THE MOTHER  
 
Título orginal: The mother
País, Año:

Reino Unido, 2003

Dirección: Roger Michell
Intérpretes: Anne Reid. Daniel Craig. Peter Vaughan. Steven Mackintosh. Anna Wilson-Jones. Cathryn Bradshaw. Oliver Ford Davies.
Guión: Hanif Kureishi
Producción: Kevin Loader
Música: Jeremy Sams
Fotografía: Alwin Küchler
Montaje: Nicolas Gaster
Distribuidora: Vértigo Films
Duración: 112 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En busca del tiempo perdido

He aquí, en tiempos de penuria cinematográfica, un filme que se mueve entre lo grandioso y lo vulgar. Su guión, excelente, es obra de Hanif Kureshi, el otrora escritor de Mi hermosa lavandería, una de las primeras obras de Stephen Frears. Tiempos aquellos, idos como los de los personajes de esta película, en los que confiamos en el porvenir, pervertido, del realizador de Las amistades peligrosas.

Michell no era el mejor garante de calidad para un producto con denominación británica de origen. No por lo de británico pero sí por lo de calidad. Sus anteriores películas eran las visibles, y más bien escasamente iluminadas, Notting Hill y Al límite de la verdad. Y aquí, como era de esperar, se hace, por momentos, un buen lío, sobre todo cuando tiene que equilibrar el filme o hacerlo más profundo y menos bello.

La cosa más de la frustración de unos seres que han dejado pasar el tiempo sin utilizarlo como era menester. Algo que, en realidad, pocos saben. Los múltiples personajes de esta historia en su conjunto familiar y de amistad lo ignoran. Lo suyo es agarrarse a clavos ardiendo o buscar sustitutos que les impidan hundirse, sin darse cuenta que cada vez se hunden más en su propia miseria.

La canalización u ordenación de la historia corre a cargo de una madura matrona muy inglesa, propia de una película de los directores más sociales o comprometidos del cine inglés actual, que intenta sobreponer a la muerte de su marido. Realmente esa muerte supone una bajada (una reflexión) a (sobre) la vida que nunca ha sido capaz de vivir. Al tiempo que se da cuenta que tampoco nada de lo que rodea es bello, ni tiene sentido. Un ser egoísta, como el resto, que no ha sabido dialogar ni con su marido ni con sus hijos. O de otra manera que ignora a todos los suyos como los suyos la ignoran aunque en cualquier caso intenten guardar las formas... de su (falsa) convivencia.

El encuentro con un nuevo mundo de libertad (?) y la relación (más que forzada) con el amante de su hija es el detonante de una situación que se vuelca hacia lo dramático, aunque, en esta parte, no se acaban de entender muy bien las motivaciones del joven amante. Es algo difícil de aceptar, una relación erótica a la que tampoco se rodea de unos planteamientos (por parte de él) de dominio. Y no digamos de las reacciones de la hija enamorada (o deseosa de que alguien la ame) cuyo sentido (y existencia) es demasiado teatral. El colmo de las relaciones (y del filme) llega en el puñetazo (menos mal: en “off”) que propina la hija a la madre por cuanto le ha hecho. Un todo que se explícita en la expulsión de la mujer (¿del paraíso?) y en la absurda fijación de la joven por su “odioso” amante.

Lo mejor del filme es su primera parte. El inicio puede recordar la excepcional Cuentos de Tokio de Ozu. Hay cuestiones (de dirección) discutibles en este comienzo, como el plano de las zapatillas del anciano (claro anuncio de su muerte) quedando “solitarias” en la puerta de entrada. Plano en el que absurdamente se insiste después de la muerte del personaje. Pero toda la visión del matrimonio en Londres está bastante bien resuelta, tanto como conocimiento de los personajes (y no sólo de los padres) como de sus vidas anteriores. Bien dada, por ejemplo, la escena de la comida en la que explotan los recuerdos del pasado.

La segunda parte se centra en “la madre”. Sola y sin sitio en esa nueva vida que se le cae de las manos. Hay aquí también buenos momentos, como el del paseo de la mujer (perdiéndose) por Londres o el instante en que acoge a su nieto (lleno de temores) en la cama. Hay calidad y sentimiento. Pero a raíz del encuentro amoroso con el amante de su hija la película entra en recesión, aunque consiga mantenerse en un nivel no demasiado bajo. Hay, aquí, pequeñas miradas, elementos bien dados, observados: la mujer contemplando escondida cómo sale de la casa de su hija su amante (y el de ella) o el instante en que la mujer se tiene que “sostener” en la pared al comprobar cómo su amante sigue siéndolo de su hija.

Lo peor es la última parte (demasiado forzada además) cuando los hijos descubren el affaire de la madre y lo ocultan (esa escena forzada del encuentro de los dibujos eróticos de la madre) o los momentos ante finales en los que tiene lugar el citado puñetazo a la madre o su (también poco creíble) intento de suicidio. El final, la marcha de la madre de Londres, con la buena escena de la despedida a distancia de los suyos, y en especial de los nietos, es no obstante excelente.

En la tercera parte hay también un curioso, por insólito, intento de tratar de “entender” la actitud de la madre por términos de belleza “externa” o por una negación de su propia edad. Viene dado en la secuencia de amor con un pretendiente de su edad. El momento comienza bien al comparar las escenas eróticas del amante de su hija con las de su pretendiente. Pero termina mal porque el realizador se empeña en forzar la situación. No se entiende la negativa de la mujer a ser “penetrada” (algo que salvajemente ha aceptado de su joven amante) a no ser por la ausencia de belleza (exclusivamente física) del momento. El director para aclarar ese hecho se esfuerza en mostrar lo “feo” que se presenta su amante en ese más que ridículo acto “amoroso”.

Todo este caminar del filme, a veces sin rumbo, se debe a no haber marcado bien el tema central del relato, aunque se esfuerce, como veremos, desde la elaboración de los planos. Toda la película, con temas y más temas, focaliza su historia en la ausencia de comunicación o de amor entre los seres, lo que implica claramente una soledad generalizada. Falta contacto real, ya sea sentimental o de comprensión y entendimiento de los otros. Todos los seres de esta historia parecen moverse por el mayor de los egoísmos. Algo que curiosamente no se corresponde con el amante de madre-hija por lo que respecta a su (dicha pero no vista ya que no sale el personaje) relación con el hijo que tiene de su esposa. Un hijo, que, ¡oh, casualidad!, es un autista. O sea que volvemos a la huida y a la soledad.

Michell consciente del tema prioritario del filme, se esfuerza por componer los planos de dos forma diferentes: tomando (mirando) a los personajes desde lejos, haciendo que se pierdan en el encuadre (soledad) o mostrándolos en planos muy cercanos (el intento de huir de la soledad). Toda la película está construida de igual forma en lugares dados por espacios más bien (de tonos) fríos. Discutible es la presencia de elementos simbólicos como esa casa-habitación-invernadero siempre en construcción.

Excelente la interpretación de la madre, Anne Reid, en esta película llena de subidas y altibajos. Con todo, una pequeña película digna de ser tenida en cuenta. Algunos de sus apuntes son realmente admirables. Probablemente un guión tan notable necesitaba de un director más experto, y comprometido, que Roger Michell.

De todas maneras se trata de una película bastante digna y, repito, con momentos excelentes. En ella, en varios instantes, brilla el sentimiento. En otras (la primera escena de amor con el joven dada con cortinas oscilantes en primer término y desenfoques de los amantes en segundo) domina la vulgaridad o la falsa estética al servicio de la nada. Por cierto si Ozu es un recordatorio en el comienzo, en otros, sobre todo, del final (relación madre-hija) aletea la sombra de Ingmar Bergman. Maestros, en demasía, difíciles de emular. Algo que Michell no parece haber tenido demasiado en cuenta.

Mister Arkadin