellos reciban daño alguno por parte de los bandoleros.
En ambas películas también aparece el
personaje del joven aprendiz que mira y observa al jefe del grupo
protector ya que desea ser como él. Será el único de ellos que
al final se quede en el poblado ya que se ha enamorado de una
de las campesinas. Si en el filme de Kurosawa la historia amorosa
es más compleja, en Sturges tal joven personaje enuncia otro conflicto
al ser un campesino que en el ayer marchó de su poblado para convertirse
en pistolero. Al final renunciara por amor a la vida que se había
marcado aceptando la propia, al tiempo que se indica que él, casi
con toda seguridad, será el organizador de la defensa del pueblo,
en caso de ser necesario en un futuro. El momento final deja clara
su actitud: se apea del caballo (decisión de quedarse) y va hacia
la chica mientas se arremanga su camisa (aceptación de su origen
campesino) con el fin de ayudarla en el trabajo, al tiempo que
se quita los revólveres. Pero, detalle importante, no los tira,
simplemente se los echa al hombro. En este hermoso gesto final
la película resume perfectamente la idea de paz y lucha... siempre
que sea necesaria para defender lo que uno posee bien individual
o bien en forma grupal. Tal final, con la marcha de los dos pistoleros
supervivientes, aquellos mismos que se conocieron al comienzo,
pone el acento sobre la esencia del western ya predicada
en la conversación reseñada de una de las primeras escenas: venir
de allí e ir hacia allá. Deambular constante de alguien que no
tiene una casa. Nunca pararán, siempre marcharan hacia ese más
allá que es el inabarcable oeste. Nuestros dos personajes repiten
el gesto de tantos y tantos pistoleros del oeste enunciando la
terminación de una acción y el comienzo de otra. Cómo, por ejemplo,
ocurría con la marcha final del inolvidable Shane de Raíces profundas, probablemente la mejor
obra de George Stevens..
El jefe de los bandidos en el filme de
Sturges adquiere un cierto grado de protagonismo. No es uno más
de ese indeterminado grupo, sino un personaje bastante notable,
sobre todo gracias a la buena interpretación de Wallach. Hay,
sin embargo en él y en algunas de sus acciones, algo discutible.
Veamos. El último combate de los bandoleros en el filme japonés
se va resolviendo a través de diferentes ataques que de forma
sucesiva se van produciendo. No es el caso de la película de Sturges
donde tal combate se alarga con un periodo de relax antes de una
nueva embestida. Aunque quizá lo más discutible, en esta secuencia,
en el filme de Sturges, sea la traición de uno de los jefes de
los campesinos y por lo cuál los protagonistas son apresados.
Tal traición sería imposible en el filme de Kurosawa. La dignidad
de tales personas y su sumisión tanto a la palabra dada como a
aquéllos que les defienden lo impediría: el honor de una raza.
Pero en Sturges se produce, entonces, un segundo hecho mas inverosímil
que el anterior, al contradecir la misma fidelidad puesta en entredicho:
Calvera después de haberles apresado, ofrece la libertad
a los “magníficos” a cambio de que se alejen del pueblo.
Si aceptan podrán, incluso, recuperar sus revólveres. ¿Cómo puede
entenderse tal desliz de guión? Naturalmente su funcionalidad
es clara: hacer que en una nueva traición rompan la palabra dada,
aparenten salir del pueblo para, una vez obtenidos los revólveres,
volver y vender a los bandoleros. Una actitud en consonancia con
su innata rebeldía o libertad: no admiten que nadie les dicte
sus normas. Ellos ponen las suyas. La liberación final del pueblo
supone llevar a cabo la misión comprometida, pero sobre todo hacer
lo que les plazca. Frente a eso no hay palabra dada que se ponga
por delante. Entre otras cosas porque nunca permitirán ser humillados
ni por unos ni por otros: los bandidos o los campesinos. Y unos
y otros han tratado de hacerlo.
No quiero cerrar este comentario sobre
el filme de Sturges sin citar uno de los bellos momentos que contiene:
la muerte del personaje que piensa que se ha ido a ese pueblo
porque hay mucho dinero por medio. La mentira piadosa de
Brynner ante la pregunta del pistolero hace posible que
este pueda morir “feliz”. “Sí” –le dice el jefe– “tenías
razón se trata de grandes cantidades de oro, para eso hemos venido”.
El pistolero al oírlo dice unas palabras: “lo sabía, estaba
seguro de ello”. Y muere con una sonrisa en los labios: no
estaba engañado. Es éste, sin duda, uno de los bellos momentos
que uno de los más grandes westerns de todos los tiempos
nos ha regalado,
Entre uno y
otro
Yojimbo, más cercana en el tiempo a los anteriores
filmes comentados de Kurosawa, fue objeto, entre otros, de un
sugerente remake, Por
un puñado de dólares de Sergio Leone.
Se ha dicho, sin ser cierto del todo,
que Leone se dedicó a copiar no solamente el argumento sino también
la planificación. Pero si en lo esencial se trata de dos películas
muy parecidas en lo particular difieren bastante.
Un samurái, en la primera, un vaquero
sin nombre en la segunda, llegan a un pueblo dominado por dos
bandas rivales, que intentan dominarse mutuamente y por tanto
también al pueblo en el que se encuentran. El recién llegado en
los dos filmes, sin jamás decidirse, pasa de uno a otro bando
vendiendo sus servicios. En ambos casos una vez que ha escogido
bando descubre que los jefes (en forma curiosa la mujer del jefe
de tal grupo en el filme
de Kurosawa será una arpía dominadora) quieren eliminarle. Hecho
que motivará su posterior deambular entre uno y otro bando ofreciendo
alternativamente sus interesados servicios. Pero mientras el hombre
sin nombre de Leone desea sacar un determinado rendimiento personal,
el samurái parece disfrutar, en un inicio, de la lucha de bandos
al tiempo que trata de una u otra forma de traer la paz. El japonés,
por ella, parece disfrutar de tal espectáculo: se sube a un sitio
elevado que se encuentra en medio de la calle como si fuera arbitro
o espectador de los acontecimientos.
La razón por la que los caminantes llegan
al pueblo es diferente. En Kurosawa se debe al azar: tira el personaje
un palo al aire en una bifurcación de caminos y sigue el camino
que le marca en su caída. En Leone no hay una razón determinada.
Llega y basta. Ya en el pueblo el clima de miedo viene dado de
parecida manera. El samurái ve como un perro que camina por el
pueblo vacío lleva una mano en la boca, mientras que el pistolero
entra en un pueblo mejicano solitario. Su obsesiva y necesaria
mirada le lleva a recoger dos sucesos que acontecen a su alrededor:
un muerto en una mula y una mujer que sale corriendo de una casa
mientras que su hija la llama. El hombre sin nombre que es Eastwood,
que puede ser cualquier pistolero desarrapado y sucio de los que
pueblan el oeste, no tiene, como el samurái, ninguna misión a
la vista. Todos son malas o buenas, depende de cómo se miren.
Se trata de cumplirlas, como en Los
siete samuráis, Y después seguir nuevamente el camino.
El ser fiel a un sentido de vida, a no
traicionar la amistad es lógicamente más elocuente en el filme
de Kurosawa. En Leone, como en Sturges, la traición va unida a
los personajes. Es también la distinta forma de entender la cultura
oriental y la occidental
Una de las escenas más importantes en
ambos títulos –y uno de los centros de las películas que son ante
todo de hombres y no de mujeres– es la del intercambio de rehenes
de un bando por la mujer “amante” en el otro.. Esa mujer ya ha
sido aludida-presentada en el comienzo de Por
un puñado de dólares algo que no ocurría en Kurosawa. A pesar
de la calidad de ambas escenas creo que es mucho mejor en el filme
de Kurosawa. Momento bien desarrollado y esencial para el desarrollo
posterior de los acontecimientos.
En la película de Leone hay una escena
bastante ininteligible tanto desde el punto de vista de guión
como de realización. Hay otras diversas discutibles, pero ésta,
en cuanto es importante para la narración. resulta desajustada.
Es aquélla en la que una y otra banda acuden al cementerio para
tratar de hacerse o matar a unos soldados mejicanos. El que ha
provocado tal encuentro y enfrentamiento, desde el engaño, ha
sido nuestro hombre sin nombre. Ha transportado dos cadáveres,
militares asesinados por los componentes de una de las bandas,
hasta el cementerio. Los ha colocado al lado de una tumba, de
forma que parezca que están heridos. Tal secuencia sustituye a
la llegada de la justicia en el filme de Kurosawa, momento que
supone un descanso en la lucha. En la película de Leone este hecho
quiere ser esencial para el desarrollo de la trama pero carece
de lógica narrativa, aparte de estar torpemente contado.
Probablemente Jojimbo sea tan dura y cruel como un spaguetti western pero
sin su sucia fealdad. La película de Leone se convertirá en una
especie de modelo a seguir. Lo mejor y lo peor del director italiano,
y su influencia sobre el subgénero europeo del oeste, se encuentran
ya, al menos, en esbozo en este título. Leone se acerca al western
con una mirada novedosa desde la propia perspectiva del género.
Mira con detenimiento en que consiste un duelo, como son las reacciones
de los personajes cuando se enfrentan. La obra de Leone es por
eso un cine de miradas donde alguien observa lo que ocurre y a
su vez es observado por otros. Una mirada que se corresponde a
una división de una secuencia en diversos planos. El duelo no
es algo tan simple como el mostrar a dos personas que van a dispararse
entre si. Y lo hacen con total rapidez. No, en Leone se alarga
el momento del disparo en función de la sacralización del ritual
de tal duelo hecho de pequeños tics, de miradas, de detalles que
sirven para entender en que consiste el hecho de disparar y cuando
hay que hacerlo. El hombre sin nombre, o sea un hombre, un pistolero
cualquiera llegado de ningún sitio, sucio, con barba de no se
sabe cuando, con un cigarro siempre en la boca, será representado
de forma sorprendente por un recién llegado a Italia, Clint Eastwood,
un actor norteamericano casi desconocido que emigraba en busca
del éxito que su país le negaba. En Por
un puñado de dólares aún falta por definir totalmente al personaje,
pero el camino ya está iniciado. Será en La
muerte tenía un precio donde prácticamente esta dibujado el
personaje. Ahí será el manco. Se ha dado un paso, y se ha llegado
a un culmen en el western, el pistolero que no emplea para
nada su mano derecha (de ahí su apodo del manco) porque ésta siempre
está presta para empuñar el revólver.
Los duelos en Por un puñado de dólares no se parecen ni por asomo a Kurosawa, tampoco
a los de ningún western anterior. Son otra cosa diferente
ante ese afán por escrutar, mirar, hacer que la cámara se fije
en un simple pero necesario detalle de un duelo. Abundancia de
primeros planos, de detalles, de montaje corto que obliga a alargar
al máximo la escena. La espera de la resolución se convierte en
un ejercicio de paciencia. Un ejemplo perfecto de ello se encuentra
en el abrumador duelo final dominado por una pirotecnia de humo
y ruidos. El inicio con la aparición del hombre (pistolero, samurái)
es idéntica en ambos filmes, luego en Leone va más allá con el
gran hallazgo de la coraza-armadura. No es gratuita tal propuesta
dentro de la película ya que en una escena anterior se ha introducido
una armadura sobre la que realiza sus ejercicios de tiro el malvado
Volonté
Las dos películas son, por supuesto,
violentas. Basta fijarse, por ejemplo, en la secuencia de la quema
de la casa. Con todo nunca Kurosawa hubiera filmado el momento
en que el personaje (de Leone) descarga su puño con gran furia
sobre el rostro del enemigo, que aparece detrás por la puerta
en la que espera el protagonista. Pero el personaje no es el esperado
sino una mujer. Tal brutalidad –agresión contra una mujer– jamás,
aunque fuera como en este caso por un equívoco, se hubiera atrevido
a firmarla el director japonés.
La ironía del filme de Leone se instala
en el propio título. Los productores se negaron a contratar a
ningún actor norteamericano famoso para los principales papeles.
El extraño y desconocido Eastwood iba a representar la opción
no deseada. Aunque con posterioridad quedara claro que tal solución
había sido la correcta. Pero nadie, ni siquiera Leone podía suponerlo
entonces. Su película no había podido ser otra cosa, tener otros
actores, por falta de dinero. Algo que el título deja claro: lo
que se ha hecho así es por culpa de (tener sólo) un puñado de
dólares. Puede que a esa falta de dinero se debiera también que
la película evitara (u olvidara) comprar los derechos del original
de Kurosawa que nunca fue acreditado. Después del estreno la productora
del filme japonés demandó a la productora italiana. No hubo juicio,
ni disputa. Por un puñado de dólares se estaba convirtiendo en un éxito de publico
impensado en todo el mundo. Los japoneses fueron en busca de dinero.
Su ofrecimiento fue claro: a cambio de la usurpación (ilegal)
de un original exigían gratuitamente contar los derechos de la
película para su distribución en Japón. Don dinero manda.
Con sus grandes imperfecciones Por un puñado de dólares es una curiosa
e interesante aproximación a Yojimbo.
Por supuesto infinitamente superior a la desafortunada El último hombre uno de los muchos mediocres filmes de Walter Hill,
un director que comenzó realizando títulos de interés. Luego,
poco a poco, su cine ha ido naufragando.