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LA ADAPTACIÓN DE
MOBY DICK A LA PANTALLA POR JOHN HUSTON
Por José
Belón
Moby Dick es, según la crítica especializada,
la obra maestra de su autor, el neoyorkino Herman Melville, por
encima de obras como Taipee u Omoo.
Capitanea en popularidad el grupo de sus novelas y cuentos
más conocidos, entre los que cabe citar Benito Cereno, Billy
Budd marinero y Bartleby el escribiente.
Moby Dick, escrita a mediados del siglo XIX,
es un compendio de citas de la Biblia, arranques líricos, muestras
del conocimiento que sobre cetología tenía su autor y que había
acumulado en sus frecuentes viajes a bordo de balleneros. A lo que
hay que sumar la influencia de la filosofía trascendentalista de
Emerson y Thoreau, el predestinacionismo puritano (porque, aunque
natural de Nueva York, Melville se empapó del ambiente cultural
de Massachussets) y la sombra que recorre el libro de cabo a rabo
y que no es otra que la de Shakespeare. La novela de Melville tuvo
una mala acogida crítica y comercial el año en que se editó (1851),
y condujo a su autor al olvido de sus contemporáneos. Tanto es así,
que cuando ya estaba encargándose del que sería el último de sus
trabajos (aduanero, en su ciudad natal) la gente lo creía muerto.
Sería en la década de los veinte del siglo siguiente al que vio
nacer a Melville el que pondría las cosas en su sitio, pues Edgar
Morgan Foster rescató el libro del olvido, y fue entonces cuando
se le comenzó a tomar en serio. Faulkner dijo que Moby Dick
era la novela que siempre hubiese querido escribir. En la actualidad
se le considera un clásico fuera de serie, uno de los máximos representantes
del romanticismo decimonónico norteamericano. En los años cincuenta
recibió su definitiva adaptación cinematográfica de la mano del
realizador John Huston.
Huston afirmó: “Se ha discutido demasiado sobre el sentido último
de Moby Dick, al que se prefiere considerar como un libro
secreto, enigmático. Pero en lo que a mí concierne se trata, negro
sobre blanco, de una gran blasfemia. Ahab es el hombre que ha comprendido
la impostura de Dios, ese destructor del hombre, y su búsqueda no
tiende más que a afrontarle cara a cara, bajo la forma de Moby
Dick, para arrancarle la máscara. (...) La película era una blasfemia
extraordinaria. No creo que ningún crítico escribiera la palabra
blasfemia, pero, no obstante, es el tema central del filme. (...)
Esta película representa sencillamente la más importante declaración
de principios que yo haya hecho nunca. Es más, diré que Moby
Dick es mi película más importante. Melville se distingue por
la afirmación de una filosofía que no tiene igual en ninguna otra
narrativa. Moby Dick es una blasfemia. Estoy estupefacto
de que nadie haya protestado. Pero la blasfemia es tan esencial
en el relato que es preciso aceptarlo forzosamente. Ahab es el hombre
que odia a Dios y que ve en la ballena blanca la máscara pérfida
del Creador. Considera al Creador como un asesino y se encuentra
en la obligación de matarle” (1).
Esta es la idea primordial que tuvo en cuenta John Huston cuando
se decidió a llevar a la pantalla tan imprescindible novela. En
la película se manifiesta en diversos momentos, como cuando Ismael
entra en la taberna y contempla un cuadro espeluznante en el que
se muestra un gigantesco cachalote a punto de aplastar un navío.
Entonces Stubb, que ha visto la expresión de horror en la cara del
forastero, comenta “si Dios fuese un animal, sería una ballena”.
La novela también aporta diversos datos que apoyan esta hipótesis
esgrimida por Huston. Destaco a ese respecto el capítulo fundamental
de La toldilla, en el que Ahab descubre por fin cuáles son
sus verdaderos planes para el barco y la tripulación, y que no son
otros que dar caza y matar a la ballena blanca. Es entonces cuando
Starbuck contesta a su jefe “irritarse contra una cosa estúpida,
capitán Ahab, parece algo blasfemo”. Y por si aún cupieran dudas
al respecto, la contestación del viejo a su subordinado deja poco
espacio para los errores de interpretación: “No me hables de
blasfemia, hombre, golpearía al Sol si me insultara. Pues si el
Sol podía hacerlo, yo podía hacer lo otro”. Ahab mantiene en
la novela una relación muy parecida al pacto diabólico con un individuo
que parece salir del infierno, el extranjero Fedallah (que no aparece
en el filme), al que Melville muestra como la sombra del capitán.
Y si esto fuera poco, ahí tenemos la súplica de Starbuck en mitad
de la tormenta (capítulo 119): “¡Dios, Dios está contra ti, viejo!”.
También apoya el punto de vista de Huston la respuesta que da al
primer oficial su capitán cuando discuten en el capítulo 109 y que
el primero resuelve con un “¡Hay un solo Dios que sea Señor de
la Tierra y hay un solo capitán que sea señor del Pequod!”.
El episodio en el que está contenida la expresión más clara de
la postura anticristiana de Ahab es aquel que Melville utilizó como
referencia para dar a entender a su colega Nathaniel Hawthorne cuáles
eran sus intenciones (2) cuando se proponía comenzar la que está
considerada como su mejor obra. Me estoy refiriendo al momento en
que Ahab, una vez que ha fraguado (con sangre de los arponeros,
para darle más visceralidad al asunto y al pacto impío que han firmado)
su arpón pensando en utilizarlo sobre Moby Dick, recita una versión
distinta de la fórmula bautismal: Ego non baptizo te en nomine
Patris, sed in nomine diaboli. Es decir, “yo te bautizo no
en el nombre del padre, sino del diablo”.Es curioso que este
párrafo no aparezca en la película, siendo, como es, la prueba más
clara de la teoría sostenida por Huston. Probablemente sería una
cuestión relacionada con la censura, que no vería con buenos ojos
que semejante frase apareciese en una pantalla. Si fue así, no sería
el único problema que la cinta tuvo con los censores, ya que cuando
se estrenó en España, la respuesta que da el profeta loco en la
versión doblada es “mi nombre no tiene importancia”, mientras
que en el original reproduce con fidelidad el texto melvilliano
y responde que él se llama Isaías, abundando así en la enorme cantidad
de alusiones bíblicas que pululan por el libro.
La obsesión de Ahab, su odio infinito contra la ballena blanca,
es el eje central de la novela, y el hilo argumental que sigue Huston,
quien ignora todos los asuntos sobre cetología que a lo largo de
la novela se intercalan con los episodios más o menos relacionados
con Ahab y su tripulación. Lo malo es que en esa poda también cayeron
algunos momentos destacables. De entre todos los encuentros que
con otros barcos balleneros se encuentra el Pequod tan sólo quedan
en la película los relacionados con el Samuel Enderby y el Raquel.
Del primero se recoge la confrontación entre los dos capitanes mutilados
por Moby Dick: Boomer y Ahab, por supuesto. Del Raquel nos queda
la negativa del Capitán del Pequod en lo referente a ayudar al capitán
del Raquel a buscar a su hijo perdido. La diferencia estriba en
que la frase “que Dios me perdone” (dicha por Ahab en las
páginas de la novela) la grita el capitán del Raquel a su colega
ante la negativa de éste último en la obra de Huston.
Era una pena que no se hubieran aprovechado otros encuentros recogidos
en el libro. Algunos de ellos apuntan a una de las constantes de
la novela, que no es otra que la predestinación y la maldición que
pesa sobre el barco donde viaja Ismael. Por ejemplo, en el capítulo
dedicado al Jeroboam, ocurre que un marinero llamado bíblicamente
Gabriel coge una carta destinada a un marinero que murió por obstinarse
en perseguir a la temida ballena, la pincha en un cuchillo y la
clava en el casco del Pequod para que la maldición del marinero
muerto siga a Ahab. En otra ocasión, cuando Ahab, hablando desde
su barco al capitán de otro con el que ha coincidido, pregunta por
si han visto a Moby Dick, el altavoz del capitán se cae al agua,
lo que es interpretado como un mal augurio. Lo mismo sucede con
el episodio del gran pulpo blanco ante el que tiembla Starbuck por
habérsele aparecido en mitad de las olas, ya que, según dice, pocos
son los barcos que se encuentran con dicho pulpo y vuelven para
contarlo. Las palabras de Melville abundan en esta idea de los signos
fatídicos. En La toldilla, el narrador escribe “Pero,
en su alegría por la hechizada aquiescencia tácita de su oficial,
Ahab no escuchó su fatídica invocación, ni la sorda risa que subía
de la bodega, ni el presagio de las vibraciones de los vientos en
las jarcias, ni la hueca sacudida de las velas contra los palos,
cuando por un momento se desplomaron, como sin ánimo. (...) Se extinguió
la risa subterránea, los vientos siguieron soplando, las velas se
hincharon y el barco cabeceó y avanzó como antes. ¡Ah, admoniciones
y avisos! ¿Por qué no os quedáis cuando venís?”.
El mismo Ahab considera su viaje y su enfrentamiento con la ballena
blanca como algo inevitable. En el capítulo 37 reflexiona para sus
adentros: “La profecía era que yo fuera desmembrado, y...¡sí!,
he perdido esta pierna. Ahora yo profetizo que desmembraré a mi
desmembradora”. Piensa que es algo que estaba determinado desde
hace mucho tiempo. Por eso dice a su primer oficial en el segundo
día de la caza: “Todo esto está decretado de un modo inmutable.
Lo ensayamos tú y yo un billón de años antes que se meciera el océano.
¡Loco! Soy el lugarteniente del Destino; actúo bajo sus órdenes”.
De todo este cúmulo de referencias a la predestinación hay que destacar
la intervención del profeta medio loco. En el libro aparece diciendo
una serie de afirmaciones ambiguas sobre el viaje y la pierna perdida
del capitán monomaníaco, pero en la película Huston y Bradbury (en
sus funciones de coguionista) ponen en su boca la siguiente profecía:
“Oleréis a tierra cuando no haya tierra, entonces Ahab bajará
a su tumba, pero antes de una hora volverá a la superficie y entonces
todos, menos uno, le seguiréis”. Se cuenta entre los grandes
aciertos del filme, como también lo es el hacer que Ahab cabalgue
sobre la ballena mientras la arponea despiadadamente para más tarde
balancearse una vez ha muerto haciendo con su brazo, y debido al
cabeceo del animal, un movimiento que sus marineros interpretan
como que su capitán los está llamando para que le sigan. Es entonces
cuando Starbuck pierde la razón (la cual conserva hasta el final
en la obra de Melville) y embiste contra Moby Dick. Como curiosidad
diremos que el plano de Gregory Peck balanceándose sobre Moby Dick
y moviendo el brazo se rodó en un mecanismo especial que daba vueltas
y cuya peligrosidad llevó a Huston a filmar tal plano una vez concluido
el restante rodaje, ya que temía que Peck muriera ahogado en esa
escena. No fue la única ocasión en que el actor estuvo en peligro.
En otro momento de la filmación en alta mar se perdió entre la niebla
montado sobre una de las falsas ballenas construidas para la película.
También quedó eliminado del screenplay final el episodio
del Town-Ho, en el cual un buen hombre, Steelkilt, es provocado
constantemente por el retorcido Radney hasta el punto de que este
último consigue que el primero le hunda la barbilla en el cráneo
de un puñetazo como respuesta a sus provocaciones. Es una historia
que parece preludiar la tardía obra maestra de Melville Billy
Budd (donde el marinero homónimo mata de un puñetazo a su antagonista
Claggart) y que culmina con Radney devorado por Moby Dick, momento
en que Melville alude a que el jersey rojo de Radney colgaba a trozos
de la mandíbula de la ballena, como metáfora de la carne sanguinolenta
de Radney entre los dientes del cachalote. Lo cual nos trae el recuerdo
de otra película inspirada en la obra maestra del autor de Bartleby,
Tiburón, en la cual los trozos de carne del devorado capitán
Quint se vislumbran cuando el animal ataca un poco después al personaje
de Roy Schneider, el jefe Brody. Reflexionando sobre la fría acogida
comercial que tuvo su obra maestra, contrastada con el taquillazo
que supuso la película de Spielberg, Huston ironizó sobre que se
habían dejado llevar demasiado por la literatura y que no habían
puesto tanta sangre como en Tiburón.
La retórica bigger than life esgrimida en la novela, que
se enseñorea de los monólogos de los personajes y de algunos capítulos
verdaderamente memorables por su carácter poético (como aquel de
La costa a sotavento) es sustituido en la obra de Huston
por una elaborada puesta en escena y una fotografía de primera calidad
enormemente pictórica. Así, tenemos el placer de contemplar los
cielos más azules (sin resultar chillones) que combinan a la perfección
con el mar. Un pictoricismo de atmósferas densas y poéticas que
nos muestra planos tan bellos como la llegada de Ismael a Nantucket
(cuyo papel en la novela se ha respetado en la película: es un simple
narrador de los hechos protagonizados por Ahab y sus muchachos)
o el plano general del padre Mapple (cuyo discurso es una advertencia
indirecta a la conducta posterior de Ahab), interpretado por Orson
Welles. Quien, por cierto, quedó muy satisfecho de la labor de Huston,
el cual, según declaraciones de Welles, no se puso a probar distintas
posiciones de cámara para su escena sino que la rodó de un tirón
y a la primera, sin pruebas posteriores, lo que nos da una idea
de lo seguro que estaba Huston cuando rodó su filme. Dicho plano
del sacerdote nos recuerda las luces y colores de Rembrandt.
Oswald Morris, excelentísimo fotógrafo, crea la atmósfera precisa
para que esos intensos colores nos transmitan el frío y la dureza
de la vida marina y para que Ahab, cuyo corazón, según la novela,
era tan seco como el alimento que tomaban a bordo, pueda moverse
a sus anchas y delirar, dejarse llevar por la ira o tener sus momentos
de gloria, como aquel en el que apaga el fuego de San Telmo con
un poderoso gesto de su mano (en la novela, tras amenazar a su tripulación
con atravesarles con su arpón –en la película sólo amenaza a Starbuck–
acaba con ese fenómeno eléctrico de un soplo. La solución por la
que opta el director denota el sentido dramático y cinematográfico
del mejor Huston). De la labor del máximo responsable de El hombre
que pudo reinar y El tesoro de Sierra Madre no cabe sino
aplaudir cómo maneja a sus actores con respecto a la cámara en escenas
donde el movimiento expresa sensaciones e ideas, como el ligero
acercamiento de Queequeg a la pantalla cuando lanza su arpón, o
cómo gira Ahab alrededor de la cámara teniendo como epicentro de
su acción el doblón que sostiene en su mano (aunque Ahab se desplaza,
el doblón se mantiene quieto en el lugar que ocupa en pantalla)
en la secuencia en la que tienta a la tripulación con el oro para
estimularles a matar a Moby Dick. Son sólo algunos ejemplos de una
labor que bucea en el espíritu más apasionado de la aventura y en
los recovecos existenciales y siniestros de un personaje destinado
a su perdición. Haciéndome eco de la afirmación del crítico Jose
María Latorre, no me cabe duda de que Moby Dick es, junto
con Dublineses, su mejor película.
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(1)
En el capítulo titulado La toldilla, Ahab espeta a Starbuck
“Todos los objetos visibles, hombre, son solamente máscaras de
cartón piedra. Pero en cada acontecimiento (en el acto vivo, en
lo que se hace sin dudar) alguna cosa desconocida, pero que sigue
razonando, hace salir las formas de sus rasgos por detrás de la
máscara que no razona. Si el hombre ha de golpear, ¡que golpee a
través de la máscara! ¿Cómo puede el prisionero llegar fuera sino
perforando a través de la pared? Para mí, la ballena blanca es esa
pared, que se me ha puesto delante. (...) Tanto si la ballena es
agente como si es principal, quiero desahogar en ella este odio.”
(2) Melville escribió a Hawthorne en una carta: “Mi próxima
novela va de lo siguiente: ego non baptizo te en nomine Patris...
pero adivine el resto”.
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