En busca del tiempo perdido
He aquí, en tiempos de penuria cinematográfica, un filme que se
mueve entre lo grandioso y lo vulgar. Su guión, excelente, es
obra de Hanif Kureshi, el otrora escritor de Mi
hermosa lavandería, una de las primeras obras de Stephen Frears.
Tiempos aquellos, idos como los de los personajes de esta película,
en los que confiamos en el porvenir, pervertido, del realizador
de Las amistades peligrosas.
Michell no era el mejor garante de calidad para un producto con
denominación británica de origen. No por lo de británico pero
sí por lo de calidad. Sus anteriores películas eran las visibles,
y más bien escasamente iluminadas, Notting
Hill y Al límite de la verdad. Y aquí, como era
de esperar, se hace, por momentos, un buen lío, sobre todo cuando
tiene que equilibrar el filme o hacerlo más profundo y menos bello.
La cosa más de la frustración de unos seres que han dejado pasar
el tiempo sin utilizarlo como era menester. Algo que, en realidad,
pocos saben. Los múltiples personajes de esta historia en su conjunto
familiar y de amistad lo ignoran. Lo suyo es agarrarse a clavos
ardiendo o buscar sustitutos que les impidan hundirse, sin darse
cuenta que cada vez se hunden más en su propia miseria.
La canalización u ordenación de la historia corre a cargo de una
madura matrona muy inglesa, propia de una película de los directores
más sociales o comprometidos del cine inglés actual, que intenta
sobreponer a la muerte de su marido. Realmente esa muerte supone
una bajada (una reflexión) a (sobre) la vida que nunca ha sido
capaz de vivir. Al tiempo que se da cuenta que tampoco nada de
lo que rodea es bello, ni tiene sentido. Un ser egoísta, como
el resto, que no ha sabido dialogar ni con su marido ni con sus
hijos. O de otra manera que ignora a todos los suyos como los
suyos la ignoran aunque en cualquier caso intenten guardar las
formas... de su (falsa) convivencia.
El encuentro con un nuevo mundo de libertad (?) y la relación (más
que forzada) con el amante de su hija es el detonante de una situación
que se vuelca hacia lo dramático, aunque, en esta parte, no se
acaban de entender muy bien las motivaciones del joven amante.
Es algo difícil de aceptar, una relación erótica a la que tampoco
se rodea de unos planteamientos (por parte de él) de dominio.
Y no digamos de las reacciones de la hija enamorada (o deseosa
de que alguien la ame) cuyo sentido (y existencia) es demasiado
teatral. El colmo de las relaciones (y del filme) llega en el
puñetazo (menos mal: en “off”) que propina la hija a la madre
por cuanto le ha hecho. Un todo que se explícita en la expulsión
de la mujer (¿del paraíso?) y en la absurda fijación de la joven
por su “odioso” amante.
Lo mejor del filme es su primera parte. El inicio puede recordar
la excepcional Cuentos de
Tokio de Ozu. Hay cuestiones (de dirección) discutibles en
este comienzo, como el plano de las zapatillas del anciano (claro
anuncio de su muerte) quedando “solitarias” en la puerta de entrada.
Plano en el que absurdamente se insiste después de la muerte del
personaje. Pero toda la visión del matrimonio en Londres está
bastante bien resuelta, tanto como conocimiento de los personajes
(y no sólo de los padres) como de sus vidas anteriores. Bien dada,
por ejemplo, la escena de la comida en la que explotan los recuerdos
del pasado.
La segunda parte se centra en “la madre”. Sola y sin sitio en esa
nueva vida que se le cae de las manos. Hay aquí también buenos
momentos, como el del paseo de la mujer (perdiéndose) por Londres
o el instante en que acoge a su nieto (lleno de temores) en la
cama. Hay calidad y sentimiento. Pero a raíz del encuentro amoroso
con el amante de su hija la película entra en recesión, aunque
consiga mantenerse en un nivel no demasiado bajo. Hay, aquí, pequeñas
miradas, elementos bien dados, observados: la mujer contemplando
escondida cómo sale de la casa de su hija su amante (y el de ella)
o el instante en que la mujer se tiene que “sostener” en la pared
al comprobar cómo su amante sigue siéndolo de su hija.
Lo peor es la última parte (demasiado forzada además) cuando los
hijos descubren el affaire de la madre y lo ocultan (esa
escena forzada del encuentro de los dibujos eróticos de la madre)
o los momentos ante finales en los que tiene lugar el citado puñetazo
a la madre o su (también poco creíble) intento de suicidio. El
final, la marcha de la madre de Londres, con la buena escena de
la despedida a distancia de los suyos, y en especial de los nietos,
es no obstante excelente.
En la tercera parte hay también un curioso, por insólito, intento
de tratar de “entender” la actitud de la madre por términos de
belleza “externa” o por una negación de su propia edad. Viene
dado en la secuencia de amor con un pretendiente de su edad. El
momento comienza bien al comparar las escenas eróticas del amante
de su hija con las de su pretendiente. Pero termina mal porque
el realizador se empeña en forzar la situación. No se entiende
la negativa de la mujer a ser “penetrada” (algo que salvajemente
ha aceptado de su joven amante) a no ser por la ausencia de belleza
(exclusivamente física) del momento. El director para aclarar
ese hecho se esfuerza en mostrar lo “feo” que se presenta su amante
en ese más que ridículo acto “amoroso”.
Todo este caminar del filme, a veces sin rumbo, se debe a no haber
marcado bien el tema central del relato, aunque se esfuerce, como
veremos, desde la elaboración de los planos. Toda la película,
con temas y más temas, focaliza su historia en la ausencia de
comunicación o de amor entre los seres, lo que implica claramente
una soledad generalizada. Falta contacto real, ya sea sentimental
o de comprensión y entendimiento de los otros. Todos los seres
de esta historia parecen moverse por el mayor de los egoísmos.
Algo que curiosamente no se corresponde con el amante de madre-hija
por lo que respecta a su (dicha pero no vista ya que no sale el
personaje) relación con el hijo que tiene de su esposa. Un hijo,
que, ¡oh, casualidad!, es un autista. O sea que volvemos a la
huida y a la soledad.
Michell consciente del tema prioritario del filme, se esfuerza
por componer los planos de dos forma diferentes: tomando (mirando)
a los personajes desde lejos, haciendo que se pierdan en el encuadre
(soledad) o mostrándolos en planos muy cercanos (el intento de
huir de la soledad). Toda la película está construida de igual
forma en lugares dados por espacios más bien (de tonos) fríos.
Discutible es la presencia de elementos simbólicos como esa casa-habitación-invernadero
siempre en construcción.
Excelente la interpretación de la madre,
Anne Reid, en esta película llena de subidas y altibajos. Con
todo, una pequeña película digna de ser tenida en cuenta. Algunos
de sus apuntes son realmente admirables. Probablemente un guión
tan notable necesitaba de un director más experto, y comprometido,
que Roger Michell.
De todas maneras se trata de una película
bastante digna y, repito, con momentos excelentes. En ella, en
varios instantes, brilla el sentimiento. En otras (la primera
escena de amor con el joven dada con cortinas oscilantes en primer
término y desenfoques de los amantes en segundo) domina la vulgaridad
o la falsa estética al servicio de la nada. Por cierto si Ozu
es un recordatorio en el comienzo, en otros, sobre todo, del final
(relación madre-hija) aletea la sombra de Ingmar Bergman. Maestros,
en demasía, difíciles de emular. Algo que Michell no parece haber
tenido demasiado en cuenta.
Mister Arkadin